La segunda victoria
Capítulo Primero
La muerte de cada hombre me disminuye, estoy involucrado en la Humanidad.
JOHN DONNE Devotions
A Paul Brickhilt
CAPÍTULO PRIMERO
Dejando atrás las tierras bajas, treparon por el angosto camino que se enrollaba osado alrededor de los altos flancos de la montaña. Abajo quedaba la caída abrupta al río, que corría tumultuoso y fuerte bajo la marquesina de hielo y las ramas desnudas de los alisos. Arriba, la parte alta del faldeo, con sus ringleras de pinos negros, y más allá, la nieve clara hasta la cumbre y el cielo azul del mediodía.
El jeep patinó peligrosamente en la superficie congelada y el sargento Willis evitó la caída con un viraje violento. Se detuvieron, bajaron y levantaron las ruedas con el gato para colocarles cadenas. Mientras Willis las ajustaba, con gruñidos y maldiciones contra el frío, el comandante Mark Hanlon avanzó hasta el centro del camino y miró hacia la parte alta del monte.
Vio, en línea recta, un espacio ancho entre los pinos. Los troncos oscuros se alzaban a cada lado como pilares en la nave de una iglesia antigua, y su perspectiva decreciente le obligó a dirigir su mirada hacia delante, hacia más arriba, hasta la línea aguda donde se juntaba el cielo con la garganta de la cordillera. Bajo los árboles, las agujas caídas manchaban de pardo la nieve, pero, alejándose, el resplandor blanco sólo era interrumpido por el gris de los afloramientos rocosos y ésos como tubos de órgano del Grauglockner distante.
Entonces descubrió al esquiador.
Era un muñeco negro, diminuto, en la cima del monte, con la cabeza contra el cielo azul y los pies en la nieve blanca. Hanlon sacó del estuche que colgaba de su cuello los anteojos y los enfocó en la figura inmóvil.
Un momento después el muñeco principió a moverse, primero con lentitud, impulsándose con los bastones, y acumulando luego velocidad al llegar al declive más pronunciado. Frente al primer afloramiento frenó, girando bruscamente, y de los labios de Hanlon escapó un silbido de admiración. Los anteojos le mostraban el loco torbellino de nieve y el ángulo precario del cuerpo del esquiador, que volvió a enderezarse y se dirigió montaña abajo en un largo schuss diagonal, directamente hacia el
claro entre los pinos. La velocidad con que llegó a ese punto no podía ser inferior a cien kilómetros por hora.
La exclamación de sorpresa de Hanlon atrajo a su lado a Willis y ambos contemplaron la descendente carrera suicida por el flanco deslumbrador de la montaña. Ante las corcovas no se detenía ni viraba; las saltaba al vuelo, como un pájaro espectral, arrastrando los bastones como puntas de alas para equilibrar su aterrizaje.
Los dos hombres lo observaban, sin aliento, esperando la caída que lo precipitaría dando botes y destrozándose cuesta abajo. Pero no cayó. Siguió adelante, más y más ligero, hasta que el gris de su uniforme, los distintivos verdes del regimiento Alpenjäger, el fusil que colgaba entre sus omoplatos y el brillo del bruñido cinturón para la pistola se hicieron visibles.
Hanlon bajó un momento los anteojos y miró a Willis con sorpresa.
Hacía varios meses que la guerra había terminado. Se decía que todas las unidades austríacas estaban desarmadas y dispersas.
Las Fuerzas de Ocupación establecían su autoridad en todos los rincones del país. ¿Qué estaba haciendo ése, armado y con uniforme de combate, en su loca carrera montaña abajo?
Hanlon usó de nuevo los anteojos. El esquiador te acercaba al final de su recorrido. Rápido como el viento, lo verían trasponer el claro y terminar más allá de la barrera de pinos. Un momento después lo perdieron de vista y siguieron mirando a través de la columnata de troncos, en espera de la caída y los ayes. Pero no se oyó otro sonido que el fragor del río, y el murmullo débil del viento en las ramas.
Pasaron quizá treinta segundos antes de que reapareciera el esquiador, deslizándose tranquilamente por el declive transversal detrás del bosquecillo. Llevaba ambos bastones en una mano y con la otra arrastraba el fusil. En el punto focal de esa larga perspectiva de árboles se detuvo, hundió los bastones en el suelo y observó a los dos hombres. Un rayo de sol le dio en el rostro revelando sus mandíbulas flacas y hundidas, negruzcas por la barba naciente, y la marca roja de una cicatriz fresca que le atravesaba la mejilla desde el ojo hasta el mentón.
Hanlon levantó una mano y le gritó en alemán:
–Grüss Gott! ¡Baje aquí un momento! Queremos hablarle.
Antes de que salieran de su boca las palabras vio alzarse el fusil, con la rapidez que lo hace un trampero, que en un solo movimiento realiza la
oscilación y apunta. Dando un alarido se echó contra Willis para hacerlo caer, pero antes de tocar el suelo resonó el disparo, y mientras Hanlon rodaba hacia la protección del jeep vio que otras balas astillaban el hielo junto a su rostro y oyó atronar los ecos alrededor del valle.
Arrancó la pistola de su estuche y retrocedió con cautela hasta refugiarse tras de la carrocería.
Los ecos seguían resonando de un cerro a otro, pero el claro estaba desierto y el sargento Willis yacía en el camino con una bala en la cabeza.
Cuando Hanlon se inclinó para mirarlo, comprobó que estaba muerto y que la sangre ya se había congelado en su mejilla y sobre el hielo debajo de su cuerpo.
Pasado un rato se incorporó, terminó de colocar las cadenas, bajó el gato y arrastró el cuerpo de Willis hasta el interior del jeep. En seguida ocupó el asiento del volante, puso el motor en marcha y condujo, muy lentamente, subiendo por el camino de la montaña hacia Bad Quellenberg.
Bad Quellenberg -así cuenta la leyenda- fue fundada por un santo ermitaño llamado san Julián, que vivió en las montañas con los ciervos, los osos, las águilas y los faisanes dorados por compañeros. Parece que era un hombre manso, una especie de san Francisco gótico, cuya vida fue una protesta contra la violencia de sus tiempos. Cuando un venado era desgarrado por un lobo, Julián golpeaba la roca y hacía brotar un chorro de agua caliente, medicina perenne para el hombre y la bestia.
Los historiadores maltratan un poco las leyendas. Allí existieron hombres en la Edad de Bronce.
Los romanos comerciaron con sal por los caminos montañosos desde Salzburgo, y explotaron oro en los altos portezuelos de Naasfeld. Allí estuvieron los godos y los vándalos y los ávaros, y todos ellos, por salud, agrado o aseo, se bañaron en las aguas calientes que dieron su nombre a la ciudad:
Montaña de las Vertientes.
También fue allá Martín Lutero, pero no hay pruebas de que se bañara.
Parece que la mayor parte del tiempo se mantuvo oculto en las cabañas de troncos de las fincas más altas, donde acudían a pastar los gamos en el duro tiempo invernal.
Un labrador esforzado construyó una posada y una oficina de correos en el cuello de la garganta, donde los viajeros llegados de Carintia podían
cambiar sus cabalgaduras, comer asados de ciervo y pellizcarle el trasero a las muchachas campesinas antes de atravesar hasta las agitadas tierras de Salzburgo, donde Wolf Dietrich mantenía su asiento en su fortaleza de piedra con un báculo en una mano y una espada desnuda en la otra.
Después, mucho después, construyeron una iglesia y una escuela regentada por monjes, y comenzó a alinearse una ciudad dispersa, escalonada en las márgenes del torrente que escapaba de la montaña y que bajaba rebotando por el cañón que se ensanchaba hacia las tierras bajas. La posada se convirtió en hotel, y acudieron vieneses y salzburgueses sagaces a construir hospederías y tiendas y jardines en terrazas y chozas de baño alimentadas por las tibias fuentes minerales del corazón de la montaña.
Las construcciones se extendieron en un enorme anfiteatro de terrazas que rodean la garganta del valle, empequeñecido por los picachos del Grauglockner y el Gamsberg.
Más tarde, aun abrieron un túnel que atravesaba a montaña para establecer un empalme ferroviario con Klagenfurt y Villach y Trieste y Belgrado y Atenas. Con el ferrocarril llegaron Baedeker y Thomas Cook, de modo que Bad Quellenberg floreció rápidamente como un prado de gencianas bajo la áurea lluvia del turismo.
Los turistas acudían en verano a darse baños, a sentarse en la terraza para el Kaffeeklatsch, a caminar bajo los pinos de las avenidas, a flirtear en las tardes mientras las orquestas tocaban valses de Strauss y los grupos artísticos campesinos llegaban para bailar al son de las cítaras el Schuhplatter, aportando colorido local. Iban en invierno para esquiar, y entre las dos estaciones, para cazar, de modo que los hoteleros engordaron, los campesinos se enriquecieron y los leñadores se veían en aprietos para abastecer a los aserraderos de pinos en cantidad suficiente para mantenerse a ritmo con la edificación.
En lo alto de los montes se levantó una planta hidroeléctrica para iluminar la ciudad y electrificar el ferrocarril. Cuando Austria fue anexionada y formó parte de la Gran Alemania, las cabezas del Partido pasaban allí sus vacaciones, y los grupos juveniles marchaban cantando por los valles, y el Reichsmarschall Göring llegó, resplandeciente como un pavo real, para asolearse y darse baños.
Después vino la guerra, primero con Inglaterra y más tarde con Rusia, y los jóvenes de Quellenberg se enrolaron en regimientos Alpenjäger y
partieron al frente oriental. A medida que pasaron los años creció el bosquecillo de tablas recordatorias en el cementerio de san Julián. Los hoteles se convirtieron en Lazaretts para los heridos, y las tiendas se cerraron una tras otra, pues no había qué vender y nadie tenía dinero con qué comprar.
Los trenes corrían erráticamente porque Villach fue bombardeada, y también lo fueron Klagenfurt y los empalmes en Salzburgo y Schawarsch.
Cuando corrían, los vagones se llenaban de hombres macilentos, amargados, devueltos de Udine y de Grecia. Los carros planos transportaban vehículos y cañones maltrechos, que eran inútiles porque no había combustible para hacerlos funcionar ni balas para las cámaras. Llegó por fin un día en que anunció la Radio que Alemania capitulaba. Los quellenbergueses se reunieron en las calles y los heridos se sentaron en sus camas en los grandes hoteles y a todos los labios asomó la misma interrogación de temor: ¿Y ahora, qué?
Nadie se apresuró a contestarla porque Bad Quellenberg era un lugar pequeño, una ciudad termal, un sanatorio desprovisto de importancia militar y económica. Aguardaron, pues, atontados y tímidos, un mes, dos meses, hasta que llegó un destacamento de tropas del Cuartel General de Ocupación de Klagenfurt. El capitán era un muchacho con los cabellos de color de la estopa, bigote recortado y ojos fríos. Se presentó con su cometido al Bürgermeister.
El «Hotel Sonnblick», el más grande de Quellenberg, sería evacuado inmediatamente y preparado como cuartel general para el Comandante de las Fuerzas de Ocupación en el distrito de Quellenberg. El Comandante llegaría dentro de cuarenta y ocho horas. Correspondía al Bürgermeister preocuparse de que los preparativos se completaran en ese tiempo.
Las últimas doncellas salían a empellones por los corredores, la primero guardia se apostaba junto a la entrada, cuando el comandante Hanlon subía por el portezuelo con un muerto a su lado.
El Bürgermeister Max Holzinger, de pie ante el ventanal de su sala de estar, contemplaba el valle nevado por encima de las copas de los pinos.
Raras veces dejaba de agradarle la perspectiva: las praderas anchas con el río serpenteando como un reptil negro entre los alisos desnudos; las bodegas de troncos agazapadas bajo los techos cubiertos de nieve; las líneas delgadas de los cercos; el villorrio campesino acurrucado alrededor del
chapitel de la vieja iglesia; los pinos marchando como lanceros por los flancos de las montañas; los altos portezuelos que se elevaban como baluartes contra el mundo exterior; los desfiladeros con sus traidoras neblinas y embudos de aire. Ningún ruido de fusilería llegó a espantar a las águilas que anidaban en los picachos. Sin duda hubo muertos en Rusia, en Rumania, en Hungría, en Creta. Su propio hijo había desaparecido con ellos.
Pero su muerte fue algo lejano. La majestad sobrepujante de las montañas disminuía su tragedia.
Los jefes del Partido iban allí para reposar y divertirse. Los heridos llegaban a restablecerse… y olvidar, si lo podían. Hasta el fin el control de la Prensa y la Radio estuvo en manos del Reichsminister Göbbels, de manera que los pogroms, las cámaras de tortura y los campos de concentración se convirtieron en leyendas mohosas, y la cuenta de muertos, derrotas y ciudades destruidas les llegó como viajeros, como historias, terribles pero remotas.
La vida en el valle prosiguió de acuerdo con los antiguos moldes.
Pasaba el invierno y reverdecían los prados y el ganado lustroso pastaba a media altura entre el valle y las cumbres. Los campesinos seguían llevando al mercado leche, carne y huevos. Los convalecientes paseaban a la luz tamizada de las avenidas, y hacían el amor sobre el césped a las muchachas hambrientas. Desde los deslizaderos de troncos llegaba el ruido alegre de las hachas, marcando el compás a la música, del agua corriente. El final del verano traía consigo la siega, y las mujeres con sus abigarrados trajes tiroleses volteaban el heno en gavillas y lo colgaban a secar en los postes, fragante como manzanas.
Y cuando los primeros fríos volvían a los montes, hacían bajar al rebaño, adornado con guirnaldas de las últimas flores, y a la mejor lechera la coronaban con un aderezo floral, agitando en triunfo sus campanillas.
¡Campanas! También ellas formaban parte de la vida del valle, una parte de su paz; cencerros de vacas que sonaban apagados pero musicales en los pastizales encumbrados; campanitas de trineos en invierno; el ángelus que flotaba desde la torre de la iglesia por la mañana, el mediodía y la tarde; campanillas de plata cuando el padre Albertus llevaba el cuerpo de Cristo para la bendición de las cosechas; el tañido lento y ominoso que doblaba a
muerto y que fue más y más frecuente a medida que se aproximó el término de la guerra.
Las montañas cogían sus notas lanzándolas de un lado a otro y tejiendo una urdimbre de sonidos que era como el dechado de la fe antigua, familiar, repetido, amenazante y zalamero, a veces ignorado pero nunca olvidado del todo.
En una ocasión llegaron órdenes del Partido de silenciar las campanas y entregarlas como donativo a los fabricantes de armas, pero el padre Albertus se opuso como se había opuesto a muchas otras imposiciones, triunfando al final. La victoria era pequeña si se la comparaba con la gran transacción en que él y otros consintieron. Pero se alegraba de haberla ganado, porque las campanas ayudaron a mantener, casi hasta el fin, la pequeña ilusión de paz en el valle.
Ahora no quedaban ilusiones. Los baluartes se habían roto, los conquistadores entraban. Un muchacho rubio con un puñado de tropas ocupaban el hotel que albergara al Reichsmarschall Göring, y un hombre anónimo con un título amenazador trepaba en su jeep por el camino para ser el nuevo gobernador de las montañas.
El Bürgermeister Max Holzinger se preguntó cómo debería saludarla y en qué forma le contestaría. Sabía una cosa cierta: tenía que mantener su dignidad, porque la dignidad es la última posesión de los conquistados.
Lo habían conquistado anteriormente y comprendía su importancia.
Combatió en la primera guerra en un regimiento de caballería de Carintia y todavía caminaba con una pierna rígida por la bala que le destrozó la rodilla. Sabía lo que significaba para un hombre poder hablar sólo de las batallas que ha perdido, y conocía la supervivencia sin gloria de un derrotado. Vae victis! Solamente los triunfadores son absueltos por la Historia.
Sabía mejor que nadie que esta vez sería peor que la primera. Se alzaban ahora espectros acusadores. Los vivos salían a gatas de los sótanos y de los campos de concentración. Ya se estaban reuniendo los jueces, enjutos e inmisericordes. Hombres que, como él, cerraron demasiado tiempo los ojos esperanzados, serían incluidos como cómplices en el sumario. Comieron los frutos de la conquista; ahora se hartarían con el polvo de la derrota.
Miró a través del valle blanco y deseó que hubiera pasado el día.
Holzinger era de mediana estatura, tenía los cabellos negros a pesar de sus cincuenta años, y un rostro magiar delgado e inteligente, herencia de su madre que fue una Harsanvi de Buda antes de unirse a Gerhardt Holzinger de San Veit, en el Glan. Se casó con una niña hamburguesa alta, rubia, de abultados senos, y el hijo que tuvieron murió en el primer ataque a Creta.
También les nació una hija, morena, grácil y vivaz. La llamaron Irmtraud, porque las valquirias estaban de moda, pero el nombre calzaba mal con su inquieta belleza gitana. Tenía veintiséis años, estaba madura para el matrimonio, pero los hombres con quienes hubiera podido casarse habían muerto o estaban prisioneros o vagaban perdidos y sin jefe por el país.
Holzinger se volvió de la ventana y vio a las dos sentadas en sus sillas, observándolo.
Su mujer bordaba plácidamente, pero le temblaban las manos y sus ojos iban y venían de él a la labor. Ya tenía los cabellos entrecanos y le había engrosado la cintura, pero sus huesos eran fuertes y firme su cuerpo a pesar de los años y las penas. Se agitó en él un deseo vago y pesaroso al recordar su común juventud y al interrogarse sobre su futuro.
Irmtraud estaba echada en un sillón de hondo asiento fumando un cigarrillo. Vestía ropa de esquí, que acentuaba la longitud y esbeltez de sus piernas, su vientre plano y la turgencia de sus senos juveniles. Sus labios gruesos se contraían en una sonrisa maliciosa y la expresión de sus ojos oscuros era entre hostil y burlona.
Holzinger caviló sobre la forma de explicar a los jóvenes cosas tales como derrota, desesperación, alevosía y desencanto.
Las miró de frente, separando un poco las piernas para aliviar su cojera.
Habló con tranquilidad, juntando las frases cuidadosamente, como si temiera que interpretaran mal lo que él quería decirles.
–Estimo que ustedes deben comprender nuestra situación.
La voz plácida de su mujer lo tranquilizó:
–Tengo seguridad de que la comprendemos, Max. Él movió la cabeza.
–Temo que sea peor de lo que piensas, Liesl. Su hija se incorporó súbitamente acusando en la voz una curiosidad aguda: -¿Cuánto peor?
–Como miembro del Partido, seguramente perderé mi empleo. Nuestro dinero y nuestra propiedad pueden ser confiscados.
–Du lieber Gott! – los labios de Liesl temblaron mientras se inclinaba rápidamente sobre el bastidor para ocultar sus lágrimas.
–Pero, ¿pueden hacer eso? – preguntó Traudl, con voz firme pero airada.
–Pueden hacer lo que quieran, hija -repuso él parcamente-. Debemos dar gracias a Dios de que tengamos ingleses y no rusos. Los ingleses respetan la ley y los derechos del súbdito. Creo que más que nosotros. Sin embargo… -se movió inquieto-, he tomado ciertas precauciones. Hice que Kunzli extendiera una escritura de donación convirtiendo a Liesl en propietaria de esta casa. Tiene fecha anterior a 1938. Espero que soporte una investigación, a menos que Kunzli decida chantajearme, como puede hacerlo. Temo que si lo exigen, haya que entregar el resto. – ¿Qué nos sucedería entonces? – preguntó ella fríamente, como si se tratara de una simple cuestión doméstica.
–Sobreviviremos, querida -sonrió Max, con fina ironía-. Suceda lo que quiera, no moriremos de hambre. Yo puedo conseguir todavía un empleo para barrer la nieve de los hoteles o para ripiar los paseos. Nos guardaremos el orgullo en el bolsillo y…
Sonó agudo y repentino el teléfono y Holzinger se apresuró a la mesa y levantó el auricular. Las mujeres lo observaban tensas y con los ojos dilatados.
–Habla Holzinger… ¿Sí?
Lo vieron palidecer mientras por el auricular graznaba una voz, y ellas estiraban sus cuellos para captar las palabras, sin poder entenderlas. –
¿Cuándo…? ¿Dónde…? ¡Dios del cielo! Sí, si. Iré inmediatamente… Auf Wiedersehn.
Bajó el auricular y se volvió a mirarlas. Tenía el rostro grisáceo y asomaban a sus sienes gotitas de sudor. Su mujer saltó de la silla para acercársele, pero él rechazó con un ademán. – ¿Qué pasa, Max? ¿Qué ha sucedido?
–Lo peor, Liesl, lo peor que podía ocurrir -se pasó una mano cansada por la frente-. Ha llegado el Comandante de Ocupación. En el camino de subida su chófer fue muerto de un balazo por un esquiador de uniforme austríaco. Tengo orden de presentarme a él inmediatamente.
Sin decir más giró sobre sus talones y salió de la sala. Los ojos asustados de las mujeres lo siguieron. Cuando cerró la puerta se miraron y Liesl Holzinger escondió la cara entre las manos y lloró. Su hija se le acercó
y se arrodilló frente a ella, alisándole el pelo y tranquilizándola con palabras cariñosas y suaves de su infancia olvidada.
Después de un rato Liesl cesó en su llanto y levantó la cabeza. La joven le secó las lágrimas con un pañuelo de encaje, y su madre alargó los brazos y le cogió los hombros con sus manos ansiosas.
Habló en voz baja y amarga, con una expresión extraña en los ojos.
–Dos veces en mi vida he visto suceder esto, Traudl. Dos veces los hombres de este país y del mío han combatido y han perdido la guerra. Se llevaron a nuestros maridos y a nuestros hermanos y los dejaron morir en las playas y en las estepas. Los que quedaron volvieron a su hogar cojeando, como tu padre, para acostarse con nosotras y engendrar nuevos hijos para un nuevo sacrificio. Nos construyeron casas para destruirlas de nuevo. Plantamos jardines para que los pisotearan nuevos ejércitos. Ahora estamos demasiado viejos para procrear y creo que demasiado cansados para seguir construyendo. – ¡No, Muftí!
Traudl se desprendió de las manos convulsas dando un paso atrás.
–Sí -continuó Liesl apasionada e insistente-. ¡Sí! Ellos dejan la confusión y quieren que nosotros la ordenemos. Ellos destruyen y esperan que nosotros reparemos. Pero no nos dan voz en las decisiones. Es un mundo de hombres, mientras hay victorias. Pe en la derrota es de la mujer, porque lo mejor entre los hombres ha muerto… Los labios que tú habrías podido besar están fríos.
Los brazos que pudieran estrecharte yacen bajo la nieve. Los cuerpos que te hubieran dado calor fueron devorados por lobos. Sólo quedan los mutilados y los viejos para darte hijos que no amarás nunca, porque en su concepción faltará amor. Los fuertes, que habrían podido tratar con los conquistadores, ya no están. Los buenos, que habrían establecido una nueva fe, se han perdido. Sólo quedas tú, y los millones de mujeres como tú… ¿Te asusto, Traudl?
–No -los labios de la muchacha se curvaron en una sonrisa irónica-.
Usted no me asusta.
Todos los hombres quieren lo mismo. Corresponde a la mujer obtener el mejor precio. Yo lo haré tan bien como la mayoría.
Liesl Holzinger la miró con momentánea sorpresa. Después sonrió y asintió lentamente.
–Me alegro. Eso te lo hará más fácil… y también a nosotros.
Con un gesto extraño, tímido y sensual alargó los brazos y dejó descansar un momento sus manos en los senos turgentes de la joven; en seguida las deslizó pausadamente sobre su vientre plano y sus caderas delgadas como las de un muchacho.
–La mujer es la que triunfa al final -continuó-porque tiene la más fuerte de todas las armas.
Los conquistadores llegan como reyes y terminan como niños, desnudos en tus brazos, con sus labios oprimidos contra tu pecho. Son jóvenes y están solos y tienen miedo porque son extranjeros y el hogar está lejos. La vida que te traen la roban a sus propias mujeres, y ésta es tu venganza por todo lo que has perdido, por la locura de tus hombres que obedecieron a las trompetas mientras tú llorabas, sola, en un lecho frío. ¿Puedes comprenderlo?
La joven asintió lentamente, con los ojos dilatados de asombro por la elocuencia desusada de su madre y una agitación vaga producida por el contacto de sus manos.
–Sí, comprendo. Pero… pero… -¿Pero qué, hija? – ¿Cómo sabe usted todo eso? ¿Por qué lo siente?
El rostro tenso de Liesl Holzinger se relajó con el espectro de una sonrisa. Sus ojos parecieron mirar más allá de su hija, más allá del valle y de las cumbres, hacia atrás, en un tiempo distante, en un país remoto.
Estrechó contra sí a la joven recostando en su pecho la cabeza oscura.
Después, lisa y llanamente, le dio su respuesta.
Cuando Holzinger subió los peldaños de la entrada del «Hotel Sonnblick», se adelantaron dos guardias y le cerraron el paso cruzando sus bayonetas. Estaban sumidos hasta las orejas en sus abrigos, llevaban guantes y balaclavas, pero el frío contraía sus rostros y dejaban inexpresivos sus ojos. A pesar de que él se identificó en un inglés conciso aunque vacilante, lo dejaron en medio del viento mientras uno de los soldados iba en busca del sargento de guardia.
Éste lo sometió a un interrogatorio prolongado y al lo dejó pasar.
Cuando atravesaban el vestíbulo hacia el ascensor, vio a Franz Mayer, el administrador, y al viejo Wilhelm, el portero, que lo atisbaban por entre las palmas plantadas en maceteros. Los saludó con la cabeza y volvieron a su refugio como conejos. Holzinger sonrió con frialdad a sus espaldas en retirada.
Helmut, el pequeño ascensorista, le dirigió un tímido «Grüss Gott», y Holzinger le despeinó afectuosamente el cabello mientras subían al quinto piso donde -lo recordaba con ironía- los departamentos estuvieron siempre reservados para los dignatarios visitantes.
A pesar de la escasez de combustible, la calefacción central estaba abierta al máximo y flores de invernadero llenaban las grandes urnas de piedra. Mayer era un buen administrador. Entendía los refinamientos del servicio.
El sargento lo condujo rápidamente por el corredor alfombrado y se detuvo ante el departamento que, no hacía aún doce meses, había ocupado el Reichsmarschall Göring. Presionó el timbre y una voz apagada dijo:
«¡Entre!» El sargento abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarlo pasar.
En seguida la cerró, se cuadró y anunció al visitante.
–El alcalde, mi comandante. Dice que usted lo ha citado.
–Gracias, Jennings. Puede retirarse.
–A sus órdenes, mi comandante.
Nuevo saludo, la puerta volvió a abrirse y cerrarse, y el Bürgermeister Max Holzinger se encontró frente a la Fuerza de Ocupación.
El comandante estaba sentado ante un gran escritorio Buhl, con la espalda vuelta a la ventana, de modo que las sombras acentuaban la red de líneas alrededor de sus ojos pardos y las arrugas en las comisuras de su boca grande y contraída. Tenía la frente alta, la nariz larga, y vetas grises en sus cabellos desordenados. A pesar de las canas y las arrugas, Holzinger no le atribuyó más de treinta años.
Llevaba uniforme nuevo de campaña y camisa almidonada. Estaba recién rasurado. Las coronas de comandante relucían en sus hombros, y sus manos largas y expresivas descansaban sobre un archivador de cartulina.
De pie junto a él estaba el capitán rubio que había llegado con el destacamento de avanzada.
Holzinger hizo sonar los tacones y se inclinó con tiesura aguardando la jugada inicial.
–Me llamo Hanlon, Comandante de Ocupación para este distrito. Usted, según entiendo, es el Bürgermeister Max Holzinger. Le ruego tome asiento.
Su voz era tersa y autoritaria. El alemán fluía, fácil y puro, con entonación vienesa. Holzinger se sorprendió pero mantuvo el rostro estudiadamente estólido y tomó asiento. Dejó los guantes y el sombrero en
una esquina del escritorio y quedó a la expectativa. Hanlon abrió el archivador de cartulina y desplegó unas hojas. El tono de su pregunta fue ceremonioso: -¿Usted conoce los términos del Armisticio y la posición de las Fuerzas de Ocupación?
–Aún no he sido informado.
–Muy bien. Primero: Austria está ocupada por unidades de cuatro ejércitos aliados: inglés, francés, norteamericano y ruso. Bad Quellenberg se encuentra en la zona británica de ocupación.
–Afortunadamente para nosotros -murmuró Holzinger con sequedad.
Hanlon dejó pasar el comentario y continuó en el mismo tono indiferente.
–Las fuerzas de ocupación, su alojamiento, alimentación, transporte y mantenimiento general están a cargo del Gobierno austríaco a través de las autoridades locales. El representante de la Fuerza de Ocupación tiene derecho a requisar las propiedades o abastecimientos que estime conveniente o necesario de tiempo en tiempo. Puede reclutar mano de obra local y fijar salarios equitativos. Se exige a las administraciones locales y a las unidades de Policía local que cooperen para mantener el orden e investigar o perseguir a los presuntos criminales de guerra. ¿Me explico claramente?
–Muy bien. Usted habla en perfecto alemán.
–Gracias -Hanlon no sonrió. Mantuvo fríos los ojos y el tono impersonal-. El representante de la Fuerza de Ocupación, por su parte, hará todo lo posible por restaurar y mantener el orden; por ayudar en la reconstrucción de las industrias locales y en la repatriación y reempleo de las tropas licenciadas, que no sean presuntos criminales de guerra; todo esto sujeto a las directrices que pueda recibir de tiempo en tiempo del Oficial General que manda el Área de Ocupación… -Cerró la carpeta y se inclinó sobre el escritorio, escudriñando con sus ojos pardos el rostro impasible del Bürgermeister-. Le enviaré una copia de los documentos. Necesita un par de horas para leerlos con detención. Pero todos se reducen a esto: es un pacto que puede cumplirse de dos modos. Juegue limpio con nosotros y se beneficiará. Obstrúyanos y se verá en dificultades.
–Hay algo que usted olvida, comandante -Holzinger habló con tranquilidad pero claramente, preocupado de su dignidad y del respeto debido a los nuevos amos de la comarca. – ¿Qué cosa?
–Se me ha dicho que los antiguos miembros del Partido no pueden ser elegidos para desempeñar cargos públicos; hay que despedirlos y remplazamos por personal que no sea nazi. Yo he sido por largo tiempo miembro del Partido. Por lo tanto, creo que debo presentarle mi renuncia.
Una sonrisa helada crispó las comisuras de la boca de Hanlon e hizo asomar un destello a sus ojos pardos. Dijo con suficiencia:
–El comandante local queda temporalmente libre en estas materias. Me propongo ejercitar esta independencia y pedirle que continúe en sus funciones, por ahora. – ¿Y si me negara?
–Se perjudicaría y perjudicaría a su pueblo.
–En ese caso, no me queda otra alternativa que continuar.
–Estaba seguro de que lo comprendería -dijo suavemente Hanlon-.
Ahora… -cerró el archivador de cartulina y se apoyó en el respaldo de la silla. Sus ojos volvieron a la expresión ceñuda y sus labios se comprimieron como una trampa. Su voz acusó ira y glacial amargura-.
Comenzamos nuestra cooperación con un asesinato…
Holzinger asintió con gravedad.
–Estoy informado. Yo… yo le pido que me crea cuando le digo que me avergüenzo y lo deploro profundamente.
–Le creo -repuso Hanlon con sequedad-. Lo interpreto como que puedo contar con toda su cooperación para dar caza a este hombre y llevarlo ante la justicia.
–Puede contar con ella. Si me proporciona una descripción completa del individuo y me indica el sitio exacto del crimen, hablaré inmediatamente con la Policía y ordenaré que se efectúe un registro de la ciudad, las aldeas y las fincas montañosas. – ¡Bien! – Hanlon asintió con vigor y continuó-: El capitán Johnson le dará una descripción completa, que yo acabo de dictarle.
El punto en el camino está marcado claramente en el mapa que también le dará. Ya he telefoneado desde aquí a la Policía y le he pedido que investigue inmediatamente al distrito. No ha caído nieve. Las huellas de los esquís tienen que estar acusadas con toda claridad. El hombre es de Quellenberg, de modo que no será difícil obligarlo a salir a campo abierto. Tiene el rostro marcado con cicatrices. Es muy notorio. – ¿Cómo sabe usted que es de Quellenberg? – preguntó vivamente sorprendido Holzinger.
–Vi sus distintivos. Son los del regimiento de Quellenberg que, de acuerdo con el parte oficial, fue destruido casi totalmente en Ucrania. Es un
esquiador eximio e hizo el trayecto como si lo conociera desde niño. Es de aquí…, no cabe duda.
–Usted es un oficial eficiente -dijo Max Holzinger con admiración involuntaria.
–Celebro que lo comprenda. Espero que usted también se lo haga entender a la Policía. Quiero que me informen dos veces por día, con referencias completas en el mapa. Si es preciso se reclutará cazadores y leñadores locales para que ayuden en la búsqueda. Necesito que se encuentre a este hombre y le doy para ello cuarenta y ocho horas.
–Me esforzaré al máximo.
–Usted se presentará aquí todas las mañanas a las 9.30 horas para que conversemos sobre los asuntos de la ciudad y planifiquemos las operaciones de reconstrucción. – ¿Hay algo más?
–Sí. Quiero que el cura párroco concurra aquí está tarde, a la hora que le convenga. – ¿El… el párroco? – Holzinger procuró reprimir su curiosidad, pero se le escapó la pregunta.
Hanlon asintió.
–Sí. El sargento Willis era católico. No tenemos capellán. Quiero que lo entierren de acuerdo con los ritos de la Iglesia… Y otra cosa… -se interrumpió y pareció vacilar sobre la orden siguiente. Holzinger le insinuó con suavidad:
–Estoy a sus órdenes, comandante.
–Necesitamos un ataúd -dijo Hanlon con fría deliberación-. Tiene que ser entregado en este hotel a las 20 horas de esta tarde. Necesitamos personas que lleven el ataúd, seis, que sean ciudadanos importantes de Quellenberg. Todas las tiendas y negocios cerrarán mañana, y se exigirá a todos los habitantes que formen fila en las calles desde este hotel hasta la iglesia. La comitiva saldrá del hotel a las 9 horas y el ataúd será trasladado a la iglesia para la misa de réquiem. El sepelio tendrá lugar después en el cementerio de San Julián. Preocúpese de que haya un sepulturero listo para las ceremonias finales. Eso es todo, por el momento.
Cada palabra fue un golpe en la mejilla y, la despedida, el desprecio final. Holzinger permaneció de pie mirando a la Fuerza de Ocupación. En vano se esforzó por dominar el temblor de su voz.
–Estaremos ahí, comandante, como usted lo quiere. De todos modos habríamos estado, sin que nos lo pidiera. Usted acaba de llegar. No se puede