La segunda victoria

Morris West · Capítulo 11 de 24

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La segunda victoria

Capítulo Undécimo

–Sí. – ¿Por qué?

–Por los niños…, por motivos religiosos. Pero no queda nada. Yo estoy aquí, ella en Inglaterra, y ninguno le hace falta al otro.

–Sin embargo, a veces usted la llama a gritos en sus sueños.

–A ella no, Anna; al amor, sí. Al amor que gasté sin que se me correspondiera. Al amor que mendigué pero que nunca tuve.

–No hay que mendigar amor -dijo gravemente la muchacha- Yo lo descubrí con el tío Sepp.

El amor está o no está. Si no está, nadie puede despertarlo.

–Ésa es una lección que el padre Albertus nunca me enseñó. Alguna vez se lo haré presente.

Se había desahogado y la confidencia pareció arrancarle la última brizna de fuerza. Cerró los ojos y se reclinó en la almohada, sintiendo que lo invadía la somnolencia en ondas suaves y bienhechoras. Le pareció que Anna Kunzli se le acercaba, se inclinaba sobre él y sus labios le rozaban la frente. ¿Ilusión? ¿Una dulce e inconsecuente realidad? No lo supo, y estaba demasiado fatigado para darle importancia.

CAPÍTULO UNDÉCIMO

Tan pronto como Hanlon pudo sostener una conversación coherente, Johnson le presentó su lista de problemas. El joven capitán aceptaba de buena gana la responsabilidad, pero se daba cuenta de sus limitaciones. El consejo de Huber lo hizo vacilar sobre la adopción de medidas precipitadas y sabía que Hanlon desaprobaría una consulta prematura a Klagenfurt.

Quedó un tanto sorprendido al descubrir que Hanlon discrepaba con Huber.

–Movámonos, Johnny, de todos modos. No descubriremos a nuestro hombre, pero mantendremos nervioso a Fischer. – ¿Qué debo hacer, Mark?

–Lo primero, Johnny, es un registro domiciliario simultáneo en toda la ciudad. Mantenga los sectores lo más separados que se pueda y escalone los tiempos y los sitios para que no se observe ninguna norma. Cuatro hombres por grupo: uno en la puerta falsa, otro en la delantera, dos para recorrer el lugar desde el techo hasta el sótano. – ¿Lo quiere vivo o muerto? – preguntó sonriendo burlonamente Johnson. Estaba recuperando su buen humor al ver cómo Hanlon se reponía.

–Vivo -dijo terminantemente Hanlon-. Pero sin exponerse a riesgos necios. – ¿Como usted, por ejemplo?

–Como yo. – ¿Tiene otras ideas?

–Me gustaría interceptar el teléfono de Fischer y hacerlo seguir las veinticuatro horas del día.

Pero la ciudad es demasiado chica y no tenemos hombres para eso. En diez minutos se daría cuenta. – ¿Qué hará con él?

–Dejar que sude. Apostaría que ya está sudando. Creo que muy pronto resolverá visitarme.

Veremos qué explicaciones trae. – ¿Cuál es la conexión de Fischer con el asesino, Mark?

Hanlon frunció el ceño y movió la cabeza. Principiaba a fatigarse y le dolían las sienes.

–Me ha faltado tiempo para pensarlo, Johnny. Pero hay un eslabón que luego entrará en su sitio.

Yo me encargo de ello.

–Me alegro muchísimo -dijo Johnson burlándose-. ¿Cuánto tiempo más tendrá que permanecer usted aquí?

–Me marcharé apenas me autorice Huber, si no puedo antes. – ¿Para qué se apura? – dijo Johnson con quejumbrosa envidia-. Allá nunca ha sido como esto -miró con aprobación la habitación, olfateando en el aire indicios de perfume-. ¿No podríamos trabajar los dos desde aquí?

–Váyase al diablo, Johnny. – Hanlon no pudo menos que reír.

–Antes de irme tengo que hacerle otra pregunta. – ¿Cuál? – ¿Qué digo a Klagenfurt de lo sucedido?

–Nada -dijo rotundamente Hanlon-. A su debido tiempo yo escribiré mi propio informe. Si me creen fuera de combate enviarán un nuevo comandante y media docena de inquisidores entremetidos antes de veinticuatro horas.

Johnson demostró alivio.

–Pensé que tendría que mencionarlo para los registros. Y hablando de registros… -¿Qué pasa?

–Dada la forma en que llegan papeles necesitaremos un ejército de dactilógrafas para manipularlos. No sólo es lo que envían, sino lo que esperan de vuelta…, resmas por la mañana y por la tarde.

–Déjelos a un lado -dijo Hanlon con hastío-. Salga de lo urgente y el resto lo amontona en un rincón. Yo me ocuparé del asunto cuando salga de esta cama.

–Al menos escójalas bonitas -suplicó burlonamente Johnson-. Soy muy joven para esta vida de celibato.

–Haga caminatas largas por la nieve, muchacho. Dese una ahora. La cabeza me zumba como una colmena y las quemaduras me duelen como el infierno.

–Todo tiene su precio -dijo Johnson riendo-. Hasta las enfermeras buenas mozas. Hasta más tarde, Mark.

Cuando se marchó, Hanlon cerró los ojos y se recostó en las almohadas, esperando que pasara el dolor para pensar con claridad. Podía descansar en Johnson para el control de la situación, al menos por un tiempo; lo importante era recuperar sus fuerzas antes de que Klagenfurt husmeara el conflicto y enviara otro comandante con un nuevo equipo. La búsqueda del hombre tras el fusil había asumido un sentido personal. Quería terminarla solo.

En la tarde volvió Huber para el ritual penoso de la curación de sus heridas. Los primeros momentos eran los peores, pero Anna lo acompañaba con sus manos suaves y su voz reconfortante.

Después de quitarle las vendas, Huber le pasó un espejo para que viera por primera vez la extensión de sus quemaduras.

La visión de las manchas y costras que le cubrían más de la mitad de la cara lo dejó consternado, pero Huber lo tranquilizó.

–Eso sanará rápidamente. Hemos detenido la infección y ya está creciendo el cutis nuevo. Esto -e indicó la herida abierta que partía desde arriba de una oreja, atravesaba la sien y llegaba al pómulo-, esto es asunto aparte. La cadena lo partió como a un melón. La cicatriz será fea.

–Entonces formaremos un par -dijo pensativo Hanlon-. Él también tiene una cicatriz. Las cuentas se equiparan.

Huber no se impresionó. Examinaba los bordes de a herida, limpiándolos cuidadosamente con un hisopo.

–Más adelante, lo mejoraremos un poco. Una ligera operación plástica reparará lo peor del daño. Pero usted siempre quedará… -¡Repítalo! – ¿Qué cosa?

–Una pequeña operación plástica… ¿Eso fue? Huber y la muchacha lo miraron sorprendidos.

–Sí -dijo Huber-. ¿Por qué lo pregunta? Hanlon miró del uno al otro, deliberando si confiar en ellos. Le brillaban los ojos con nuevo interés y

sentía la cabeza libre de dolor y desconcierto.

Pasado un momento dijo con lentitud:

–Quiero pedir a los dos una promesa. Lo que tengo que decir debe ser un secreto para nosotros tres. – Como usted quiera -dijo seriamente Huber.

Anna Kunzli hizo un gesto de asentimiento y agregó: -Por supuesto, Mark.

Entonces les dijo:

–El hombre que mató a Willis y me hirió, también tiene una cicatriz.

Sabemos que lo han traído a la ciudad. Sé, o por lo menos creo, que Fischer está implicado. – ¡Fischer! – exclamaron ellos a dúo con la misma inflexión ascendente de asombro.

Hanlon asintió.

–La historia es larga. Por ahora no tiene importancia. Lo que interesa es esto: Fischer tiene bastante experiencia para saber que es imposible mantener aquí indefinidamente a un hombre. Por lo tanto tiene que proponerse otra cosa. Usted me ha dado una idea factible. Cirugía plástica…, un rostro nuevo. Eso significará perder la identificación. Eso querría decir que el asesino, quienquiera que sea, podrá quedarse aquí o ser trasladado a la zona norteamericana sin temor de ser descubierto.

Huber meditó un momento. En seguida dijo cavilando:

–Es posible. Pero se necesita tiempo. – ¿Cuánto?

–No se puede decir sin ver al hombre. Si el caso es fácil, si el cirujano tiene el mínimo necesario de habilidad, y algo de suerte, tres meses. Puede ser mucho más.

–Tome primero al cirujano -le dijo Hanlon a boca de jarro-. ¿Quién lo puede hacer en Quellenberg? – Yo podría -repuso Huber-. Y uno de mi personal. – ¿Es posible que ése tenga conexión con Fischer? Huber negó con la cabeza.

–Lo dudo. Es forastero como yo, vienés. Tiene mujer e hijos en el sector británico. No creo que se arriesgue a participar en una cosa así. En todo caso sería fácil controlar sus movimientos y sus contactos personales. –

¿Conoce a otro… residente?

–A nadie. El que podría informarle sería Holzinger, y, por supuesto, el mismo Fischer.

Los labios hinchados de Hanlon se crisparon con sonrisa dolorosa.

–La información que me dieran no sería de fiar.

–Los registros de la ciudad pueden ayudarlo.

–Los revisaremos línea por línea.

Huber movió la cabeza con expresión grave y volvió a inclinarse para la tarea de limpiar la carne viva y colocar una nueva cura. Anna Kunzli lo ayudó con destreza.

Inesperadamente dijo: -¿Por qué no le pregunta al padre Albertus? Él conoce a todos en Bad Quellenberg.

Huber alzó la vista de su trabajo y comentó con su voz profunda y serena:

–No daría resultado, pequeña. Un sacerdote es como un médico: tiene que guardar los secretos de su rebaño. Preguntarle sería una indiscreción.

Hanlon trató de asentir con la cabeza, pero el nuevo antiséptico le ardía y le hizo dar un respingo.

La chica estiró la mano instintivamente para aquietarlo. Huber sorprendió el movimiento pero no hizo comentarios.

Terminadas las curaciones y acomodado en la cama, Hanlon se dirigió a la muchacha en tono suave: -¿Quiere darle un cigarrillo al doctor, Anna, y dejamos solos un momento?

–Por supuesto.

Ella abrió el cajón del velador, sacó los cigarrillos, ofreció uno a Huber y colocó otro en los labios de Hanlon. En seguida salió, cerrando la puerta.

Huber encendió los dos cigarrillos y fumaron un rato en silencio. Huber dijo fríamente:

–Enseñándole sería una enfermera excelente. Tiene manos suaves y corazón tierno.

Hanlon dejó pasar la insinuación y dijo con sencillez:

–Me encuentro en una situación molesta, Huber. – ¿En qué sentido?

–Con Sepp Kunzli. Es posible que tenga que pasarlo por la exprimidora, y soy huésped en su casa. Huber lo escudriñó a través de las volutas de humo. – ¿Le ha dicho algo él?

–No lo he visto. Me saluda por intermedio de Anna, y pregunta si necesito algo, pero eso es todo.

–Es discreto -dijo plácidamente Huber-. Comprende la situación tan bien como usted.

Prefiere mantenerla impersonal. Si usted la complica la culpa será suya.

– ¿Qué me quiere decir?

Huber señaló la puerta significativamente con el cigarrillo.

–La joven. Se está enamorando de usted. – ¡Qué tontería! – dijo secamente Hanlon. Huber se encogió de hombros y extendió las manos con gesto elocuente.

–Principia como una tontería. Después… se pone serio. – ¿Cuándo podré irme?

Huber continuó fumando mientras meditaba la respuesta.

–Me gustaría mantenerlo aquí otra semana, para mayor seguridad. Pero, en el estado actual de las cosas… -hizo una pausa-. Maña enviaré una ambulancia con dos ordenanzas para que lo lleven al hospital. Tendrá que guardar cama, eso sí, y seguir estrictamente su tratamiento. De otro modo tendrá molestias.

–Con ésas puedo entendérmelas -dijo irónicamente Hanlon.

–Es preferible evitarlas -replicó Huber-. ¿De qué otra cosa quería hablarme?

–Del asesino. – ¿Qué pasa con él?

–Ya hemos tenido un encuentro -dijo Hanlon-. Creo que debemos rectificar nuestra opinión. – ¿Por qué?

–Su primera idea fue que estaba trastornado. Un caso de choque… algo por el estilo. – ¿Sí?

–Cuando nos encontramos le acompañaban dos hombres. Al hablar su voz era educada: llena de autoridad. Le obedecían. Actuó con rapidez y decisión.

–Algunos de los asesinos más locos de la historia han sido los de apariencia más normal -observó Huber con frialdad-. Además, su lógica tiene una falla. – ¿Cuál?

–El hombre que le dio el golpe puede no haber sido el asesino. Puede haber sido cualquier hombre entre veinte que tengan un rencor o que estén impregnados de alcohol. Pudo ser hasta el propio Fischer. Hay más de un cincuenta por ciento de probabilidades de que usted no se equivoque, pero hasta ahora es sólo intuición.

–Tal como estamos situados, sólo puedo adivinar. Y eliminar uno por uno a los improbables.

–Me intriga su actitud en este asunto, comandante. Hanlon alzó la vista, sorprendido por el franco emplazamiento de Huber. – ¿Qué le intriga, doktor?

–La importancia que usted le atribuye; la intensidad de su incorporación personal.

Hanlon le dirigió una sonrisa irónica y se llevó una mano vendada a la frente. – ¿Esto no lo explica?

Huber movió la cabeza.

–No, usted es demasiado inteligente para eso. Es demasiado sutil para la venganza bruta. No le produciría placer. Sabe mejor que yo cuánto hay que hacer aquí y cuán secundario es este asunto de la captura. Al fin lo encontrará. Si Fischer está implicado, hará cuanto pueda por mantenerlo oculto para que no ponga a nadie en peligro. Pero usted tiene esta… esta obsesión psicótica de encontrarlo.

–Llámela símbolo -dijo livianamente Hanlon. – ¿De qué?

–De que las cosas que combatimos, de las cosas que vinimos a extirpar: violencia, ilegalidad, asesinato protegido.

–Lo malo con los símbolos -dijo Huber sin alterarse-, es que significan cosas diferentes para distintas personas. Lo que un hombre adora, otro lo dibuja en las murallas de los retretes.

–Tenemos un interés común -dijo Hanlon irritado-. Si la gente no lo comprende, ninguno de los dos lados obtendrá provecho.

–Descubra entonces un símbolo común -replicó Hubert con una sonrisa grave y lenta. – ¿Cuál, por ejemplo?

–Se acerca. Navidad -dijo el corpulento tirolés, con estudiada inconsecuencia-. Hay un niño recostado en las pajas, y una pareja sin hogar que se alberga con las vacas. Este año serán millones los que se encuentren así en toda Europa. ¡Piénselo, comandante… en bien suyo y nuestro!

Dos horas después del regreso de Hanlon al «Sonnblick», Karl Adalbert Fischer llegó a visitarlo.

Llevaba una valija grande y lo acompañaba un individuo rechoncho de rostro fofo a quien presentó como Herr Rudolf Winkler, ex librero en Munich.

Los dos se manifestaron cortésmente impresionados ante el espectáculo de Hanlon vendado hasta los ojos y tendido en el ornamentado lecho. Éste los escuchó en un silencio sarcástico, y el capitán Johnson los estudió con mirada hostil.

Fischer tenía una historia que contar y llevaba a Winkler para que la corroborara. La relató cuidadosamente y bien.

–Al parecer, los dos tuvimos la misma idea, comandante: que intentarían traer al asesino a la ciudad en la noche de San Nicolás. Usted recordará que aludí al punto en nuestra última reunión.

–Recuerdo que usted hizo una referencia vaga.

–Yo… no ahondé en ella, porque para quien ignora nuestras costumbres podría parecer risible.

Le ruego disculparme por no haber estimado su experiencia en lo que vale.

–Eso es siempre un error -repuso secamente Hanlon.

–Lo comprendí apenas supe de su accidente y vi los preparativos que usted ordenó en la ciudad.

La jugada era inteligente, comandante. Casi tuvo éxito.

–Continúe.

–Cuando la noticia corrió por la ciudad Herr Winkler, aquí presente, me telefoneó cierta información a la que atribuía alguna importancia. Creo que él mismo debe dársela. Después agregaré mis comentarios.

El individuo rechoncho infló las mejillas y partió con su historia. Tenía voz alta, ligeramente afeminada, y con manos suaves hacía pequeños gestos enfáticos en el aire.

Calculaba el tiempo alrededor de las nueve de la noche de San Nicolás, un poco antes, un poco después, no estaba seguro. En el momento del suceso no tenía importancia. Él estaba en su pequeña casa al final de la Mozartstrasse, tranquila, retirada de la agitación ciudadana. No era rico. Sus compras eran modestas y vivía sin ruido. Bien. Aproximadamente a la hora indicada oyó voces que discutían afuera de su puerta: voces masculinas que hablaban en el dialecto montañés. Él era bávaro y le costaba comprender: más aún porque los hombres parecían estar ebrios. Se asomó a la puerta y miró. Vio a tres individuos vestidos con trajes de Krampus. Dos parecían pelear con el tercero. Él les gritó que se callaran y se fueran. Uno le lanzó un insulto soez. En seguida se dividieron: dos se encaminaron trastabillando a la ciudad, y el tercero trepó apresuradamente por uno de los senderos que atravesaban los bosques de pinos, Eso era todo. Sólo después de enterarse del ataque contra el comandante había atribuido importancia al incidente. El comandante lo comprendería. Él era un poco forastero. Siempre se bebía en las fiestas provincianas…

Fischer continuó la narración:

–Después de la llamada telefónica de Herr Winkler, fui inmediatamente a entrevistarlo. Seguí el sendero que tomó el tercer hombre. Cerca de media milla cuesta arriba hay una choza de leñadores: una bodega de cuñas y herramientas. Adentro, escondida detrás de algunos cajones, encontré esta…

Abrió la valija y sacó el traje de Krampus que Hanlon había visto en su asaltante. Johnson y él se miraron asombrados. – ¿Lo reconoce, comandante?

–Sí.

Fischer asintió con gravedad profesional.

–Este traje tiene un interés especial. Es el ejemplar más antiguo que se conoce en la comarca.

Fue robado de una vitrina de nuestro museo.

Johnson y Hanlon cambiaron miradas. La historia era tan circunstanciada que podía ser verdadera. Y si no lo era, Fischer tenía que estar muy seguro de su invulnerabilidad. El pequeño policía continuó:

–Las huellas digitales han sido limpiadas de la máscara, la vitrina y el metal. Eso nos indica que se trata de personas inteligentes, que además están muy familiarizadas con la ciudad.

–Yo también lo he pensado -dijo Hanlon.

–En consecuencia, he considerado prudente que cooperemos en una investigación inmediata del área, partiendo de la casa de Herr Winkler y ampliándola en un sector circular hacia los cerros.

–La ordenaremos al momento -dijo Hanlon-… capitán Johnson, ¿quiere alistar un destacamento que se movilice en diez minutos?

Fischer hizo un gesto de aprobación.

–Quiero que comprenda, comandante, cuánto deploramos este asunto y su desgracia personal.

Le prometo nuestra cooperación más eficaz.

–Gracias, Fischer. Y a usted también, Herr Winkler. El capitán Johnson los acompañará y se mantendrá en contacto permanente con usted mientras yo no pueda levantarme. Auf Wiedersehn.

–Güten Tag, comandante.

Salieron. Johnson los acompañó hasta el corredor y los traspasó al sargento Jennings, volviendo a la Habitación de Hanlon.

–Y bien, Mark, ¿qué piensa de eso?

–Fischer es un policía. Sabe conocer una buena coartada cuando la consigue. Habrá que investigar, indudablemente. Pero apostaría a que nuestro hombre se encuentra a kilómetros de distancia de donde Fischer quiere que lo busquemos.

–Tengo la misma sensación. ¿Y qué me dice de Winkler?

–O es un espectador inocente o un cómplice. Revisaremos sus documentos, pero, conociendo a Fischer, los tendrá en regla. Siga la pista, Johnny, pero no espere demasiado. – ¿Quiere que parta inmediatamente?

–Sí. Deje a Jennings a cargo de la oficina.

–Lo haré. ¿Cómo se siente?

–Pésimo -dijo Hanlon con aire melancólico-. Fischer me ha dejado como un necio y retarda el momento de desquitarme en su pellejo.

Pero no podía adivinar la magnitud de su sandez. Cuarenta minutos más tarde, Johnson y sus suboficiales se hallaban en la sala de recibo de Winkler, y el hombre que buscaban estaba drogado y amordazado en el cajón del camarote del dormitorio ocupado por el ama de llaves de boca hermética.

Tan pronto llegó el sargento Jennings, Hanlon dictó una carta de agradecimiento para Sepp adjuntándola al juego de documentos para el viaje y a una lista detallada de instrucciones sobre su visita a Zürich.

Dictó también una carta para Anna, más larga, más personal, que el mensajero debía entregar en sus manos.

El resto de la tarde trabajó asiduamente en el cúmulo de directrices y memorandums acumuladas durante su ausencia.

La cantidad y complejidad del trabajo escrito le produjeron consternación en un comienzo.

Después fue comprendiendo lentamente que ésa era más de la mitad de la función gubernativa. El mundo moderno no está fundado en papel. Sin éste, retornaría el caos.

Primero venía el plan de acción, la declaración amplia, engañosamente simple de los fines y los medios; un documento; un manifiesto: papel.

Seguía después la legislación, cuyo preludio es el debate registrado en resmas y resmas de papel, anaqueles de libros, millones de palabras, cuyo fin era más papel. La ley: un exhorto de autoridad, una definición de términos, una sucesión de cláusulas, una lista de instrucciones, y sanciones a los transgresores, una firma y un sello.

La ley era el documento más corto, pero a su vez comenzaba a devorar más palabras, más páginas, más volúmenes: anotaciones, glosas, concordancia e interpretación.

Tras de la ley y la interpretación venían los mandatos que bajaban de escalón en escalón de funcionarios administrativos por mano de oficinistas y dactilógrafos, hasta llegar finalmente al hombre que las aplicaba: el funcionario local.

Éste no tenía para qué hacer consultas. Todo se encontraba escrito…

sobre papel. No importaba que tuviera que gastar una vida para descubrir la hoja pertinente; ahí estaba, escrita. La ignorancia no servía de excusa. Cada caso se hallaba considerado. Cada variante analizada, en alguna parte.

Después comenzó Hanlon a comprender también otras cosas: cómo la maquinaria del Gobierno se atascaba con papel; cómo la bellaquería se ocultaba bajo una urdimbre de palabras; cómo los administradores se escondían tras de baluartes de libros y los jefes se aislaban de la verdad con pilas de papel de oficio; cómo las voces de los reformistas quedaban ahogadas bajo un vasto desperdicio de papel impreso.

Eso podía sucederle. Si se sentaba doce horas diarias a leer cada palabra que aterrizaba en su escritorio, respondiéndola con otras palabras, sus superiores lo clasificarían como un hombre cuidadoso que mantenía en orden los registros, aunque hubiera gente sin trabajo y niños hambrientos y la esperanza de una vida mejor se postergara de año en año.

Sólo existía una respuesta: volver al plan de acción; ver primero los hechos; aplicar al instante los remedios. En Bad Quellenberg se podía hacer algo de eso aunque con riesgo.

El hombre que prescindía del papel realizaba cosas. También renunciaba a la protección, y si se equivocaba, perdía la cabeza…

A las cinco y media su propia cabeza giraba y le volvieron las náuseas.

Despidió a Jennings. Se arrastró al lavabo, volvió a arrebujarse en las sábanas y dormitó.

Cuando despertó, el capitán Johnson estaba de vuelta con un informe negativo y la noticia de que Max Holzinger aguardaba para verlo.

El Bürgermeister quedó consternado ante el aspecto de Hanlon, y en sus excusas y en su preocupación manifiesta hubo una nota de sinceridad.

Hanlon se conmovió y procuró aminorar su bochorno. No podía saber, ni Holzinger podía decirle, que éste había tenido una discusión larga y

acalorada con Fischer, hasta llegar a un punto muerto, porque ni Fischer consentía en entregar a su sobrino ni Holzinger se atrevía a revelar su propia complicidad.

Los dos hombres se alegraron de terminar con los preliminares embarazosos y abordar el tema de los preparativos para recibir a los desplazados.

El edificio que recomendó Holzinger fue el «Bella Vista» un hotel grande, bastante moderno, a mitad de camino entre la estación ferroviaria y la iglesia. Pertenecía a un vienés acaudalado del que nada se sabía desde la ocupación de Viena. Lo alquilaba un sindicato suizo, y la hipoteca estaba en manos de Sepp Kunzli. La rutina de la expropiación los entretuvo media hora.

Discutieron la dotación de personal, alimento, combustibles, ropa interior, sábanas y frazadas, vajilla; la petición de coches particulares para el transporte de los viajeros desde la estación. Al terminar, Holzinger le dijo con vehemencia:

–Puede encargármelo todo, comandante. Créame que seré dichoso aliviándole un poco el peso, como reparación de este… ultraje.

–Olvídelo -repuso Hanlon sonriendo-. Fue un riesgo profesional. Tuve suerte de que no resultara peor.

–Suerte para todos -murmuró Holzinger con fervor.

Se movió incómodo en la silla, tosió y tartamudeó:

–Mi… mi esposa y mi hija están abajo… -¡Pero, hombre! – exclamó Hanlon sorprendido-. ¿Por qué no me lo dijo antes? Han esperado un siglo.

–No es nada -dijo con turbación Holzinger-. Insistieron en venir.

Nosotros… es decir, yo… conversé con el Doktor Huber. Me dijo que usted todavía necesita atención. Ahora lo veo con mis propios ojos. Mi familia desea encargarse de su cuidado. Huber tiene poco tiempo y esto, al fin y al cabo, es asunto de mujeres.

Hanlon se sonrojó de vergüenza. El ofrecimiento era sincero, indudablemente, y mucho más agradable que las burdas atenciones de un ordenanza militar. Pero subsistía el mismo problema.

Imponía una obligación, un vínculo personal, que más adelante podía tornarse molesto. Resolvió ser franco.

–Se lo agradezco mucho, Herr Bürgermeister. Créalo. Nada me agradaría tanto como aceptarlo -sonrió ingenuamente-. Me gustan las