La segunda victoria

Morris West · Capítulo 5 de 24

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La segunda victoria

Capítulo Quinto

Hanlon se alegró de llevar el rostro cubierto con la capucha para que ella no viera la ironía de su sonrisa. Con suavidad le dijo:

–Ésa no es una conclusión obligada. Una cosa es creer y otra completamente distinta es poner en práctica la creencia. Los católicos pueden ser tan brutales unos con otros como los budistas o los luteranos.

Pueden mentir y engañar lo mismo que los de otros credos. Fue un católico el que quebró las manos al padre Albertus.

–Nunca he podido comprender eso.

–Se necesita tiempo -dijo Hanlon, con voz queda. Hicieron el resto del camino en silencio, y llegados a la puerta del cementerio, Hanlon se detuvo.

La joven titubeó un momento, después le dio las gracias y le tendió una mano.

–Espero que… que nos visite alguna vez, comandante. Sé que mi tío se alegrará de verlo.

–Más adelante, quizá. Cuando estemos más instalados.

–Auf Wiedersehn, comandante.

–Auf Wiedersehn, Fräulein.

Se quedó mirándola caminar por el sendero que atravesaba el bosque de tablas recordatorias, y momentos después oyó las primeras notas retumbantes del órgano y el sonido de voces jóvenes, claras como campanitas en el aire montañés. Permaneció largo rato escuchando, mientras la cabeza y los hombros se le cubrían de copos de nieve y el frío invadía su sangre como una muerte lenta.

CAPÍTULO QUINTO

Cuando la Mädchen terminó de retirar la vajilla, el Bürgermeister Max Holzinger estalló en dispéptica furia: -¡Ese hombre es un intrigante; la peor elección que pudo hacerse! Con su atractivo es capaz de engañar a uno a confiar en él, y al final se ríe y retuerce el puñal entre las costillas. ¡Nunca he tenido una desilusión más grande ni he sido tan humillado!

Su mujer y su hija lo observaron recorrer de un lado a otro la alfombra con su paso vacilante, mientras vaciaba en ellas la vergüenza y el desconcierto que le produjera su primer encuentro con la Fuerza de Ocupación. Había llegado a la casa silencioso y deprimido. Probó la comida con expresión adusta y bebió el doble de vino que lo acostumbrado. Gruñó a la sirvienta y la despidió de la sala, presurosa y llorando, apenas

terminaron de comer. Ligeramente borracho y sintiéndose por fin en familia, desbordó su ira impotente. – …Su actitud respecto de la ceremonia fúnebre fue fría. Nada más que una representación teatral destinada, no a honrar al muerto, sino para dejar al pueblo avergonzado y hacerle sentir el nuevo poder que manda en el país. Está organizando una cacería humana,

¡como si no hubiéramos tenido ya bastante en los últimos años! Me extraña que no emplee sabuesos. Tuve una larga conversación con Fischer y los dos hemos resuelto no prestarle cooperación. Le enseñaremos que… -¡Eres un necio, Max! – lijó Liesl Holzinger, y el veneno de su voz detuvo al Bürgermeister como lo habría hecho un proyectil. La miró con la boca abierta. – ¿Qué… qué dijiste?

–Que eres un necio uniéndote con Fischer, y más necio aún en oponerte al Engländer. Él puede aplastarte de un golpe.

Holzinger sintió un temor vago a la mujer nueva que asomaba a los ojos de Liesl. Como todos sus compatriotas estaba habituado a la sumisión femenina y a que sus mujeres fueran el auditorio que calmaba sus estallidos.

Ásperamente le replicó: -¡Tú no comprendes, Liesl! Se trata de política. Ése es asunto de hombres. Si no mostramos energía al comienzo terminaremos cargando en el cuello un yugo más pesado todavía. Te digo, Liesl… -¡Y yo te digo, Max! – ella se incorporó con los ajos centelleantes y los labios comprimidos con expresión iracunda, enfrentándose con él. Su hija vio con sorpresa que su figura alta y llena empequeñecía a su marido, y que éste vacilaba ante el ataque-. Hubo m tiempo en que podías decirme qué cosas me incumbían y cuáles no. Ahora es distinto. Soy yo quien e lo dice. ¿Por qué?

Porque está en juego mi vida, la de Traudl y la de todas las mujeres como nosotras. Si combates a este hombre te destruirá… y a nosotras contigo. Ya lo has hecho, tú y tus soñadores. Mataste a mi hijo…

–Te suplico, Liesl… -¡No, Max! Es demasiado tarde. Terminó la guerra.

La perdiste. Ahora tenernos paz, y no dejaremos que también la pierdas.

–Liesl, tú no entiendes lo que él quiere. Pretende que le entreguemos un muchacho, como vulgares delatores, como… como… -¡Entrégaselo entonces! – dijo ella furiosa-. Entrégaselo y que haya un poco de tranquilidad en huesas vidas. Entregaste a nuestro hijo, ¿no fue así? No Inspiraste con Fischer para mantenerlo fuera del «cito. ¿Por qué lo harías con éste?

–Porque… -Holzinger titubeó, sabiendo cuánto había de orgullo en su decisión y cuán poco de argumentación lógica-. Es difícil de explicar, pero…

–Entonces deja que yo te explique, Max -la voz de Liesl se había aplacado, pero era fría y sin amor-. Si persistes en lo que pretendes, te abandonaré. Las dos nos iremos. Acudiremos donde el Engländer para explicarle nuestra posición. Le diremos lo que hiciste con esta casa; que nos resistimos a participar en conspiraciones o en política…, que sólo queremos tranquilidad para rehacer nuestras vidas. Creo que nos escuchará. No me parece que nos dejará morir de hambre. – ¡No te atreverías!

–Sí. Y también Traudl.

Holzinger miró a su hija, repantigada como siempre en la butaca, fumando plácidamente y observándolos con la ironía de la juventud decepcionada. – ¿Es verdad, Traudl?

–Completamente cierto, padre -dijo ella sonriendo-. La vida ha sido por mucho tiempo un negocio unilateral. Pienso como mi madre. Ya es tiempo de que eso cambie.

Holzinger estaba derrotado y lo sabía. Un hombre puede pelear contra todos los enemigos exteriores, pero no contra los de su casa. Largo rato miró de una a otra; después se le relajaron los músculos de la cara, se abatieron sus hombros y pareció envejecer súbitamente. Dio media vuelta y se dirigió a la ventana, permaneciendo allí con las manos atrás, cruzando y descruzando nerviosamente los dedos. Cuando se decidió a hablar, su voz era apagada y vacilante:

–Yo… no sé lo que ustedes esperan de mí.

Tuvo un sacudimiento al oír que le respondía su hija, deliberadamente y sin piedad.

–Hágase amigo de él, padre. Coopere. Si quiere, juegue con Fischer, pero recordando siempre dónde está el poder verdadero. En un tiempo más el inglés se sentirá solo. Todos los hombres sienten la soledad cuando están lejos de su patria y de sus mujeres. Sea amable con él. Si el momento se presenta, invítelo a venir aquí. – ¿Y entonces?

–Mi madre y yo haremos el resto.

Holzinger guardó silencio medio minuto, y sólo entonces pareció captar el alcance de las palabras de Traudl. Se dio la vuelta para mirarla. Su voz era casi un murmullo. – ¿Sabes lo que estás diciendo? Es… es casi obsceno.

– ¿Así lo considera, padre? – los labios gruesos de Traudl se torcieron con una sonrisa amarga-. La vida entera me parece una especie de obscenidad.

Cómo se procrea a los hijos, cómo nacen, cómo mueren, desparramando por el suelo los sesos, con los vientres reventados por las balas; cómo vuelven a dar a luz las mujeres, porque sus maridos regresan y quieren calentarse y sentirse hombres. Así rueda el mundo. No sé de qué se queja.

–No toleraré que mi hija se convierta en una prostituta.

–Es el riesgo que se corre… con las esposas y las hijas -dijo fríamente Liesl Holzinger-. Pero con un poco de suerte podríamos casarla con el inglés. Él las observó, comparando la rubia fuerza teutónica de la madre con la belleza morena y foránea de la hija, y una vieja duda comenzó a perturbarlo como el dolor de un diente. Y se preguntó si no estaría repitiéndose la historia en la casa montañesa de Bad Quellenberg.

Karl Adalbert Fischer tenía preocupaciones de otra índole.

Las líneas telefónicas que unían a Quellenberg con las aldeas de la montaña se abatían bajo la carga del hielo y las conversaciones se desarrollaban en medio de un continuo restallar de cargas estáticas que parecían una fritanga de tocino. Tenía que gritar para hacerse oír, y su cuñado Franz Wikivill era un hombre obstinado que necesitaba repeticiones constantes para entrar en razón.

–Escucha, Franz, por amor de Dios! No quiero argumentos, necesito hechos. ¿Está todavía en la casa el muchacho?

–Sí, aquí está. Pero… -¿Cómo se siente? ¿Sabes lo que hizo?

–No se consigue de él nada coordinado. Cuando legó estaba delirando.

Ahora se ha tendido en la cama mirando al cielo raso. – ¿Le quitaste las armas? – ¿Qué dices?

–Si le quitaste las armas. – ¿Cómo quieres que lo haga? No permite que estén fuera de su alcance.

–Gott in Himmel! ¿Estoy tratando con mocosos? Muy bien. Escúchame con atención. Tienes que sacarlo inmediatamente de casa y llevarlo al refugio del Gamsfeld.

–Es tarde, Max. Sigue nevando. Tú sabes que el trayecto es difícil aun de día. – ¡Llévalo ahí esta noche si no quieres que mañana esté en la cárcel!

– poco faltaba para que Fischer sollozara de rabia y frustración-. El inglés registrará los cerros, y el Gamsfeld es el lugar más seguro por un tiempo.

Yo trataré de subir a verlo mañana.

–Pero no entiendes, Karl. No se quedará ahí. No se queda en ninguna parte. Por un tiempo está completamente normal, y después le viene ese humor negro y no podemos nada con él. La única que consigue impresionarlo es su hermana. Aun ella…

–Entonces, por amor de Dios, envíalo con ella al refugio. Ella es joven y sana. Puede hacer el viaje. Haz que lleven comida y vino. Hay combustible suficiente para que se mantengan.

–No podemos continuar así, Karl -a pesar de la distancia la estática voz del cuñado acusaba impaciencia y pánico-. ¿Por qué no lo trasladas a otra zona? – ¿A qué zona, por Dios santo? Los franceses y norteamericanos serán notificados de que se le busca. Si lo detienen lo devolverán custodiado. Si lo cogen los rusos lo enviarán a Siberia, a menos que lo fusilen sin más trámites. Nuestra única esperanza es mantenerlo en movimiento por los cerros.

–Pero, ¿no puedes darle nuevos documentos?

–Sí. Pero ¿puedo darle otra cara? Si lo pudiera, todo se… -

interrumpióse y se quedó mirando el auricular. Se le había ocurrido una idea nueva. La vio florecer, rápida y súbita como el árbol de un prestidigitador.

Si podía hacerla fructificar conseguiría el mejor de sus triunfos. La voz débil chasqueó impaciente en su oído. – ¡Karl…! ¡Karl…! ¿Estás ahí?

–Sí, pero voy a cortar. Se me ha ocurrido una idea.

–No te oigo.

–No importa. Lleva esta noche a Gamsfeld al muchacho. Sin falta.

–Te repito, Karl… -¡Llévalo! Si no lo haces me lavo las manos de todo el asunto y lo ahorcarán. Auf Wiedersehn, Franz.

Dejó el auricular de un golpe y permaneció de pie, con una sonrisita dé triunfo esbozándose en sus labios. ¡Un rostro nuevo! Si daban al muchacho un rostro nuevo tendrían un hombre nuevo, libre de persecución y de castigo. La descripción que Hanlon hizo del asesino formaba parte del proceso: un individuo flaco, con cara de lobo y una cicatriz en la mejilla derecha. Si suprimían la cicatriz, si un cirujano plástico reconstruía la cara, el caso se derrumbaba en los preliminares: la identificación.

Con un rostro nuevo y nuevos documentos podría trasladar discretamente a su sobrino a la zona norteamericana y abandonarlo a su propia iniciativa. Contaba con amigos en Salzburgo que serían felices

facilitándole un comienzo. Mientras más pensaba en el asunto, más le gustaba.

Se fue al archivador metálico, le quitó el cerrojo y sacó el libro con tapas de piel. Lo llevó a la mesa, lo abrió y principió a hojear con cuidado las últimas páginas hasta que llegó al nombre que necesitaba. Luego, lentamente, pero con íntima satisfacción, leyó la historia sumamente privada de Rudi Winkler.

El bávaro regordete con hoyuelos en las mejillas, manos fofas y humor de charlatán había sido un visitante asiduo en los días pretéritos de florecimiento de Quellenberg. Compró un sitio pequeño en una de las avenidas menos frecuentadas y construyó un chalé de troncos, decorado en estilo rústico y cuidado por una viuda de boca hermética y lengua viperina.

En las vacaciones de verano llenaba la casa con muchachos rubios que practicaban alpinismo fácil, nadaban desnudos en las pozas de las montañas, bebían vino.y cantaban Lieder sentimentales hasta entrada la noche.

Los círculos más encumbra dos de la sociedad visitante ignoraban todo sobre él y poco más sabían los pobladores locales, porque él era un hombre amable, discreto para sus placeres, y porque su ama de llaves se guardaba para sí sus observaciones y su desaprobación. Los datos que proporcionaban sus documentos eran escasos. Al parecer, era médico militar en una unidad oscura de SS, en Baviera. Bastaban para un visitante, pero una vez que Winkler fue propietario en Quellenberg, Fischer no quedó contento hasta que hozó más hondo en su pasado y compuso un historial más satisfactorio.

Necesitó tiempo y paciencia, pero al fin lo consiguió.

Winkler había sido, en Munich, un cirujano de porvenir en la nueva cirugía plástica. Su clientela era selecta. Las mujeres querían alisarse las arrugas, levantarse los senos y recortarse la nariz de acuerdo con el tipo de belleza nórdico de moda. Hubo un escándalo: uno de los muchachos de Winkler con el hijo de un miembro destacado del Partido. El muchacho fue golpeado después de una orgía y murió por efecto de las contusiones. Se acalló rápidamente el escándalo y Winkler consideró más prudente cerrar su consulta y buscar trabajo nuevo. La unidad de SS resultó ser un campo de concentración donde se dedicó a realizar experimentos plásticos en los detenidos.

Todo: nombres, fechas, sitios, estaba anotado cuidadosamente en el libro con tapas de piel.

Inmediatamente después de la penetración aliada, Winkler reapareció, y esta vez en definitiva.

Austria era todavía el Tercer Reich, él vivía en casa propia, exhibía un documento de cese de servicios con aspecto válido; su posición legal era incuestionable. Fischer fue dichoso dejando que lo conservara. Más feliz estaba ahora que le iba a sacar provecho.

Cerró el recio volumen, lo envolvió cuidadosamente en papel grueso, lo guardó en el destartalado archivador y echó el cerrojo. Paseó una última mirada por la oficina en desorden y cubierta de polvo, apagó las luces y salió, cerrando tras de sí la puerta.

Era tarde y no había comido, pero confiaba en que, para Rudi Winkler sería un placer invitarle a comer.

Descubrió con sorpresa que el pequeño bávaro era un anfitrión simpático y su ama de llaves, de labios herméticos, una cocinera excelente.

Como buenos camaradas se sirvieron truchas con mantequilla y una ensalada bien aliñada. Abordaron la proposición con la frialdad con que se trata un asunto comercial, como en realidad lo era.

Bebieron un litro de Gumpoldskirchner y terminaron con un Apfelstrudel, liviano como el ala de un ángel. Fischer se limpiaba las últimas migas de la boca cuando Winkler, sonriendo plácidamente, le dijo con tono amable: -¿Sabe usted, amigo mío, que la idea me gusta muchísimo?

Fischer lo miró embobado e incrédulo. El gordinflón no tenía miedo.

Trataba el asunto como si fuera una humorada. Desde un punto de vista eso era alentador, pero desde otro era extraño y levemente siniestro. Fischer lo llamó al terreno en términos autoritarios.

–No es una broma, Winkler, créame. Si usted resbala, sucumbe -el policía sé pasó el borde de la mano por el cuello con gesto de verdugo-.

Kaputt! Simplemente así.

–Kaputt para los dos -cloqueó Rudi Winkler.

–No esté tan seguro -gruñó Fischer-. Yo tengo atenuantes. El muchacho es mi pariente.

Usted no tiene ninguno… y, además, su historia es sucia. Winkler continuó riendo. Sus ojos tenían la inocencia de un niño y su voz alta,

afeminada, parecía repetir chismes de boudoir.

–Esta noche enterraremos mi pasado. No pensaremos más en él ni volveremos a referirnos a él.

Usted arrancará mi historia de su libro; me dará documentos nuevos; un nuevo pasado y un nuevo futuro. Y yo le daré a su sobrino un nuevo rostro.

– ¿Cree que podrá hacerlo?

–Estoy seguro, hombre. Que sea mejor o peor que el de antes es un punto debatible; depende de mis nervios y de mi poder creador. Pero será nuevo. Eso sí. – ¿Dónde hará el trabajo?

–Aquí, por supuesto; en privado y cómodamente. Confío en que su sobrino sea una persona agradable. Me siento solo. Deseo intensamente una compañía. – Cuando está normal es muy correcto -dijo Fisher irritado-. Es médico, lo mismo que usted. Muy inteligente, lo que es asombroso considerando el estúpido con que se casó mi hermana. Pero cuando tiene esas crisis de violencia… -lo acometió una idea nueva que lo desvió por una tangente-. ¿Cómo podrá manejarlo usted?

–Con sedantes -dijo alegremente Winkler-, que, por supuesto, usted tendrá que procurarme.

Yo le dé una lista de los anestésicos, medicamentos y los materiales que necesitaré. Dios sabe dónde podrá conseguirlos, pero mientras no disponga de ellos no podré comenzar.

–Yo los conseguiré. ¿Hay algo más?

–Necesitaré un ayudante para las operaciones. Sería ideal una enfermera preparada o un ordenanza médico. Si no es posible, alguien inteligente y digno de confianza.

–Lo pensaré. No me gusta confiar en nadie en estos días.

–Tiene miedo, ¿verdad? – Winkler rió con femenina malicia.

–Lo tengo -confesó Fischer- sin inmutarse-. Eso ayuda a ser cuidadoso.

–Yo no.

–Me he estado preguntando ¿por qué?

La cara de buñuelo se arrugó con una sonrisa de buen humor.

Chispearon los ojos infantiles. Las manos fofas se agitaron como mariposas blancas en un ademán delicado.

–Soy sibarita, querido Fischer. He probado todos los placeres, hasta el más sutil, que es observar cómo muere un hombre, lentamente, bajo mis manos meticulosas. Gracias a usted, espero prolongar mi goce en un marco

de modesto bienestar. Pero si tengo que abreviarlo, no me sentiré muy desgraciado porque su término lo fijaré yo -introdujo una mano en el bolsillo del pecho y sacó una pequeña cápsula de gelatina que mantuvo a la luz-. Ahí la tiene, amigo. La muerte entre mis dos dedos. Puedo aceptarla ó rechazarla a mi capricho. ¿Qué razón tengo para temerle a usted o a nadie?

Estoy fuera del alcance de los hombres, y hasta mi partida será una especie de placer. ¿Contesto así su pregunta?

Fischer asintió en silencio. Involuntariamente se estremeció, como si hubiera pasado un ganso sobre su tumba. También había escuchado su cuota de historias sobre los campos de concentración, encogiéndose de hombros lo mismo que podría rechazar un inglés algún cuento de manicomios provincianos, o como podría desentenderse un norteamericano de los rumores sobre interrogatorios de tercer grado en los sótanos de su distrito.

Todos los países tenían sus inmundicias y necesitaban un sitio donde ocultarlas. Ése era el sistema. Era preciso administrarlo. No se le podía discutir. En un sitio como Quellenberg resultaba posible olvidarlo. En ese momento vio por primera vez la clase de individuo que medraba en el montón de basuras y cuán poca semejanza guardaba con un hombre. Con un choque de horror se dio cuenta de que acababa de pactar con él.

En el tibio confort de la «Casa de la Araña», Sepp Kunzli saboreaba su coñac y escuchaba con cuidadosa indiferencia el relato de su sobrina sobre su encuentro con Mark Hanlon. Anna se iba excitando al hablar; un hombre nuevo, un Ausländer, un oficial de las Fuerzas de Ocupación, había invadido sin que lo invitara, el pequeño ámbito de su vida. Recordaba todos los detalles: su traje, su voz, su rostro. Reprodujo textualmente sus frases lacónicas y escasas.

Kunzli asentía, sonriendo con su manera distante, pero detrás de sus ojos muertos, metálicos, barajaba cada aspecto, catalogándolo y archivándolo para futura consulta, agregando la suma de hechos triviales a su propia experiencia. La cuenta final era perturbadora. Kunzli, a fuer de sutil, era rápido para captar el talento ajeno, y más rápido aún para descubrir el peligro que encerraba.

Con laboriosa despreocupación interrogó a su sobrina:

–Me pregunto qué haría en el hospital.

–Se lo dije, tío. Fue a visitar al Doktor Huber. Ha prometido mejor alimentación para los pacientes.

–Precipitado de su parte -dijo suavemente Kunzli-, si se considera que es invierno y los abastecimientos alimenticios han bajado mucho y el mercado negro arrebata casi todo antes de que salga de las ciudades.

–Pero él debe saberlo, ¿no cree usted? Si no pudiera cumplir no prometería.

–Es probable que no. Me dio la impresión de ser hombre cuidadoso.

¿Dices que se separaron en la iglesia?

–Sí. ¿Por qué?

–Pienso por qué no entraría. Dices que es católico. Parece raro.

–Yo… yo iba a invitarlo… a escuchar el canto. Y de pronto no quise hacerlo. – Y comenzó con inocencia-. Los hombres en general no se interesan por esas cosas, ¿verdad?

–En general, no -dijo secamente el tío-. Tengo que decirte… -¿Qué, tío?

–No te había informado, pero el comandante Hanlon me ha pedido que haga un breve viaje a Suiza. – ¡Qué bueno! ¿Para qué?

–Quiere que busque ciertas informaciones sobre las propiedades de víctimas de campos de concentración… y de otras personas. Me ausentaré alrededor de una semana. Si quieres invitar al comandante a la casa en esos días estoy seguro de que él se alegraría. – ¿Lo cree, tío? Considera que yo podría… sin que esté usted. – ¿Por qué no? Tienes a Marta como persona de respeto y para los preparativos. El comandante te lo agradecerá; no te quepa duda. Un hombre recién llegado a una ciudad extranjera… sería una simple cortesía. – ¿Cómo… en qué forma debo invitarlo?

–Con tarjeta, por supuesto. Corta y protocolaria. Fräulein Anna Kunzli tiene el agrado de invitar al comandante Hanlon y a sus oficiales, no lo olvides, convida también a sus oficiales. No es más que una atención. El mejor convite es a comer. Da tiempo para relajarse y conocerse.

–Bueno, tío. Dígame… -Arma tartamudeó y se sonrojó al hacer la pregunta-. ¿Qué piensa del comandante?

–Es muy simpático -dijo suavemente Kunzli-. Un hombre extraordinariamente inteligente.

–Debe tener mucha estimación por usted, tío. De otro modo no le pediría que fuera a Suiza.

–No me ha dicho lo que piensa, querida. Yo daría mucho por saberlo.

Sonrió al decirlo, sabiendo que en ella perdía su ironía. Pero su sonrisa se desvaneció al mirarla y ver en sus ojos una luz que no esperaba

encontrar.

«Clorosis», se dijo irritado. Su brote sería breve y moriría con la misma rapidez. Pero, ¿si no moría? Lo acosó una nueva duda, una ironía nueva de la que él era la víctima. La desechó con un ademán. ¿Qué podía producirse entre esa inocente y un hombre que le doblaba la edad y que se sentaba a la sombra de las águilas y el hacha del vencedor?

En el elegante departamento del «Sonnblick», que una vez albergó la ornamentada masa del Reichsmarschall Göring, el comandante Mark Hanlon se preparaba para acostarse. Había comido tarde con el capitán Johnson y mientras bebían vino y coñac repasaron los hechos del día, el programa del funeral, la línea de conducta que seguirían en las primeras semanas de la Ocupación.

De súbito lo venció la fatiga. Le ardieron los ojos, sintió la cabeza como si la tuviera rellena con algodón, y los miembros pesados y lánguidos.

Dijo a Johnson que terminara su bebida con los sargentos, y llamó a la sirvienta para que le preparara un baño y la ropa de noche.

Ahora estaba sumergido en la gran tina de mármol, sintiendo que con el vapor se le escapaba el cansancio de los huesos, mientras el agua fresca de la montaña tonificaba su piel y relajaba sus músculos. El baño era un lujo histórico, y los años de vida de campaña le daban un nuevo atractivo.

Un bautismo diario de agua caliente da al hombre la ilusión, si no de la inocencia restaurada, al menos da una renovada competencia para tratar con el mundo. El genio estropajoso es siempre menospreciado. Las mejores piezas en la caza son para los hombres con cuellos frescos y manos limpias.

El agua y el jabón obran milagros en la propia estimación del hombre, y las nubes olorosas de vapor ablandan los perfiles ásperos de la realidad. Ésa fue probablemente la razón de que los viejos patricios se instalaran cómodamente en la sala de vapor mientras los hunos derribaban las puertas del Imperio, y de que Hanlon olvidara por un tiempo al muerto que encajonaban en el sótano, y al asesino con la cicatriz en el rostro que se ocultaba en algún punto entre los pinos y los picachos blancos.

Acogió con una mueca la segunda parte de la idea salió del baño a pesar suyo. La toalla lo esperaba aliente y rizada en el colgador, y mientras se frotaba vigorosamente le vino una idea nueva.

Toda esa profusión de vino y comida y servicios eran emolumentos del conquistador. Los niños gemían de hambre en los subterráneos de Berlín.

Las muchachas se vendían en Viena por una lata de café norteamericano.

Las familias tiritaban alrededor de fogoncillo de varillas carbonizadas en cientos de ruinas. Y en toda Europa hombres como él se sentaban como Césares, con los estómagos llenos, los cuerpos calientes, y mozos que les sirvieran, y mujeres que los solazaran al simple chasquido de un dedo.

Algunos acogían ávidamente el lujo y se hartaban hasta enfermar el cuerpo y el alma. Algunos lo recibían con arrogancia irreflexiva como si fuera la moneda propia del tributo. Otros, como él, tenían el pudor de avergonzarse de sí mismos. Pero todos lo disfrutaban y nadie tenía el valor de privarse por conservar la dignidad entre los desposeídos. Era el principio de la corrupción lenta de la conquista, que terminaría haciendo que vencedores y vencidos yacieran juntos en el hedor de la común derrota, en la repetición desesperada de los pecados antiguos.

Terminó de lavarse, se puso pijama y trepó a la cama enorme, bajo la montaña airosa de plumones.

Era el momento que esperaba siempre con temor, la última hora solitaria del día en que se agitaba su memoria y le escocía la conciencia y despertaba el deseo cálido y estéril. Tenía mucho que recordar, mucho que deseaba olvidar, mucho más que ansiaba poseer, pero sabía que nunca sería suyo.

Lo que más lo importunaba era la inevitabilidad de todo.

No existía ni la ilusión de elegir, ni la ilusión de determinar el propio camino. Otros trazaban las líneas, y cuando se llegaba a una encrucijada, la decisión ya estaba lista para cada cual. Dando una mirada retrospectiva se pensaba: «Si yo hubiera hecho esto…, si yo hubiera elegido eso o aquello…»

Pero eso era visión tardía y falacia histórica. A pesar de los letreros señalizadores sólo existía un camino… y se estaba predispuesto a recorrerlo.

El padre Albertus predicaba que la gracia es suficiente para cada momento. Pero hasta él agregaba la glosa de que algunos momentos necesitan una gracia extraordinaria, y que el hombre debe pedirla con oraciones y ayuno, si no quiere quedar vacío.

«¡Déjalo, hombre! ¡Déjalo! Olvida por esta noche que eres un sacerdote fracasado y un marido a quien su mujer no ama y un célibe por circunstancias temporales pero no por elección. »Eres la Fuerza de ocupación, el cónsul tendido en su lecho, con guardias a la puerta y