La segunda victoria

Morris West · Capítulo 20 de 24

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La segunda victoria

Capítulo Decimoctavo

Lo mismo que en Bad Quellenberg, en ese pequeño reino dividido le estaban pidiendo que dictara sentencia en una causa que incluía su propia felicidad, su propia paz. La balanza estaba cargada en contra suya, pero la conciencia seguía exigiéndole una meticulosa equidad.

Él sabía que otros hombres se desentienden de tales responsabilidades.

La equidad, dicen, es muy poca cosa comparada con la necesidad fundamental de sobrevivir y encontrar un puerto seguro para realizarlo. Si no se puede vivir dentro de la ley, hay que forzar la ley, poco o mucho, para hacerse, un hueco. El matrimonio es un contrato, pero si el contrato no resulta equitativo, al diablo con él.

El tropiezo estaba en que esos individuos prácticos aciertan las más de las veces en el resultado, y los hombres como él siguen asidos a la maquinarla chirriante de la justicia, mucho después que ésta se detiene dejándolos en el atolladero.

De nuevo se encontraba frente al problema básico de su carácter y su educación. Necesitaba amor, necesitaba paz. No era bastante cruel para destruirlos en otros a fin de asegurar su propio logro.

Una palabra, una visita, una carta podían hacer que Anna volviera a pesar del padre Albertus, pero él no la quería en esos términos. La reunión con Lynn daría a ésta seguridad y hogar a los niños. Él quedaría para siempre vacío y solitario. Sin embargo, no llegaba a resolverse por la negativa.

Largo rato permaneció con la cabeza entre las manos, pesando su situación. Después cogió pluma y papel y comenzó a escribir. La carta fue larga, sobria, gentil, bondadosa, y decía con toda sencillez: Ven tú primero y conversaremos. Los niños pueden seguirte más tarde.

Garabateó su nombre al pie de la página y fue como si firmara su propia sentencia de muerte.

Plegó la carta, la selló y la echó a la bandeja del correo. En seguida se puso el gorro y el capote y salió a caminar en el ocaso fresco y gris que se acumulaba bajo los pinos.

CAPÍTULO DECIMOCTAVO

En la habitación desnuda y sombría que miraba al cielo crepuscular y a las negras jorobas de las montañas, el padre Albertus cenaba con Johann Wikivill. La comida estaba casi intacta. Bebían parcamente y por largo rato

se abstuvieron de hablar. La paz del momento les era preciosa. El vino era como un viático, una preparación sacramental para el viaje del discípulo y la vigilia solitaria del maestro.

El rostro de Wikivill quedaba en sombra, pero el del sacerdote retenía su rara cualidad luminosa y sus ojos estaban llenos de compasión. El momento era extraño para él. Tenía allí al hijo que enviaba a encontrarse con el otro hijo que lo abandonó muchos años antes para recorrer las sendas torcidas del amor y de la ambición.

Sólo podía adivinar lo que sucedería en ese encuentro. Cada uno, a su modo, había caído bajo las duras disciplinas del Todopoderoso. Cada uno reaccionó de manera distinta, el uno con rebeldía, el otro con la lenta sumisión de la voluntad. Uno llegó a la paz, el otro seguía atormentado. A los dos amaba. Lo ligaba con cada uno la misma paternidad del espíritu; no obstante, podían destruirse mutuamente a su vista. Él nada podía hacer fuera de encomendarlos a una común Misericordia y aguardar con resignación el resultado.

Por fin habló, y su voz profunda resonó en el silencio vespertino.

–Tienes que partir pronto, hijo mío.

Wikivill levantó la cabeza y el anciano observó los ojos tranquilos y el gesto de firmeza en la boca.

–Estoy listo. – ¿No te arrepientes?

–No. Siempre he sabido que esto tenía que terminar así.

–No debes odiar a ese hombre.

–Al único que he odiado alguna vez es a mí mismo.

–Tampoco debes hacerlo.

–Lo sé. Es una de las cosas que usted me ha enseñado: vivir en paz conmigo mismo. – ¿Tienes miedo?

–Sí.

El anciano se levantó, caminó hasta la ventana y se quedó largo tiempo mirando sobre el valle neblinoso hacia la meseta de la montaña y las primeras estrellas borrosas que asomaban en el cielo sereno. Después se volvió lentamente. Su silueta negra se recortó contra la ventana, y comenzó a hablar:

–Deja que te explique a Mark Hanlon. Si lo comprendes, no tendrás miedo. Si llegas a él sin temor, quizá puedas ayudarlo. – ¿Ayudarlo? – la sorpresa agudizó la voz de Wikivill-. Él quiere mi cabeza. Se la daré.

Después de eso no me queda nada.

La voz profunda le repuso con firmeza:

–Eres un hombre que, como Lázaro, ha caminado por el valle de las sombras de la muerte. Has soportado la ruina de la virilidad y la destrucción de la esperanza. Has sobrevivido y tienes una esperanza nueva. En eso eres rico. Puedes prestarle fuerza a ese hombre que, como tú, ha caminado por el lugar de los muertos, por el abismo de la desolación. En el fondo él es bueno, tiene mucho amor y nadie se pierde mientras no excluye el amor de su vida y endurece contra él su voluntad. Le han quitado a los que ha amado; por eso trata de vengarse en ti. Cree que te odia, pero no encuentra satisfacción al hacerlo. Desprecia el impulso mientras se entrega a él. Está vacío, extraviado, solitario; mas su orgullo no le permite confesar su necesidad. Ni siquiera ese orgullo es enteramente malo, porque no le permitirá desquitarse con un hombre que está indefenso entre sus manos.

No lo combatas. No opongas tu propia altivez a la suya. Él es más pobre de lo que cree, y tú, a pesar de tu pérdida, eres singularmente bendecido.

Recuerda eso, hijo mío. – ¿Pero qué le diré?

–Lo que tu corazón te dicte.

–Sigo asustado.

–Si no lo estuvieras, lo que haces no tendría mérito. No habría sacrificio si no existiera riesgo.

–Es que arriesgo lo único que me queda, mi libertad -la voz de Wikivill se elevó en súplica ferviente-. ¿No lo ve usted? Son las murallas las que me aterran, las piedras que me emparedarán.

Maté para escapar de ellas. Ahora tengo que volver, libremente, por mis propios pies. Tengo miedo de perder el valor a mitad de camino.

–Ya no hay murallas, hijo mío -el padre Albertus se le acercó a través de la penumbra de la habitación-. Cuando aceptaste la prisión de tu cuerpo mutilado, conquistaste la libertad de una zancada. No existen murallas que puedan contenerte. No hay barrotes que puedan separarte de los pastos que satisfacen. Cree lo que te digo, en el nombre de Dios.

–Lo creo -dijo Johann Wikivill en voz baja-. Que Dios supla mi falta de fe.

Con un gesto extraño, patético, hundió el rostro entre las manos mientras el sacerdote, dominándolo con su alta estatura, suplicaba desesperadamente una infusión de fuerza para ese momento crucial.

Wikivill alzó al fin la cabeza; sus ojos habían recuperado la calma; su rostro estaba en paz. Echó atrás la silla y se hincó a los pies del anciano.

–Bendígame, padre.

El padre Albertus alzó sus manos quebradas en el gesto ritual de la bendición: «Vade, mi filii… ¡Ve, hijo mío! En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, vete en paz.»

Calado hasta los huesos, Mark Hanlon se sentó en el banquito de piedra donde un día observó cómo Anna alimentaba a los pájaros, reflexionando en su situación.

La veía con claridad. Había alcanzado el límite de la vida. Todo cuanto amara lo había perdido.

Todo lo que construyera estaba fundado sobre arena. Sus esperanzas eran fuegos fatuos, sus realizaciones un polvo soplado por el viento en el desierto del pasado. El futuro era un vacío en acecho. No podía retroceder y ningún estímulo le impulsaba a seguir. El progreso de la vida se hallaba detenido y él estaba cogido en la síncopa, en un estado de inmovilidad y desilusión desnuda, al margen del tiempo.

Incapaz de una ideación consecutiva, sólo le quedaba una serie de cuadros, un loco caleidoscopio de personas y lugares, irreales, fantásticos, extrañamente aterradores: Willis tirado en el camino; la máscara lupina del hombre del fusil; el rostro estático de Anna en el momento del amor; las manos como garras del padre Albertus; los fríos ojos de obsidiana de Sepp Kunzli; los secretos obscenos del libro negro de Fischer; Traudl entre sus brazos y el movimiento del cuerpo de ella contra el suyo; el rostro débil y hermoso de Holzinger, y detrás de todo, la fisonomía desvaída y sin rasgos de su propia mujer.

Los cuadros giraban mareadores, con rapidez cada vez mayor, hasta que gritó de miedo y escondió la cara en las manos para no verlos. Le dolía el cuerpo como si lo hubieran golpeado con varillas, contracciones nerviosas le desfiguraban el rostro, y los dientes comenzaron a castañetearle incontrolablemente. Lo invadió un frío mortal.

Se puso en pie y comenzó a caminar lentamente por la avenida en dirección a la ciudad. Los árboles se inclinaban inmóviles y negros en el aire quieto. El sonido del agua corriente le pareció una voz de pesadilla y en el cielo sólo vio la mofa despiadada de la luz estelar.

Llegando a la ciudad le pareció que había cambiado de aspecto. Las murallas eran rocas altas, las ventanas amarillas, cavernas habitadas por monstruos que se burlaban de él en silencio. Los frentes de las tiendas reflejaban su figura agachada y bamboleante reproduciéndola como la de un enano tenebroso.

Vio espectros bajo los negros portales, máscaras de cabras que fijaban la vista en él al resguardo de los cañones de las chimeneas, y el grito desesperado de Anna se sobrepuso en sus oídos al ruido de los pasos de su agresor. Anduvo más y más ligero hasta que su cuerpo se empapó en transpiración y una faja le hierro le oprimió el tórax.

En la puerta del «Sonnblick» el soldado que montaba guardia observó su rostro amarillo y desencajado y estiró una mano para sostenerlo, pero él se hizo a un lado y entró apresuradamente al ascensor, cerró de golpe la puerta metálica y apretó el botón en un esfuerzo final y frenético por llegar al asilo de su cuarto.

Entre jadeos y náuseas, se inclinó sobre el lavabo hasta que se le calmaron los vómitos; después se quitó la chaqueta, se lavó la cara y las manos y caminó a trastabillones hasta la oficina para beber algo. El alcohol fuerte lo dominó rápidamente, y empinó una copa y otra. Se sentó frente al escritorio, encendió un cigarrillo y la primera aspiración de humo le produjo un acceso de tos.

Aplastó el cigarrillo en el cenicero y súbito, martillante, sonó el teléfono.

Instintivamente, alargó una mano y levantó el auricular. El hábito, no la voluntad, dictó las palabras familiares.

–Habla Hanlon.

Le contestó la voz del sargento Jennings.

–Un hombre quiere verlo, mi teniente coronel. Se llama Johann Wikivill. Dice que usted lo citó.

–Que suba… solo.

–Muy bien, mi teniente coronel.

Dejó el auricular. La comedia no terminaba todavía. Faltaba el antistrofe, el epílogo acre.

Momentos después se abrió la puerta y entró Johann Wikivill.

En la imaginación caldeada de Hanlon parecía tener diez pies de estatura. Vestía el mismo uniforme que llevaba el día del primer encuentro:

gorra cuadrada de picos, casaca estrecha, pantalones amplios y la capa teatral que casi le llegaba a los tobillos. Un pico de la gorra proyectaba sombra en su frente, y en la sombra sus ojos remotos tenían un brillo extraño.

La capa le prestaba esa estatura simulada, pero el aspecto de visitante ultraterreno se lo daba el rostro. Un lado, áspero y con barba naciente, estaba oscurecido por la sombra. El otro era liso, nuevo y brillante. «Como Lázaro -pensó Hanlon inconsecuentemente- cogido entre la muerte y la renovación del resurgimiento.»

La idea lo divirtió. Siguió elaborándola y sonriendo consigo mismo, mientras Johann Wikivill lo observaba erguido e inmóvil. «En la resurrección no habrá matrimonio ni esponsales, sino que seremos como ángeles de Dios… Los eunucos, los célibes y los estériles llegarán a su patria. Todos tendrán ojos místicos y mansos, y cutis de recién nacidos como este individuo. Serán compañeros aburridos para nosotros, los pobres diablos que nos contentamos con tres comidas al día y un amorcito honesto por la noche…, si podemos conseguirlo.»

Johann Wikivill se presentó con formalidad:

–Soy Johann Wikivill, teniente coronel. Usted me necesitaba.

–Lo he necesitado largo tiempo -dijo Hanlon-. Dígame… ¿Por qué mató a Willis?

–Por qué me odiaba a mí mismo. – ¡Eso es! – la voz de Hanlon subió de tono-. ¡Bien! Siempre es así. ¿No es cierto? Yo sé lo que usted sentía, hombre. Lo estoy sintiendo ahora. Dígame, ¿qué ve usted desde donde está?

¿Qué aspecto tengo?

–Parecido al mío -en la voz de Wikivill había ahora calor y compasión-.

Usted se ve cansado, perseguido, enfermo…

Hanlon le dirigió una mirada penetrante. – ¡Es claro! Usted es médico.

Ahora lo recuerdo. ¿Qué receta me da?

–Hay una sola.

–Indíquemela.

–Esperanza -dijo suavemente Johann Wikivill. La boca de Hanlon se contrajo en una sonrisa sin alegría.

–El padre Albertus se lo enseñó, ¿verdad? Ya lo sé…, también me lo enseñó a mí. Pero en eso hay un garlito…, un tremendo garlito. ¿Sabe cuál

es? Para tener esperanza hay que esperar algo, una meta, un fin. ¿Qué espera usted, Wikivill?

–Ser libre un día. Volver al ejercicio de la Medicina. Emplear algo de mi habilidad y de mi compasión en infelices como yo.

–No se lo agradecerán -dijo Hanlon con frío sarcasmo-. Nunca lo agradecen.

–Pagaré una deuda. No hay cuestión de gratitud.

–Usted ha contraído una deuda conmigo. – Hanlon sonrió con amargura-. Una vida por otra.

–Aquí estoy para pagarla -dijo serenamente Wikivill.

–No puedo hacerlo. – Hanlon cogió la carta de Klagenfurt y se la entregó-. Tome. Léala.

Wikivill se adelantó y cogió la carta. La proximidad lo redujo a un tamaño humano. Cayeron las sombras de su rostro y recuperó la simetría.

Leyó cuidadosamente la carta y la devolvió a Hanlon.

Había calma en sus ojos y una sonrisa de gran suavidad le entreabría los labios.

–Parece que mi deuda hacia usted es doble, teniente coronel.

Hanlon hizo un gesto denegatorio despreciativo.

–No me debe usted nada. ¡Márchese!

Wikivill no se movió. Miró largo rato a Hanlon, buscando palabras para expresar su gratitud.

Luego, dijo en voz muy queda:

–Yo cuidaré de Anna en vez suya, teniente coronel. Cuando su tiempo se cumpla, atenderé el parto, y cuidaré del niño. En mis manos estarán seguros, se lo prometo.

La cabeza de Hanlon saltó atrás como si hubiera recibido un golpe en la boca. Su voz fue un murmullo ronco. – ¿Qué está diciendo?

–Discúlpeme -repuso gravemente Johann Wikivill-. Creí que lo sabía.

Anna Kunzli tendrá un hijo suyo.

Durante un momento de incredulidad Hanlon se quedó mirándolo; después de todo el dolor de años escapó de él un grito desesperado: -¡Dios del cielo! ¡No!

Y sepultando el rostro entre las manos lloró como un niño.

Johann Wikivill se quitó la gorra y la capa, y se quedó junto a él golpeándole el hombro y murmurando palabras consoladoras, como si

fueran dos hermanos unidos por un común dolor.

–Usted debe visitarla -dijo Wikivill con autoridad-. A pesar de lo que ella le dijo, vaya.

Explíquele la situación que hay entre usted y su esposa. Dígale que la ama y cuáles son sus deseos sobre ella y el niño. De ese modo no habrá amarguras, no habrá recriminaciones…

Estaban sentados juntos en la gran sala donde una vez planeó Hanlon la captura del hombre del fusil. Entre ellos había copas servidas y se desplegaban los rizos lentos y amistosos del humo de los cigarrillos. Hanlon continuaba aturdido por el golpe, pero la vida parecía reanudar su flujo desde el hombre alto y flaco, de ojos serenos y voz suave, hacia él.

Ésa no era la rendición planeada, pero si no involucraba triunfo, tampoco le producía pesar.

Ahora eran dos hombres que se acompañaban, conscientes de actos mutuos, de comunes deudas.

Entre ambos no existían rubores. La vergüenza de la victoria estaba lavada con la dignidad de la derrota. La sombra de una cruz común remplazaba a la del hacha del lictor.

Hanlon se inclinó hacia delante y dijo con timidez:

–El niño me preocupa. ¿Qué le sucederá? No tendrá nombre ni padre.

¿Cómo podrá seguir viviendo aquí Anna y…?

Wikivill le interrumpió con un gesto.

–Usted olvida cómo piensa nuestra gente. Respetan la vida, del modo que venga. El niño será bien recibido, y también amado. Además, habrá muchos como él en esta tierra nuestra, cuyos hombres han muerto y cuyas mujeres se sienten solas. Todos agradeceremos esta nueva promesa de un futuro. Usted lo verá. Las mujeres le harán ropitas y los leñadores le traerán juguetes, y tendrá flores y velas en el bautismo, de manera que se parecerá a la venida del Christkind Yo me encargo de que el parto sea bueno. Si se enferman los cuidaré.

La sencillez de esa sublimidad sobrecogió a Hanlon.

–Yo quise matarlo. Y ahora…

–Ahora usted debe comer algo, en seguida dormir, y en la mañana ir a lo de Anna.

–Me gustaría verla esta noche.