La segunda victoria
Capítulo Octavo
Media hora después del funeral Mark Hanlon estaba de vuelta en su escritorio en el «Sonnblick».
La crisis de emoción pasó rápidamente, dejándolo, como lo hacen la pasión y las lágrimas, libre por un tiempo de ira, compunción e incertidumbre, y listo para el trabajo que tenía entre manos.
Lo esperaba una montaña de labor: disposiciones para el abastecimiento de las tropas y de la ciudad; una inspección de los recursos económicos locales: un control de seguridad para descubrir criminales de guerra y fanáticos del Partido; un examen de los registros de la ciudad para situar los documentos pertinentes; una investigación de las propiedades incautadas; la repatriación de tropas austríacas; enlace de frontera con la zona norteamericana; control de caminos y vías férreas; reforma democrática de la educación en la localidad; búsqueda de armas ocultas y de las que estuvieran en poder de particulares…
Johnson y él atacaron el montón de memorandums hasta que les zumbaron las cabezas y los tipos mimeografiados les danzaron ante los ojos. Su almuerzo consistió en un plato de emparedados y café, y a las tres de la tarde continuaban debatiéndose con el problema principal: cómo implantar un sistema completo de gobierno local con un puñado de tropas cansadas y un grupo de funcionarios que, por un motivo u otro, eran todos sospechosos.
–Es imposible hacerlo -dijo exhausto Johnson. Inclinó la silla en un ángulo peligroso, subió los pies a la mesa y encendió un cigarrillo-. Diez no se contiene en uno. No hay más que hacer.
–Trate de decírselo a Klagenfurt, muchacho. Se ganará una mosca en el oído y una destitución rápida… Sus servicios no son necesarios.
–La idea no es tan mala. Esta guerra ha sido condenadamente larga.
–Todo se malgastaría si estropeamos la paz.
–Ya está estropeada -dijo Johnson con juvenil sabiduría-. Siempre lo ha estado. Siempre lo estará. En el mismo momento en que callen los fusiles comienzan los políticos a beneficiar los cadáveres. Mire a Yalta. Entramos, en la guerra para salvar, a Polonia. Así se dijo. Ahora la hemos entregado en una bandeja a los Russkis… y además, la mitad de Europa. ¡Para qué nos preocupamos de esto! – señaló con una mano impaciente los escritos
apilados-. ¿Por qué no los echa al retrete y deja que los políticos se las compongan y hagan de las suyas? Al final da lo mismo.
–Porque no hay políticos en Quellenberg -dijo Hanlon sin alterarse.
–Hierven en este lugar -replicó enfático Johnson-. Los hemos tenido en esta sala: Holzinger, Kunzli, el policía chiquito, y los que aún no conocemos.
–Por el momento carecen de autoridad. Nosotros la tenemos. Quiero ver si podemos usarla para construir algo permanente. – ¿Qué, por ejemplo? –
¡Lea todo esto! – dijo Hanlon con una mueca humorística, y lanzó a las piernas de Johnson un legajo de papeles que le hizo perder el equilibrio y caer al suelo.
–Usted no ha contestado mi pregunta -insistió Johnson levantándose y amontonando a puntapiés los papeles diseminados-, y no creo que pueda.
–Existe una respuesta, Johnny -dijo Hanlon con gravedad súbita-. Y es mucho más sencilla que todas las tonterías contenidas en estos memos.
Tenemos que organizar las cosas de modo que los hombres principien a trabajar y los niños principien a comer bien y que todos tengan una participación equitativa. Tenemos que arrancar como malezas a los asesinos y violadores y verdugos profesionales que se hayan escondido en Quellenberg para vivir como honrados ciudadanos. Tenemos que devolver las propiedades robadas a sus dueños legítimos… si viven y si podemos descubrirlos. Tenemos que desalojar a los explotadores oficiales y encontrar hombres honestos que los remplacen para que el pueblo tenga condiciones limpias en los negocios y justicia en los tribunales.
–Es mejor que se compre un farol y viva en un barril -dijo Johnson con vivacidad-. Ni siquiera ha podido conseguir que su sargento del rancho sea honrado.
Hanlon se encogió de hombros.
–Ésa es la naturaleza de la bestia. – ¿Cambia por el hecho de hablar en alemán? Hanlon enmudeció un rato, rumiando la pregunta; en seguida se inclinó sobre la mesa, accionando mientras se explicaba cuidadosamente.
–Aclaremos un punto, Johnny, desde la partida. Yo soy bastante mayor que usted y he tenido más razones para dudar del bien que hay en la gente.
Pero he aprendido algo que considero importante. El bien que hay en este mundo bizco fue pequeño al comienzo y permaneció pequeño por mucho tiempo. Cuando creció, lo hizo lentamente, como un árbol, de modo que la
gente casi no se dio cuenta, hasta que un día fue grande y sus ramas abrigaron a muchos pobres diablos como usted y yo. Eso espero de esta tarea: iniciar el crecimiento de un bien pequeño. Si no lo creyera posible sería feliz entregándome al libertinaje y llenando al mismo tiempo mis bolsillos.., o destapándome los sesos… No sé muy bien lo que haría.
–Más vale que se resuelva, comandante -dijo Johnson con una mueca-.
Puede encontrarse abocado a eso antes de lo que piensa. – ¡Váyase al diablo, Johnny! – replicó Hanlon amostazado-. Pongámonos de nuevo al trabajo.
Juntos se inclinaron sobre una instrucción difusa cerca de la «Condición de los Dependientes de Perbnas Bajo Reiteración como Presuntos Criminales Guerra».
Entrada la tarde, cuando la primera oscuridad ya había bajado a las montañas, los jefes de las patrullas esquiadoras llegaron a dar sus informaciones. Todos se ajustaban a la que presentó el cabo de rostro enjuto. Éste había sido maestro de escuela y su alemán era bueno, aunque pedante. Su inteligencia era muy superior a la opinión que tenía del Ejército y de los que lo mandaban.
Profesaba a Hanlon un respeto involuntario, que manifestaba con franqueza enfática de expresión.
–Está cerca, comandante. Todos tenemos la misma sensación. Los aldeanos están disimulando.
La Policía sabe y también disimula. – ¿Por qué dice eso?
–Primero, dicen que no entienden nuestro alemán, lo que es una mentira. La Policía lo comprende y ellos también. Se niegan a hablar a menos que sea en dialecto. Eso también es una actitud afectada. Prodigan el dialecto como el irlandés de las tablas.
Hanlon asintió pensativo. La treta era vieja para poner al visitante en situaciones embarazosas.
Cuando les convenía se hacían los mudos, pero si les tocaban el bolsillo gritaban fuerte. ¡Y también en Hochdeutsch! – ¿Qué más, cabo?
–El ambiente, mi comandante. Es lo mismo que los chicos en una sala de clase. Uno sabe que hay maldad de por medio, pero lo miran a uno de tal manera, adoptan una inocencia tan elaborada, que no se puede descubrir la verdad, aunque uno estrelle contra la pared a esas cabezas tontas.
–Si nos cargamos con fuerza en ellos se trizarán -dijo Hanlon.
–No, mi comandante. – ¿Por qué no?
–Porque están avisados contra nosotros. Nos ven llegar desde millas de distancia en esas fincas montañosas. Aunque supiéramos en cuál de ellas se oculta el hombre, nos llevaría una ventaja de dos millas antes que llegáramos al sitio. Recuerde que tenemos que subir en esquís. Usted sabe lo lento que es eso. Para llegar a los valles de atrás tenemos que subir primero y bajar después, a menos que caminemos por la nieve suelta de los portezuelos. Aun así cualquier centinela nos descubriría. Les bastará enviar a su visitante a la faja de pinos para que se nos escape. – ¿Coopera la Policía?
–Mucho -dijo secamente el cabo-. Se quedan a nuestro alrededor y aguardan a que les indiquemos lo que deben hacer. Olvidan dónde están las huellas y tienen dificultad para interpretar un mapa de referencias; se mueven con lentitud hasta en los mejores declives…, pero es imposible culparlos de nada concreto. Así no cogeremos nunca a nuestro hombre. Lo apostaría.
–A pesar de todo mantendremos la búsqueda -dijo Hanlon sonriendo. –
¿Puedo preguntarle por qué, mi comandante? – ¿Cómo se siente usted, cabo?
La respuesta fue una palabra expresiva. – ¡Magnífico! Ahora póngase en la situación del asesino. Si cada día salen patrullas y cada una a un sector diferente, ¿qué sucede? Tendrá que cambiar constantemente de sitio. Si, como sospecho, es un hombre enfermo, tarde o temprano tendrá que detenerse. Entonces, ¿qué pasará?
–Lo esconderán. – ¿Dónde? Usted conoce las fincas de la montaña.
Tienen una construcción grande que alberga a la familia, al ganado y al heno del invierno. En media hora se las puede dar vuelta patas arriba.
–Lo bajarán a la ciudad.
–Entonces lo cogeremos -dijo Mark Hanlon poniendo punto final a la discusión. Y hasta el cabo incrédulo quedó semiconvencido de que lo harían.
Terminada la conferencia, Johnson le presentó la cuestión de los documentos de salida para Sepp Kunzli.
–No descubrí qué se propone usted con éste, Mark. Nos han dado buenos informes de él. Sin embargo, usted le está haciendo guerra de nervios. ¿Por qué?
–Por propiedades robadas, Johnny. Kunzli es un pillo redomado. Sería intolerable que escapara con bien, aunque probablemente será lo que suceda. – ¿Cómo concuerda eso con el informe?
–De Londres dijeron que durante la guerra fue m buen agente. Eso significa más que fue un buen jugador que eludía los riesgos.
–Entonces, ¿cómo lo deja salir del país?
–Tengo que hacerlo -dijo Hanlon con un visaje-. da la forma en que operan los Bancos suizos, no y forma de ver sus títulos si él mismo no los trae. – ¿Cree usted que lo hará?
–Algunos de ellos. – ¿Cómo sabe que no se escapará?
–Tiene demasiadas propiedades en Austria… y también una sobrina.
Adivino que se aguantará y recurrirá a tretas de abogado para conservar intacta la mayor parte de su fortuna. Pero algo le quitaremos, y obtendremos también otras informaciones.
El capitán Johnson guiñó un ojo a su superior:
–Sus métodos son tortuosos.
Hanlon hizo un gesto de, hastío y desagrado. – ¿De qué otro modo se puede tratar con el que actúa en forma torcida? Kunzli se propuso vengar a su mujer desollando a los miembros del partido, pero en algún punto de la línea el placer de la venganza se le trocó en afición al dinero. Sigue autojustificándose como una especie de Montecristo. Mas no es eso en absoluto. Es un explotador que aprovecha los bienes expoliados.
–Y su sobrina canta en el coro -dijo Johnson con aparente inconsecuencia-. La muchacha es linda…, de un tipo virginal.
–No lo he observado -repuso fríamente Hanlon.
–Está envejecido, Mark -Johnson rió con cierta crueldad-. Yo me fijo en todas las muchachas siempre.
Hanlon se dio vuelta enfurecido. – ¡Guarde sus manos en su dinero y su mente en su trabajo… y su libertinaje lejos de la oficina! ¿Está claro?
Johnson se quedó embobado con el estallido.
–Lo siento. Hablé en broma. Al diablo con todo… Golpearon en la puerta y, respondiendo a la orden de Hanlon, entró el sargento Jennings y le entregó un gran sobre con sellos rojos.
–Acaba de llegar, mi comandante. Por un mensajero desde Klagenfurt.
–Gracias, Jennings.
El sargento se cuadró y salió. Hanlon rompió los sellos y encontró dentro dos sobres igualmente. marcados. El tercero contenía un largo memorándum. Lo leyó de carrerilla y echó la cabeza atrás riéndose hasta que le corrieron lágrimas por el rostro. Johnson lo miraba con perplejidad creciente hasta que la curiosidad lo venció. – ¿De qué se trata? ¿Qué hay tan divertido?
Hanlon consiguió dominarse y le dijo con sarcasmo:
–Las pequeñas ironías de la vida, Johnny. Justo cuando empezamos a organizarnos nos vacían esto en la falda. Por convenio con el Mando de Estados Unidos en Salzburgo, trescientas personas desplazadas de tres campos de concentración llegarán aquí por Navidad y se quedarán por un tiempo indefinido. La Cruz Roja Internacional correrá con los servicios y abastecimientos médicos.
El hospedaje y todo lo demás será de cuenta nuestra. Llegan dentro de una semana. – ¡Santo Dios! – dijo Johnson entre dientes-. Disturbios en un paquete.
–Mayores de lo que piensa. – Hanlon volvió a reír, sin alegría-. Me pregunto qué dirá Holzinger cuando se lo diga.
Terminada la cena, Hanlon se hastió de su propia compañía y de la de su subalterno. La culpa no era del muchacho. Era agradable e inteligente; su ingenio era mordaz y tenía sentido del humor. Si no tomaba en serio al mundo ni a sí mismo era digno de envidia y no de crítica. Los dolores de estómago de su comandante no tenían por qué agriarle su vino.
Pero esa noche Hanlon estaba desasosegado. La sala ornamentada lo asfixiaba. Lo abrumaba la montaña de trabajo que había sobre el escritorio.
La charla de la mesa le sabía a rancio: cuentos viejos, familiares y aburridos; nuevas especulaciones, inútiles e impertinentes. Quería liberarse por un tiempo. ¿Dónde ir? No había clubs. Las cantinas estaban cerradas por falta de parroquianos. En esa ciudad ajena no tenía amigos. Sería imprudente beber con los suboficiales o con los soldados. Le disgustaba beber solo.
Huber se alegraría de verlo en el hospital, pero esa noche le repugnaba la atmósfera de éter y antisépticos, la incómoda evidencia del sufrimiento y la mortalidad. El padre Albertus también lo recibiría con gusto, pero, ¿de qué podían hablar sino de recuerdos o metafísica? Temas inconfortables los dos.
Entonces pensó en Holzinger. Tenían que tratar sobre negocios y no existía una razón válida que le impidiera hacerlo cómodamente. La representación dirigida por Holzinger en el funeral fue buena; merecía felicitaciones. ¿Por qué no visitarlo, agradecerle oficialmente y dejar que dirigiera a solas el nuevo trago amargo? Si era necesaria una excusa, la tenía a mano. Allá iría.
Situó en el plano de la ciudad la situación de la casa de Holzinger y partió.
Las nubes se habían disipado. El cielo estaba claro y brillante con puntos diamantinos.
Comenzaba a helar y el frío cortaba como una navaja. La nieve relucía, espectral bajo la luz de las estrellas, y los cristales crujían bajo sus pies mientras caminaba ágilmente por la ciudad y tomaba la avenida que llevaba a la casa del Bürgermeister.
Planeó su entrada como un actor, eligiendo las palabras, ensayando los gestos. «Diré esto, y él me contestará aquello. Sonreiré para mostrarle que no tengo enemistad. Le pediré excusas por mi intromisión para que comprenda que respeto su retiro. Después abordaré las felicitaciones para darle confianza. Tengo que mantener su dignidad en presencia de su familia. Y antes de que termine la velada debo reafirmar mi autoridad, suavemente, para que no crea que su hospitalidad le da derechos sobre mí.»
Era una debilidad y lo sabía. Necesitaba compañía, distracción, defensa contra la desolada soledad del poder. Pero su caída era pequeña y fácil de remediar. El hombre más casto busca consuelo en la mujer, aunque no intente acostarse con ella. Se burló de sí mismo con acritud por su cuidadosa justificación de un acto tan sencillo. Era un hábito adquirido en el convento, que nunca perdió aunque a menudo conseguía olvidarlo.
Una sirvienta de vestido negro y delantal blanco almidonado le abrió la puerta. Al ver su uniforme se quedó con la boca abierta, tartamudeó después una disculpa y lo dejó parado en el vestíbulo mientras iba en busca de Holzinger. Era evidente que el Bürgermeister estaba malhumorado, pero se sobrepuso y lo saludó con la mano tendida.
–Buenas noches, comandante. ¡Qué agradable sorpresa!
Hanlon estrechó sonriendo la mano estirada.
–Espero no ser un intruso.
–De ningún modo. En casa sólo está mi familia. Se alegrarán de verlo.
Venía ahora la alabanza, cuidadosamente expresada, prolijamente ensayada.
–Su organización del funeral me emocionó. Quise manifestárselo personalmente… sin formalidades. Holzinger se inclinó con tiesura y una sonrisa de gratitud le suavizó el rostro.
–Usted es muy amable, comandante.
–Cortesía elemental -murmuró Hanlon-. Tenemos que tratar en el día bastantes asuntos desagradables para dormir también con ellos.
Con orden y decencia ya había cumplido: la excusa, la felicitación, la sutil advertencia. Por los dos lados quedaba asegurada la dignidad.
Holzinger le cogió por un brazo y lo condujo al salón.
Lo primero que vio fue a las dos mujeres, tensas en sus asientos y mirándolo con fijeza. La expresión de los ojos de la madre era una mezcla extraña de sorpresa, desconcierto y miedo. Los de la hija eran fríos y calculadores, y luego, súbitamente interesados.
Holzinger hizo las presentaciones y las dos quedaron sorprendidas al verlo inclinarse sobre sus manos, a la usanza continental, y saludarlas en alemán puro. Holzinger le indicó un sillón.
–Siéntese, comandante. Instálese con comodidad. ¿Quiere servirse algo?
Schnapps? Sliwowitz?
–Lo que tenga.
En la pequeña pausa que se produjo mientras Holzinger servía las copas y las dos mujeres buscaban una frase inicial, Hanlon echó una mirada por la sala: sólido confort Biedermeier, buenos cuadros, alfombra gruesa, cortinas de brocado, porcelana vienesa, caballos de Lipizzaner, un piano de concierto, arañas de cristal centelleante, un cofre matrimonial antiguo, tallado de Land Salzburg.
Sobre la repisa de la chinela la fotografía de un joven con uniforme Alpenjäger, probablemente el hijo… -¿Dónde aprendió alemán, comandante? – como todos los forasteros, se sorprendió con la voz profunda y tersa de Liesl Holzinger.
–Hace años fui estudiante en Graz.
–Entonces conoce bien a nuestro país y comprende a sus habitantes.
–Me complace creerlo -dijo Hanlon con una sonrisa de excusa-. Pero han cambiado muchas cosas desde entonces.
–En general los ingleses no consiguen hablar tan bien como usted.
–Soy medio irlandés; la explicación puede ser ésa.
–Es posible.
Tuvo la sensación de que ella lo pesaba, que medía sus reacciones, escuchaba los subtonos de su voz, alerta a cualquier significación de sus gestos. Llegó a la conclusión de que las mujeres representaban la fuerza de esa casa, y también la astucia. Pensó vagamente si Holzinger sería feliz con su hija de ojos negros y esa valquiria rubia por mujer.
Llegaron las bebidas y brindaron.
–Prost! – dijo Hanlon.
–Prost! – dijo Holzinger.
–Por la paz -dijo su esposa.
La muchacha morena bebió en silencio.
Holzinger dejó la copa y comenzó a hablar.
–Me decía el comandante, Liesl, que se conmovió con nuestro servicio fúnebre de esta mañana -lo dijo con entusiasmo y casi a la defensiva, como si estuviera ansioso por recalcar sus buenas relaciones con la Fuerza de Ocupación.
–Es lo menos que podíamos hacer -dijo Liesl enfáticamente-. Una cosa así nos compromete a todos, aun a los que antes no estaban complicados.
¿Ha descubierto al asesino, comandante?
–No. Se necesita tiempo.
–Mientras más pronto, mejor será -dijo Traudl, como restándole importancia-. Entonces podremos principiar a vivir normalmente.
Holzinger y Liesl la miraron sorprendidos, pero sus ojos y su sonrisa parecían estar libres de malevolencia. Hanlon le repuso con suavidad:
–No hay razón para que usted no principie, desde luego, Fräulein. La guerra terminó. En un tiempo más el ritmo de la vida comenzará a restablecerse. Siempre sucede así, usted lo sabe.
–Es fácil de decir… para el que triunfa -replicó atrevidamente la chica.
–Traudl! – exclamó Liesl en tono airado.
–Está bien -dijo sonriendo Hanlon-. El comentario es justo. Son los jóvenes los que heredan el caos -volvió a dirigirse a la chica-. No se forme una idea errónea de nosotros, Fräulein. El único motivo que me retiene aquí es mantener el orden y tratar de que la vida se reactive. Después me marcharé a mi casa… donde ya quisiera estar.
–Entonces, ¿por qué todos le tienen miedo? – ¿Así es?
–Usted lo sabe. – Traudl sonrió desafiante-. Todos, incluso mi padre.
Holzinger se sonrojó e inició una protesta, pero Hanlon se la cortó con un gesto amable y dijo sobriamente a la muchacha:
–Todos sentimos un poco de miedo a los extranjeros. A nadie le agrada tener policías apostados en su umbral. A la larga, uno se acostumbra a verlos, después los olvida… y más tarde ellos se vuelven a casa.
Se levantó, se dirigió al piano y se acomodó en el taburete. Mientras los otros lo observaban, curiosos y vagamente preocupados, comenzó a tocar, fríamente al principio, después con fluida gracia, el Kärtzter Heimatlied, que es el más tierno de todos los cantos de la provincia madre de Austria.
La música pareció apoderarse de él, alisando las arrugas de su rostro, relajando su rigidez, hasta que el uniforme gris aparentó ajustarse mal a sus hombros. La melodía escapó áurea y ágil de sus manos, cantando del picacho nevado y la cascada, de árboles en flor y prados verdes, de pájaros trinando y destellos de luciérnagas, y hambre de un exiliado por la buena tierra que lo alimentó. La emoción hizo vibrar cuerdas íntimas en sus corazones; dejaron sus asientos y se le acercaron sin ruido para no romper el tenue hechizo. Hanlon no los vio ni los oyó… Estaba entregado a los recuerdos que fluían de la punta de sus dedos: antiguas canciones populares, trozos de Schubertlieder, compases de Mozart y Haydn, una cantata monástica, un yodel tirolés, hilas y retazos de dicha olvidada reunidos en un tapiz brillante de melodía. En algún punto entre el monje y el soldado había existido un músico, un hombre que tenía un unto en el corazón y talento en las manos, y que emergía de la oscuridad en ese momento inverosímil.
Holzinger se quedó atrás, luchando por dominar una oleada de emoción, pero las mujeres se acercaron a Hanlon y lo alcanzó el calor de los cuerpos y lo rodeó su perfume, arrebatador como la música. Si al tocar vacilaba, ellas le ayudaban, tomando la melodía con voces suaves, inclinando hacia él los rostros, marcando el compás con sus manos blancas. Cerró los ojos y siguió tocando, vencido por las notas, el perfume y el ritmo acelerado de su sangre.
Luego, lentamente, se apagó el placer y se extinguió la música en una cadencia baja que perduró largo rato en la habitación silenciosa. Las mujeres se apartaron con desgana, y Hanlon hizo girar el taburete para
mirarlas. Contraía sus labios una sonrisa avergonzada y se excusó con un gesto.
–Eso es todo.
–Wunderschön! – comentó suavemente Liesl.
–Muy amable -agregó Holzinger cohibido-. Todos se lo agradecemos.
La chica no dijo nada. Fumaba de nuevo, pero su cuerpo estaba encendido con la música y el deseo del hombre que la había ejecutado. –
¿Ve usted? – dijo livianamente Hanlon-. No todos somos monstruos, Fräulein. Algunos somos muy sympathisch cuando llegan a conocernos.
Pero mientras lo decía recordó que Franck interpretó a Chopin en la carnicería de Varsovia, y que Brahms fue ejecutado por violinistas junto a las puertas de las cámaras de gas. Irmtraud Holzinger no captaba esas ironías. Levantó la cabeza y él vio la pasión de sus ojos y su invitación desembozada.
–Ahora lo recordaré, comandante. Espero que nos dé otro concierto.
–Aguardaré a que me lo pida -murmuró Hanlon, y se maldijo por su galantería fácil.
–Será bien venido en todo momento -le dijo Holzinger con formal cortesía.
–El comandante es un hombre ocupado. No podemos quitarle tiempo -
insinuó Liesl, que aún era la más prudente de los tres.
Un rato después, Hanlon se despidió. Las mujeres se quedaron en el pórtico, pero Holzinger bajó con él la escalera y lo acompañó hasta la puerta del jardín. Le dio la mano y dijo en tono inquieto pero sincero:
–Celebro que haya venido, comandante. Espero que éste sea el comienzo de la comprensión entre nosotros.
–Yo también lo espero -repuso cortésmente Hanlon-. Me agradaría verlo por la mañana. Hay mucho que discutir. – ¿No serán nuevas complicaciones? – preguntó Holzinger pesaroso.
–No más que de costumbre. No quiero estropear su descanso, Herr Bürgermeister. Buenas noches, y gracias por su hospitalidad.
–Buenas noches comandante. Que llegue bien a su casa.
Permaneció largo rato en la puerta contemplando la figura esfumada que recorría la avenida; después entró en la casa, donde sus mujeres discutían una cuestión importante: si Mark Hanlon era casado o soltero.