La segunda victoria
Capítulo Tercero
El sacerdote lo miró largo rato fijamente; después se enderezó y le dijo con voz firme y profunda:
–Me preguntaste qué convertía esto en una casa de locos, hijo mío. Tú mismo me has dado la respuesta. Demasiada política y muy poco amor.
Esta vez no le tendió la mano; se inclinó con tiesura y se dio vuelta para salir.
–Servus, comandante.
–Auf Wiedersehn, padre -contestó Mark Hanlon sin inmutarse.
CAPÍTULO TERCERO
En el punto más alto del paseo escénico que rodeaba a Bad Quellenberg construyeron una casa.
Abatieron cierta extensión de pinos y los aserraron para elaborar madera; nivelaron el claro detrás de un muro de contención de roca de la montaña, y en la amplia meseta artificial se alzó un edificio de piedra y madera, de tres pisos, cuyas ventanas miraban a la ciudad y al abismo del valle.
Una franja de pinos la recataba del camino, y una puerta de reja con cerradura electrificada la defendía de visitantes fortuitos. Seguía a los pinos un extenso prado de césped, que en primavera se cuajaba de flores y de arbustos en pleno brote. Una terraza pavimentada acogía el sol en verano e invierno, y los cerros le tamizaban los vientos que bajaban de los desfiladeros.
El lugar tenía el nombre, bastante convencional, de Walhalla, pero los pobladores locales le asignaban otro: das Spinnenhaus, la Casa de la Maña.
Una plancha de bronce en el montante de la puerta indicaba a su propietario como: Doktor Sepp Kunzli, Abogado.
Nadie, a primera vista, se parecía menos a una araña que ese profesional acicalado y pulcro. Su pelo oscuro liso y su tez aceitunada hacían recordar a los romanos acuartelados siglos atrás en el Danubio. La gracia disciplinada de sus movimientos le daba un aspecto más joven que sus cuarenta y cinco años.
Los ojos eran sus delatores. Los tenía oscuros y muertos como los de un insecto. Veían desde todos los ángulos, desde una multitud de facetas. Pero no tenían luz; no acusaban el menor indicio de las ideas que bullían tras ellos. Eran los ojos de una araña, calculadores, voraces, implacables.
La verdad sobre Sepp Kunzli era sencilla pero sobrecogedora; estaba muerto hacía mucho tiempo. La mayoría de los hombres mueren lentamente, bajo las pequeñas crucifixiones diarias del vivir. Bastante agradecidos, se someten a la drogada decadencia final de la ancianidad.y el olvido.
Algunos, los afortunados, alcanzan un florecimiento más pleno del espíritu, y su vida física se extingue de este modo, expurgada.
Sepp Kunzli murió, súbita y desesperadamente, un día esplendoroso de verano; y el hombre que después caminó en sus zapatos era un espectro helado con un cerebro activo y un trozo de hielo donde debía tener el corazón.
A mediados del decenio 1930-39, era un abogado joven, de porvenir brillante en Viena. Pasó de la Universidad a la oficina de su padre, antigua firma hereditaria, con relaciones en Baviera, Hungría, Suiza y todas las provincias austríacas. La tierra cambiaba rápidamente de manos; los perspicaces liquidaban sus activos y depositaban fondos en el extranjero, de manera que la clientela acudió en número creciente a la oficina sombría y barroca, inmediata a la Ringstrasse.
Conoció a una joven judía, hija de uno de los banqueros de menor importancia; se casaron y ella aportó una pingüe dote. No tuvieron hijos, pero fueron extraordinariamente felices en la última primavera que precedió al Anschluss.
Una semana después que las últimas unidades alemanas entraron en Viena, Sepp Kunzli llegó a su casa y encontró a su mujer con la cabeza metida en el horno de gas y una notita patética arrugada en la mano: Te he amado demasiado para convertirme en una carga para ti.
Perdóname.
Otro hombre se habría disparado un balazo o habría perdido la razón o se habría lanzado a una campaña desesperada de odio y venganza. Kunzli no hizo nada de eso. Enterró en privado a su esposa, vendió su casa, se instaló en un departamento para solteros en otro barrio y siguió adelante con sus negocios dedicándoles una concentración fría que escandalizó a su familia y alejó a sus amigos.
Cerró las cuentas de antiguos clientes y comenzó a construir cuentas nuevas, de personajes destacados del Partido, de miembros de la nueva Administración, de capitalistas alemanes.
Por cuenta de ellos compró y vendió propiedades. Los aconsejaba sobre sus inversiones en el país y les encontraba puertas de escape para sus transacciones en el exterior. Se convirtió en el confidente de sus secretos conyugales y en el intermediario de sus divorcios diplomáticos. Cuando lo instaban a incorporarse al Partido declaraba que podía servirlos mejor manteniéndose ajeno a él.
Pero hizo cuantiosos aportes a sus fondos y viajó sin trabas fuera del país con un pasaporte especialmente respaldado.
Por último, rompió con la firma de su padre y se llevó sus clientes. Dejó Viena y se instaló en Bad Quellenberg. También llegaron ellos luego que les señaló las ventajas de tener un representante tan cerca de las fronteras con Italia, Yugoslavia y Suiza, tan lejos de las sucias intrigas de la capital.
Lo que no les dijo fue que ése era el paso final para salir del mundo que odiaba, la jugada inicial en una campaña fría para explotar a los hombres que habían matado a su esposa apagando el último chispazo de amor que él poseía.
No le produjo alegría. Era incapaz de sentirla. Sólo le quedaba la pasión glacial del ajedrecista cuando barre los peones del tablero y avanza implacablemente hacia el jaque mate final e insípido.
Cuando negociaba en Suiza por cuenta de sus clientes, les cargaba comisiones exorbitantes. Si bien emitía nuevos reglamentos contra los negocios en el exterior, les abría cuentas de tapadera bajo su propio nombre, usando las garantías de ellos como prenda de sus negocios privados e invocando la influencia de altos funcionarios para preservar su inmunidad.
Chantajeaba sutilmente a los tímidos. Alentaba a los osados a cometer excesos que los endeudaban más y más con él. Siempre estaba listo para garantizar una hipoteca o para recoger un pagaré. Una esposa derrochadora podía contar con él para obtener un préstamo, sin que nunca se mostrara demasiado ávido por cobrarse.
Atendía con magnificencia a los personajes del régimen que iban a Bad Quellenberg. Si el deber los obligaba a regresar, seducía a sus esposas, sus hijas y sus queridas con una pasión calculada que primero las dejaba perplejas y después extrañamente asustadas.
Su juego, en Bad Quellenberg mismo, fue idéntico, fácil y discreto.
Mantenía embargos sobre los mejores sitios para edificación, pagarés contra
los principales hoteles. Tenía en el bolsillo a los contratistas y los consejeros seguían la línea de conducta que él les trazaba.
La tela que se tejía en la Casa de la Araña se extendía cada vez más intrincada con el paso de los años, fijando sus hilos en los puntos más inverosímiles. Existía en Zürich un tal John Winter para el que obtuvo una presentación por medio de un discreto banquero suizo. Siempre que iba a Suiza se reunían, previa cita, en la oficina particular del banquero y Kunzli les proporcionaba informes que cubrían, desde los movimientos de las tropas, hasta las indiscreciones recientes de la esposa de un Reichsminister.
Siempre rehusó cobrar por estas informaciones, presentándose como un patriota en cuyo corazón prevalecían los intereses de su país. El más prolijo escrutinio efectuado en Londres no pudo descubrir falla alguna en sus informes, ni sugerencias de doble juego en el donante. Kunzli quedó clasificado como un agente seguro, como un hombre que sería recordado en días posteriores.
Era su jugada más atrevida, pero sin ella no podría triunfar. ¿Qué ganaría arruinando a un enemigo si era arrastrado en su caída? Ahora parecía que el juego traía su compensación. Los Aliados habían ganado la guerra. Los asesinos de su esposa llegaban, por turno, a su fin apropiado.
Con el miedo y la codicia de ellos había labrado una fortuna. Las moscas se debatían por fin en la tela y la araña podía descansar, sonreírse y devorarlas pausadamente…
Esa tarde de invierno, mientras las primeras nieves se depositaban en los cerros y en los pinos negros, se hallaba, pues, en su estudio, cavilando sobre la forma más diplomática de acercarse a la Fuerza de Ocupación.
La idea de que Holzinger fuera llamado como un botones, que a Fischer lo zurraran para activarlo y que hasta la Iglesia fuera amonestada, le provocó una sonrisa glacial.
Mayer le había telefoneado desde el «Sonnblick» una serie de comentarios sobre sus entradas y salidas. Mayer era un hombre útil, admirablemente situado para transmitirle al oído datos sobre el mercado de valores. Kunzli le había dado el cargo, recuperando diez veces su sueldo en chismes de alcoba e indiscreciones en la sala de conferencias.
El nuevo comandante era hasta cierto punto un enigma. Hablaba en perfecto alemán. Actuaba como un hombre que tiene plena conciencia de sí
mismo. Tendría que acercársele con cuidado. La tónica sería cooperación en términos de igualdad. La ocasión se le presentaría en breve.
El crimen constituía ya el tema de la ciudad. Holzinger y Fischer se hallaban en una encrucijada.
Si cogían al muchacho, la población querría estrangularlo. Si lo dejaban escapar, se malquistarían con la nueva autoridad. Sería interesante saber si los ingleses deseaban su captura o si preferían olvidar el asunto después de un intervalo decente. Los ingleses son sutiles: profesan gran respeto a la ley, pero tienen un talento peculiar para interpretarla a su conveniencia.
Se preguntó si ya tendría nombre el asesino, y si pertenecía a los cerros o a la ciudad. Esas cosas también eran importantes. Si provenía de una familia antigua, los campesinos lo esconderían durante años, eludiendo las investigaciones con terquedad animal testaruda. Si era de la ciudad, de la población inmigrante de Salzburgo, Viena o Graz, podrían sentirse mejor abandonándolo a su suerte para evitarse molestias. El instinto de tribu seguía fuerte en los valles de las tierras altas.
Una cosa era cierta. Pasara lo que pasara, Sepp Kunzli obtendría provecho. Los dos lados necesitarían un mediador. Ambos pagarían sus expertos servicios en su moneda respectiva.
Rumiaba esa idea placentera cuando se abrió la puerta y entró su sobrina.
Vestía a la usanza montañesa, pantalones de esquí, botas gruesas y un gran abrigo con cuello de piel. Llevaba el pelo rubio trenzado y envuelto como una diadema, y el verde sombrero tirolés inclinado en un ángulo garboso sobre su cara reluciente de muñeca de porcelana.
Cruzó con rapidez la habitación y dio a su tío un beso leve en la frente.
Él no respondió al gesto y sin inmutarse le preguntó: -¿Sales?
–Sí. Voy primero al hospital. Tengo una hora de terapia con los amputados. – ¿Progresan?
No le interesaba la respuesta; su interrogación tenía la urbanidad impersonal y helada que consideraba necesaria para mantener relaciones cómodas. – Algunos lo hacen bastante bien. El joven Dietrich principia hoy con sus bastones. Y Heinzi Reitlinger puede encender un cigarrillo con su mano artificial. Estoy orgullosa de ellos.
–Me alegro.
–Yo… he pensado. Tío… -tartamudeó y la voz se le quebró. – ¿Qué has pensado, Anna?
–Si a usted le molestaría que yo invitara a unos pocos a la casa alguna tarde. La ambulancia los traería y…
–Lo siento, querida. He gastado mucho dinero para proporcionarles entretenimientos en la ciudad. No veo la razón de que invadan mi intimidad.
–Como usted quiera, tío.
–Si tuvo una desilusión, no dio señales de ella. Su voz siguió tranquila como la de Kunzli,, pero siempre cálida y amistosa-. No me espere para el té. – ¿Por qué no?
–Me llamó el padre Albertus. Tenemos ensayo de coro esta tarde.
Mañana entierran al soldado inglés. Cantaremos el réquiem.
Por primera vez asomó una chispa de interés a los ojos oscuros y muertos de Kunzli. Dijo, con sarcasmo esbozado:
–A nuestros muchachos no les cantan réquiems. Me pregunto por qué.
–Quizá porque no hay muchos.
Kunzli alzó la vista rápidamente, pero en el rostro de Anna sólo vio la inocencia franca y desconcertante que había llevado consigo a su casa y contra la cual se embotaban todas sus ironías… Al principio la había molestado. La interpretaba como la inocencia cuidada que usan los niños con las personas que les desagradan. Ensayó acicates para que la dejara, hasta que un día ella, mera colegiala desgarbada de largas piernas, se le enfrentó y le dijo con suma gentileza: «No sea cruel conmigo, tío; sólo conseguirá lastimarse y hacerme desgraciada. Entonces no podríamos vivir juntos, ¿no es así?»
Ésa fue su primera capitulación ante una inocencia en la que no creía.
Ahora volvió a rendirse.
Se encogió de hombros y dijo:
–No te atrases para la comida.
–Estaré a tiempo. Auf Wiedersehn, tío.
–Auf Wiedersehn, Anna.
Ella le pasó suavemente una mano por los cabellos y se marchó. Sepp Kunzli preguntóse, por milésima vez, qué locura lo había impulsado a incorporarla a su vida.
Anna era hija de su hermano, pero desde que saliera de Viena no la había visto ni tenido noticias suyas hasta un día en que se presentó a su puerta, asustada y con los ojos enrojecidos, en compañía de una musculosa labradora del Burgenland.
La burgenlandesa tenía mala opinión de Sepp y estaba resuelta a que se hiciera justicia a su polluela.
En grosero y tosco dialecto expuso que el padre de Anna había muerto, alcanzado por los proyectiles sobre Inglaterra, y que su madre estaba escupiendo los pulmones en un sanatorio de Viena y probablemente fallecería en pocas semanas. Los viejos se habían ido y Sepp era el último pariente vivo. ¿Cumpliría o no con su deber? En nombre de los siete santas,
*
¿cómo podría vivir en ese barracón de casa mientras su propia sangre quedaba abandonada? A ella no le importaba: sería feliz llevándose a la chica y criándola en el Burgenland. Pensándolo bien, era probable que estuviera mejor en una familia con temor de Dios. Pero Arma tenía derechos, ¿verdad? Y si el feine Mann no quería cuidarla, tendría que avergonzarse de sí mismo.
Diez minutos de ese tratamiento derrotaron a Sepp Kunzli. Recibió en su casa a la chica desmañada de Quince años, y la traspasó a su ama de llaves procurando olvidarla. Tanto el ama de llaves como Anna se sintieron felices de ayudarlo a olvidar. Cuando murió la madre fue el ama de llaves quien aquietó su llanto, mientras Kunzli viajaba a Suiza, sin acordarse de la solitaria adolescente que rondaba la gran casa con su pena.
El ama de llaves le compraba la ropa y la animaba a juntarse con otras chicas, y ella fue quien sugirió al padre Albertus que la incorporara al coro y a las Congregaciones de la Iglesia y a la Policlínica.
Un día, Kunzli se dio cuenta, con sobresalto, de que tenía una mujer en su casa, una mujer joven y hermosa, que le profesaba un afecto curioso y tolerante y observaba con mirada crítica sus estudiadas locuras. Ya no pudo continuar ignorándola ni quiso prescindir de ella. Le era tan familiar como un mueble, e igualmente reconfortante.
Cuando ella le propuso, con toda sencillez, que le asignara una pequeña renta para evitar las demandas repetidas para comprar ropas y accesorios femeninos, él aceptó sin discutir y duplicó la cantidad que ella sugería.
Estaba dispuesto hasta a elogiar su sentido común. Ella le compraba
pequeños obsequios inútiles en su cumpleaños y en las fiestas, y él se veía forzado a corresponder sus atenciones. Nunca la había besado ni la había estrechado en sus brazos, pero ella no le manifestaba resentimiento por su falta de afecto. El humor punzante de Kunzli la dejaba inmune. Si condenaba sus seducciones guardaba silencio, y los pavoneos galantes de sus huéspedes masculinos se estrellaban contra sus defensas. En un mundo enloquecido parecía estar compenetrada del equilibrio primaveral del Edén.
Pero Sepp Kunzli había perdido su. Paraíso hacía ya tanto tiempo, que carecía de la agudeza mental para reconocerlo.
La niña estaba allí. Probablemente se quedaría allí hasta que algún hombre la pidiera en matrimonio, y cuanto antes sucediera, mejor sería.
Entretanto ella le recordaba que las chicas crecen y los ricos envejecen, y que la venganza y el dinero son los triunfos más ruines y despreciables de todos.
Cortó su divagación el toque agudo del teléfono. Levantó el auricular y oyó una voz
*
Así en el original [Nota del escaneador]. desconocida. – ¿Doktor Kunzli?
–Con él habla.
–Aquí habla Mark Hanlon, Comandante de Ocupación. – ¡Mi estimado comandante Hanlon! ¡Qué amabilidad de su parte! Yo aguardaba a que se instalara para presentarle mis respetos. Lo sabía muy ocupado y…
–He tenido noticias suyas de Klagenfurt -le interrumpió bruscamente Hanlon-. Me agradaría verlo cuanto antes.
–Por cierto, comandante, ¿quiere comer conmigo esta noche? Le puedo enviar el auto…
–Lo siento, pero no puedo. Me gustaría verlo en mi oficina alrededor de las cinco de la tarde. ¿Le sería posible?
–El plazo es algo corto, pero…
–Gracias, Doktor, lo esperaré. Auf Wiedersehn.
–Auf Wiedersehn, comandante -dijo Kunzli, pero la comunicación ya estaba cortada. Colocó lentamente el auricular en su soporte y se echó atrás en la silla, apoyando la barbilla en la mano y contemplando los copos de nieve silenciosos y volteantes y la niebla gris que se acumulaba en el valle.
Mientras pasaba el primer día de su comandancia, se ennegrecía el humor de Hanlon. La visita del padre Albertus revivió memorias que prefería dejar enterradas, y le puso ante situaciones, personales y públicas, que auguraban nuevos problemas en su tarea de por sí compleja. La actitud de las autoridades locales ya se iba definiendo como una resistencia pasiva, y el capitán Johnson se revelaba como un cínico amable, apto para el mando pero demasiado joven para ser un apoyo moral o un consejero útil para su jefe.
Más pronto de lo que imaginara, Mark Hanlon iba llegando a la conclusión de que los viajes sentimentales son siempre un error, y que los viejos amores, como los besos antiguos, deben desvanecerse amablemente en el arcón de los recuerdos. El amor es algo compartido. Exige igualdad, confesión de necesidad recíproca. Cuando uno besa y otro presenta la mejilla, el amor muere rápidamente de hambre. Ya lo había descubierto en su vida privada. Ahora se lo estaban imponiendo en su vida pública. Para dormir cómodo, tendría que hacerlo solo, con bayonetas a la puerta y la espada de su investidura en la mano. Y si acudían las que hablan el lenguaje del amor para ofrecerle algo más que la fría moneda del tributo, tendría que desconfiar. Si alternaba con ellas sería en el comercio de la casa de prostitución: dinero pagado contra valor recibido. ¡Y pústulas para el descuidado que eligiera mal su compañera de lecho!
Lo que explica que Karl Adalbert Fischer fuera mal recibido y experimentara el borde áspero de la lengua del comandante cuando acudió a darle su primer informe. Hanlon lo dejó parado, como un subalterno, frente al escritorio y le interrogó con fría precisión. – ¿Dice usted que el coche se estropeó?
–Eso es, comandante. Usted sabe que los caminos están congelados. Los neumáticos son viejos y la dirección siempre ha sido defectuosa. Una llanta se reventó, patinó el auto saliéndose del camino y cayó por el terraplén. Fue una suerte que mis hombres no se mataran.
–Es raro que esto sucediera a sólo diez kilómetros de la ciudad.
Fischer se encogió de hombros y alargó las manos con ademán de impotencia. – ¿Quién puede predecir dónde sucederá un accidente? La conducta de mis hombres fue ejemplar. Uno de ellos volvió a informarme.
Los otros dos siguieron a pie hasta el lugar del crimen.
Cuando llegaron allá la nieve caía espesa. Todas las huellas estaban borradas. Las preguntas que hicieron en las fincas cercanas no revelaron nada.
–Muy conveniente.
–Si el comandante insinúa… -Fischer enrojeció y sacudió la cabeza con ridícula indignación. – ¡Ahórreselo! – le interrumpió secamente Hanlon-.
¿Cómo se propone trabajar sin automóvil?
–No se puede.
–Use su coche particular. Autorícese gastos de gasolina y reparaciones, y yo le daré a uno de mis hombres para que lo conduzca. Habla alemán y podrá ayudarle en su búsqueda.
Fischer tragó saliva y tartamudeó turbado:
–Agradeceremos… agradeceremos toda la ayuda que usted pueda prestarnos.
–Estoy seguro de ello. Usted enviará rápidamente patrullas de esquiadores a interrogar a los campesinos más lejanos. Tengo cuatro buenos esquiadores entre mis soldados. Asignaré uno a cada grupo. – ¡Patrullas de esquiadores! – los ojos de Fischer se dilataron de sorpresa-. ¿Sabe el comandante de cuántos hombres dispongo? ¡De seis! Tengo que mantener orden en la ciudad, y usted me pide que registre las montañas y los valles con patrullas de esquiadores.
–Hay cuatro guías alpinos y por lo menos diez guardabosques desocupados en invierno.
Aprovéchelos para formar sus patrullas. Se presentarán aquí todas las mañanas a recibir órdenes. No me gustaría que circulara información previa en las áreas por investigar. – ¡Comandante, no he venido a recibir insultos!
Tengo que pedirle que…
Hanlon prosiguió con el mismo sarcasmo tranquilo:
–Usted debe tener, en los registros de la ciudad, una lista con los nombres de los que formaban el regimiento de Quellenberg. También debe tener otra lista de las bajas que indique los muertos y los desaparecidos, y de los que ya han sido repatriados. Eliminando a los muertos, que constituyen la mayoría, tendremos una primera lista de familias que pueden saber algo sobre el soldado con la cicatriz. ¿Capta el sentido de lo que le digo, Fischer? – ¡No! – replicó el pequeño policía con ira súbita-. No puedo trabajar con un hombre que desconfía de mí.
Hanlon se apoyó en el respaldo de la silla y lo miró con burla sardónica.
– ¡Se equivoca, amigo mío!; yo confío en que usted retardará esta búsqueda por todos los medios posibles. Y no crea que lo culpo. Es probable que en su lugar yo hiciera otro tanto. Espero convencerle de que cometería un grave error -se enderezó de nuevo y abrió la carpeta que tenía delante. Su tono fue engañosamente manso-. Tengo autoridad para despedirlo, Fischer; las bases son: asociación con el Partido, incompetencia, o resistencia a cooperar. Podría aún fabricar un caso y hacerle detener para que lo investiguen los que se ocupan de crímenes de guerra. Su sueldo cesaría.
Usted perdería todo derecho a retiro. Su nombre circularía en una lista negra n las otras áreas de Ocupación. Le costaría mucho encontrar otro empleo, ni siquiera como barredor nieve. – ¿Por qué quiere mantenerme, entonces?
–Soy un individuo práctico. – Hanlon sonrió con superioridad-. Creo que una ciudad funciona mejor con sus administradores normales. Este lugar tiene una historia bastante limpia. Si se mantiene limpia, todos se beneficiarán. Habrá más posibilidad de conseguir raciones de alimento y carbón, y penicilina para el hospital. Podríamos presentar en Klagenfurt un buen caso para que la conviertan en área de reposo para las tropas de Ocupación, lo que produciría rentas a la ciudad y sería la reiniciación del antiguo comercio de turismo. Podríamos convertirla en una pieza de exposición, Fischer, en un modelo para el resto de Austria… si cooperamos.
–Usted quiere decir, si le entrego un soldado austríaco para que lo ahorquen.
–Expréselo así si quiere. – ¿De qué otro modo podría hacerlo, comandante?
–Hay dos maneras -dijo Hanlon con deliberación-. Usted puede llamarlo un reconocimiento de la ley común, un reconocimiento de que el asesinato es un crimen y merece castigo para proteger a la comunidad. Usted no puede cambiar ese principio porque el azar ha querido que la víctima lleve uniforme británico. Si eso le sabe mal, ensaye esto -citó un versículo de la antigua Biblia alemana-: «Es conveniente que un hombre muera por el pueblo.»
–Ya han muerto demasiados hombres «por el pueblo» -dijo Fischer con sorprendente amargura-. ¡El pueblo! ¡La nación! ¡La Gran Alemania!
Millones murieron por ellos. Y usted exige otra víctima todavía.
–Yo no quiero víctimas -dijo tranquilamente Hanlon-. Estoy tratando de señalarle que usted no puede vivir en dos mundos. Si quiere vivir conforme a la ley tiene que aceptar los códigos. Si quiere vivir en la jungla puede hacerlo, pero pagando un precio. Es usted quien debe resolverlo. – ¿Ha matado usted alguna vez a un hombre, comandante?
La pregunta le cogió de sorpresa. Miró de hito en hito al pequeño policía, que se mantenía erguido e impasible, con una dignidad nueva y extraña. Vaciló un momento y le respondió:
–Sí. He matado a varios en cinco años de guerra.
–Entonces ¿por qué habla como Dios todopoderoso en el Día del Juicio?
Hanlon dio un puñetazo en la mesa, que hizo saltar el tintero y caer los papeles en desorden al suelo. – ¡Porque tengo que hacerlo! ¡Porque alguien tiene que asumir el papel de Dios en este caos del diablo!
–Denos una oportunidad y lo haremos nosotros. Una sonrisa lenta asomó al rostro de pájaro del pequeño policía. Después de todo, el comandante era humano. Tenía su provisión de ira y los hombres airados son propensos a la indiscreción. Se sorprendió, pues, cuando Hanlon, sonriéndole de nuevo, le lanzó de vuelta el argumento.
–Estoy seguro de que ustedes pueden organizarse, Fischer, pero no voy a colocar mi cabeza en el cadalso por errores de ustedes. De manera que, o trabajamos juntos, o usted parte custodiado a Klagenfurt en el tren de la noche. ¿Qué elige?
–Cooperaré -dijo Karl Adalbert Fischer. Inclinó el cuello largo, hundió los hombros y permaneció con la vista baja como un hombre que se despoja de la última brizna de honor. En realidad burbujeaba de satisfacción. El inglés tenía miedo, la tarea le quedaba grande. Aceptaría una transacción, aunque no estuviera preparado para admitirlo. Las bruscas palabras siguientes de Hanlon destrozaron la fugaz ilusión. – ¡Bien! Dígame ahora cómo se llama el hombre y dónde vive.
Alzó la cabeza grotesca y se quedó boquiabierto.
–No… no le entiendo.
–Me parece que sí. Usted no habría arriesgado su empleo por un desconocido. De una vez por todas, Fischer, ¿cómo se llama?
–Usted se equivoca, comandante -replicó Fischer con tiesa dignidad-.
No conozco al hombre. Si lo conociera ya lo tendría usted en su poder.
–Acepto su palabra -dijo alegremente Hanlon-. Pero si descubro que está mintiendo lo acusaré como cómplice. Ahora vamos al grano.
En los treinta minutos siguientes instruyó al policía sobre los detalles estratégicos de la cacería de un hombre en las montañas. Cuando terminó, Fischer sudaba bajo la ropa preguntándose cuál estaba en mayor peligro, si el cuello de su sobrino o el propio.
Después, Hanlon lo despidió y telefoneó a la Casa de la Araña para citar a Kunzli.
Éste llegó, como hombre adinerado, en coche propio conducido por un chófer de uniforme.
Cuidó los preámbulos de su entrada al Cuartel General. Se apeó el chófer y parlamentó con la guardia, de manera que cuando el Herr Doktor bajó no lo mantuvieron aguardando al frío como a los otros, sino que lo introdujeron ceremoniosamente y lo hicieron subir sin demora.
Los soldados que reposaban observaron curiosos su figura acicalada, el sobrio sombrero negro, el abrigo con alto cuello de astracán, los guantes de piel, el bastón elegante. Mayer y el portero se inclinaron reverentes a su paso, pero él sólo les dirigió un leve saludo.
Con sorpresa de Johnson y el sargento, Hanlon se puso de pie para recibirlo, le estrechó una mano, lo instaló en un asiento cómodo y le ofreció cigarrillos.
Kunzli aceptó las atenciones con gentileza y cálido contento interior. Al parecer, sus temores carecían de base. La perentoria llamada telefónica no era sino la brusquedad de un hombre ocupado.
Hanlon poseía atractivo e inteligencia. No sería muy difícil establecer un entendimiento.
La primera jugada fue alentadora. Hanlon abrió su carpeta y retiró una carta que desplegó y dejó frente a él sobre el escritorio. Le dijo cordialmente:
–Me han enviado una carta de Klagenfurt, Herr Doktor. Llegó de Zürich vía Londres.
–Me interesaría conocer su contenido.
–Es muy breve. Dice: «Conocemos al Doktor Sepp Kunzli, de Bad Quellenberg, como un agente de confianza desde 1943. Recomendamos que le otorguen las inmunidades acostumbradas en tales casos y sugerimos que sus servicios pueden tener cierto valor para el comandante local.»
Está firmada por John Winter, teniente coronel, Agregado Militar Británico, Ginebra, Suiza.
–Me halaga. También estoy agradecido. Los ingleses son hombres de palabra.
–Nos gusta recordar a los amigos -dijo de paso Hanlon-. En este momento necesitamos algo de ayuda. Quiero saber si usted tiene interés en cooperar.
–Naturalmente, Herr comandante. Hasta donde yo pueda. Estos tiempos son difíciles… para todos.
Sus labios sonreían, pero los ojos gris pizarra estaban vacíos de expresión y las manos descansaban flojas e inertes en los brazos de la butaca.
–Bien. Dígame, Herr Doktor, ¿cómo estima usted la fuerza y la importancia política del Partido Nazi en Bad Quellenberg?
–Numéricamente fuerte, pero sin importancia alguna, entonces o ahora -
fue la respuesta fluida y segura-. Aquí vinieron personajes importantes, se discutieron problemas importantes, pero los miembros locales eran pequeños funcionarios, gauleiters, policías, maestros de escuela cuyos ascensos dependían de buenos antecedentes en el Partido. El resto… -
Kunzli se encogió expresivamente de hombros-, usted sabe cómo son estos montañeses, aislacionistas, igualmente intolerantes para los extranjeros y para los funcionarios. El Partido no penetró nunca bajo las superficies de sus vidas.
Hanlon asintió. La respuesta era concisa e inteligente. Calzaba con las informaciones que tenía, con la propia experiencia de su juventud. – ¿Hubo cualquier tipo de persecución contra los judíos o contra elementos opositores?
–Ninguna que pudiera caer en el campo de sus investigaciones, comandante. No hubo crímenes de violencia. No hubo arrestos nocturnos.
Esta provincia es predominantemente católica y el Partido la manejó con mayor discreción de lo que acostumbraba. Hubo discriminación. En los primeros días se produjo un éxodo de judíos. Pero la violencia y el terror no fueron más que una triste leyenda en el valle.
–Para ser un hombre con historia trágica, usted es muy ecuánime, Herr Doktor.
Kunzli se encogió de hombros y sus labios acusaron un rictus melancólico.
–Con nuevas mentiras no revivirán los muertos. Las nuevas persecuciones no borrarán el recuerdo de las antiguas. ¿Qué es este pueblo?
Un grupo de campesinos encerrados en sí mismos y en sus pequeños problemas. Podemos ser generosos con ellos, comandante.
El tácito «nosotros» fue cuidadosamente colocado, prolijamente sincronizado. Sugería identidad de intereses sin la presunción de declararla.
El inglés tenía gusto y talento para sutilezas de ese tipo.
Hanlon sonrió con aire ausente y pasó a otra pregunta.
–Usted, por supuesto, nunca fue miembro del Partido.
–Nunca. – ¿Pero realizó negocios considerables con sus miembros… y por cuenta de ellos?
Kunzli sintió un temor vago e incierto, como si un cuchillo lo pinchara cerca del corazón, pero mantuvo los ojos vacíos y el rostro inalterable mientras improvisaba una respuesta.
–Soy un profesional, comandante. Si de la Religión o la Política hiciera una condición para mis servicios me habría muerto de hambre hace tiempo… como le sucedería a cualquier hombre de negocios en el mundo.
–Yo me refería a otra cosa -murmuró Hanlon excusándose-. Agregado a la carta de Suiza hay un memorándum que indica la amplitud de sus intereses, especialmente en transacciones de propiedades y bonos por cuenta de miembros prominentes del Partido.
–Ése es el pan de cada abogado.
–Sugieren que también hubo mermelada… y mucha.
–Obtuve utilidades apreciables… sí. Habrían sido mayores si lo hubiera podido. Fue una parte de mi venganza contra ellos por lo que hicieron de mi vida.
–Nos alegramos del éxito de nuestros amigos -Hanlon rió inofensivamente-, pero se presenta una cuestión: ¿qué parte de esas propiedades fue expropiada primitivamente, digamos, de víctimas en campos de concentración, y cuánto de ellas puede investigarse y devolverse a sus dueños, o a sus herederos? ¡Conque de eso se trataba! Los cuchillos pinchaban más de cerca. Y detrás de los ojos de araña, funcionaba un cerebro cauteloso como máquina calculadora, balanceando diferencias,
pesando los riesgos contra las utilidades aludidas. Vaciló un momento y repuso con fluida franqueza:
–Desde luego puedo decirle que en una u otra etapa muchas posesiones expropiadas pasaron por mis manos. ¿Cuántas? No pude adivinarlo.
Muchas me llegaron de tercera o cuarta mano. Para hacer una lista exacta se necesitaría meses de investigación…, posiblemente años. – ¿Pero usted nos ayudaría en esa búsqueda?
–Naturalmente. – ¿Nos facilitará sus registros privados?
–Por supuesto. – ¿Incluso los que tiene en Bancos suizos?
–Ciertamente. Pero tendría que ir yo en persona a retirarlos de las diversas cajas fuertes. Están bajo diferentes nombres; el procedimiento es demasiado engorroso para hacerlo por correo.
–Yo le arreglaré sus documentos para salir -dijo Hanlon gentilmente agradecido-. Y mientras esté fuera, ¿pueden principiar nuestros asesores con las escrituras que tiene aquí?
–Dudo que las comprendan -una ligera irritación coloreó el tono de Kunzli-. Recuerde, comandante, que yo llevaba un negocio arriesgado y, como su gracioso Mr. Pepys, mantenía muchos de mis registros en una clave que sólo yo puedo descifrar.
–En ese caso haré que sus documentos de viaje sólo sean válidos por siete días. Me imagino que usted deseará regresar lo antes posible.
–Evidentemente. – ¿Cuál es la primera fecha en que puede partir?
–Depende de usted, comandante -dijo Kunzli en tono cortante-.
Necesitaré, por supuesto, una lista específica de instrucciones. En seguida tendré que comparar esa lista con mis archivos de aquí, para ver qué material de Suiza se requiere…
–Mañana le enviaré las instrucciones. ¿Digamos una semana a partir de mañana?
Hanlon volvió las hojas de su agenda y aguardó, con el lápiz colocado para confirmar la fecha.
–Una semana es suficiente.
–Bien -hizo en la agenda una anotación rápida-. Sus documentos de salida estarán listos el día en que usted salga de viaje. Se los enviaré.
–Como guste, comandante.
–Entonces no necesito detenerlo más tiempo, Herr Doktor. Gracias por haber venido. Auf Wiedersehn.