La segunda victoria

Morris West · Capítulo 4 de 24

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La segunda victoria

Capítulo Cuarto

Se puso en pie y le tendió la mano. Kunzli se la estrechó con desgana y dio media vuelta. Tenía la espalda recta y el rostro compuesto, pero tras los ajos metálicos se iba formando una idea amarga.

Por primera vez en muchos años había errado en su apreciación del mercado. Era cuestión de tiempo para que desfondara totalmente. ¡Mejor era que principiara vender, y vender rápido!

CAPÍTULO CUARTO

Después que Sepp Kunzli se retiró, Hanlon se puso ropa de esquí y salió solo a recorrer la ciudad. Iba a terminar su primer día en Bad Quellenberg y necesitaba tiempo y retraimiento para meditar en la experiencia.

La nieve espesa llenaba la atmósfera como si fuera plumas sopladas, suavizando los contornos ásperos, decorando los árboles helados, revistiendo la ciudad desde el camino hasta los techos, amortiguando las pisadas de los que volvían a sus casas. De los desfiladeros del Sur llegaban remolinos de niebla que caía como gallardetes desgarrados sobre los pinos ocultando las montañas.

Se vislumbraban luces amarillas alrededor del anfiteatro de edificios, y el crepúsculo se ennegrecía dando paso a la noche.

El camino bajaba desde la entrada del «Sonnblick», sorteando construcciones de importancia decreciente, hacia el centro de la ciudad vieja, donde la cascada corría bajo el camino, como un torrente silencioso canalizado en hielo, que se retorcía fantásticamente desde las fisuras agudas hasta el fondo del valle.

Hanlon salió de la puerta iluminada y el frío le golpeó como un cuchillo; se subió el capuchón de la parka y descendió ágilmente el declive.

Oyó detrás un repique helado de campanas y se apartó para observar el paso de un trineo campesino cargado de leña y conducido por un viejo con patillas a lo Bismarck y un sombrero verde con la copa alta. El caballo apoyaba torpemente sus grandes cascos y su aliento producía pequeñas rachas de nubes entre los copos revoloteantes. Hanlon siguió la música argentina de los arneses camino abajo.

Los primeros edificios que dejó atrás eran altos y oscuros; tenían los postigos cerrados y los balcones cubiertos con bastidores de madera para protegerlos de la nieve, las puertas con la llave echada y la nieve apilada muy alto en los peldaños desiertos.

Éstos eran los grandes hoteles, orgullo de la ciudad, fuente de sus entradas en los tiempos de bonanza económica. Ahora eran elefantes blancos que se devoraban a sí mismos, mientras se iban acumulando los intereses de sus hipotecas, la nieve estropeaba los tejados, el agua se congelaba en las cañerías, y el frío húmedo del invierno se filtraba por sus corredores.

«Así es -pensó Hanlon sombríamente-, como mueren las ciudades, y también los imperios.

No por cataclismos esporádicos: guerra, terremotos, incendios o inundaciones, sino por la retracción lenta de la vida, desde los miembros, hacia el pequeño corazón palpitante, cuyos ventrículos son el mercado, las tiendas, la cervecería, la iglesia. Después de un tiempo el corazón también se detiene, porque cuando los miembros se mueren el cuerpo queda inerte e inútil, y la vida es una repetición estéril de pulsaciones, energía perdida, movimiento que no lleva a parte alguna.»

Recordó entonces que ése era el objetivo de su venida: inyectar nueva vida en el corazón declinante, impulsar a la sangre para que circulara de nuevo hasta las extremidades yertas, para darles calor y movimiento y dirección nueva. Había malgastado, en cambio, un día entero en una exhibición cínica de fuerza, como si con el miedo fuera posible volver a la vida a un moribundo, en vez de estimularlo lentamente a desearla, y a pelear después por ella.

Pensando en la muerte, recordó al sargento Willis, a quien estaban encajonando en su pequeño ataúd de pino para enterrarlo al día siguiente en el cementerio de San Julián. Hombre sin importancia mientras vivió, su muerte lo había hecho importante para muchos. Soltero, sin parientes, podría haber fallecido de una trombosis coronaria y salir del tiempo sin rozar siquiera la superficie. Pero como lo mataron un poco después de la temporada legal, toda una ciudad yacía bajo la amenaza de una interdicción tan pavorosa como las que imponían los Papas antiguos a las, ciudades infieles. Y él, Mark Hanlon, que como novicio imberbe se había sentado a los pies del padre Albertus, era la Eminencia siniestra que clavaría la condena en las puertas cerradas de la iglesia y dispensaría una justicia rigurosa en vez de una misericordia vivificante.

Pero las interdicciones habían pasado de moda. Hasta la Iglesia las abandonó largo tiempo atrás.

Por muchos que fueran los sacos de ceniza volcados en la cabeza de un hombre, no se podía doblegar su voluntad al arrepentimiento. Los habitantes de Bad Quellenberg deploraban el crimen; no cabía dudarlo. El tropiezo era que no querían asumir la culpa del asesino ni la responsabilidad de darle caza. Moralmente -y el sentido moral de Hanlon era fino- tenían razón. El hombre responde de sus propios pecados, pero no de los del prójimo.

Y eso le llevaba al corazón de una manzana muy ácida. Hacía tiempo que se había despojado de la sotana. Sus manos nunca fueron ungidas para discriminar en el tribunal del espíritu. Ahora vestía un nuevo uniforme.

Tenía el cargo de administrar un legalismo nuevo y siniestro; la culpabilidad colectiva.

«No hay un criminal -decían los juristas del Nuevo Orden-, hay muchos.

No sólo existe el hombre que está detrás del fusil, sino los que le precedieron y le siguen: el padre que lo engendró, la madre que lo amamantó, la mujer que fue su esposa, el sacerdote que lo bautizó. Todos ellos tuvieron parte en su formación; todos ellos deben compartir su culpa y su castigo.»

Y así llegó el comandante Hanlon a una muralla ciega de frustración y a la puerta iluminada del último hotel grande de la avenida.

En contraste con los hoteles de las tierras altas, éste se hallaba retirado del camino y su acceso era una calle de gravilla, en arco. Lo flanqueaban plazoletas de estacionamiento, ocupadas por tres ambulancias viejas, grises y destartaladas; la nieve cubría sus toldos y radiadores y formaba pequeños ventisqueros en los tapacubos de las ruedas.

El estuco se descascaraba del tímpano y el orgulloso rótulo en letras góticas Hotel Kaiserdorf estaba semioculto por una tabla de pino blanco que tenía la siguiente inscripción: 121 Allgemeines Feldlazarett. Una pálida luz amarillenta se filtraba por las puertas de cristales, y Hanlon vio un viejo cabo, con la casaca desabrochada y escarbándose los dientes, que atendía el mesón de entrada.

Más lejos se movían contadas personas: un ordenanza empujando un carro con comida; una enfermera de uniforme pardusco; un convaleciente que arrastraba los pies y vestía casaca militar y pantalones rayados de pijama; una mujer maciza de abrigo largo verde y, a su lado, una chica de largas trenzas.

De súbito se dio cuenta de que ese sitio y sus ocupantes, también formaban parte de su cargo. El cargo, como el nombre, tenía un sonido siniestro. Lazarett, la casa de los mendigos, la morada de los estropeados, de los vencidos, la habitación de todos los pobres diablos que lucharon por causas perdidas y por credos desesperados, y que ahora se lamían las llagas a las puertas de los Nuevos Príncipes.

Tenía que visitarlos, revisar su instalación, examinar los problemas para rehabilitarlos para una vida normal. Se le erizó la piel ante la idea de la vergüenza que significaría para ellos y para él recorrer las filas de camas con el uniforme del vencedor. ¿Qué pensarían? ¿Cómo se sentirían? ¿Qué palabras podría encontrar para restaurar su dignidad destrozada?

Cada combatiente conservaba al menos ese derecho; de todos los otros lo despojaban cuando reyes la el uniforme, hasta del derecho a dudar de la causa por la que moría. Pero, ¿cómo hacerle sentir que se le comprendía y se le respetaba, ostentando coronas y botones lustrosos mientras él estaba sentado en la chata o yacía con drenajes en el vientre o con un muñón descarnado donde debiera tener la mano?

Recordó entonces que no llevaba uniforme. Vestía como cualquier montañés, traje de esquí y parka con capuchón. Era el momento para salir de eso de una vez por todas. Empujó la puerta y entró en el vestíbulo.

El viejo cabo levantó la vista y lo interrogó con indiferencia hostil. –

¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

Hanlon reprimió su irritación y repuso, con bastante suavidad:

–Quiero ver al Médico Jefe. – ¿Está citado?

–No lo necesito. – ¿Cómo se llama usted? Deme su nombre.

–No lo escribiría correctamente si se lo dijera -repuso Hanlon acremente burlón-. Vamos, sea buena persona y dígame dónde lo puedo encontrar.

El cabo movió la cabeza con terquedad.

–Hay reglamentos, amigo. Inscribimos a todos los visitantes al entrar y al salir. No molestamos al personal médico salvo en casos de urgencia.

Tienen exceso de trabajo; así dicen. ¿Me da su nombre?

–Hanlon, H-A-N-L-O-N -deletreó lentamente, al estilo alemán, mientras el cabo remojaba el trocito de lápiz y copiaba a pausas en el formulario. –

¿Asunto?

–Privado.

El lápiz se detuvo a medio camino y el cabo gruñó impaciente: -¡No volvernos a lo mismo! Vienen de todos los tipos y a todas horas. Quieren saber cómo sigue el dolor de barriga de Heinzi o si Gerhardt le va a servir de algo a su mujer cuando lo den de alta. Usted tiene que hacerlo mejor.

Vamos, ¿para qué quiere ver al Jefe?

«Vete al diablo -pensó airado Hanlon-. Trato de ser bondadoso y pretendes hacerme saltar a través de los aros como un mono amaestrado.»

En voz alta dijo:

–Mi asunto es privado con el Médico Jefe. No tiene relación con ningún paciente determinado.

Le ruego le dé mi nombre por teléfono y le pida que me reciba.

–Lo siento, amigo. La regla es ésta y yo estoy aquí para que se cumpla.

Usted me dice su asunto y yo veré lo que se pueda hacer.

–Ya tiene mi nombre -gruñó Hanlon-. Mi grado es comandante. Soy el Comandante Británico de Ocupación para el área de Quellenberg. Ahora,

¿veo o no veo al Médico Jefe?

El cabo saltó como si le hubieran clavado un alfiler. Se cuadró rígidamente y tartamudeó excusándose. Hanlon lo interrumpió en mitad de una frase. – ¿Dónde puedo encontrarlo?

–Arriba, comandante. Primer piso, sala veinte. Yo… yo lo conduciré. –

Se abotonó de prisa la casaca y salió de detrás de la mesa de recepción.

Hanlon lo siguió por la escalera desnuda de alfombra hasta la sala veinte.

El hombre que se incorporó a saludarlo tenía un aspecto algo sorprendido. Medía más de seis pies, era grueso como un tronco de árbol, tenía cabellos rubios, mejillas rubicundas, ojos azul de hielo y puños como perniles. Su sonrisa era pronta y su voz ronca retenía aún indicios de entonación tirolesa. Según informó a Hanlon, se llamaba Reinhardt Huber.

Su grado era de coronel y se había doctorado en Viena y Padua.

Su franco buen humor y su astuto ingenio campesino fueron un tónico para la depresión de Hanlon. Terminadas las primeras cortesías, se lanzó directamente al tema.

–De modo que los dos tenemos problemas, comandante. Ayúdeme a resolver los míos y es posible que le indique en cambio algunas respuestas.

–Oigamos primero los suyos, Herr Doktor.

–Se los paso en un paquete, amigo. Tengo cuatrocientos hombres en este sitio, doscientos casos graves, todo lo que queda incluido entre

amputación y paraplejía. ¿Cómo los curo con raciones de hambre, equipo insuficiente, carencia de medicamentos y los últimos litros de anestésico?

¿Con fe?

Ni eso sirve cuando se ha perdido la fe en el pasado y no se divisa esperanza para el futuro.

–Creo que puedo mejorar las raciones -dijo Hanlon sin alterarse-.

Podemos coordinar los abastecimientos locales con despachos de otras provincias. Podemos organizar el mercado para que usted tenga una participación mejor para los enfermos. ¿Medicamentos? Lo dudo. Todas las existencias disponibles se están yendo apresuradamente a las víctimas de los campos de concentración. Podríamos tener mejor suerte con anestésicos quirúrgicos.

A Huber se le nubló el rostro y exclamó: -¡La época de las hecatombes!

¡El día de los genocidios! El mundo los recordará por mil años.

–Lo dudo -replicó Hanlon secamente-. Un muerto es una tragedia, un millón es un montón de mantillo. Plante pinos en los cementerios y éstos desapacerán en veinte años. Dele rienda suelta a los periodistas durante el mismo tiempo, y enterrarán la verdad bajo una montaña de papel de diario.

Por eso es que nadie aprende lecciones de la historia. No queda historia; sólo columnas rotas y fragmentos diseminados. El resto son comentarios y opiniones de prejuicios.

Huber alzó bruscamente la vista, estudiando el expresivo rostro celta en busca de cualquier indicio de burla. Después sorprendentemente, se rió entre dientes. – ¡Dios mío! ¿Es posible que por fin contemos con un hombre honrado que tiene sentido de las proporciones? Necesitamos las dos cosas.

De modo que no habrá medicamentos, posiblemente algo de anestésicos, y mejor alimentación. Es un comienzo. – ¿Qué más necesita?

–Ropa personal y de cama, e instrumentos quirúrgicos.

Hanlon movió la cabeza.

–No hay esperanza hasta que se satisfagan todas las prioridades, lo que durará largo tiempo. ¿Qué más?

–Informaciones. ¿Qué sucederá a los muchachos que yo dé de alta?

–Usted me los enviará con sus antecedentes y yo dispondré pases de ferrocarril, salvoconductos interzonales y raciones suficientes hasta sus ciudades nativas. Después estarán bajo la jurisdicción de las autoridades

locales. Si hay casos especialmente dolorosos, hágamelo saber y los trataré del mejor modo posible.

El gigante tirolés asintió. Se echó atrás en la silla, estiró sus largas piernas y cruzó los dedos detrás de la cabeza.

–Estarnos mejor de lo que esperábamos, comandante. Se lo agradezco.

Ahora dígame, ¿puedo hacer algo por usted?

–Puede darme algunos consejos -dijo tranquilamente Hanlon.

Huber echó la cabeza atrás y lanzó una carcajada. Hanlon lo miró ligeramente fastidiado. – ¿Algo lo divierte, Herr Doktor? – ¡No, no! Es algo inesperado y bastante asombroso Un hombre que se sienta donde usted se sienta y que le pide consejos al vencido. Lo más que puedo prometerle es una respuesta honrada.

–No quiero otra cosa.

Entonces, sin saber bien por qué, a menos que fuera por ese acto súbito de fe que a veces impulsa a un hombre a confiar en otro, le dijo todo lo sucedido desde su llegada a Quellenberg y todos los interrogantes que se alzaban en su propia mente. Huber lo escuchó con expresión cada vez más seria, y al terminarse el relato se inclinó hacia delante a través del escritorio, accionando con sus manos grandes y fuertes.

–No veo cómo podría situarse en otro punto de vista ni seguir otra línea de acción que la que ha adoptado. Se trata de un crimen que exige persecución y proceso legal. Usted tiene derecho a exigir la cooperación de las autoridades locales. Si éstas no cooperan, tendrán que aceptar las consecuencias. Pero usted debe recordar otras cosas. ¡Compréndame bien! –

movió una mano disculpándose-. Yo no tengo lealtades locales. No pertenezco a este lugar. Soy cirujano, lo que da al hombre cierto desapego y un respeto por el bisturí. En primer lugar, usted tiene que pensar en el asesinato, en la razón de ese asesinato inmotivado.

–Ése es el punto. – Hanlon se inclinó hacia delante con expresión intensa-. ¿Por qué? ¿Por qué?

–Lo adivino -dijo Huber con su voz grave y profunda-, pero es una intuición que se basa en mi experiencia diaria en este sitio. Hay un límite para lo que puede resistir el cuerpo y la mente del hombre. Uno puede morir de choque operatorio. Otro puede enloquecer de terror, o de pena, o por el súbito impacto del mal en el mundo. Ésos son los casos extremos. Pero hay miles de peldaños en la bajada al valle de la muerte o a las cavernas de la

locura. La herida más pequeña deja una cicatriz en los tejidos. El menor choque produce una estría en la memoria. A veces las facultades quedan permanentemente dañadas. Yo puedo remendar a un inválido, pero no puedo hacer que camine erguido. Menos aún puedo hacer que una mente enferma piense rectamente. Usted ha sido soldado.

Sabe lo que puede hacer la guerra en el hombre más normal. Uno corre dando alaridos por el estruendo de la cortina de fuego; otro se queda sentado babeando y mudo como un cataléptico. Uno se pone en celo como una bestia con el olor de la sangre, y otro suda de terror en un carro cerrado…

Hanlon asintió meditabundo. Era una idea nueva y vagamente consoladora. Huber prosiguió:

–Por lo que usted me dice de este crimen, su carácter repentino, su absoluta sinrazón, adivino que lo cometió un hombre que está temporalmente o definitivamente trastornado.

–Mayor motivo para detenerlo -dijo Hanlon en tono cortante- antes de que reincida.

–Convengo en ello.

–Entonces, ¿por qué cierran así las filas? ¿Por qué tratan de convertirme en verdugo y a ese hombre en un héroe perseguido?

–Es un asunto completamente distinto. – Huber se rió y volvió a relajarse-. Si… si usted me ofrece un cigarrillo, comandante, no se lo rechazaría.

–Por supuesto. Perdóneme -sacó la pitillera y encendió los cigarrillos de los dos. El Doktor se echó atrás y, agradecido, aspiró el humo profundamente. En seguida reanudó su explicación.

–Primero usted tiene que tratar de comprender a esta gente, su manera de vivir, su modo de pensar.

–Yo creía entenderlos -dijo Hanlon haciendo una mueca-. He vivido bastante tiempo entre ellos. – ¿Dónde? ¿Cuándo?

–Hace años… antes de la guerra. Fui novicio jesuita en Graz. Cuatro años.

–Eso lo explica. – ¿Qué cosa?

–El acento perfecto. El… el hecho de que usted sea sympathisch, y más liberal de lo que yo esperaba.

–Para usted, quizá. No para ellos.

–Deles tiempo, amigo mío, deles tiempo. Ellos también están sufriendo con el choque -alzó su gran osamenta del asiento y se puso a recorrer la sala, eligiendo sus ideas con lentitud al principio, y luego con elocuencia más enfática-. Esta gente… mi propia gente del Tirol… están a siglos de distancia de los habitantes del llano y de la ciudad. Es efecto de las montañas. Forman una barrera contra el cambio, una frontera tras la cual se retrae lo mejor y lo peor de las antiguas costumbres.

Cruce usted una nueva cordillera y tendrá que aprender un nuevo idioma. Llegue a los valles más remotos y volverá a encontrar a las tribus…, alemanni, cimbros, godos y vándalos. Examine sus creencias y descubrirá que adoran a Cristo a la sombra de los viejos dioses. Son suspicaces y de humor cambiante. El hombre del valle contiguo es un extranjero. Un Ausländer como usted pertenece a otro planeta. Yo podría quedarme en Quellenberg hasta el fin de mis días y me seguirían llamando inmigrante… como lo hacen con los hoteleros y tenderos. Contemple su tierra y aprenderá algo más sobre ellos, quizá lo más importante de todo.

Los prados cuelgan precariamente de las faldas de las montañas, pequeños y escasos a pesar de su verdor estival. La última siega tiene que mantener al ganado todo el invierno. Por eso hay pocas bestias y cada una es preciosa.

Si cortan demasiados pinos llegan los aludes y barren con todo hasta el valle. Cuando matan un cerdo, es un gran acontecimiento, y viven de pan negro, puerco salado y la leche de una vaca. Si pescan mucho en los ríos no tienen comida para los viernes. Cuando muere un hijo es una mano menos para el hacha y la siega. Cuando nace un niño es una boca más que alimentar, pero una prenda de continuidad. Su vida es dura, ya lo ve usted, y no pueden cogerla con firmeza, de modo que la atesoran en todas sus formas: el hijo vigoroso, el novillo lechón, la mujer que tiene buenos partos y leche abundante. En Carintia y el Tirol hay una vieja broma de que las mozas no pueden decir no, y que la mitad de las criaturas son concebidas en el revés de las frazadas. Y hasta eso es una especie de homenaje a la vida.

Una niña estéril es un fardo para su marido. Una pareja sin hijos pasa hambre en la vejez. Es mejor entonces que conciban antes de casarse -se interrumpió y miró a Hanlon con una mueca de excusa-. No sé si esto tiene sentido para usted, pero…

–Lo tiene. Pero no facilita en nada mi tarea.

–De acuerdo. Pero podría ahorrarle malos ratos. Hanlon se incorporó y le tendió la mano.

–Lo recordaré, Doktor. Y gracias.

El gran puño de Huber se cerró sobre el suyo.

–No es nada. Espero que le sirva de algo. Usted ya me ayuda muchísimo. ¿Quiere ver el resto del lugar?

–No, gracias. Otra vez. El día ha sido largo.

–Bajaré con usted.

Al salir de la puerta, Hanlon se estrelló contra una chica que se apresuraba por el corredor.

Murmuró cusas y se hizo a un lado, pero Huber asió a la chica de un brazo y la hizo volver.

–No tan rápido, Fräulein. Aquí hay alguien a quien conviene que usted conozca. – Los presentó con cortesía exagerada y humorística-: Fräulein Anna Kunzli, comandante Hanlon, Comandante Británico de Ocupación.

Fräulein Kunzli es una de nuestras ayudantes voluntarias. Ayuda a ejercitar a los amputados sus nuevos miembros.

–Celebro conocerla, Fräulein. En… ¿usted dijo Kunzli?

–Eso es. – Huber le dio una mirada rápida y penetrante-. Herr Doktor Kunzli es uno de nuestros ciudadanos prominentes.

–Estuve con él esta tarde -dijo Hanlon cuidadosamente.

–Esta señorita es su sobrina.

–Oh.

Huber se apresuró a romper la molesta pausa. – ¿Cómo estaban sus pacientes esta tarde, Anna?

–Bien…, muy bien. Sólo necesitan un poco de aliento para esforzarse al máximo. Pero se cansan pronto.

–Gracias al comandante Hanlon, pronto se les podrá alimentar mejor.

Entonces no se cansarán tan fácilmente.

–Eso sería maravilloso, realmente maravilloso -su placer era tan sincero, tan franca su sonrisa, que Hanlon la miró ligeramente asombrado.

Había vivido bastante para tener un sano cinismo sobre las mujeres, y la fresca inocencia de la niña era por lo mismo más sorprendente. Sonriendo le dijo:

–Necesitaremos un poco de tiempo, pero conseguiremos que las cosas se muevan. – ¿Dónde va ahora, Anna? – preguntó Huber.

–A la iglesia. Estamos ensayando el réquiem de mañana. Esa… esa cosa terrible, comandante.

Todos estamos consternados. Por eso haremos un esfuerzo especial.

Todo el coro estará presente, y… -¿Me permite acompañarla? Voy en la misma dirección -las palabras se le escaparon involuntariamente y de prisa, como si lo avergonzara un poco, pero la muchacha aceptó con sencillez.

–Gracias. Me agradaría mucho.

Se despidieron, y Huber se quedó en la puerta observándolos mientras recorrían juntos el corredor. Ociosamente se preguntó qué conexión habría entre Hanlon y Sepp Kunzli y qué se derivaría del encuentro casual con su sobrina. La chica llevaba su inocencia como una armadura y Hanlon estaba preocupado con la manipulación tortuosa del poder. Pero dándoles tiempo llegarían a la cama, juntos o con otros, poco importaba, siempre que fluyera sangre nueva en esa tierra vieja cuyos reproductores jóvenes habían muerto o yacían, desasosegados e impotentes, en cada sala del 121 Allgemeines Feldlazarett.

Los pensamientos de Hanlon nunca estuvieron más alejados del lecho o de la procreación de nuevos quellenbergueses.

Cuando salió con la joven del hospital se enfadó de pronto contra sí mismo. Su pequeña cortesía impulsiva era un error diplomático. Establecía un elemento personal en una relación que debía permanecer impersonal.

La chica era un enlace, aunque tenue, entre él y Sepp Kunzli. A través de ella podía quedar sujeto a las exigencias livianas de la urbanidad. Su inocencia podía fijar un límite a su trato con un hombre como él, que distaba de ser inocente. Evidentemente, él podía prescindir de la urbanidad y demoler las barreras, pero eso involucraría cierta culpabilidad, y no quería cargar con ello.

Se bajó el capuchón alrededor del rostro esperando que nadie lo reconociera cuando pasaran frente a las fachadas iluminadas de las tiendas de más abajo. Eso provocaría comentarios en la ciudad. Lo clasificarían con el inmigrante y el explotador, cosa que no podía permitir.

Inconscientemente aceleró su marcha y la joven tuvo que duplicar sus pasos para mantenerse junto a él. No se quejó, pero de pronto resbaló en un retazo de nieve suelta y habría caído si él no la hubiera sujetado con un brazo. En el breve tiempo que la mantuvo oprimida y sintió su calor joven, se dio cuenta de que estaba procediendo como un necio. Simplemente era

amable con una chica diez años menor. Al diablo con los chismes. Al diablo con la diplomacia. Entre dientes le pidió que le disculpara.

–Gracias. – ¡Cuánto lo siento! No me fijé que caminaba tan pido. ¿Se quiere coger de mi brazo?

Igualaron el paso y caminaron sin prisa por los portales con letreros arcaicos y vidrieras vacías y desvencijadas. Hacía mucho tiempo que no llegaba mercadería nueva a Quellenberg, y los comerciantes atesoraban sus últimas existencias bajo los mostradores. Dejaron atrás a un hombre que colocaba persianas en las ventanas, a una mujer canosa y agachada que hacía trotar un dachshund con una traílla gastada, a un par de labradores que conversaban en un recodo oscuro.

Nadie se fijó en ellos. Pasado un rato, la joven dijo con su voz clara, despreocupada:

–Esta ciudad es triste ahora.

–La guerra es cosa triste -observó Mark Hanlon.

–No es la guerra. Es su terminación. Parece como si de pronto nada tuviera objetivo. – ¿Para usted también?

–Oh, no. Para mí, no. – ¿Cuál es la diferencia? – la franqueza de la chica lo desarmaba y picaba su curiosidad.

–Supongo que será porque no tengo nada que perder -lo dijo con tanta sencillez que lo dejó sin aliento-. Mataron a mi padre… volando sobre Inglaterra. Mi madre murió en Viena. Por eso vivo con mi tío Sepp. Lo quiero, pero él no me tiene un gran cariño. De modo que no me asusta perderlo. Soy joven y al parecer mis necesidades son pocas…, así es que soy afortunada, supongo.

–Más de lo que usted imagina -pero en su fuero interno se preguntó cuánto le duraría esa suerte, y qué sucedería cuando se le despertara el deseo y el hambre por lo inaccesible.

Su interrogación siguiente lo dejó momentáneamente sin habla. –

¿Usted es católico, comandante?

–Bueno…, sí. ¿Por qué me lo pregunta?

–El padre Albertus dijo que sería una suerte si tuviéramos un católico.

Dijo que los católicos de todo el mundo tienen la misma fe, y por eso pueden comprenderse mejor unos a otros… y ser bondadosos unos con otros.