La segunda victoria

Morris West · Capítulo 7 de 24

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La segunda victoria

Capítulo Séptimo

El sepulturero comenzó a echar paladas de tierra; el padre Albertus rezó en voz alta el rosario, y Hanlon escuchó su propia voz en la respuesta reiterada: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.»

La tierra formó un montículo, el sepulturero lo cubrió con nieve limpia, y los hombres se acercaron para colocar encima las guirnaldas y las flores.

El sargento emitió una serie de órdenes breves y resonó la andanada, rebotando de cerro en cerro.

Era el fin. El sargento Willis quedaba en tierra extraña. Las tropas se alejaron marchando y el pueblo se hizo a un lado para darles paso, y después se alejó también, silencioso y constreñido, mientras Hanlon permanecía inclinado e insensible junto al Cristo de madera.

Una anciana se le acercó llevando a un niño. Le mostró un ramo de rosas de nieve y le dijo con voz temblona:

–Für den Toten. Para el muerto.

Hanlon aceptó las flores y se inclinó para dejarlas junto a las otras. La tristeza y la vergüenza de la ceremonia lo dominaron y por primera vez en muchos años descubrió que estaba llorando. Los quellenbergeses retrasados volvieron discretamente la cabeza y pasado un rato sintió en el hombro la mano del padre Albertus y oyó su voz, suave y extrañamente consoladora:

–Cuando un hombre puede llorar, queda esperanza para él. Vete a casa, hijo, y rogaré por ti.

Anna Kunzli, de pie bajo los pinos, alimentando a los pájaros que bajaban revoloteando a comer migas en sus manos, lo vio salir del cementerio. Pasó frente a ella sin decir palabra, pero los ojos de Anna, llenos de compasión, juventud e inocencia, lo siguieron.

CAPÍTULO SÉPTIMO

Uno de los pocos quellenbergeses que no asistieron al funeral fue Karl Adalbert Fischer. Esa mañana tenía que preocuparse de asuntos propios y, estando la ciudad paralizada y los pobladores ocupados en la prolongada ceremonia, contaba con el secreto necesario para atenderlos.

Se levantó temprano, se afeitó, se puso ropa de esquí y una capa larga, para que nadie observara el curioso aspecto del jefe de Policía. Cuando su ama de llaves le ofreció café, rehusó brevemente y dijo que desayunaría

más tarde en su oficina. Salió en seguida, apresurándose en llegar a la ciudad antes que la gente se pusiera en movimiento.

Su primera visita fue para Frau Gretl Metzger, la matrona joven y rolliza, con silueta de paloma buchona, que tenía la concesión del estanco.

Mucho tiempo atrás mantuvieron relaciones plácidas pero agradables, que terminaron amistosamente cuando él se ganó la amistad de una muchacha más joven. Ella se casó con el jefe de obras de una gran construcción, hueco, locuaz y que bebía más de lo que ganaba. Cuando fue llamado a filas, Gretl acudió a pedir consejo a Fischer y éste la recomendó para que se le diera la patente de tabacos bajo el monopolio del Estado. Desde entonces no le faltaron cigarros, ni cama en los entreactos de su vida amorosa.

Pero la visita de esa mañana no tenía relación alguna con el amor. El marido de Gretl había regresado, en parte al menos. Era uno de los pacientes del Feldlazarett. En la retirada de Rusia lo alcanzó un estallido de granada. Lo llevaron, en estado lamentable pero vivo, al purgatorio sin objetivo del Lazarett. Gretl lo visitaba puntualmente todas las tardes, y día por medio volvía a su casa con un joven y vigoroso ordenanza del hospital.

Este hecho, como todos, se hallaba inscrito en el libro de Fischer. Ahora proyectaba utilizarlo.

Gretl lo recibió en la puerta con los rizadores puestos y el cuerpo regordete envuelto en una bata suelta que entreabió un poco al saludarlo.

Fischer sonrió satisfecho y le dio unas palmaditas en las curvas más próximas al pasar junto a ella para entrar en el apartamento.

Ella rió de placer, lo besó con entusiasmo y lo llevó a su saloncito, sentándose junto a él en el cómodo sofá. – ¡Karl! ¡Qué sorpresa tan agradable! ¿Qué te trae tan temprano? – con mimos de muchacha insinuó-: No me digas que…

–No, Liebchen -repuso Fischer de buen humor-. Aunque me gustaría mucho. Soy hombre ocupado y tengo un día duro por delante. Hay que economizar fuerzas. Necesito que hagas algo para mí.

–Lo que quieras, Karl, ya lo sabes -se cerró la bata. No tenía objeto resfriarse si al final no habría placer.

–Bien. Este amiguito tuyo, Gretl…

Ella hizo una mueca de coquetería y agitó los rizadores. – ¡Ése! No es nada. Habla demasiado y hace poco. A veces pienso que es medio… ya sabes qué.

Pero, ¿qué puede hacer una muchacha? Los que valen la pena están muertos o estropeados.

–El mundo es duro -comentó Karl Adalbert. Fischer-. ¿Te quiere?

–Está loco por mí -dijo Gretl con énfasis-. Nunca ha existido otra mujer como yo. Si mi marido se muriera se casaría conmigo. Probablemente porque le recuerdo a su madre.

–Eso también es bueno. Necesito que lo induzcas a hacer algo por mí, en privado, ¿entiendes?

Ni nombres ni preguntas. – ¿De qué se trata, Karl?

Él le entregó la lista de medicamentos que había compuesto Rudi Winkler.

–Esto. Todas ellas deben hallarse en el hospital. Tu amiguito puede sacarlas fácilmente. Haz que las traiga, poco a poco si es necesario. Pero tengo que reunirlas pronto.

Ella le miró consternada. – ¿Quieres decir que las robe?

–Que las adquiera -dijo Fischer con sonrisa suave-. Si hace preguntas dile que el negocio producirá dinero. Yo pagaré. – ¿Y si se niega?

–Me dijiste que está loco por ti, Liebchen. Si rehúsa… -se encogió de hombros-. Puede serme difícil recomendar tu patente de estanco cuando haya que renovarla. – ¡No harías eso, Karl!

Él le dio palmaditas tranquilizadoras en el pecho.

–Por cierto que no, Gretl. Sólo quiero que comprendas la importancia del negocio. Eso es todo.

–Te… te entiendo, Karl. – Ella se inclinó de modo que se le entreabrió de nuevo la bata-. ¿No puedes quedarte un rato… un ratito?

–El tiempo de servirme una taza de café -dijo Fischer con animación-.

Después tengo que irme. Para otra vez será.

Media hora más tarde golpeaba en la puerta de la cabaña ubicada al pie del Gondelbahn, el largo cable aéreo del que oscilaban las brillantes cabinas que subían hasta la cumbre del Grauglockner. Le abrió la puerta el maquinista que hacía funcionar el mecanismo y lo mantenía en la estación.

Las instrucciones de Fischer fueron concisas y perentorias.

–Se trata de un asunto policial. Nadie debe saber que he estado aquí.

Deme esquís y un par de bastones. Después ponga en marcha la maquinaria y súbame hasta la cumbre. Si alguien pregunta por qué está funcionando el Gondel, diga que está probando los motores. Necesito un par de horas.

Cuando esté listo para bajar le telefonearé desde arriba. Usted me dirá si el terreno está despejado antes de hacerme bajar. ¿Está claro?

Lo estaba. El maquinista era perspicaz y sabía de dónde soplaba el viento. Tomó sus propios esquís y cambió las fijaciones con un destornillador para que ajustaran bien en las botas pequeñas del policía. En seguida lo condujo a una de las cabinas de aluminio y lo encerró en ella.

Tres minutos después, Fischer se columpiaba sobre las copas de los pinos en la primera etapa de su viaje al refugio de Gamsfeld.

Bajó de la cabina arrastrando los esquís y los bastones, y recibió un golpe de viento helado que le batió la capa y le quemó los ojos y las narices.

Lanzando una maldición, luchó para entrar en la pequeña cabaña de troncos. Había cometido una imprudencia. Ya estaba viejo para esas cosas.

Se quitó la capa, la dejó cuidadosamente doblada sobre el banco de madera y encima colocó su gorra de uniforme.

Se puso el gorro de esquiador, se lo ató bajo la barbilla y se lo cubrió con la capucha de la chaqueta. En seguida se agachó para fijar las botas en los esquís y arrastrando los pies salió a la nieve, junto al abrigo de la pared de troncos. Paseó la mirada a su alrededor.

Estaba circulando por montañas que parecían olas tumultuosas de un mar petrificado. Las fajas de pinos y las aldeas anidadas oscurecían las depresiones. Las cumbres brillaban con espuma de nieve que bajaba en un flujo continuo, roto sólo por tormos negros y espuelas afiladas como cuchillos, dentadas y siniestras. La desolación lo hizo sentirse enano. El viento helado sacudió los soportes de su escaso valor. Tuvo que hacer un esfuerzo de voluntad para dejar el refugio y partir hacia el Gamsfeld.

Su meta era una choza de troncos, a unos quinientos pies del portezuelo en el lado opuesto del cordón que partía de Bad Quellenberg. En tiempos pasados era el primer alto en una carrera de mediodía para novatos: bajada al Gamsfeld, dos millas más descendiendo por el valle Hunge, subida por el andarivel, y por último una larga carrera ininterrumpida hasta llegar a casa, en Quellenberg. Fischer lo había hecho cien veces en la juventud, pero en la edad madura era una insensatez impuesta por los lazos de la sangre y la familia. Tendría que rehacer la subida al portezuelo y tomar el Gondel.

Desde el punto de partida veía claramente la choza: una construcción baja de piedra, agazapada como un gran animal bajo su techo nevado. Una espiral de humo tenue salía por la chimenea rechoncha y el viento

impetuoso la soplaba valle abajo. Estaban allí; su viaje no era perdido. Se dio impulso, al principio con inseguridad, pero cuando sintió que los cantos mordían el hielo y el viento le azotó las mejillas, comenzó a relajarse. Sus músculos flojos respondieron a viejos recuerdos, y por primera vez en muchos años Karl Fischer comenzó a gozar. Como la mayoría de los placeres, éste acabó demasiado pronto.

La puerta de la cabaña estaba orientada hacia el valle. Él llegó por el lado ciego de la estructura.

Se quitó los esquís y dio vuelta cuidadosamente alrededor de la casa, agachándose al pasar bajo la ventana. Si el sobrino se hallaba en una de sus crisis de locura, no se podía prever su recepción.

Al llegar a la puerta se detuvo a un lado, apretándose contra la muralla.

En seguida estiró una mano y dio un golpe fuerte. No respondieron; pero se oyó dentro de la cabaña un débil murmullo.

En voz alta llamó: ¡Martha! ¡Johann! Soy yo, el tío Karl. ¡Abran! Hubo una pausa; después lo amenazó una voz de hombre, dura y tensa:

–Si no es, le volaré la cabeza. – ¡Tonterías, niño! Mira, voy a dar un paso atrás para que puedas verme desde la ventana. ¡Martha! Por amor de Dios, hazlo entrar en razón.

Oyó que ella reprendía duramente a su hermano: -No seas estúpido, Johann. Yo iré. Nadie me hará daño. Además, ésa es la voz del tío.

Fischer retrocedió hasta la nieve y, un momento después se recogió la cortina en la ventana y asomó la cara de su sobrino. En seguida se abrió la puerta, y Martha, entre risueña y llorosa, lo hizo. entrar.

Lo primero que vio fue a su sobrino acurrucado en un rincón del camarote, con la pistola apuntada hacia la puerta. Fischer le dirigió una sonrisa de buen humor. – ¡Por favor, bájala, niño! Puedes herir a alguien.

Johann lo miró un rato con desconfianza esquiva, después bajó lentamente la pistola y la dejó sobre la cama, a su alcance. Fischer se quitó los guantes y el gorro y se acercó a la vieja estufa redonda para calentarse.

La niña lo siguió, interrogándolo ansiosa: -¿Qué sucede, tío? ¿Qué está pasando? ¿Qué será de Johann y de todos nosotros?

–Nada -dijo él con optimismo-, nada en absoluto. El tío Karl tiene todo arreglado. Más adelante les diré cómo. Tengo hambre y frío. ¿Puedes prepararme algo?

–Claro que sí. Oh, tío, no podía traernos una noticia mejor.

Le echó los brazos al cuello y lo besó; en seguida se afanó, buscando pan y queso en las mochilas y echando cucharadas de café negro ersatz en un recipiente con agua de nieve. Fischer sacó su cigarrera y la ofreció a su sobrino. – ¿Quieres uno?

–Tíramelo.

–Como gustes.

Sacó un cigarrillo, lo encendió y lanzó después a su sobrino el encendedor y la cigarrera, de la que éste sacó tres cigarrillos. Se llevó uno a los labios y dejó los otros en la consola junto al camarote. Encendió y principió a fumar con avidez.

–Puedes quedártelos todos, si quieres -dijo con suavidad Fischer.

–Gracias.

Vació la cigarrera y junto con el encendedor se los lanzó a Fischer. El encendedor cayó al suelo.

Fischer avanzó a recogerlo y Johann levantó la pistola apuntando hacia él hasta que recuperó el aparato y volvió junto a la estufa. Fischer guardó silencio, siguió fumando sin alterarse y observándolo a través del humo.

«Como un lobo -pensó-. Con cicatrices, hambriento, con las costillas al aire, pero dispuesto a saltar al cuello antes de que uno alcance a implorar la misericordia divina. No hace mucho que era un niño, de carita fresca y sonrosada, con los ojos de su madre. Yo lo hacía cabalgar en mis rodillas y le daba ciruelas confitadas. Después fue estudiante, flojo como la mayoría, pero simpático. Y después la gran cosa -Universität- cuando volvía a la casa morigerado y serio al final del semestre, con la boca llena de palabras altisonantes y la cabeza repleta de sueños para salvar al mundo con un bisturí y una botella de agua destilada. Miradlo ahora. ¿Qué le hizo la guerra que nos haya callado? ¿O es sólo que si persiguen a un hombre por un tiempo suficiente y lo mantienen huyendo la distancia necesaria, se le convierte en lobo? ¿Qué haremos ahora contigo, niño? ¿Cómo hacerte salir de tu rincón y tratar de volverte hombre de nuevo?»

De pronto su Sobrino comenzó a hablar, y Fischer sintió que se le erizaban los pelos de la nuca.

La voz le había cambiado por completo, aunque seguía tenso y agazapado, con los ojos fijos inyectados en sangre, y los dedos de su mano libre apoyados en la culata de la pistola. Era una voz tranquila, mesurada,

casi académica en su parquedad, como si otro hombre estuviera hablando tras el rostro desfigurado de lobo. Decía la voz:

–Lamento ser una preocupación para usted, pero trate de comprender.

Esta perturbación mía tiene un nombre, los médicos lo conocen, es un trauma. Es como si yo estuviera partido en dos, con lo mejor de mí a un lado y lo peor al otro, y con el bien fuera de mi alcance. Si usted tratara de quitarme la pistola yo lo mataría. Sé que no debo hacerlo, pero no me puedo dominar. Instinto en vez de razón. El mecanismo de control no funciona. La familia me ha dicho que maté a un hombre.

Yo… yo lo recuerdo vagamente. Los vi subir en el jeep por el camino.

Pensé que eran Russkis que volvían a perseguirme. Estoy cansado de huir.

Quise bajar y pelear con ellos de una vez por todas.

Sé que debería entregarme, pero no puedo. Me pondría a gritar, completamente loco, sin esperanza de recuperación. Soy bastante buen médico para saberlo. Es posible que si descansara un tiempo, si dejara de huir, si me ayudara un doctor competente yo mejorara. Pero se perdió la oportunidad, ¿no es cierto?

A medida que hablaba iba desapareciendo lentamente la mirada extraviada de sus ojos, que se tornaron vidriosos y muertos, y cuando terminó dos gruesas lágrimas escaparon de los conductos inflamados y rodaron por sus mejillas flacas, mal rasuradas.

Su hermana lo observaba como hechizada, con el recipiente suspendido en el aire, pero Fischer siguió fumando con aire indiferente. Después de un rato dijo, muy tranquilo:

–Sobre eso vine a conversar contigo. Te he encontrado un médico, y un sitio donde pueda tratarte con quietud y seguridad.

–No iré. No puedo. – Volvió a sus ojos la luz de la locura. Sus dedos se cerraron convulsivamente alrededor de la pistola.

–Tú tienes que decidirlo -dijo-, sin alterarse, el pequeño policía-. Los ingleses han movilizado patrullas para registrar los valles y las cumbres.

Seguirán haciéndolo durante meses si es necesario. Eso significa que tendré que cambiarte de cabaña en cabaña. Unas pocas semanas de eso y habrás muerto. La única alternativa es la que te he propuesto. Elige. – ¿Dónde está ese sitio? ¿Quién es el médico?

–Se llama Winkler. Es fugitivo como tú. Le he ofrecido nuevos documentos de identidad si se hace cargo de ti, si te cuida por un tiempo, y

si te hace en la cara una operación plástica para poder llevarte a la zona norteamericana, donde estarás bien. – ¿Dónde vive?

–En Quellenberg. Tiene un chalé disimulado entre árboles en el extremo menos elegante de la Avenida Mozart -Fischer rió entre dientes-. Su ama de llaves tiene cara de hacha, pero cocina como un ángel. Comí con ellos anoche. Winkler también tiene una buena bodega. Ahí podrías vivir como un rey y mofarte del mundo. Piénsalo mientras bebemos el café.

La niña captó la indirecta y volvió a sus preparativos. Fischer se sentó en el lado opuesto del camarote y comenzó a hojear un ejemplar, de hacía cuatro años, del Wienner Zeitung, repleto de miembros sonrientes del Partido y de héroes marchando. Tuvo deseos de lanzarlo a la estufa, pero le permitía hacer algo mientras ordenaba sus turbados pensamientos. Después de un rato, Johann volvió a hablar y por primera vez tuvo un tono de incertidumbre. – ¿Cómo… cómo me bajará usted a la ciudad sin que me vean?

Su tío alzó la vista del periódico y le contestó con naturalidad:

–Eso me preocupó al principio, pero creo tener la solución. – ¿Cuál es?

–Tienes que estar aquí uno o dos días más. Pero eso no es nada pudiendo desorientar a los ingleses. Yo echaré a correr un rumor que los lleve al otro lado del valle. Tírame otro cigarrillo, ¿quieres? – sin reflexionar, su sobrino estiró el brazo y le lanzó un cigarrillo del montón que tenía a su lado. Fischer sintió un aleteo leve de esperanza. Encendió el cigarrillo y continuó-: El seis de diciembre es el día e San Nicolás. El santo visitará todas las casas con su paje, seguido del Krampus para asustar a los niños malos. Veinte o treinta Krampuses acudirán, esa noche a la ciudad. Si te vestimos con pieles de cabra y te ponemos en la cabeza una máscara de Krampus, ¿quién podrá identificarte? – ¡Tío! – la chica giró en redondo y casi volcó la cafetera en su excitación-. ¡Qué idea brillante! No puede fallar.

Tú recuerdas, Johann, que nunca has podido adivinar quién llevaba la máscara de cabra. Di que consientes; dilo, por favor.

Se acercó rápidamente a él y se sentó a su lado en el camarote, y por primera vez las manos de Johann buscaron a su hermana en vez de estirarse hacia la pistola. Recostó la cabeza en el hombro de Martha y dijo con cansancio:

–Quisiera creerlo.

Fischer se concentró en el diario mientras la muchacha lo alentaba y le suplicaba, hasta que se derramó el café en la estufa y tuvo que saltar a retirarlo. Sólo tenían dos tazas; dio una a cada hombre, junto con una rebanada de pan negro y una gran tajada de queso. El alimento era parco y Fischer se atragantó al tragarlo, pero Johann comió y bebió con avidez, como si temiera que se lo arrebataran.

Cuando no quedó nada, dejó la taza y se enjugó la boca con el dorso de la mano. En seguida encendió un cigarrillo y se tendió en el camarote, fumando y contemplando las vigas del techo. Sin volver la cabeza preguntó cauteloso. – ¿Estás seguro de poder hacerlo, tío?

–Arriesgo mi propia cabeza -dijo Fischer un tanto amoscado-. Si me sorprenden lo pasaré peor que tú. Cualquier abogado puede conseguirte un atenuante. Un buen abogado puede obtenerte la absolución. Yo no tengo defensa. Ni siquiera eres hijo mío.

–Entonces, lo haré -y su voz fue tan parecida a la normal que los otros dos se quedaron mirándolo. Fischer le habló francamente:

–Hay una condición. – ¿Cuál?

Su sobrino se dio vuelta bruscamente para mirarlo.

–Que me entregues tus armas. – ¡No! – instantáneamente se transformó en bestia, tenso, con la mirada fija y los labios retraídos en un rictus de terror.

–Cuando vayas a la ciudad -dijo tranquilamente Fischer, tendrás miedo.

Si llevas armas, matarás otro hombre como mataste al inglés. Ya tienes que saberlo. Si no me las entregas ahora, me desentiendo de ti. Puedes seguir tu propio camino, huyendo y huyendo hasta que mueras en tus propias huellas o hasta que alguien te meta una bala en la cabeza. Estoy arriesgando por ti toda mi carrera, muchacho. Lo único que no arriesgaré es otro asesinato.

Ésa es mi última palabra.

Hubo un silencio largo. La chica y su tío miraban con desconfianza el rostro demacrado y los ojos de loco, esperando descubrir un signo de que la razón había penetrado en esa inteligencia que aún funcionaba. Vieron que de nuevo se vidriaban los ojos y que la boca se relajaba después del primer impacto de pánico. En seguida Johann les lanzó otra pregunta:

–Yo… confío en usted, tío. Pero ¿qué me dice de los otros? Usted sabe lo bueno que es el pueblo para hablar. Tarde o temprano se sabrá dónde estoy y quién soy. ¿Qué sucederá entonces?

–La pregunta se justifica. Te daré una respuesta sincera. – Fischer metió los pulgares en su cinturón y se columpió sobre los tacos, sonriendo con optimismo-. Conozco mejor que tú a la gente. Primero, les sobran preocupaciones propias para meter las narices en mis asuntos. Segundo, saben que no sacarían provecho alguno si lo hicieran, porque conozco demasiado sobre ellos.

Tercero, aunque te sorprenda, esto es verdad, no quieren que te cojan.

Te necesitan sano y salvo.

Son tantos los muchachos desaparecidos, que los restantes son doblemente preciosos. Una vez que te hayamos remendado tendrás tantas proposiciones matrimoniales que tendrás que ahuyentarlas a palos. –

¡Matrimonio! – la palabra escapó con un grito de risa salvaje-.

¡Matrimonio! ¡Eso sí que es bueno! Es la broma más graciosa que he oído en años. Ríase. ¿Por qué no se ríe?

–Porque no me divierte -dijo Fischer. – ¿Que no? – Johann sacó medio cuerpo del camarote y gritó como un loco-. Ensaye esto entonces, tío. Dos veces me cogieron los rusos y escapé dos veces. Los Chetniks también me apresaron en Yugoslavia, pero me dejaron libre. ¿Sabes por qué? Porque dijeron que ya no les servía. ¡Ya no le serviría a nadie… nunca!

Su voz se elevó en un alarido y se cortó de súbito al caer al suelo sin conocimiento. La chica corrió a su lado, se arrodilló y le acunó la cabeza en la falda, canturreándole, desesperada. Fischer se quedó mirándolo como si se hubiera convertido en una estatua de piedra.

–Pobre infeliz -dijo con voz queda-. Pobre, pobre desventurado.

Caminó hasta el camarote, recogió la pistola y el rifle y se dirigió a la puerta. La voz de la muchacha lo detuvo. – ¿Nos deja, tío?

–Es mejor -dijo Fischer con expresión sombría-. Cuando vuelva en sí hazlo acostarse y mantenlo caliente. Mañana enviaré a tu padre con el traje y con instrucciones para bajarlo a la ciudad. ¿Podrás dominarlo hasta entonces?

La chica miró la figura andrajosa y encogida que yacía en el suelo, y de nuevo a su tío.

–No queda mucho que controlar, ¿verdad?

–No queda nada -dijo Karl Adalbert Fischer.

Y salió cerrando la puerta suavemente.