La segunda victoria

Morris West · Capítulo 13 de 24

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La segunda victoria

Capítulo Decimotercero

El hecho de que no podía contestarle le irritó más aún. Ásperamente le dijo:

–No pienso lo mismo; eso es todo. Cuando su tío regrese le diré que la guarde en la casa. – ¡Mark! – la voz y los ojos de Anna revelaron tanta pena que él se ablandó inmediatamente y estiró manos vendadas para tocarla.

Perdóneme, Anna. No quise ser duro. Pero usted comprende lo que se echa encima. ¿Por qué cree trajimos aquí al padre Albertus sino para preguntar a la gente para algo más bien terrible? Yo preferiría que usted no tuviera parte en ello.

Anna guardó silencio un rato largo, pero mantuvo entre sus manos las de Hanlon, mirando la carne viva y descolorida que asomaba al borde de las vendas. Dijo luego suavemente:

–Si fuera usted el que me necesita, Mark, vendría dichosa. Pero a usted no le hago falta, ¿verdad? Lo que le dije la noche pasada era cierto.

Necesito alguien a quien cuidar. Sin eso estoy vacía. Si no es usted, entonces son los niños. No me lo prohíba. Le ruego me diga que lo comprende.

Su ira se apaciguó con la misma rapidez con que había despertado. La miró con amor y compasión, sonriendo irónicamente por la sencillez de su derrota. Le dijo con suavidad:

–Muy bien, Liebchen. Haga lo que quiera. Los niños serán afortunados de tenerla.

Se volvió después rápidamente, caminó por el corredor resonante y salió a la tarde helada.

CAPÍTULO DECIMOTERCERO

El sol salió de los cuernos de Capricornio y avanzó hacia el Norte, hacia las pinzas de Cáncer.

Los vientos del Norte cesaron con un último revuelo de nieve, un último golpeteo de cellisca. El aire fue más tibio y los cielos más opacos y los días más largos. Los primeros aludes cayeron atronantes de los picachos, lanzándose en espuma de nieve contra las barreras de pinos.

Llegó detrás el viento Sur, ululando por los desfiladeros, y el hielo se desprendió de las faldas bajas, como una piel, revelando el verde esplendor del pasto nuevo. Las zarzas desnudas a lo largo del río retoñaron a la vida,

fluyó la savia de los pinos y los valles se llenaron con el ruido del agua que bajaba a inundar las tierras llanas.

El ganado salió de sus establos invernales y trepó a los pastos, haciendo música con sus badajos entre las rocas donde se apilaba la nieve tardía en montones brillantes. Los pobladores de la ciudad se quitaban las ropas grises de invierno; las mujeres salían de compras con vestidos de colores vivos y delantales almidonados, y los hombres se ponían Lederhosen, calcetines blancos y sombreros con airosas cocardas de colas de faisán o piel de gamo.

Sombras de nubes manchaban los prados. Las muchachas caminaban orgullosas, columpiando sus faldas, y los inválidos que se asoleaban en las avenidas silbaban al verlas pasar.

La primavera bajaba de las montañas y la gente abría los corazones y las ventanas para darle la más cordial bienvenida.

Desde su alto balcón en el «Sonnblick», Mark Hanlon contempló su pequeño imperio y lo encontró bueno.

Ahora podía ver el progreso, como veía los primeros brotes verdes que se burlaban del largo invierno muerto. Los hombres tenían trabajo, los niños alimento. Principiaban a formarse los primeros bosquejos del comercio.

En los montes cortaban leña. Resonaban los hachazos a distancia. Los troncos bajaban rodando por los deslizaderos, y en las afueras de la ciudad aserraban tres plantas. Aunque verde y sin preparar, arrebataban el pino beneficiado antes de cortarlo, para reconstruir el área bombardeada de una docena de ciudades. Con un sistema de trueque interzonal, ideado por Hanlon, la mitad del producto de las ventas tenía que entregarse en mercaderías: alimentos, telas, calzado, medicinas. La otra mitad la pagaban en créditos de Ocupación, que quedaban bloqueados para reconstrucción futura. El schilling tenía un descuento en el mercado y Hanlon se negaba a vender buena madera contra papel desvalorizado.

Con los créditos adquirió dos trituradoras anticuadas, que resonaban en las canteras, de modo que la ciudad podía vender ripio para la reparación de los caminos en la primavera. Llegaban de Viena y Roma los primeros lapidadores para comprar hematites y cristal de roca que estaban arrancando de los antiguos laboreos.

De acuerdo con un sistema de cooperativa, se importó ganado nuevo para revitalizar el de la región. Uno de los soldados de Hanlon era granjero

en el Oeste, y Hanlon le dio galones de sargento y dejó a su cargo las empresas agrícolas.

Se presentaron los primeros especuladores con ofertas serias por los hoteles y hospederías vacíos. Hanlon bloqueó todas las ventas mientras los títulos no estuvieran limpios, exigiendo un depósito de opción. Estos depósitos incrementaban un fondo de fideicomiso cuyos intereses le permitían ampliar el crédito a los industriales locales.

El Hospital para desplazados, de Miller, funcionaba por fin normalmente. Cuando murieron los primeros casos graves, enviaron otros en reemplazo, y los que sanaban principiaban ya a circular por la ciudad, remotos, un poco espectrales, pero vivos al menos, lo que no era pequeño triunfo en los años de hecatombes.

Huber contaba con una cuota de medicinas nuevas, y esta victoria formó un vínculo de amistad entre los dos hombres. Un miembro de la Cruz Roja trabajaba en la ciudad, tratando de situar a los cientos de soldados desaparecidos del Regimiento de Quellenberg.

El personal de Hanlon había aumentado. Un grupo del servicio secreto llegó para investigar afiliaciones al Partido y títulos de propiedad, y con el aumento hubo ascensos para Hanlon y Johnson.

Contrató baterías de máquinas de escribir y reclutó a muchachas de la localidad para atacar las montañas de papel.

Un recién llegado a Bad Quellenberg no habría notado ni la décima parte del progreso. Habría visto un balneario empobrecido, poblado por montañeses, por enfermos y por una pequeña colonia de tropas, con hoteles vacíos y mercaderías racionadas, y en el mejor de los casos un mediano bien pasar.

Pero, de pie en el balcón, ante la ciudad que se desarrollaba en círculo y el valle parcelado, el teniente coronel Hanlon vio la verdad. Había adelantos. Había vida. Había esperanza para acoger en términos de igualdad a la primavera que llegaba.

Una cosa seguía molestándolo. Aún no había descubierto al hombre del fusil. A pesar de las cejas alzadas en expresión interrogativa de Johnson, él insistía en los registros domiciliarios.

Cuando llegaron los grupos de servicio secreto, se los confió como parte de su tarea. Pero no encontraba al hombre. Corrían rumores, vagas

insinuaciones y murmullos, lo que confirmaba que el asesino continuaba allí. Pero tu identidad constituía un misterio.

Ése era el único resabio amargo del dulce vino del éxito. Una herida en su orgullo. Si no lograba que los quellenbergueses sometieran el caso a un proceso justo, habría fracasado. Se quebrantaba el principio de la justicia.

Eso era lo que él se decía.

La verdad se hallaba más hondo de lo que se atrevía a sondear. Huber se la mostró al desnudo en una de sus frecuentes charlas. El enorme tirolés sonrió y le dijo con su acento provinciano:

–Usted hace mucho, amigo. Es muy inteligente. No obstante, en este asunto es un ciego. – ¿De qué modo?

–No se contenta con ser cónsul, gobernador amistoso. Quiere casarse con esta gente. – ¿Y qué hay de malo en ello?

Huber hizo un gesto amplio y enfático.

–Los matrimonios mixtos nunca tienen buen resultado. Siempre queda la reserva… el área de… comprensión. Los países son como las familias.

Tienen su propia intimidad. Sus bromas propias, sobre las locuras de la tía Matilde y el libertinaje del tío George. El forastero no puede participar de ellas, nunca. Tienen sus medidas para juzgar, que no guardan relación alguna con la justicia absoluta… o que posiblemente se le acercan más que la que usted dispensa. Nunca logrará llevarlos a esta capitulación definitiva.

Primero le romperán la cabeza.

Era sentido común, pero Hanlon no podía aceptarlo. El recuerdo de su juventud en Graz continuaba fuerte, rosáceo con el resplandor póstumo del paraíso perdido. Los años intermedios estaban vacíos de consuelo. Él no poseía una vara para medir la esperanza o la ilusión.

Se abrió la puerta a su espalda y Traudl Holzinger salió al balcón.

Vestía a la usanza primaveral, falda volante recogida en la cintura por una faja de piel labrada, y una blusa delgada que le modelaba los pechos firmes. El cutis de su rostro, cuello y brazos tenía el brillo opaco de la juventud y el vigor. Su perfume le recordó aquella primera noche en que tocó el piano en la casa del Bürgermeister.

Ella ocupaba ahora el cargo de secretaria, y aunque no habían llegado ni a rozarse las manos ni a besarse, existía entre ellos un vínculo, un sentido de participación y compañerismo. La sensualidad franca de Traudl lo provocaba, pero era demasiado cauteloso para complicarse con relaciones

amorosas. Se daba cuenta de que ella lo cortejaba, lentamente y con cuidado, y ese conocimiento era un consuelo vago, un bálsamo diario para su orgullo herido. Cuando ella lo acompañaba a trabajar se sentía cómodo y de buen humor. Cuando se ausentaba descubría que estaba molesto e irritable. Continuaban tratándose con formalidad. ÉI le decía Fräulein y ella le daba su título, pero él siempre la saludaba con una sonrisa y ella manejaba la oficina con eficiencia y. se preocupaba de su bienestar.

Ahora le llevaba un recado. El Doktor Huber estaba en el teléfono. Se lo agradeció, entró en la sala y cogió el auricular. La voz de Huber manifestaba vivo interés:

–Creo tener algo para usted, amigo.

–Eso suena bien. ¿De qué se trata?

–De robos -dijo Huber sin preámbulos-. Hace tiempo que se están produciendo.

Hanlon frunció el ceño intrigado.

–Eso es asunto de Fischer. No puedo atropellar su autoridad en asuntos locales.

–Considero que usted debe saberlo antes que Fischer. – ¿Por qué?

–Prefiero no tratarlo por teléfono -dijo Huber con precaución-. ¿A qué hora es lo más temprano que puede venir? – ¿Qué importancia tiene el asunto?

–Podría tenerla muy grande… para usted.

–Deme veinte minutos -dijo Hanlon-. Auf Wiefersehn.

–Auf Wiedersehn.

La comunicación se interrumpió, pero Hanlon siguió con el auricular en la mano, mientras Traudl Holzinger le observaba pensativa. No le hizo preguntas. Cuando él estuviera dispuesto se lo diría, como comunicaba ahora casi todas las cosas.

En su jardincito al extremo de la Mozartstrasse, Rudi Winkler tomaba el sol. Su único ropaje lo construía un pantalón de gimnasia, y sus ojos brillantes inquietos sé ocultaban tras un par de lentes para sol. Su cuerpo gordo y sonrosado estaba tendido re una alfombra, apoyaba la cabeza en un cojín de goma y miraba soñoliento el paso perezoso de las nubes sobre las copas de los pinos. El calor era sedante, y el aroma de la savia y el pasto verde halagaba su olfato. Los pájaros le daban un concierto privado, y a fuerza de auténtico hedonista se contentaba con el goce del momento.

No le faltaban motivos de satisfacción. En la casa dormía anestesiado su paciente. La operación final que suprimió los últimos tejidos de la cicatriz estaba hecha, injertada la última piel nueva y, si la suerte persistía, habría un hombre nuevo dentro del mes. Quizá no un hombre completo, pero sí un facsímil aceptable. Ahora que la cicatriz estaba borrada, que él se alimentaba, descansaba y se había calmado por efecto de la seguridad, su rostro no tenía la expresión lupina, y el tinte azul de los injertos era la única señal de los antiguos estragos.

Sus ojos también habían cambiado. Desapareció de ellos el terror, el destello hosco de bestia.

Ahora eran sombríos, pero serenos. No revelaban ansiedad ni esperanza… mas no podía exigirse demasiado a un hombre que había eludido al verdugo. Ni siquiera un cirujano como Rudi Winkler podía convertir a un eunuco en amante o en padre de familia.

La idea lo hizo sonreír y se volvió boca abajo para que el sol le diera en los hombros y en los músculos laxos de la espalda.

En un mes más se libraría de esa molestia. Johann Wikivill se marcharía y Rudi Winkler también sería un hombre nuevo. Fischer había cumplido su promesa: documentos nuevos, nueva identidad.

Su pasado estaba bien enterrado, su futuro asegurado confortablemente.

No obstante, la perspectiva lo apesadumbraba un poco. Cuando su paciente se fuera, él quedaría solo. Le había cobrado afecto, como el de un artista por su creación que es lo mejor de sí mismo. Y, a su manera peculiar, Rudi Winkler era un artista.

En eso también hallaba sensualidad. Winkler era un sensual inclinado a las refinadas perversiones del placer, porque la pasión normal quedaba fuera de su alcance. Se satisfacía curando ese cuerpo lacerado. Lo trataba con atención y ternura, refrenando los agudos impulsos de crueldad que lo acometían, del mismo modo que se enciende la pasión en un hombre normal. Y esa negativa era en sí misma un placer, porque confirmaba su dignidad y parecía absolverlo de los excesos del pasado.

No le preocupaba la ausencia de reciprocidad a su ternura y de gratitud en los ojos sombríos del enfermo. Sus placeres eran siempre solitarios.

Exigían compañía pero no participación.

De pronto se sintió inquieto. Bajo su piel rosada se despertaba el desasosiego primaveral. La discreción y las exigencias de su paciente lo

habían recluido en su casa esos últimos meses. Sus caminatas se limitaban a los valles de atrás y a los senderos menos frecuentados. Ahora necesitaba algo más: el movimiento de una ciudad, la vista de rostros nuevos, la búsqueda de un amigo que pudiera complacerlo.

Pensó en eso un rato, perezosamente, masticando un tallo de hierba.

Después se levantó, dobló la alfombra y volvió a la casa.

Encontró a Johann Wikivill despierto, acostado de espaldas, mirando las vigas oscuras del techo.

Tenía la parte superior de una mejilla cubierta con gasa sujeta con tela adhesiva. Volvió penosamente la cabeza para mirar a Winkler, y le preguntó con voz opaca: -¿Cómo resultó esta vez?

Winkler se inclinó sobre él sonriendo y tocó la piel nueva, tirante a los lados del vendaje.

–Perfecto. Sin ninguna dificultad. A menos que sobrevenga una infección secundaria, que no espero, hemos terminado.

–Usted es un buen cirujano -fue la declaración le un hecho, no era expresión de gratitud.

Winkler lanzó una de sus agudas carcajadas.

–Usted es un hombre afortunado. Yo acostumbrara cobrar una suma fuerte por un trabajo así.

–Entiendo que éste se lo han pagado bien.

–Suficientemente. – Winkler continuó sonriendo, era difícil desconcertarlo-. Usted podrá iniciar planes para el futuro. – ¿Qué especie de planes?

–Dónde ir, qué tipo de trabajo realizar. A menos que… -dejó un momento inconclusa la frase-. A menos que prefiera quedarse conmigo.

Nos entendemos bien. Nos comprendemos…

Le sorprendió que Johann no rechazara la proposición. Éste asintió lentamente y dijo con la misma voz apagada:

–Yo también lo he pensado. He meditado en las que pueden quedarme para volver a ser hombre. Hasta en eso. Pero no me queda nada.

Winkler se le acercó demostrando interés.

–Pueden existir. Hay tantas cosas…

–No hay nada -dijo Johann Wikivill-. A no ser que uno tenga fe… -¿En qué?

–En Dios quizás. En el alma.

Los labios rojos de Winkler ondularon despreciativos. Su voz tuvo un matiz sarcástico.

–He tenido a muchos bajo el bisturí, amigo mío. He explorado hasta el extremo límite su capacidad de sensación… y de sufrimiento. Jamás he encontrado la manifestación de un alma. Los he oído clamar a Dios pero nunca he sabido que Él responda. Hay una sola realidad: ¡Ésta! – se sentó en el borde del lecho y pasó la punta de sus dedos a lo largo de la piel nueva y lisa de la mejilla de Wikivill-. Este cuerpo con sus millones de nervios, cada uno susceptible a su propio deleite. Cuando el cuerpo muere no queda nada. Mientras vive, siempre se le puede arrancar un goce. ¿Por qué rechaza lo que le queda, aun ahora?

Johann Wikivill no se movió. Por su falta de respuesta bien podía haber sido de piedra. Dijo simplemente:

–Porque para mí no queda nada. Nada.

Winkler retiró la mano bruscamente como si se hubiera quemado. Se incorporó.

–Entonces he perdido mi tiempo -dijo en voz alta y dura-. Debí dejar que lo colgaran.

Se volvió rápido y salió de la habitación. Johann se recostó de espalda y cerró los ojos. Cinco minutos después, Rudi Winkler salía, con ropas livianas de primavera, a tomar aire en Bad Quellenberg.

En la terraza vasta y pavimentada de la «Casa de la Arañar, Sepp Kunzli también tomaba aire.

Caminaba lentamente de un extremo al otro, con las manos cruzadas a la espalda, la cabeza inclinada hacia delante, preocupado por un pensamiento largo y complejo. A sus pies el jardín descendía en bancadas de césped y matorrales hasta la cortina de árboles que lo recataba del camino. Junto a él se hallaban las grandes puertas de vidrio de su estudio, donde un inglés anciano con dos ayudantes austríacos trabajaban con un ingente montón de documentos.

Llevaban varias semanas en eso, desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, clasificando, componiendo un índice, formando cuidadosamente una lista de los activos de Sepp Kunzli y de los hombres, vivos y muertos, por quienes habían actuado. Eran abogados como él, hombres secos y meticulosos designados por las Autoridades de Ocupación

para ubicar las propiedades expropiadas y devolverlas a sus dueños legítimos siempre que estuvieran vivos.

De vez en cuando le dirigían la palabra, con respeto y deferencia, como a un colega honorable.

Si necesitaban consejos él se los daba. Llenaba las lagunas de la documentación con su memoria de catálogo. Y todo el tiempo sabía que esa lista que formaban sería el texto de su propio sumario.

No obstante, estaba sereno; casi contento.

Era como si hubiera llegado a una crisis, la hubiera resistido y viviera después en un estado de síncope, en una suspensión de todo esfuerzo y emoción.

Le sobrevino la crisis en el viaje a Zürich. Partió con bastante optimismo, convencido de que en una semana podría arreglar sus asuntos en forma de quedar confortablemente rico y mantener su posición con las autoridades aliadas. Era una jugada que tenía prevista desde mucho tiempo atrás y, en el peor de los casos, lo que pudiera salvar sería considerable.

En Zürich encontró una mujer. Era encantadora, ingeniosa, bien dispuesta, y recientemente divorciada de un rico exportador. Kunzli era un libertino frío y el asunto fue fácil al comienzo. Su final lo dejó consternado.

Ella se retiró después de la primera noche, amargada y con los ojos secos. Las últimas palabras seguían resonando en sus oídos:

–Fue como abrazarse con un cadáver. Lo odio y me dio por ello.

Anteriormente, el miedo que inspiraba a las mujeres de miembros del Partido y a las hijas de los generales le producía placer. Pero con esta mujer fue diferente. No necesitaba vengarse con ella.

Hasta la consideró como el principio de una nueva vida de libertad, como los primeros frutos de los años de espera.

Y de pronto, lo comprendió. Nunca tendría frutos. El árbol era estéril.

La raíz nutricia estaba cortada. No volvería a correr la savia de la pasión.

Sólo quedaba la ficción de vida, el símbolo muerto, rígido y sin hojas, al que era preferible abatir antes de que se convirtiera en motivo de burla.

La desesperación es un pecado extraño, que se comete de extraño modo.

Sepp Kunzli sucumbió a él en las tristes horas vacías de la pasión de su segunda mañana en Zürich. Vio con claridad cuál sería su fin, y, como hombre ordenado, se dedicó a prepararse.

Tuvo entrevistas con sus banqueros, dispuso la liquidación de sus activos más seguros y su depósito en una cuenta a nombre de Anna Kunzli.

Reunió en seguida sus demás papeles y los llevó de vuelta a Bad Quellenberg. Cuando llegaron los inquisidores, él los orientó en su investigación y aguardó tranquilo el resultado.

Presentó a su sobrina la máscara habitual de cortés indiferencia. Ni le prohibió ni le fomentó el trabajo con los desplazados. Se contentó con dejarse llevar por los días vacíos hacia el futuro hosco e inevitable.

Lo que ahora le intrigaba era la forma en que había llegado a ese estado vacuo. Otros hombres a quienes conocía, mentían, estafaban, se entregaban a la lujuria, mataban e intrigaban, reteniendo a pesar de todo el gusto por vivir. Siempre tenían metas que alcanzar, deseos que satisfacer. Algunos llegaban al amor… o a una copia pasable del amor. Aún sentían temores.

Hasta tenían momentos de exaltación.

Él, no obstante, el más cuerdo y sobrio de todos, perdió en algún punto del camino la clave de la vida: Posiblemente no la poseyó nunca. Quizá se le cayó de las manos el día en que murió su esposa. Acaso ésa fue la razón de su muerte…, que ella supiera que él estaba muerto. Todo era ahora muy lejano, muy difícil y estéril de recordar.

Sintió que en la parte trasera de la casa sonaba la campana que anunciaba a un visitante en la puerta de reja. Detuvo el paseo y miró al camino. Poco después entró el Bürgermeister Max Holzinger subiendo apresuradamente el sendero empinado.

Kunzli le indicó que pasara a la terraza y lo saludó con una sonrisa distante.

–Grüss Gott, Herr Bürgermeister! ¡Qué agradable sorpresa! ¿En qué puedo servirlo?

Holzinger dirigió una mirada nerviosa al estudio.

–Una palabra en privado, Herr Doktor. Una cuestión personal.

Kunzli lo cogió de un brazo y lo hizo pasar por el balcón a un prado asoleado donde había sillas rústicas alrededor de una mesa de hierro.

–Siéntese, Herr Bürgermeister. Instalémonos cómodamente. ¿Qué quiere decirme?

Holzinger tosió y se movió incómodo. Nunca fue elocuente, pero ahora sentía la lengua paralizada por el embarazo. Kunzli le dio ánimos, ligeramente irónico: -¡Vamos, amigo! Diga lo que le preocupa. Los tiempos

son malos para todos. No hay razón para que nos sintamos incómodos unos con otros.

–Bien, entonces… -el Bürgermeister inhaló profundamente y se lanzó de cabeza-. ¿Usted…, usted conoce las investigaciones que se están efectuando… sobre propiedades, sobre afiliaciones al Partido?

–Nadie mejor que yo -dijo secamente Kunzli.

–Usted sabe que mi historia es bastante limpia.

–Más limpia que muchas -asintió Kunzli. Después sonrió con un dejo de su antigua malevolencia-. Con suerte usted podría conservar su cargo.

–Me… me preocupa eso menos que mi reputación. Usted comprende que mi posición es delicada. Las Autoridades de Ocupación confían en mí.

El coronel Hanlon ha sido huésped en mi casa.

–Y su hija trabaja para él.

–Así es.

–Afortunadamente para usted… y para ella.

–Es verdad. Pero… -Holzinger se estiró el cuello. – Pero un tanto indiscreto de parte de Hanlon. ¿Es eso lo que usted quiere decir?

–En absoluto, en absoluto -se apresuró a negar Holzinger-. No hay cuestión de amoríos.

Todo es correctísimo y oficial. – ¿Hay esperanzas de matrimonio?

–No se ha tocado el tema. Quizá más adelante se podría esperar…

–Entonces, ¿por qué está triste, Herr Bürgermeister? – preguntó brutalmente Kunzli-. Usted tiene más motivos para alegrarse que cualquiera de nosotros.

Holzinger se lo dijo, tartamudeando.

–Hay… hay la cuestión de mi casa. El título, como usted recordará, fue transferido a mi mujer con una escritura de fecha pasada. Si llegara a saberse…

Kunzli lo miró. – ¿Cómo podría saberse, amigo mío, si sólo usted y yo lo conocemos… y los testigos ignoraban el contenido?

–Yo… yo pensé que usted podía darme seguridades…

Holzinger sudaba. Estaba planteado el asunto, pero le había fallado la diplomacia. Kunzli le presentaba el cebo. Después fijaría su precio. La pregunta siguiente lo dejó aún más sorprendido. – ¿Para qué lo traicionaría yo, Herr Bürgermeister? – ¡Por favor! – Holzinger levantó una mano temblorosa con gesto de excusa-. Yo no quise decir eso.

–Sí lo quiso -replicó suavemente Kunzli-. Y no debe avergonzarse de reconocerlo. En otro tiempo eso podría haberme halagado.

Holzinger guardó silencio. Estaba tratando de leer los pensamientos que se desarrollaban detrás de los ojos metálicos de araña. Kunzli lo dejó sudar otro rato, y después pareció acometerlo una idea nueva. Dijo con animación:

–Le propongo un trato, Holzinger.

Holzinger dio un respingo. Ése era el momento que temía. Vacilando preguntó: -¿Qué especie de trato?

–Le daré mi promesa solemne de guardar el secreto, a cambio de un pequeño favor…, un favor personal.

–No comprendo.

–Es muy sencillo. Le agradecería que invitara a comer a mi sobrina, pronto… y que la hospedara por la noche. – ¿Eso es todo? Quiero decir…

en cualquier circunstancia sería un placer, pero…

–En las circunstancias actuales sería el mayor favor que usted pudiera hacerme. – ¿Puedo preguntar por qué?

–Es preferible que no pregunte, Herr Bürgermeister.

Y por primera vez en los años que se conocían, Holzinger supo que arrancaba la verdad a Sepp Kunzli. En secreto y con vergüenza, se alegró de ello.

La primavera trajo al padre Albertus una labor nueva, la visita a su rebaño. El invierno le impedía ver a muchos. Estaba demasiado viejo y frágil para hacer las rondas de las fincas lejanas y de los pueblos aislados en los valles más remotos.

Pero cuando brillaba el sol y se secaban los caminos, y su corazón cansado latía con más fuerza, podía moverse con más libertad, a veces a pie, otras en un carricoche.

Tenía mucho quehacer: bautizar niños, escuchar confesiones, confortar a los enfermos con los sacramentos, regularizar parejas. Se hospedaba en las granjas más lejanas y celebraba misa en la gran sala familiar, de cuyas vigas ennegrecidas colgaban cebollas, jamones ahumados y salchichas oscuras.

Ésa era su interpretación de la alegoría primaveral: la savia de la gracia fluía de nuevo, de la raíz que es Cristo, a través del tronco que es su Iglesia, a las ramas extendidas que son la comunidad diseminada de los fieles.

Algunas ramas parecían estar muertas, lo que era una tristeza para él. Pero

nunca desesperaba ni cesaba de rogar. La primavera obraba milagros cada año. De las varillas más secas brotaban retoños. Los troncos más viejos estallaban en ramas nuevas. Y en las cuestas abruptas las gencianas encontraban sitios donde crecer.

En esa tarde alegre, mientras Rudi Winkler salía a ver la ciudad y Mark Hanlon bajaba apresuradamente a conferenciar con Reinhardt Huber, el anciano sacerdote volvía a su casa después de una gira fe dos días por el sector sur de su parroquia. Los leñadores lo habían trasportado hasta la cumbre. Ahora descendía lentamente por la huella angosta que empalmaba con la Mozartstrasse. A ratos se detenía para alimentar a los pájaros con un puñado de migas que llevaba en el bolsillo, o a invitar a las pequeñas ardillas grises que se cogían de los troncos y miraban con sus ojitos astutos y brillantes. Lo rodeaba el sonido del agua, y el murmullo tamizado del lento a través del follaje nuevo. Se impregnó de la luz radiante y el calor reanimó su vieja sangre. Se renovaba la vida y también la esperanza. En las bocas de los muertos brotarían flores. Los niños jugarían sobre cadáveres amontonados sin saber que estaban allí.

Cuando llegó a la Mozartstrasse se detuvo y contempló el pequeño chalet de pino amarillo con la bien cuidada terraza de césped al frente. Sacó de su bolsillo una libreta, en que mantenía el registro de sus fieles. La anotación que correspondía a esa casa decía solamente: «R. Winkler.

Visitante. Se ignora su religión.» Volvió a mirar la casa y vio que la puerta de entrada estaba abierta y las cortinas de las ventanas descorridas. Guardó la libreta en su bolsillo, y subió los peldaños de piedra.

Golpeó ligeramente la puerta de la casa. No tuvo respuesta. Repitió los golpes y aguardó un momento; en seguida entró.

Lo primero que se le presentó fue el ama de llaves, asustada y con la boca abierta, en el marco de la puerta de la cocina. Después vio al hombre acostado en la cama. Estaba durmiendo, con el rostro vuelto hacia la pared, de modo que el padre Albertus vio las curaciones en su mejilla y la piel nueva que crecía alrededor.

Volviéndose al ama de llaves le preguntó en voz baja: -¿Cuánto tiempo lleva aquí?

La mujer tenía demasiado miedo para mentir y le dijo:

–Desde el día de San Nicolás. El Herr Doktor lo ha cuidado. Yo no tengo nada que ver con esto, padre. Aquí soy sólo una sirvienta y…