La segunda victoria

Morris West · Capítulo 12 de 24

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La segunda victoria

Capítulo Duodécimo

comodidades y estoy muy lejos de mi casa. Pero podría ser embarazoso para los dos. Vea usted: en mi situación puedo verme obligado a pelear con usted.

No me interprete mal, pero hasta puedo tener que retirarlo de su cargo.

Si contraigo obligaciones con usted o su familia…

Se interrumpió dejando la frase en el aire. Holzinger asintió sonriendo y le dijo con vehemencia:

–Yo le agradezco su sinceridad, comandante. Aunque lo hubiera callado yo lo habría comprendido. Aclaremos ante todo un punto: no hay deudas de gratitud. Los negocios son los negocios. Eso lo sabemos los dos. Pero nosotros también somos humanitarios. Nos gusta sentir que podemos ayudar y reparar un daño. Necesitamos sentirlo aunque sólo sea por salar nuestra dignidad.

Usted nos haría un favor aceptando.

Hanlon estaba derrotado y lo sabía. El hombre no puede representar todo el tiempo el papel de cínico. Si cree en la bondad humana le es imposible ahogar sistemáticamente sus impulsos hacia los demás. Con eso no aprovecha ninguno de los dos lados. ¿Para qué privarse de comodidades que también complacían al dador? Su posición quedaba sentada. No engañaba a Holzinger aunque pudiera engañarse a sí mismo. ¡De nuevo la antigua disquisición monástica! La desechó con impaciencia. Un hombre podía rascarse hasta quedar en carne viva sin sentir al final ningún placer.

Holzinger lo observaba inquieto, tratando de interpretar su vacilación.

En los labios agrietados de Hanlon se dibujó una sonrisa. Levantó sus manos vendadas.

–Usted me encuentra indefenso, Herr Bürgermeister. Siempre que nos entendamos, estaré encantado de aceptar.

Algunos minutos después, Liesl Holzinger y su hija subieron a bañarlo y cambiarle las curas. La primera brecha estaba abierta. Las mujeres entraban en la ciudadela del conquistador.

CAPÍTULO DUODÉCIMO

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Tres días más tarde llegó a Bad Quellenberg el primer tren cargado con víctimas de campos de concentración. Se dejó oír a distancia, porque el ruido de la locomotora parecía un trueno entre los cerros, y el silbido agudo del pito saltaba de picacho en picacho a lo largo del desfiladero serpenteante.

Los quellenbergueses se miraban, vacilando y algo intimidados.

Recordaban el sermón del padre Albertus en las misas del domingo. Veían sus manos deformes extendidas y escuchaban el grave tañido de su voz, exhortándoles a penitencia por un pecado común, a reparación por una injusticia común, a piedad por un dolor demasiado tiempo ignorado.

Recordaban y sentían vergüenza. Desviaron las miradas unos de otros y cogieron sus abrigos y sombreros. Lentamente y con desgana se encaminaron a la estación.

Pronto se llenaron los accesos y los patios, y las tropas tuvieron que despejar para abrir paso a las ambulancias y automóviles y a los variados medios de transporte que llevarían a los enfermos al Hospital. En el andén se reunieron los ciudadanos más connotados: el Bürgermeister, los concejales, Karl Adalbert Fischer, el padre Albertus. Sepp Kunzli no estaba con ellos. Atravesaba el Alberg camino de Zürich.

Las tropas se formaron junto a la vía férrea, sin armas y a discreción, y detrás se situaron los camilleros y los conductores de vehículos. Hanlon y el capitán Johnson, ligeramente apartados, vigilaban los preparativos finales, golpeando los pies en la nieve pulverizada y con las caras vueltas hacia el desfiladero, donde el silbato y el trueno se intensificaban con el paso de los minutos.

Hanlon continuaba vendado. Tenía el rostro envuelto en una bufanda gruesa y las manos metidas en un manguito de piel que le daba un aspecto ligeramente cómico. Pero nadie reía con la comedia.

Ése era el último acto de una larga tragedia. El momento final purificante de piedad y terror.

Entró el convoy, arrastrado por una locomotora verde, rechoncha, con antenas grotescas, cuyas ruedas lanzaban nubecitas de nieve. Se detuvo con sacudidas y ruido de carraca y los espectadores avanzaron para mirar a los pasajeros, pero los vidrios estaban empañados y no vieron nada.

Se abrió la puerta del primer vagón y bajó un individuo alto. Su rostro era delgado y aguileño, flaco su cuello, su barbilla prominente y sus

cabellos grises. Vestía botas alpinas, pantalón bombacho y una casaca rompeviento de modelo norteamericano, con el brazalete de la Cruz Roja cosido en una manga. Cuando Hanlon se acercó a saludarlo se presentó con acento del CentroOeste:

–Soy Miller, Médico Jefe Militar.

–Hanlon, Comandante de Ocupación. Celebramos tenerlo entre nosotros.

–Gracias, comandante. – Miller dio una ojeada rápida a la multitud y al grupo reducido del andén-. ¡Vaya una recepción!

–Es mejor que se los presente -dijo Hanlon-. Han tratado de ayudar.

Condujo a Miller al andén e hizo las presentaciones: Primero Holzinger, después Fischer y los concejales. Miller no les tendió la mano, contentándose con una inclinación breve. Molesto Hanlon por su evidente frialdad se dio vuelta y le presentó al sacerdote.

–Éste es el padre Albertus, el cura párroco. También es una víctima del campo de concentración. El rostro arrugado de Miller se iluminó súbitamente, y le alargó la mano.

–Me alegro de conocerlo, padre. Usted podrá ayudarnos mucho.

–No juzgue mal a nuestra gente, doctor Miller -dijo el sacerdote con su modo suave y franco-. Están ansiosos por ayudar en lo que puedan.

–Me pregunto si seguirán tan ansiosos cuando vean lo que les traigo. –

Miller señaló significativamente el tren con el pulgar-. Trescientos hombres, mujeres y niños. En los próximos dos meses habrán enterrado a la mitad.

El padre Albertus lo escuchó con gravedad pero guardó silencio. Miller se dio vuelta.

–Venga, comandante, trabajemos.

Se dirigieron al tren y, a una señal de Johnson, las tropas y los camilleros los siguieron, y un momento después todos habían desaparecido en los vagones. Los de fuera aguardaban, tensos y expectantes, preguntándose qué monstruos se ocultaban detrás de las ventanas empañadas.

Cuando sacaron a los ocupantes de las primeras camillas, un gemido sordo de horror estremeció a la multitud. Iban envueltos en frazadas, con las cabezas cubiertas por gorros de lana, de manera que sólo quedaban visibles los rostros amarillos como pergamino y enflaquecidos hasta los huesos.

Los ojos se hundían en cuencas oscuras, los labios delgados y exangües se retraían en un rictus de dolor; más semejaban cadáveres que seres vivientes. Los camilleros los transportaban sin esfuerzo, porque sus cuerpos eran livianos. Colocaron las camillas una sobre otra en las cremalleras de las ambulancias, cerraron las puertas y los vehículos partieron, describiendo vaivenes en la nieve, mientras las cadenas de las ruedas hacían un ruido extraño de matracas en el silencio.

Cuando se terminaron las camillas y salieron los faquines, llevando en sus brazos cuerpos inertes, el pueblo vio miembros esqueléticos y cuellos tan débiles que no podían sostener las cabezas huesudas y oscilantes.

Sentados en los automóviles, caían unos contra otros como muñecos de trapo, y los ordenanzas que ocupaban los asientos delanteros tenían que volverse hacia atrás para sostenerlos.

Siguieron los que podían andar, hombres y mujeres envueltos en ropas que les colgaban como a espantapájaros. Al caminar lo hacían con los movimientos bamboleantes y desarticulados propios de la senilidad.

Algunos resbalaban y caían en el piso helado, y cuando los espectadores acudían a socorrerlos, veían rostros con cicatrices, manos nudosas, cabezas rapadas y ojos opacos y muertos.

Los últimos en salir fueron los niños, bultos lamentables con cara de monos viejos, dentaduras incompletas y miembros torcidos y raquíticos.

La gente lloró al verlos. Las mujeres ocultaron los rostros en las manos y los hombres, mudos y presos de horror, no podían contener sus lágrimas.

Cuando Hanlon y Miller partieron en el jeep, seguidos por las tropas silenciosas, como petrificadas, la multitud se apartó agachando las cabezas, para esconder su vergüenza. Pasado un rato volvieron a sus casas, lentamente y en silencio, como quienes han presenciado una visión del infierno.

En la oficina del administrador del «Bella Vista», Hanlon y Miller conversaban mientras bebían su café. La tensión del norteamericano había cedido. Se repantigó en el sillón, sujetando entre los dientes una pipa vieja y mascullando su aprobación por los preparativos para recibir a sus pacientes.

–Ha realizado un buen trabajo, comandante. Le estoy agradecido. Lo diré en mi primer informe.

Hanlon se encogió de hombros.

–No hace falta.

–De todos modos lo haré -el rostro arrugado se contrajo en una sonrisa-.

Fue un espectáculo impresionante, ¿eh?

–Achicando la verdad.

–La verdad se achica de todos modos -dijo Miller lacónicamente-. Esto no es nada comparado con lo que encontramos en los campos. Éstos son los afortunados.

–Usted dijo que la mitad moriría. ¿Lo piensa en realidad?

Miller asintió y se quitó la pipa de la boca.

–Es un cálculo moderado. Tienen T.B., corazones lesionados, perforación de riñones y una lista de enfermedades más larga que su brazo.

Hace tanto tiempo que tienen hambre y los golpean que ya no les quedan fuerzas para pelear. Hasta los sobrevivientes serán lisiados toda la vida. No obstante… hay que hacer lo que se pueda.

Volvió a llevarse la pipa a la boca y chupó con aire pensativo. Hanlon terminó el café y encendió un cigarrillo. Luego -Si necesita algo, si puedo hacer cualquier cosa, indíquemelo.

–Lo primero de todo, comandante, es hablar con el personal.

Hanlon lo miró sorprendido.

–No comprendo.

–Ellos tampoco entenderán -dijo Miller con su modo lento-. Tenemos que enseñarles verdades de la vida. – ¿Cuáles, por ejemplo?

Miller afirmó la pipa en el borde del cenicero y se inclinó hacia delante gesticulando con sus manos largas y huesudas.

–En veinticuatro horas, comandante, este sitio se parecerá más a un manicomio que a un Hospital. Recuerde que la mayoría de los pacientes llevan años en campos de concentración. Han vivido como animales; peleándose por la comida, durmiendo con muertos, envidiando a los moribundos. La vida normal les resulta extraña. Ya no la comprenden.

Algunos siguen comiendo con las manos, taconeándose la boca por si les arrebatan el alimento. Orinan en los corredores, duermen revolcándose en sus inmundicias, gritan y forcejean cuando les quitan la ropa para lavarla, pelean con los ordenanzas que tratan de colocarles inyecciones porque en esa forma vieron matar a otros. Tratamos con mentes y cuerpos lacerados.

Necesitamos paciencia y mucha comprensión.

Hasta para mi personal es difícil. Para los de aquí… -se interumpió y se apoyó en el respaldo, observando a Hanlon con ojos interrogativos e

irónicos. – ¿Quién les hablará, comandante… usted o yo? – Prefiero que sea usted -dijo Mark con franquea-. Usted los contrató. Los conoce más que yo.

Aunque hay un hombre que podría hacerlo mejor que nosotros. – ¿Quién?

–El padre Albertus.

–Pongámonos en contacto -dijo lacónicamente Millar.

Hanlon usó el teléfono.

Veinte minutos después estaban sentados en la parte de atrás de la gran sala del «Bella Vista», donde filas de aldeanas y hombres maduros escuchaban en silencio al sacerdote que les explicaba sus deberes en el servicio de los enfermos y los problemas que tendrían para su diaria ejecución.

Hablaba con sencillez, persuasivamente, y Hanlon se sorprendió una vez más por su piedad y su comprensión de los que formaban su grey. Les habló de su propia vida como prisionero, de los golpes recibidos, el hambre continua, las fracturas de sus manos, la manera como las torturas reiteradas lo redujeron al mismo estado subhumano de los otros; cómo después de una sesión de tormento perdió el control de sus esfínteres, permaneciendo durante horas incapacitado e inmundo, hasta que una mano esquelética se alargó para ayudarlo; cómo la dignidad de un hombre podía deteriorarse tanto que sólo una caridad paciente podía restaurarlo; cómo los enfermos se asemejaban a los niños, caprichosos, ingratos, obstinados; cómo Cristo mismo se rebajó hasta depender de sus criaturas para que le enjugaran la sangre y los escupitajos del rostro, y le limpiaran para la sepultura. Les dijo de qué modo debían actuar cuando los maldijeran y golpearan; cómo los inválidos y los degradados eran imágenes de Cristo, de manera que servirlos era servir al Creador.

La elocuencia del anciano los mantuvo en suspenso, y el propio Miller, mordiendo meditabundo su pipa apagada, tenía fijos los ojos en el rostro luminoso bajo la corona de cabellos blancos.

De pronto se desvió la atención de Hanlon.

En medio de la sala, incrustada entre dos aldeanas gruesas, estaba Anna Kunzli.

Podía ver desde su puesto sus cabellos dorados y el perfil de su rostro inclinado en actitud atenta.

La vista le produjo desagrado ¡Una muchacha como ella en semejante galera! ¿Qué parte podía tener en esa miseria? ¿Qué la llevaba, y quién

había permitido que fuera?

Se le despertó un agudo resentimiento contra el padre Albertus, y comenzó a irritarle la voz profunda y compasiva. Nadie tenía derecho a colocar esas cargas en hombres jóvenes. Que las llevaran los viejos. Ellos habían tenido su juventud y su risa. La chica ignoraba la una y la otra. No era una religiosa para que la ataran a esa servidumbre; no tenía pecados que exigieran tal penitencia.

Que otros pagaran primero sus deudas; los que comieron los frutos del antiguo triunfo… la mujer de Holzinger, Traudl…

Entonces recordó, y sintió vergüenza por la facilidad con que lo habían engañado. Las mujeres de Holzinger lo aguardaban en el «Sonnblick».

Estaban al margen de la crítica. Ya prestaban servicios, limpios, confortables y dignos al amigo de César. Podía prescindir de ellas, indudablemente. Podía decirles, con ligero pesar, que debían marcharse, que otros las necesitaban más.

Y aun mientras lo pensaba comprendió que no lo haría. Nadie se despoja voluntariamente de la panoplia del poder. El que se sienta bajo las águilas necesita bienestar en sus habitaciones privadas.

Cuando el padre Albertus terminó de hablar, Miller fue a darle gracias y lo invitó a ver el Hospital. El grupo se dispersó en sus diversas ocupaciones, y Hanlon siguió a Anna al corredor y dentro de un cuartito atestado de baldes y escobas. Al oír su voz ella se dio vuelta y lo vio de pie en el dintel, bloqueándole la salida. El rostro de la joven se iluminó de placer. – ¡Mark!

No esperaba verlo aquí.

–Yo tampoco creí encontrarla, Anna -repuso él sin sonreír-. ¿Qué está haciendo? ¿A qué vino?

La dureza de su voz le alarmó y quedó mirándolo. – ¿Por qué no, Mark?

Usted vio a esos pobres. Sabe cuánta ayuda necesitan.

–Hay otros que se la den, Anna -la inocencia de la chica lo molestaba ahora-. Usted… usted es demasiado joven para esto. Usted no comprende…

-¿Vio a los niños?

–Sí, pero…

–Necesitan una persona joven. ¿No se ha dado cuenta de eso? Tienen que aprender de nuevo a sonreír. Yo no sirvo mucho para restregar pisos, pero los niños me gustan y ellos gustan de mí. ¿Por qué está enojado?