La segunda victoria
Capítulo Decimosexto
El receptor enmudeció y Hanlon se quedó largo rato mirando estúpidamente el auricular negro.
Luego, lentamente, lo colocó en el soporte y salió al corredor en busca de Johnson.
CAPÍTULO DECIMOSEXTO
Sepp Kunzli fue sepultado al día siguiente en el cementerio luterano.
Cuatro aldeanos llevaron el ataúd junto a la tumba y los únicos dolientes fueron Holzinger, Hanlon, el ama de llaves de Kunzli y Anna. La ceremonia fue triste y sórdida, y todos se alegraron cuando terminó.
Anna lloró un poco cuando bajaron el ataúd, y Hanlon le rodeó los hombros con un brazo para consolarla. Después salió con ella del cementerio y caminaron por la avenida soleada, donde cantaban los pájaros en el dosel de ramas y los niños jugaban en la alfombra de variados tonos que formaban las agujas de los pinos.
La calma de la muchacha era extraña. Parecía que hubiera previsto la tragedia y estuviera preparada para ella desde tiempo atrás.
–Mi tío era helado e infeliz, Mark. Su vida fue muy vacía. Creo que está mejor muerto.
Mark compadecía profundamente a la chica, admiraba su valiente esfuerzo, pero no encontraba palabras para expresárselo. Suavemente la interrogó: -¿Qué hará usted ahora? ¿Dónde piensa ir? – ¿Dónde podría ir, Mark? Ésta es mi casa. Aquí tengo trabajo. – ¿No se sentirá sola?
–Estoy habituada. En otra parte me hallaría sola. Aquí tengo amigos.
–Me gustaría ayudarla, si pudiera, Anna.
–Ya me ha ayudado, Mark. Las cosas habrían sido peores si usted no hubiera estado a cargo de la situación. Antes yo no tenía nada que hacer, nada que temer.
–Eso no es nada. Rutina oficial.
–Usted es un buen funcionario.
–Es una cuestión discutible -Mark rió a pesar suyo-. Yo me inclino a dudarlo.
–Herr Holzinger dice que usted es bueno. También lo dice Traudl. Ella trabaja todo el tiempo con usted y debe saberlo.
Anna tenía el rostro vuelto y él no pudo ver si la inocencia o los celos inspiraban sus palabras.
Encogiéndose de hombros se limitó a decir:
–Si necesita ayuda, de cualquier clase, en cualquier momento, le agradeceré que se dirija primero a mí.
–Por favor, Mark… No hablemos más de eso. Mire, quiero mostrarle una cosa.
Apoyó su mano en el brazo de Mark y lo alejó del sendero hacia un pequeño ensanche con un banco de piedra y una pajarera donde los pájaros llegaban a alimentarse en el crudo invierno. Lo hizo sentarse en el banco, y recogió granos y nueces del piso de la pajarera, alejándose unos pasos.
Con la mano extendida, llamó a los pájaros.
–Estése muy quieto -dijo a Mark-. De otro modo no vendrán.
Frunció los labios, inclinó hacia atrás la rubia cabeza y silbó un llamado bajo y trinante. Un momento después llegaron pájaros que revolotearon a su alrededor, fuera de su alcance. Se retiraron; volvieron más cerca esta vez, mientras ella permanecía inmóvil y bella en la faja de luz solar, ofreciéndoles alimento en su palma ahuecada. Por fin perdieron el miedo y llegaron a posarse en sus hombros y su muñeca, picoteando en su mano, mientras Mark Hanlon la observaba con asombro y deleite.
Anna despertaba en él una pasión más honda que Traudl, pero su inocencia era una barrera para cortejarla. Con ella no podía usar los suaves engaños del amor que otras mujeres acogen encantadas. No obstante, el amor que ella le inspiraba era mayor que todo lo que antes hubiera sentido, y ése podía ser el único recuerdo que conservara de ella: una muchacha soñadora, con el rostro vuelto al sol, pájaros que revoloteaban hasta posarse en sus manos y una aureola de alas alrededor de sus cabellos áureos.
Los pensamientos de Traudl sobre el mismo tema eran más prosaicos.
Se los expuso al desnudo cuando él volvió a la oficina después de llevar a Arma en su auto hasta el «Bella Vista» para su día de trabajo con los desplazados.
–La pequeña Fräulein Kunzli ha quedado bien puesta. Es dueña de sus actos. Tiene casa y una dote suculenta. Será buena pesca para alguien.
–No se casará por mucho tiempo -dijo Hanlon molesto. Estaba cansado, de mal humor y vagamente irritado por el escrutinio penetrante de Traudl. –
¿Por qué no? Tiene edad suficiente para acarrear las vasijas con leche, y es muy alta. ¿O usted no se ha fijado?
–No.
–Está distraído, Mark -dijo suavemente Traudl, retirándole de la solapa una hilacha inexistente-. Ella está enamorada de usted. ¿O tampoco se dio cuenta de eso?
–He tenido demasiado que hacer para observar nada -gruñó Hanlon-. Un motín, un asesinato, un suicidio y tres detenciones. Todo en dos días. Estoy para interesarme por las fantasías de una chica.
–Por las mías se interesó, Mark.
–Usted es diferente. – ¿En qué sentido, Schatz?
Traudl le acarició las mejillas con sus manos suaves y lo envolvió en su perfume. Él la cogió en sus brazos y la besó, justamente cuando Johnson abría la puerta y entraba en la sala.
El capitán se quedó un momento embobado, y luego lanzó un grito de triunfo. – ¡Estupendo! Éste es el día más feliz en muchos meses. El muchacho era humano después de todo. ¿Cuándo principian las amonestaciones, Mark?
Hanlon enrojeció de ira, pero luego se dominó. La situación era pública.
Mejor sería aceptarla con buen humor. Traudl se mantenía de pie junto a él, altiva, con la cabeza erguida y una mano apoyada en su brazo con gesto de posesión. Hanlon se desprendió suavemente y dijo con una mueca irónica:
–Cierre la puerta, Johnny. Sírvanos un trago. A todos nos vendrá bien.
Llenaron las copas y bebieron, sonriendo unos con otros un tanto avergonzados.
–Por el romance -dijo Johnson.
–Prost! – dijo Hanlon.
Traudl tenía su propio brindis, pero como mujer sabia se lo guardó.
Johnson fue quien salvó la situación con un resumen liviano:
–Me alegro de este final, por los dos. Era bastante difícil vivir con usted, Mark. Trabajar todo el tiempo sin jugar convierte a un teniente coronel en un compañero muy aburrido.
–Es mejor que guarde el secreto, Johnny -le advirtió Hanlon.
Johnson se desentendió alegremente. – ¿Quién soy yo para chismear cuando hay un ciento que lo haga por mí? ¿Qué puede importarle a ustedes?
–Hay que considerar a Traudl…
–A mí no -dijo Traudl con firmeza-. Yo quiero gritarlo desde los cerros.
Y lo haré.
–No -le dijo brutalmente Hanlon-. Yo estoy casado todavía, no lo olvide, y nos hallamos en una situación política delicada. Mientras menos se hable mejor será, hasta que se apacigüe. Lo mismo usted, Johnny. Usted está al tanto de las cosas.
–Sí, teniente coronel.
Lo dijo con tanta gazmoñería que todos se rieron y pasó el momento molesto.
No era la intención de Hanlon dejarse empujar a una aventura amorosa total, y tuvo la suerte de que Traudl no quisiera excederse de la cómoda rutina del noviazgo sin tener una promesa firme de matrimonio. Ella era tan apasionada como él y había tenido breves contactos con los jóvenes del Reichswehr; pero ahora jugaba una puesta más alta: un matrimonio que la sacara de esa tierra de derrota y la llevara a las praderas más amplias del Occidente. Se interponían barreras para el salto: el matrimonio de Hanlon, su resistencia a iniciar una nueva aventura, su posición de representante de la Fuerza de Ocupación. Ninguna era insuperable, pero ella tendría que guiarlo suavemente a los saltos para que no se negara a avanzar o los rehuyera, Continuaron, pues, un compañerismo confortable en el trabajo y el recreo, interrumpido por apasionados entreactos que los llevaba cada vez más cerca de la entrega definitiva. Se sometían de buen grado a las simpáticas conspiraciones de Johnson para acercarlos y obligarlos a salir en la intimidad espectacular de amantes confesos.
Trabajaban hasta muy tarde en los documentos acumulados sobre el asunto Kunzli. Comían y bailaban en el «Zigeuner Café». Salían en auto a la luz de la luna hasta donde lo permitían los caminos, y se acariciaban una o dos horas en el jeep. Se separaban en la puerta de la casa de los Holzinger, y Hanlon volvía a su gran cama del «Sonnblick» para continuar el estudio del volumen negro de Fischer sobre los pecados de Bad Quellenberg.
El libro lo fascinaba. El secreto de la vida de una ciudad se desplegaba ante él como una alfombra al revés, como un patrón sórdido de mentiras y trampas y adulterios e incestos y negociados políticos. Allí estaban todos los, hombres, todas las mujeres, hasta las pillerías de los niños. Los éxitos públicos se hallaban anotados junto a los fracasos personales. Al principio se avergonzó de su interés. Después principió a sucumbir a su fascinación.
Fischer le anunció que el libro contenía la esencia del poder: el conocimiento de los pecados ajenos y el precio que tenía cada cual. El libro
era un talismán, como la lámpara de Aladino. Dando vuelta una página un concejal le llenaría las manos de dinero. Dando vuelta otra, su hija acudiría a su lecho. Si mostraba tal o cual línea, una docena de seres humanos se apresurarían a prestarle los servicios más degradantes.
Ahí estaba Holzinger, el hombre bueno pero débil, realizando sus burdas transacciones entre la comodidad y la conciencia, nunca seguro de si llevaba los cuernos del marido burlado o las anteojeras del imbécil.
Fischer sí que estaba seguro. Recogió el rumor y le siguió el rastro hasta Hamburgo, probando el hecho de que Liesl Holzinger vivió con un soldado británico y posiblemente quedó embarazada de él en vísperas del regreso de su marido.
Traudl también estaba allí. Sus amoríos juveniles de tiempos de guerra se hallaban enumerados uno por uno: el teniente de la Panzer, el funcionario vienés, el piloto de la Luftwafe que le prometió matrimonio, pero que nunca volvió. La geografía de su pasión era meticulosa: estaban indicados los refugios montañeses, las habitaciones de hotel, los claros y los valles donde se habían entregado; cada ocasión junto al hombre del que la había poseído.
Al hojear la deplorable crónica, Hanlon se horrorizó de su propia salacidad. No estaba enamorado de Traudl, pero le profesaba un compañerismo afectuoso, y su cuerpo dispuesto a la entrega tenía para él un fuerte atractivo sensual. Sin embargo, atisbaba como un voyeur la intimidad de su dormitorio..
Necesitó algún tiempo para entender por qué podía leer sin que se le despertaran celos. No existía materia para estar celoso. El pasado de Traudl le pertenecía, más aún que el presente. Ella estaba en su poder lo mismo que cualquier otro ciudadano de Bad Quellenberg.
Fischer pagó caro lo que pudo obtener gratis. Le entregó las llaves de la ciudad. Convirtió a Mark Hanlon en amo de Bad Quellenberg y de todos sus habitantes. Mas no de todos. Quedaban algunos inocentes, muchos ignorantes pero intachables. Existían los simples, en número escaso, que nacían y amaban y se casaban y engendraban y morían despreocupados de la grandeza alcanzada.
Ésos estaban fuera del alcance de la malevolencia, como el padre Albertus, a quien profesaba respeto; como Anna, a la que amaba y no podía poseer.
Éstos lo hicieron avergonzarse de sí mismo y de su nueva codicia furtiva de poder. Por ellos cerró el libro y lo guardó en el compartimiento inferior de la caja fuerte de la que él sólo tenía la llave.
Una noche, poco después de la muerte de Sepp Kunzli, bajó a la ciudad para visitar a Reinhardt Huber. Había llegado de Klagenfurt un paquetito con medicinas de reemplazo y quería darse el placer de llevarlas en persona.
El rostro ancho de Huber se iluminó ante el obsequio e insistió en que Hanlon compartiera su café y el fondo de una botella de schnapps.
Hablaron, fumaron y bebieron cerca de una hora, y cuando Hanlon salió a la calle, el reloj de la torre de la iglesia daba las nueve.
La calle estaba desierta. Los habitantes cenaban en sus casas con las persianas bajas. Desde el asesinato de Winkler regía toque de queda para los desplazados. Las tropas bebían en los Stüberls o acariciaban a las mozas en las avenidas o bailaban en el «Zigeuner Café». Los pasos de E Hanlon producían una nota hueca en el empedrado, y la luz de la luna dejaba un reflejo espectral en las murallas lisas y en los bosques de pinos que dominaban toda la ciudad.
De pronto, a distancia, oyó un grito de mujer, alto, aterrorizado, bruscamente ahogado. Echó a correr, rápido y silencioso, en puntillas. El camino se estrechaba y torcía en ángulo, internándose en el barrio antiguo, donde las fachadas de las tiendas se escondían tras los portales.
Y los vio. La mujer se apoyaba sin esperanza contra una columna de piedra; el hombre la tenía sujeta apresándose el cuello con un brazo mientras le desgarraba la ropa con el otro. El hombre lo oyó venir, se apartó bruscamente y escapó calle arriba. La mujer se derrumbó al pie de la columna.
Cuando Hanlon se inclinó sobre ella vio que era Anna Kunzli.
La levantó suavemente y la llevó en brazos el resto del camino hasta la
«Casa de la Araña».
Anna volvió en sí, temblando e incoherente por la impresión, pero le dio el nombre del agresor y una descripción aproximada. En la casa la entregó al ama de llaves, indicándole que le diera un baño y la acostara, mientras él, desde el escritorio de Sepp Kunzli, telefoneaba a Johnson.
–Necesito que encuentre a un hombre, Johnny. Se ama Anton Kovacs; es un desplazado del «Bella Vista». Pida a Miller por teléfono una
descripción completa. Registre la ciudad, cite a todos los soldados y, si es necesario, a la Policía, pero cácelo esta misma noche.
–Y después ¿qué hago?
–Lo arresta… y no sea suave. Incomunicación total. – ¿Cuál es el cargo?
–Tentativa de violación. – ¡Líbreme Dios! ¿Y quién es ella?
–Anna Kunzli.
El silbido de sorpresa de Johnson le destempló el lo. – ¿Quién es el testigo?
–Yo.
–Lo cogeremos, Mark. ¿Cuándo estará usted de vuelta?
–No sé. No me espere mientras no me vea. Si me necesita estoy en casa de Kunzli.
–No corte todavía. Traudl llamó y quería que…
–Al diablo con Traudl. Póngase a trabajar, Johnny.
–Ya estoy en marcha.
–Wiedersehn.
Dejó el auricular y se quedó con la cabeza entre las manos contemplando la cubierta pulida de madera nudosa del escritorio. Estaba furioso, cansado y sin ánimo. Le arrancaban las ilusiones una por una. Los cínicos tenían razón. Su idealismo ciego era un engaño y una falsedad.
Fischer le anunció que los desplazados traerían consigo asesinatos, violación y disturbios. Las tres cosas se habían realizado. Huber le advirtió que un hombre no podía ser al mismo tiempo amante de un pueblo y buen administrador. La prueba estaba en cada página del volumen negro de Fischer. ¿Cómo se podía amar a las bestias en celo, gruñonas, traidoras que ahí estaban retratadas? Sólo cabía dominarlas con la fuerza y la astucia. El motivo predominante era sobrevivir. Pisotear al débil, seducir al fuerte, coger lo que se necesita, y si es posible eludir el pago, tanto mejor.
Johnson tenía razón cuando se burlaba de las transacciones que le imponía el cargo. Él estaba incorporado, pero no en demasía. Quería poder, pero no estaba dispuesto a la crueldad final.
Necesitaba amor, y se solazaba en un amorío juvenil. No era ni un célibe satisfecho ni un lujurioso alegre. Procuraba obtener lo mejor de ambos mundos y se quedaba con lo peor de cada uno.
Continuaba masticando ese cuajarón insípido, cuando se le presentó el ama de llaves diciéndole que Anna estaba lista para recibirlo.
La encontró acunada entre almohadones, en el mismo lecho que él ocupó durante su enfermedad.
Estaba pálida, tenía hinchados los párpados, y en la piel blanca de su cuello principiaban a acusarse manchas amoratadas. Mark se sentó al borde de la cama y se inclinó para besarle ligeramente. Ella le echó los brazos al cuello y se apretó contra él en un paroxismo de sollozos. – ¡Ay, Mark!
¡Mark! Tenía que ser usted. ¡No había nadie más… nadie!
Él la mantuvo oprimida, aquietándola con palabras cariñosas hasta que cesó su llanto y recuperó la serenidad. Entonces le secó las lágrimas, la acomodó en las almohadas y la miró con amor y lástima.
Suavemente le dijo:
–Fue un mal sueño, Liebchen. Ya pasó. Nunca volverá.
Ella hizo un gesto negativo con la cabeza.
–Fue horrible, Mark. El hombre parecía un animal. Me parece que nunca volveré a ser limpia.
–Es lo que ha sido siempre, Anna. Limpia y bonita. – ¿Me encuentra bonita, Mark?
–Muy linda, Liebchen. – ¿Quiere besarme, por favor?
Él se inclinó y la besó ligeramente en los labios.
–Así no, Mark. Yo no soy una niña. Soy mujer. Quiero sentirme mujer.
¡Y… lo amo tanto!
–Yo también la amo, Arma.
–Entonces, béseme.
Anna volvió a rodearlo con sus brazos, sus labios;e unieron y ella lo hizo, conducida por todos los filiales suaves y locos del amor, como si sólo las malos de Mark pudieran limpiarla, como si sólo su cuerpo pudiera librarla de la pesadilla.
La luz del sol que llenaba la habitación los despertó por la mañana. El ama de llaves les sonrió al servirles el desayuno en la terraza, y, cuando miraron a su alrededor, el mundo estaba nuevo y brillante como la primavera estuviera irrumpiendo por segunda vez en los flancos verdes de las montañas.
Traudl rió en la cara de Hanlon al oír las nuevas. – ¡Por amor de Dios, Mark! Creí que usted sabía más. Estas vírgenes que maúllan son todas
iguales: ancas como la leche, blandas como la mantequilla, tan terriblemente inocentes que es necesario enseñarles las palabras. Se le derriten entre los brazos y suplican que sea suave con ellas… y seis semanas después le gritan que están embarazadas. Los hombres son estúpidos.
Las cosas no son así, Traudl.
–Nunca lo son, Schatz, hasta que le sacuden en narices el contrato matrimonial. ¡Espere y verá!
Le doy dos meses para que vuelva con los resabios de una mala borrachera y con indigestión por exceso de tortas dulces.
–Perdóneme, Traudl, pero me casaré con ella.
–No lo hará, y lo sabe -dijo ella con alegre mofa. Su valor frío y brillante conmovió a Hanlon, quien le dijo gravemente:
–Johnny está bastante enamorado de usted. Ella hizo un gesto resignado.
–Johnny es un muchacho todavía, Mark. Pero es probable que yo lo haga hombre. No se preocupe por mí.
Repentinamente se inclinó y lo besó en los labios, mordiéndoselos hasta hacerle salir sangre. Él la apartó con fuerza.
–Eso es para que se acuerde. Creo que comete un gran error, Mark, pero le deseo buena suerte.
Entretanto… -de pronto se puso seria-. Supongo que ya no querrá tenerme aquí.
–Si quiere quedarse, me alegraré de tenerla -dijo secamente Hanlon-.
No tiene objeto pregonarlo. Seguiré necesitando secretaria.
–Usted necesita algo más que una secretaria, Mark -replicó ella con súbita malevolencia-.
Necesita alguien que le enseñe las verdades de la vida. Probablemente yo soy la única qué puede hacerlo. Me quedaré.
Y se quedó, como secretaria eficiente y sarcástica observadora de la locura de ese nuevo maridaje de mayo con setiembre.
La primera respuesta de Klagenfurt sobre los casos de asesinato, llegó al día siguiente:
Acusamos recibo y tomamos debida nota de su informe. Si es posible, mantenga la actual posición hasta después de la Conferencia del Alto Mando en Viena, fecha en que le enviaremos nuevas instrucciones…
Hanlon sonrió con acritud ante la fluidez del equívoco administrativo.
Él seguía mandando, pero si cometía un error servirían su cabeza en una bandeja. Envió copias del telegrama a Miller y al padre Albertus; después, fatigado de tantas crisis, volvió a la rutina cómoda de la administración.
Se arregló para dejar libres las tardes y los fines de semana, y todo ese tiempo lo pasó con Anna Kunzli. Caminaban por los valles, pescaban truchas en los arroyos, se asoleaban en los pastos de las altas mesetas, donde florecían las gencianas, las pequeñas orquídeas silvestres y las primeras aguileñas. A menudo se alojaba en casa de Anna y volvía al cuartel general con el primer calor de la mañana, envuelto en la satisfacción suave y triste que sigue al amor.
Había estado casado con una mujer. Había dormido con muchas otras, en la vana persecución de lo que la primera le negara. Comprendía que el deleite es fácil de alcanzar, pero que el contentamiento es tan huidizo como un fuego fatuo.
En Anna encontraba las dos cosas, y por añadidura una renovación de juventud.
Estaban afinados uno para el otro, como la hoja y el viento, como el agua y los guijarros sobre los cuales fluye.
La pasión se despertaba en ellos al mismo tiempo, se calmaban juntos, se reían y besaban y callaban por común impulso.
La juventud de Hanlon transcurrió en un jardín conventual. La recordaba con una sensación de pérdida. El hombre tiene una vida para acumular sabidurías. Sólo dispone de algunos años para reunir recuerdos de la primavera.
Anna Kunzli le compensó la pérdida, y como ahora él era más sabio, podía ser agradecido, de modo que ella también quedaba contenta.: por un tiempo al menos.
Mas a medida que pasaron las semanas, en la partitura suave de su pastoral comenzó a mostrarse un elemento de desasosiego. Al principio hablaban livianamente de divorcio y nuevo matrimonio, pero mientras más insistían en el tema, mayores se presentaban las dificultades. La conciencia de Anna sobre el divorcio era católica, y temía las sanciones morales, involucradas. También lo era la de Hanlon, pero él tenía más edad, más cinismo, estaba más dispuesto a coger lo que los años le arrancarían pronto.
Anna pensaba en términos femeninos, en la suerte de los hijos, la seguridad del vínculo, la ruptura con la Iglesia.
Al principio fue fácil acallar sus dudas. La pasión Ira fuerte entre ellos y la cálida promiscuidad del lecho era toda la seguridad que necesitaban. Pero el hábito enrancia hasta los romances primaverales. Con frecuencia Anna despertaba en la noche y se asía de Mark, implorándole una seguridad que él no podía darle sin mentir, de modo que no tenía otro recurso que hacerle el amor y adormecerla en un olvido temporal. Tuvieron pequeñas discusiones, prontamente selladas con un beso, pero dejaron cicatrices, una acumulación de indecisiones, dudas y arrepentimientos tácticos.
Se amaban, pero les estaba negada la seguridad en la posesión. El polen caía de la flor, los dorados se empañaban en la casita de bizcocho. Traudl Holzinger lo veía todo, pero no decía nada.
Finalmente, una noche, Arma se enfrentó resueltamente con Mark.
Después de cenar y beber un poco se habían entregado al amor, pero por primera vez desafinaron y el acto amoroso fue breve y no los satisfizo. Se apartaron en el gran lecho en la habitación de Sepp Kunzli, convertida en cámara nupcial. Tenían la luz encendida y se veían las caras, tensas, dubitativas. Anna dijo en voz baja: -¿Mark? – ¿Sí?
–Quiero estar sola unos días.
–Como gustes.
–No te enojes conmigo, Mark. Yo te amo. Lo sabes. No existiría para mí nada mejor que ser felices siempre… siempre. Pero tengo que estar segura.
– No puedes estarlo -dijo Hanlon con gravedad-. La vida no es así. No hay nada seguro. La gente cae muerta en las calles. Los gasómetros explotan.
Los niños se enferman y quedan inválidos. Hay guerras, inundaciones, hambre, tumores cancerosos en los intestinos. Mañana, es la palabra más dudosa de todas. Lo mejor que puede hacerse es vivir el día presente. Gastar la moneda menuda y alegrarse de tenerla. – ¿Tú puedes hacerlo, Mark?
–Nadie puede, totalmente.
–Por eso necesito tiempo para pensar, para resolver… -¿Resolver qué? –
Hanlon sintió una punzada de miedo como un puñal agudo cerca del corazón.
–Si continuar con esto. Si gastar el sencillo… o considerar el futuro.
–Es tu derecho, querida. No te lo discuto. ¿Cuánto tiempo necesitas?