La segunda victoria

Morris West · Capítulo 19 de 24

Páginas del PDF

La segunda victoria

Lynn.

Hanlon dejó la carta sobre el escritorio y la cubrió con las manos.

Después se echó atrás en la silla y cerró los ojos.

Era el sarcasmo final. Ése era el amor que implorara, por el que lloró, el que trató de encender con ira y de cuidar con paciencia en los años de su desolación. Ése era el amor cuya negativa lo lanzó, vagabundo, en brazos de otras mujeres, en la persecución estéril del poder. Ahora que se lo ofrecía libremente, con humildad, no lo deseaba.

Carecía de significado para él; era un escrito en lengua olvidada, una partitura embrollada hasta una disonancia irremediable. En otro tiempo el misterio le provocó pasión, ternura, los mil dolores del amor, un sentido de culpabilidad por su propia ineptitud. Ahora comprendía que no hubo misterio. Sólo hubo un cuerpo de mujer que se estimó demasiado caro; un corazón vano; una mente replegada largo tiempo en sí misma y súbitamente aterrada por la primera visión solitaria de la realidad. ¿Los niños? Sí. Eran su otro yo. Su promesa de continuidad. Daban amor y lo tomaban, irreflexivamente. Eran el suplemento, la anotación, sin la cual sería incompleta la crónica de la vida.

Pero no eran el texto entero. Eran sólo el tercer aspecto de la trinidad humana: hombre, mujer, hijo.

Procedían de los dos; eran independientes de ambos. No podían suplantar ni aportar la relación íntima de cuerpo y espíritu que es el principio, el medio y el fin del amor.

Aún subsistía un vínculo entre él y Lynn, pero el vínculo era una fórmula legal. Nada tenía que ver con el cuerpo o el espíritu. Hacía mucho tiempo que habían cesado de ser una carne. Su cuerpo pertenecía ahora, por afinidad, si no por ley, a Anna Kunzli. Su espíritu estaría siempre inquieto si el de ella no lo acompañaba en el camino. ¿Qué se podía construir en una situación cómo esa? ¿Un hogar para los niños? Donde no hay armonía no hay hogar. ¿Afecto, respeto, confianza mutua? Imposible, a menos que los dos corazones se rindan y cada uno acepte el arrepentimiento del otro.

Recogió la carta y volvió a leerla, lentamente. Le conmovió su tono lastimero. Pero sintió rechazo por el nuevo fardo de decisión que le imponía.