La segunda victoria

Morris West · Capítulo 6 de 24

Páginas del PDF

La segunda victoria

Capítulo Sexto

servidores al alcance de la voz. Mañana enterrarás al muerto y comenzarás a gobernar a los vivos. ¿Quién puede saber lo que sucederá? La Historia narra extraños relatos. Reyes que han sido felices uniéndose con doncellas de servicio. Prefectos que han saboreado el buen vino. Y algunos Césares que han dormido tranquilos, al menos por un tiempo.»

Alargó la mano, apagó la luz y se tendió sobre un costado. Cinco minutos después dormía y esa noche no soñó.

CAPÍTULO SEXTO

OceanofPDF.com

El funeral es la pieza de teatro más antigua del hombre. La única vez en que se le ve de tamaño aumentado es cuando está muerto. Todas sus deudas se cancelan. No tiene detractores; sólo amigos.

Hasta los menos amados se ganan la pantomima del afecto junto al sepulcro. El rústico más humilde inspira respeto cuando yace bajo el paño fúnebre.

El sepelio del sargento Willis fue una obra de teatro muy bien montada.

A las ocho de la mañana subieron el ataúd del sótano y lo colocaron sobre caballetes en el vestíbulo del «Sonnblick». Lo cubrieron con una bandera británica y un sargento con cuatro soldados montaron guardia en torno al féretro.

A las ocho y media llegó el Bürgermeister con los cinco miembros más importantes del consejo de Bad Quellenberg. Vestían el traje de la provincia: pantalón y chaqueta gris claro, con vueltas y galones verde montaña, y las solapas doradas con adornos tallados en hueso: cabezas de venado, edelweiss, fauces de lobo. Llevaban largas capas y sombreros verdes, con un mechón de piel de gamo a modo de cresta.

Después llegó el padre Albertus, con estola y sobrepelliz, acompañado de un cruciferario y de acólitos.

Cerca de media hora conversaron incómodos, restregando los pies, porque el comandante Hanlon estaba ocupado dando las últimas instrucciones a las patrullas de esquiadores que harían la primera investigación en las fincas montañesas. Observaron al capitán Johnson reunir a la guardia que formaría el cortejo, y los que entendían inglés oyeron que les indicaba la manera de mantener el paso y la formación en la cuesta helada y abrupta.

A las nueve bajó Hanlon, en traje de campaña y capote, llevando los guantes y el bastón de campaña como símbolo de investidura. Los saludó con indiferencia y ordenó que partiera la comitiva.

Las tropas se formaron en el camino, los acólitos se colocaron de dos en dos con el cruciferario a la cabeza y detrás el padre Albertus. Los concejales subieron el cajón a sus viejos hombros y a una orden del capitán Johnson, partieron con Johnson y Hanlon a retaguardia.

Ya no nevaba, pero el cielo seguía borrascoso y las llamas de los cirios oscilaban inciertas en el aire helado. No se oían otros sonidos fuera del paso

apagado de los que marchaban, y la voz del padre Albertus recitando la antífona, y el coro agudo de los niños contestando.

Las cadencias latinas familiares trajeron a Hanlon una oleada de recuerdos, y por un momento pensó que se hallaba de nuevo en la serenidad monástica de Graz, tomando parte en las ceremonias consoladoras de la despedida cuando uno de los hermanos más viejos moría. El espectáculo de Johnson que caminaba afectadamente a su lado, lo trajo a la realidad.

Vio entonces que la población formaba fila a los dos lados de la calle.

Todos se hallaban presentes, hundidos en la nieve hasta los tobillos: los muy jóvenes, los muy ancianos, los inválidos del Lazarett que podían andar, los guardabosques grises y nudosos que aún conservaban la dignidad de las montañas en sus espaldas encorvadas. Las madres aldeanas de rostros limpios y brillantes cogían de los hombros a los niños que buscaban refugio entre sus faldas.

Los tenderos se mantenían erguidos junto a sus vitrinas con los postigos colocados. Las enfermeras y el personal médico están formados fuera del pórtico del hospital, y en las ventanas de los altos los pacientes se agrupaban limpiando la humedad de los vidrios para ver mejor.

Los espectadores guardaban silencio y los rostros parecían petrificados, pero, cuando pasó el cortejo, algunas mujeres inclinaron la cabeza y lloraron en silencio, recordando a sus propios muertos. Los maridos rodeaban con sus brazos los hombros de sus esposas en gesto protector. Los padres manifestaban su simpatía a las hijas con golpecitos afectados.

Hanlon dio una mirada rápida y después mantuvo la vista fija adelante, marchando lentamente y con cuidado por la traidora superficie.

Cuando llegaron al terreno llano contiguo a la iglesia, las campanas principiaron a tañer, fúnebres y lentas. Las montañas cogieron el sonido y pronto el valle y la ciudad se llenaron con los ecos del treno.

Movida por un común instinto, la ciudadanía avanzó al camino y se incorporó en largo y desordenado desfile detrás del féretro. Hanlon oía los pasos arrastrados como un contrapunto a la melodía de las campanas.

La procesión se detuvo en la puerta del cementerio. Las tropas formaron guardia de honor para que los acólitos, el sacerdote y el público que los seguía pasaran entre ellos a la iglesia. Johnson se quedó fuera, pero Hanlon entró y un sacristán lo condujo a un banco de primera fila. Los que llevaban el ataúd lo dejaron en una gran plataforma de bronce en el presbiterio, y vio

con sorpresa que los sacristanes lo rodeaban con guirnaldas de pino, acebo, y flores y de invernadero; ciclámenes, orquídeas, lirios y azaleas.

Sintió un nudo en la garganta y escondió el rostro en actitud orante.

Cuando alzó la cabeza llenaba la iglesia el murmullo de la concurrencia, la guardia estaba apostada junto al féretro y el padre Albertus se revestía con los ornamentos negros para comenzar la misa. El sacerdote se aproximó al altar y las primeras notas del órgano retumbaron sombríamente bajo las aristas encumbradas de la techumbre.

«Requiem aeternam dona eis, Domine.» Cantaron en súplica ferviente las voces jóvenes del coro. «Et Lux perpetua luceat eis.»

«A Ti, oh Dios, son debidos los himnos de alabanza en Sión; a Ti se ofrecerán votos en Jerusalén. Escucha mi oración. A Ti acudirán todos los mortales…»

El canto se elevó en ondas retumbantes mientras la figura frágil del sacerdote se movía inflexible en los pesados ornamentos góticos a través de los rituales preparatorios del sacrificio.

La oración por los que se han ido: «Oh Señor, Dios de la misericordia y el perdón, concede al alma de tu siervo…»

La epístola de Pablo a los Corintios: «Ved aquí un misterio que voy a declararos: todos, en verdad, resucitaremos… Es necesario que este cuerpo corruptible sea revestido de incorruptibilidad, y que este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad…»

El coro entonó el himno largo y amenazador del Dies Irae. Nunca lo había oído en esa forma, con la primera línea de cada estrofa como un solo, y los dos versos siguientes cantados por el coro a plena voz: Dies Irae, dies illa,

Solvet saeclum in favila,

Teste David cum Sybilla…

La voz clara y emotiva de la solista le era familiar; pertenecía a Anna Kunzli, la muchacha que vivía sin amor en la «Casa de la Araña».

Terminado el himno, el padre Albertus cruzó al otro lado del altar y comenzó a leer con su voz vibrante y profunda el Evangelio para el día de la muerte:

«…Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque hubiere muerto vivirá; y todo aquél que vive y cree en mí, no morirá para siempre…»

Hanlon estaba familiarizado con cada línea y cada cadencia, pero, involuntariamente, se compenetró de su perenne majestad y tuvo una visión retrospectiva del paraíso perdido, antes de comer la fruta del árbol de la ciencia y de iniciar su larga peregrinación como ciudadano del mundo.

Como todos los otros, él pertenecía a ese sitio. Había nacido en la Iglesia como en una familia.

La necesitaba, como necesita una planta el contacto con a tierra de que ha brotado, como necesita una rama a savia de su propia raíz. No obstante, por una serie de decisiones, de repetidas concesiones a las circunstancias, estaba separado de ella, interrumpiendo la fuente de vida y el flujo de la savia. El hambre que sentía era profunda, pero aún no podía doblegarse a confesarlo. Todavía era el hijo pródigo, bien venido si quería volver, pero sin participación en la vida íntima, vigorizante, junto a la piedra del hogar.

Eso querían decir los teólogos al hablar del pecado como de una amputación y una especie de muerte. Ése era el significado de la misericordiosa y de la necesidad que de ella tiene el hombre… una luz en la oscuridad, una mano tendida para conducir al vagabundo por nuevos senderos, insospechados, nunca soñados en tanta perplejidad.

Las campanillas de plata sonaron para la Consagración y la Elevación y él inclinó la cabeza, aunque no pudo doblegar su voluntad.

Terminada, por fin, la Misa, el padre Albertus se quitó la casulla y conservando sólo la estola negra alrededor del cuello bajó a bendecir el féretro. Se formaron los acólitos, los que transportaban el ataúd volvieron a acercarse y el sargento Willis fue llevado al cementerio, al hoyo negro que abría sus fauces en la nieve a los pies del Cristo.

Las tropas estaban alineadas frente a la tumba, y sus armas y uniformes de campaña resaltaban incongruentes entre las austeras tablas recordatorias y la figura abatida del Crucificado. Retiraron la bandera del cajón y lo bajaron lentamente a la fosa mientras el padre Albertus recitaba las oraciones de liberación y las respuestas corrían por el auditorio como una pequeña oleada de viento.

Después de la última advocación, el sepulturero pasó a Hanlon un puñado de tierra, duro y congelado como una piedra. Lo tomó con cuidado, lo lanzó a la fosa y lo oyó golpear con sonido hueco en la tapa del féretro.

Sollozó una mujer y un murmullo de lástima sacudió a todos los presentes.