La segunda victoria

Morris West · Capítulo 2 de 24

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La segunda victoria

Capítulo Segundo

esperar que comprenda que el funeral de un soldado es un acontecimiento para nosotros. La mayoría de nuestros muchachos murieron muy lejos y no sabemos dónde los enterraron…, ni siquiera si están enterrados.

Simpatizamos con los soldados…, con todos, pobres diablos… y nos agrada pensar que descansan en tierra amiga y bajo el son de las campanas. Ahí estaremos, comandante. ¡Todos nosotros!

Saludó y se dio vuelta, y Mark Hanlon lo vio cojear, tieso y con la espalda erguida, hasta la puerta. Entonces golpeó la mesa con el puño y lanzó un juramento amargo. – ¡Que Dios lo condene! ¡Que Dios condene y reviente a todos!

El capitán rubio lo miró con leve ironía. Tenía veintitrés años, era demasiado joven para odiar, y no bastante maduro para la compasión o las lágrimas.

CAPÍTULO SEGUNDO

Karl Adalbert Fischer era el jefe de Policía en Bad Quellenberg.

Rechoncho de figura, su pequeña cabeza resultaba incongruente para su tronco abarrilado. Tenía las piernas cortas, el cuello largo y los ojos brillantes que, como los de un pájaro, mantenía sin pestañear. Cuando recorría las calles con su capa larga y su sombrero cuadrado de picos parecía un pato benévolo.

Su humor era excelente y le gustaban el schnapps y las rollizas muchachas campesinas. Llenaba. sus funciones con afable ineficacia, que despertaba el afecto de los quellenbergueses y lo había mantenido cómodamente en su cargo durante quince años. Resistió a una docena de purgas bajo la administración de la Gran Alemania y contaba con su sagacidad y experiencia para continuar a salvo hasta la jubilación. Ahora no sentía tal seguridad.

Cuando Max Holzinger entró en su oficina, se estaba calentando las nalgas contra la estufa, bebía. schnapps y mordía una tortilla mantecosa.

Agitó vagamente una mano murmurando:

–Grüss Gott, Herr Bürgermeister Sírvase un trago. Venga a calentarse.

Holzinger lanzó su sombrero sobre la mesa atestada y se quitó los guantes. Se sirvió un vaso del quemante licor blanco y se lo bebió de un sorbo. El pequeño policía lo observaba con ojos astutos, estimativos. Se sonrió y le dijo:

–Algo le preocupa, amigo. Deduzco que se ha entrevistado con el inglés.

–Hemos conversado -repuso secamente Holzinger-. Me dijo que se había puesto en contacto con usted. – ¡Oh, sí! Estuvimos en contacto -se rió cloqueando y se atragantó con el licor-. Al principio creí que se trataba de una broma. Habla como un vienés.

–No es broma. Está resuelto a actuar.

–Lo sé. Le di seguridad de nuestra entera cooperación y de nuestro sincero deseo de ayudarle.

Holzinger alzó la vista bruscamente.

–No le subestime, Karl. Es astuto y eficiente. Sabe lo que quiere y nada lo detendrá para obtenerlo. Este… este muerto es un mal comienzo para nosotros.

–Muy malo -Fischer dejó el vaso y se enjugó la boca con el dorso de la mano-. He despachado a mis muchachos para situar las huellas. Espero que lleguen allá antes de que oscurezca. – ¿Antes de que oscurezca? –

Holzinger lo miró desconcertado-. Estamos apenas en mitad del día. El sitio no dista ni diez millas.

–El auto es viejo -dijo Fischer caviloso-. Los neumáticos están gastados.

La dirección es defectuosa. Los caminos están congelados. Si ocurriera un accidente, los muchachos tendrían que caminar… y la Fuerza de Ocupación se vería obligada a proporcionarnos un coche nuevo. ¡Bien que nos vendría!

Además -inclinó la grotesca cabeza y olfateó el aire-, esta tarde nevará. Si la nevada principia temprano, las huellas se borrarán. – ¡No! – exclamó Holzinger boquiabierto, entre airado y divertido-. Esto es serio, Karl. No podemos jugar.

–No estoy jugando -dijo Karl Adalbert Fischer. – ¿Qué cosa entonces?

Esto es un asesinato. Nosotros dos somos responsables ante el Comandante de Ocupación.

Fischer sacó un cigarrillo de una caja de piel y lo golpeó contra la uña del pulgar mientras reflexionaba. Mantuvo los ojos inexpresivos y entornados. Dijo sombríamente:

–En los últimos años ha habido muchos asesinatos, Max. En cierto modo también hemos sido responsables de ésos. No veo por qué tengan que colgar a un loco infeliz por todos ellos.

–Mató a un inglés.

–Hace dos meses le pagaban por hacerlo, y lo habrían fusilado si no lo hacía. Es posible que ignore que ha terminado la guerra…

–E1 tribunal consideraría eso como… -¡Qué tribunal ni qué ocho cuartos! – Fischer alzó violentamente la cabeza balanceándola furioso en su largo cuello-. Los jueces se sientan con el hedor de los campos de concentración y del crematorio en las narices y nos apilan a todos como torturadores y sádicos. No los culpo por ello. Pero no les entregaré la cabeza de este muchacho en una bandeja. Mire… -se dio vuelta hacia la pared más alejada en la que todavía colgaba un mapa de los campos de batalla de Europa, erizado con banderitas de colores. Las banderitas iban cayéndose y el mapa tenía manchas de vino y residuos de café lanzados en la última desesperada reunión anterior al Armisticio.

Era típico de Fischer no haber pensado en arrancarlo. Ahora se hallaba junto a él, siguiendo las líneas con su dedo romo, mientras el Bürgermeister lo estudiaba con asombro creciente.

–Le mostraré de dónde vino y qué le sucedió en el trayecto. Partió de aquí, de la Ucrania, en Mukachevo, que era el hospital militar para nuestros quellenbergueses. Era médico, ¿sabe usted?, joven, con poca experiencia.

Pero ninguno de nuestros muchachos era viejo, ¿no es así? Pronto adquirió toda la experiencia necesaria; amputaciones, heridas en el vientre, congelación y tifus, y todas las cosas malditas que llegaron cuando los Russkis principiaron a hacernos retroceder en toda la línea. Cuando el regimiento quedó aislado, siguió trabajando noche y día, sin drogas, sin anestésicos, hasta que cayó de bruces en la sangre de un muerto.

Probablemente eso le salvó la vida, porque cuando los cosacos se abrieron paso, cruzaron por el Lazarett con sus bayonetas caladas, gritando y cantando. Así se ganó la herida en la cara. Si hubiera estado despierto, la habría tenido en las tripas. Cuando volvió en sí, se encontró entre muertos, y cuando gritó, nadie le oyó, porque los cosacos habían avanzado mucho, caía nieve y el viento la arrastraba por las estepas. Le colgaba la mejilla abierta, pero el frío detuvo la hemorragia y él buscó en las ruinas hasta encontrar un espejo de mano e hilo quirúrgico para cosérsela. En seguida registró los bolsillos a los muertos para descubrir restos de alimentos y cigarrillos. Despojó de sus prendas de lana a los que las tenían y se hizo un cojín con ropa interior ensangrentada. Cogió después un fusil, una bayoneta y una pistola de un muerto y partió tratando de volver a su casa. ¿Sabe

usted cuánto tardó? – la mano de Fischer apuntó acusadora a su amigo-:

¡Doce meses! Dos veces lo atraparon y dos veces escapó. Caminó de Mukachevo a Budapest, lo que equivale a recorrer la mitad de Hungría. Los Russkis rodearon la ciudad en una semana; entonces retrocedió hacia el Este y llegó a Salonta, en Rumania. En seguida se dirigió al Sur, a Yugoslavia, y torció otra vez al Norte, hacia Carintia. Mató a tres hombres.

Cazaba su comida como un animal. Dormía con prostitutas y seducía a las campesinas para que lo alimentaran y escondieran. En Yugoslavia los Chetniks lo cogieron y torturaron, para que nunca pudiera alternar con una mujer. Después se rieron en su cara y lo soltaron para que muriera.

Sobrevivió por un milagro. Le cicatrizaron las heridas pero el rostro se le convirtió en una máscara de Krampus. Y, como todos los perseguidos y hambrientos, se trastornó un poco. Detrás de cada árbol veía enemigos.

Todos sus sueños se poblaban de monstruos…, siguen poblándose, aunque hace un mes está en su hogar. Despierta en la noche dando alaridos. La casa le parece una prisión y a veces sale, con su fusil y su pistola, a rondar las montañas. Han tratado de desarmarlo, pero aúlla como lobo acorralado.

Últimamente creyeron que estaba mejorando. Las pesadillas eran más escasas, los vagabundeos menos frecuentes… Y entonces, sucedió esto…

–Usted habla… -dijo lentamente Holzinger- como si lo conociera.

–Así es -repuso Karl Adalbert Fischer-. Es el hijo de mi hermana. –

¡Santo Dios! – ¿Ve usted ahora por qué no puedo permitir que lo cojan?

–Lo veo. Lo que no veo es cómo podrá usted mantenerlo a salvo. La Ocupación puede durar muchos años.

La cómica cabeza asintió con hosquedad.

–Lo mantendré. Lo cambiaré de valle en valle, de finca en finca, y haré que el inglés explore cada montaña menos la precisa. Lo mantendré por diez años, si es necesario… Y Hanlon nunca lo tendrá al alcance de su puntería.

–No podrá guardar un secreto como ése, Karl. La gente habla…, nuestro pueblo más que todos.

Llegará a oídos de Hanlon, y entonces será a usted a quien coja.

El rostro del pequeño policía volvió a relajarse con su sonrisa bienhumorada. Se sirvió otro schnapps y lo paladeó lentamente. En seguida atravesó la sala hasta un archivador de acero que había en un rincón, le quitó el cierre y sacó de él una gran carpeta encuadernada en piel. Cuando

la abrió sobre la mesa, Holzinger vio que cada página estaba cubierta con menuda caligrafía gótica. – ¿Qué es esto? – ¿Esto? – dijo Fischer con una mueca sardónica-. Éste es el secreto de que un tipo que no sirve para nada como yo haya conservado un empleo como éste durante quince años… sin tener jamás un punto negro en su contra. Los registros de mi oficina tienen un atraso de seis meses, pero éste lo he escrito cada tarde durante todo ese tiempo. – ¿De qué se trata? – el desconcierto de Holzinger era visible. –

¡Historiales, Herr Bürgermeister! Mis informaciones privadas sobre cada hombre, mujer y niño en Quellenberg y en el valle. Hechos, murmuraciones, sospechas, adivinanzas. Cosas que he oído en la cama.

Susurros captados en funerales. Todo está aquí. Todo es mío. La mayor parte no la he usado nunca. Pero aquí está para el día en que la necesite. –

¿También me tiene ahí? – la risa de Holzinger acusó inquietud.

–Usted y su mujer y su hija… y su hijo, que en paz descanse. Usted está en buena compañía.

Tiene la página que sigue a la del padre Albertus. – ¿También está Kunzli? – ¡Kunzli! – Fischer escupió despectivamente en el cesto de los papeles-. Sobre éste tengo un largo capítulo. ¿Por qué me lo pregunta?

–Puedo pedirle un día que lo use -dijo suavemente Holzinger.

Fischer hizo un gesto negativo enfático.

–Ni siquiera por usted, Herr Bürgermeister. En ese libro hay el trabajo de una vida. Nunca lo he usado para difamar, y espero no hacerlo. Pero me propongo sacarle provecho… de un modo u otro.

–Ya lo está aprovechando, Karl. – ¿Lo estoy? – Fischer irguió la cabeza como un pájaro inquieto, listo para volar al más leve asomo de peligro.

–Sí. Vea usted, ya he olvidado todo sobre el hijo de su hermana. Hasta donde llegan mis informaciones, murió en Russland. – ¡Bien! – la palabra escapó con una exhalación honda y satisfecha mientras Fischer se inclinaba sobre la mesa para servir dos vasos de schnapps-. Estaba seguro de que usted comprendería, Max… y si tiene cualquier dificultad con Kunzli, hágamelo saber.

–Lo haré -dijo tranquilamente Holzinger-. Prost!

–Prost!

Alzaron los vasos y bebieron, de pie ante el mapa desplegado donde el vino parecía sangre derramada y se marchitaban las banderitas en ebria derrota.

–Lo merecemos -dijo Holzinger con amargura-. Merecemos todo lo que nos sucede: los gobernantes que tenemos, los hijos que se mueren, la mujer que nos traiciona. Perdimos la guerra.

Tenemos otra vez el yugo al cuello, y seguimos conspirando unos contra otros. Que Dios condene nuestras almas miserables.

Empinó el vaso, recogió el sombrero y los guantes y partió a concertar con el padre Albertus las disposiciones para el funeral.

Abrió la puerta de la casa parroquial una viuda con mejillas de manzana y lengua acre. Dijo que el padre no estaba allí. Había bajado al cementerio a palear nieve como cualquier labriego. Antes que Holzinger pudiera detenerla se lanzó a parlotear en dialecto, deplorando las locuras del clero y los fardos que traspasaba a sus hombros anchurosos. – ¡Se matará, eso es lo que sucederá! Y está harto viejo para saber lo que hace. Si cae con neumonía, ¿quién lo va a cuidar? ¡Yo! Dios sabe que es duro de manejar cuando está bien. Come como un pajarito, agua el vino hasta dejarlo con gusto a lavado de platos, duerme a lo más dos horas. No me importaría si me dejara dormir. Estoy dos pisos más abajo pero lo siento caminar de un lado a otro, murmurando y rezando. A veces se disciplina y ensangrienta las camisas. Y soy yo la que tiene que lavarlas. Basta mirarlo para… -¡Muy bien! ¡Muy bien! No es asunto mío -la paciencia de Holzinger se iba agotando. Le sobraban preocupaciones propias para cargar con los chismes comarcanos sobre las peculiaridades ascéticas de un viejo sacerdote. Se dio vuelta bruscamente y el ama de llaves cerró la puerta con estrépito y se marchó a su cocina mascullando contra los funcionarios que se daban importancia y contra las mujeres de su casa que no eran lo que debían ser.

Los quellenbergueses no habían aprobado nunca a la hamburguesa rubia de voz profunda, y las aventuras de la hija eran el tema de las conversaciones sostenidas alrededor de la estufa en las casas de las fincas.

Holzinger se subió el cuello de piel hasta cubrirse las orejas, hundió las manos en los bolsillos y se dirigió con la cabeza gacha y los ojos bajos hacia el hielo sólido del camino. A su paso los ociosos de la ciudad se quitaban el sombrero deseándole «Grüsses», pero él no veía ni oía, y ellos se alejaban turbados, porque en tiempos normales Holzinger era bien educado y nunca omitía dar respuesta a un saludo.

Al llegar a la pared alta que separaba el cementerio de San Julián y el camino, les salió al encuentro una niñita rubia que le ofreció un ramo de

rosas de nieve implorándole con vocecita atiplada:

–Schneerosen, Herr Bürgermeister! Para los pobres.

Se sobresaltó ante la súbita aparición, pero había tanta inocencia en la carita resplandeciente, que forzó una sonrisa y buscó en su bolsillo unas monedas para dárselas.

Ella le hizo una reverencia, se las agradeció gentilmente, le metió las rosas en la mano y se alejó saltando hacia el valle. Holzinger miró los pequeños botones de hojas cerosas, pensando qué diablos haría con ellos.

Cuando entró en el cementerio vio el viejo crucifijo de madera que se alzaba entre el bosque de tablas recordatorias. Obedeciendo a un movimiento instintivo dejó las flores a los pies de Cristo, se persignó con torpeza y se alejó sintiéndose levemente culpable, como un chicuelo sorprendido ante el frasco de mermelada.

Después vio al padre Albertus.

Estaba picando el hielo de los peldaños de piedra gris de la entrada y amontonándolo detrás de uno de los contrafuertes. Con su melena blanca y sus espaldas encorvadas, la capa raída y las botas gruesas, se parecía a cualquiera de los labradores ancianos de los cerros. Pero cuando se enderezó al ruido de pisadas y se volvió a saludar a Holzinger, fue otro hombre.

Lo primero que llamaba la atención en él era la transparencia extraordinaria de su rostro. Era como si ardiera en su interior una lámpara que consumía lentamente la carne, dejando sólo la osamenta aquilina y la piel envejecida, traslúcida, estirada para recubrirla.

En seguida sus ojos, azules como la flor del maíz, límpidos como los de un niño cuando quiere compartir un secreto con alguien que ama. Su boca era firme, pero sus comisuras se levantaban en una sonrisa que desmentía las líneas dolientes que se ahondaban en sus mejillas. Su voz resonaba como la de una campana.

Sólo después se reparaba en sus manos.

Las tenía anudadas y torcidas como las garras de un gavilán, con los nudillos gruesos y anquilosados, de tal manera que sólo podía mover los pulgares y los índices.

Poco después del Anschluss, cuando era rector del Noviciado jesuita en Graz, lo llevaron a Mauthausen para aplicarle un «tratamiento correctivo».

Uno de los carceleros era ex alumno suyo e ideó la delicada venganza de

quebrarle un dedo cada semana, y de atormentarlo con la idea de que al final tendría que sacrificar también los dedos consagrados y nunca podría volver a celebrar misa.

El padre Albertus creía en la oración… y en Mauthausen no quedaba otra cosa sino orar. Antes de que transcurrieran seis semanas, el cardenal de Viena hizo que lo dejaran libre y le ofreció prudentemente, por medio de sus superiores, la alternativa de expulsión de Austria o designación como cura párroco en las montañas.

Por eso se hallaba ahora en el cementerio de San Julián, apoyado en su pala como un labriego y escuchando el relato quejumbroso de Holzinger sobre su entrevista con Mark Hanlon. Lo oyó en silencio hasta el fin, sus fatigados ojos se nublaron con suave pesar y dijo lentamente:

–Usted debe comprender, Max, que para cualquiera de nosotros es difícil comportarse bien en una situación como ésta.

Ésa era otra de las características del anciano. Nunca decía lo que se esperaba. Jamás desperdiciaba palabras en preludios corteses. No tenía tiempo para nada que no fuera la verdad.

–Más difícil para nosotros que para él -replicó Holzinger con acritud.

–No. El poder es como el ropaje nuevo del rey: una ilusión que deja desnudo al hombre ante la risa y las espadas. – ¿Usted irá a verlo?

–Sí.

–Trate de explicarle que aunque yo ordene a la gente que asista al funeral, no puedo garantizar una concurrencia completa. No puedo forzar a mis colegas a llevar el ataúd.

–Olvide su vanidad, Herr Bürgermeister -el padre Albertus sonrió con leve ironía-. Olvide que se trata de una orden de la Fuerza de Ocupación.

Conviértala en una petición personal emanada de usted, en una sugerencia en que la cortesía y la caridad se hallan comprometidas. Nuestra gente comprende esas cosas… casi siempre.

–Es dar a Hanlon una victoria fácil. – ¿Hanlon…? – el nombre le causó una sorpresa súbita-. Ése no es un apellido inglés, ¿verdad?

–Lo ignoro. No estoy familiarizado con el idioma. ¿Por qué?

El padre Albertus se encogió de hombros.

–Fue una idea pasajera. Un recuerdo momentáneo. No tiene importancia.

–A propósito -Holzinger paseó su mirada por el cementerio, por las antiguas lápidas en las tumbas de familia, por el bosquecillo de tablas de pino que constituían los recordatorios del regimiento que no tuvo sepultura-, ¿dónde enterraremos a ese hombre?

–Allí -el padre Albertus indicó el gran crucifijo que emergía de los recordatorios-. A los pies de Cristo. – ¡Entre nuestros muchachos! –

protestó alarmado Holzinger-. Al pueblo no le gustará.

–Todos formamos una familia en el vientre y en la tumba -le amonestó el anciano con severidad-. Todos somos hermanos en Cristo. Cuanto antes lo comprenda el pueblo, tanto más pronto llegará a la paz.

Holzinger bajó la vista a las manos nudosas y quebradas del sacerdote y supo que no podía contradecirlo.

El comandante Mark Hanlon, instalado en su sala en el piso más alto del

«Hotel Sonnblick», discutía el futuro con el capitán Johnson. Un mozo de chaqueta blanca terminaba de retirar los restos del almuerzo, y ellos se repantigaron en los amplios sillones, para beberse el café y saborear un licor austríaco dulce y fuerte. Relajados con el vino y la comida, atenuada ya la primera impresión de extrañeza del lugar, empezaban a sentirse más en confianza.

Johnson sacó su cigarrera, la ofreció a Hanlon y encendió los dos cigarrillos. Fumaron un rato en silencio, contemplando las espirales azules que subían soñolientas hasta el cielo artesonado.

Johnson hizo una mueca infantil y murmuró:

–Esto es vida, Mark. Pueden darme una buena dosis.

–La tendrá, Johnny -dijo Hanlon con buen humor-. Estaremos aquí largo tiempo. ¿Están acomodados los muchachos?

–Sí. Los alojé en el primero y segundo piso, y a los suboficiales en la planta baja. Las comidas serán servidas en el comedor principal y el Stürberl servirá de casino. Los suboficiales pueden usar el bar para cócteles.

El salón de baile será convertido en teatro; la sala y el escritorio no serán modificadas. Pensé que usted quedaría satisfecho con lo que tenemos aquí arriba. Hay sitio para un regimiento. Hanlon asintió pensativo y aspiró el humo.

–En una semana comenzarán a aburrirse. Necesitaremos alguna distracción. Vea si Mayer puede desenterramos algunos músicos. Yo escribiré a Klagenfurt pidiendo una proyectora y un suministro regular de

películas. Es probable que usted pueda descubrir un profesor de esquí para los que quieran aprender. Es mejor que cerremos las cantinas a las once. Las luces se apagarán a las doce. Todos los soldados tienen que estar recogidos a esa hora. – ¿Y qué me dice sobre la orden de no fraternizar?

–Es inoperante, Johnny. Tendrán que suspenderla tarde o temprano.

Temprano, probablemente.

Entretanto…

Se interrumpió y estudió los trazos dorados del cielo. Johnson apuntó con curiosidad: -¿Entretanto?

–No queremos tener un puñado de sirvientas embarazadas en el hotel, de manera que fabricaremos reglamentos propios. Todas las cantinas y Stüberls de la ciudad quedan excluidas para las tropas. Si los soldados quieren salir con muchachas a pasear o esquiar está bien. Si los reciben en casa de familia, conforme. Pero nada de fraternizar en público ni de traer mujeres aquí, salvo que organicemos una fiesta oficial…, lo que no sucederá por algún tiempo. – ¿No está abarcando demasiado, Mark? No me interprete mal -corrigió apresuradamente Johnson-. Creo que usted tiene razón. Pero ¿qué opinarán sobre ello en el Cuartel General?

–No pienso decírselo -declaró escuetamente Hanlon-. Corre de su cuenta y de los suboficiales hacer entrar en razón a las tropas y vigilar para que no abusen de sus privilegios… ni de las muchachas. Si hay molestias usaré la cuchilla, sin misericordia.

–Lo considero justo -asintió Johnson-. Los manejaré con rienda corta por una o dos semanas; después la aflojaré poco a poco. Creo que así será mejor.

–Es asunto suyo, Johnny. Yo tengo las manos llenas.

Sus ojos se empañaron y su boca se fijó en una línea torva. Johnson lo observó con vaga inquietud. – ¿Hay algo que le preocupe, Mark?

Hanlon se incorporó violentamente y caminó hasta la ventana. Ahí permaneció mirando las nubes grises que salían del desfiladero e iban cubriendo las cumbres blancas de Grauglockner. Dijo con aire ausente:

–Nevará muy pronto.

–Ésa no es contestación a mi pregunta.

–Usted sabe que sí -Hanlon se dio la vuelta para mirarlo-. Todas las huellas se borrarán en veinte minutos. La Policía volverá diciendo que no pudo descubrir rastro alguno del hombre que mató a Willis.

–Usted lo esperaba, ¿verdad?

–Lo esperaba, pero no estoy obligado a sentirme feliz por ello.

–Willis murió -dijo Johnson, con la crueldad inconsciente de la juventud-. Usted no puede hacerlo revivir. Lo mataron después del toque del pito, lo que convierte un acto de guerra en crimen. Usted ha puesto en marcha la maquinaria para coger al criminal. No veo el motivo de tomarlo tan en serio. Es una parte de nuestra tarea. Enterraremos decentemente a Willis y lo olvidaremos…, porque es imposible recordarlo más que al millón que murió en los últimos años.

Vamos, sírvase otro trago.

Empujó la botella y la copa sobre la mesa pulida hacia Hanlon. Le sorprendió un tanto ver que éste volvía de la ventana y se preparaba una dosis doble. Hanlon frunció un ojo al subalterno, alzó la copa y brindó: -

¡Por el Nuevo Orden! Prost!

–No hay orden nuevo -dijo alegremente Johnson- porque los hombres son siempre iguales y las muchachas siempre diferentes. Pero ésa no es una razón para malgastar el licor. Prost!

Sonó el teléfono, Hanlon tomó el auricular y el sargento de guardia le dijo que el padre Albertus aguardaba para verlo.

–Reténgalo tres minutos; en seguida tráigalo.

Dejó el auricular y se volvió ágilmente a Johnson. – ¡Un visitante, Johnny! Viene el párroco. Limpiemos este desorden y presentémonos en forma respetable. – ¿La clientela no mira nunca al través? – Johnson estaba repleto de comida y vino y se sentía más que de tamaño natural. Hanlon le dio una mirada rápida y le dijo con acritud: -¡Si lo hacen, la culpa es de ellos! ¡Muévase, Johnny! Vacíe los ceniceros y esconda ese licor.

Se afanaron por la habitación como un par de camareras, y cuando el padre Albertus fue introducido unos minutos más tarde, Hanlon estaba sentado ante el escritorio, Buhl y Johnson se mantenían a su lado de pie, como si fueran símbolos de la Fuerza de Ocupación.

El sargento se hizo a un lado y el anciano sacerdote atravesó lentamente la ancha alfombra y se detuvo frente al escritorio. Tendió la mano y dijo: -

¡Grüss Gott, comandante!

Johnson se sobresaltó al oír su voz profunda, vibrante como una campana. Hanlon se quedó mirándolo de hito en hito, con los ojos dilatados y la boca abierta, como si viera un aparecido. No hizo movimiento alguno

para estrecharle la mano; se incorporó lentamente, con la vista fija en el austero rostro luminoso y en las canas sedeñas que lo enmarcaban. Su respuesta fue un murmullo de asombro. – ¡Dios santo! ¡No!

Johnson y el sargento lo miraron, admirados. Él les dijo con un gesto imperioso:

–Háganme el favor de retirarse. ¡Los dos!

Vacilaron un momento, luego saludaron correctamente y se fueron. Sólo cuando la puerta se cerró tras ellos, Hanlon cogió la mano del sacerdote. Al sentir los dedos tiesos y quebrados los contempló con horrorizada sorpresa y volvió a mirar los ojos sonrientes.

–El nombre no me significó nada cuando lo oí, padre. ¡Todavía me resisto a creer que es usted! – ¡Hermano Mark! El león inquieto. Yo recordé el nombre cuando me lo dijo Holzinger. Has cambiado, hijo mío.

–Usted también, padre. ¿Quiere sentarse?

Salió de detrás del escritorio y llevó un sillón al anciano. Le ofreció un cigarrillo y bebida, pero el padre Albertus rehusó. Hanlon colocó otra silla frente a él, como si le avergonzara ocupar el asiento de los poderosos en presencia del sabio y estropeado anciano.

–Dios nos conduce por extraños caminos, hijo -los ojos mansos estudiaron cada línea del rostro de Hanlon-. Llego para doblar la rodilla ante César y encuentro a mi antiguo novicio sentado bajo las águilas.

–Me sentía más cómodo en su sala de conferencias -replicó secamente Hanlon.

El sacerdote sonrió moviendo la cabeza.

–Entonces también te faltaba sosiego. El hábito religioso no te quedaba cómodo -levantó la vista hacia las coronas que brillaban en las charreteras-.

¿Éste te molesta menos?

–Me sienta mejor, padre. No me hicieron para monje.

–A menudo me lo he preguntado. Nos dejaste con pena. ¿Eres feliz ahora?

–Soy más viejo -Hanlon eludió cuidadosamente la respuesta-. Ahora no me siento infeliz -miró las manos torcidas que atenazaban como garras los brazos del sillón-. Hábleme de usted. ¿Qué le sucedió a sus manos?

–Mauthausen -replicó brevemente el padre Albertus-. Un pobre hombre pensó que torturándome podía aliviar el tormento de su propia conciencia.

Fue estudiante mío, antes de que me hicieran Maestro de Novicios. Mi falla

con él debe haber sido muy grave. Considero que esto es la penitencia. –

¡Esto es una casa de locos! – la voz de Hanlon fue suave y sorprendentemente amarga-. ¿Qué le ocurrió a esa gente para que pudiera hacer cosas como ésta… tortura lenta, asesinato público? En otros tiempos, cuando yo estaba en Graz con usted, no era así. Era mansa, gemütlich, llena de Schmalz, con un budín de grasa. ¿Qué pasó?

–Nada -repuso con gravedad el padre Albertus-. Nada más que el florecimiento del mal que ya estaba en nuestros corazones. Nada que no pueda sucederte a ti también, hijo mío.

–No le entiendo. – Hanlon, resentido, alzó bruscamente la cabeza.

–Creo que sí. Viviste largo tiempo entre nosotros. Nos amaste lo suficiente para aprender el lenguaje como nuestros propios hijos. A menos que me engañe, por eso volviste… porque deseabas vernos de nuevo, acaso ayudarnos. ¿Es o no verdad?

–Más verdadero de lo que usted cree. Necesité seis meses para preparar el terreno y conseguir este nombramiento, padre. Después de la confusión sangrienta de la guerra, parecía una oportunidad de edificar en vez de destruir -alargó las manos en irónica excusa-. Usted me enseñó mejor de lo que piensa, padre Maestro de Novicios. Usted le quitó el sabor a muchos besos y el aroma al mejor vino. Me dejó esta comezón por reformar el mundo…, pero nunca me enseñó el arte de vivir cómodamente en él. Eso tuve que aprenderlo solo. Pero… tiene razón. Deseaba volver. Quería ayudar. Amaba a esta gente.

–Hasta que uno de ellos asesinó a tu amigo.

–Así es.

–Uno no es todos.

–Pero todos ocultarán al uno, ¿no es verdad?

–No los culpes demasiado por eso. Han perdido a casi todos sus jóvenes. En el valle muchas niñas no tendrán nunca marido. ¿Puedes reprocharles que traten de salvar aún a ese mutilado?

–De esa manera no lo salvarán. ¿No lo comprenden? Existe la ley…

–La ley ha sido por largo tiempo una burla en Europa, Mark. Tú deberías comprenderlo.

–Ahora hay una ley nueva.

El anciano sonrió con ligera burla y movió la cabeza.

–La ley del conquistador. Es sospechosa desde la partida.

–Lo sé tan bien como usted. Pero ¿no ve usted que al menos tienen que ensayarla? De otro modo no hay esperanza de volver a comenzar. Usted, más que todos, debería sentir respeto por la ley, padre.

–Lo siento, hijo, pero nunca he creído que el verdugo era su mejor intérprete. – ¡Yo no soy un verdugo, Dios santo! – la voz de Hanlon se endureció de ira-. Estoy aquí para que se haga justicia. Y recuerdo bastante de mi vida en Austria para templarla con la misericordia.

–No puedes garantizar ni la justicia ni la misericordia -le replicó secamente el padre Albertus-. Eres un hombre sometido a la autoridad…

como el centurión. Puedes arrestar a ese individuo. Puedes procesarlo. Pero no puedes defender su causa ni modificar el código por el cual lo juzgarán.

– ¡Evíteme la dialéctica, padre! – explotó Hanlon con impaciencia-. Éste es un problema práctico. Se ha cometido un crimen. Si el pueblo no coopera para llevar al asesino a la justicia se les considerará cómplices. Se encontrarán en oposición a la única autoridad que puede ayudarlos a volver a la vida normal. No habrá paz para ellos mientras no encontremos a este hombre. – ¿Y ese amor que traes, Mark? ¿Dónde se manifiesta?

–Prescindimos de él -repuso fríamente Hanlon-, porque el amor unilateral es amargo y estéril. Administramos justicia. Gobernamos de acuerdo con los estatutos. Es probable que a la larga sea más sabio. – ¿Estás seguro de poder prescindir de él?

–Estoy seguro, padre. Tengo que estarlo.

El anciano se levantó y se envolvió en su capa. Ahora tenía sombríos los ojos y parecía que el fuego se hubiera apagado detrás de su rostro tenso.

Dijo con voz queda:

–El Bürgermeister me hizo saber lo que quieres. He dispuesto el réquiem y el funeral. Pensé que tal vez querrías ayudar a misa. Sería… sería como en los antiguos tiempos.

Algo de frialdad se derritió en los ojos de Mark Hanlon al mirar a su mentor de blancos cabellos y ver cuán viejo, cansado y frágil estaba. Vaciló un momento y repuso con bastante bondad:

–Es preferible que no, padre. Hace mucho tiempo que no frecuento los sacramentos. Debo considerar también un aspecto político. En Bad Quellenberg hay católicos y luteranos. La Fuerza de Ocupación no puede identificarse demasiado ni con unos ni con otros. Asistiré a la misa y al entierro. Es lo más que puedo hacer.