La sexta lampara

Pablo de Santis · Capítulo 1 de 101

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La sexta lampara

Prólogo

Todavía existe el prejuicio de que los grandes arquitectos son los que dedicaron su vida a construir. Nosotros perseguimos las huellas de quienes sólo dejaron planos y bocetos a sus espaldas. Dedicamos años enteros a rastrear esas historias veladas de anhelos imposibles. Cuando nos sentimos derrotados, nos ponemos a recordar, para animarnos, el momento de nuestra victoria mayor: la tarde helada en que subimos por las escaleras el baúl de Balestri. Todo lo que quedaba del arquitecto estaba en ese baúl.

Durante años, nosotros cinco —los miembros de la Sociedad de Arquitectura Utópica— habíamos buscado pistas sobre Balestri. Sabíamos que había nacido en Roma, que había trabajado en Nueva York y que había muerto en Buenos Aires, pero nunca logramos ubicar su tumba. Tampoco pudimos encontrar a su viuda, Anna Caylus. En la última página de un diario (que había servido para envolver unas espinacas, y que hoy guardamos enmarcada), advertimos, por pura casualidad, entre inauguraciones, conciertos corales en iglesias y conferencias con diapositivas sobre Egipto, la mención a una charla que nos inquietó. El título era Dante y Balestri: libros y edificios. Esa línea nos guió hacia Treviso, un profesor italiano que vivía en Buenos Aires desde los años veinte.

El viejo Treviso supo aprovechar nuestro fanatismo y empezó a pedirnos pequeños préstamos a cambio de una información siempre escatimada y a menudo contradictoria. Pero a fines de los años sesenta, después de una enfermedad que lo obligó a estar casi un mes en cama, nos dio el baúl. Había estado durante años en el sótano de un hotel de Avenida

de Mayo, donde Treviso vivía. Hicimos una colecta para pagarle el legado, sin saber si comprábamos un tesoro o un montón de diarios viejos.

Y en la habitación del fondo de nuestra modesta Sociedad abrimos por fin el baúl. De su interior salió un vaho a papel húmedo: a todos nos recordó, quién sabe por qué, distintas cosas que venían de tiempos remotos: paseos en barco por el Tigre, una casa de campo, un escondite en el tronco de un gigantesco árbol caído. Cuando encontramos lo que buscamos durante años, siempre nos parece un regreso a la infancia. Nos quedamos mirando los bordes de papel amarillento, y los agujeros de las polillas, y el moho que había atacado las tapas de los cuadernos rojos, a la espera de que alguno de nosotros se decidiera a tocar el material. Habíamos subido el baúl por la escalera casi a los saltos, pero la visión de aquellos papeles nos paralizó.

De pronto uno de nosotros se decidió y los otros lo seguimos.

Encontramos mucho más de lo que esperábamos: grabaciones de Anna Caylus, apuntes de Treviso —que traducían las palabras de Balestri—, bocetos del arquitecto, quince cuadernos rojos. En una hora vaciamos el baúl, pero nos llevó años limpiar el material, catalogarlo y finalmente redactar un informe sobre la vida de Balestri.

Una confesión: una vez por año —el aniversario del hallazgo—

sacamos los documentos del archivo y volvemos a poner cada papel en el interior del baúl, tal como lo encontramos. Y nos quedamos en silencio, en el cuarto del fondo, reviviendo el instante en que Treviso nos legó el interminable monumento de papel, que se ha adueñado de nuestros empeños y pesadillas. Entonces empezamos a sacar las cosas como si las tocáramos por primera vez.

Esa ceremonia nos salva del error de una falsa familiaridad. Y nos advierte: Balestri sigue siendo en el fondo un desconocido, y de su torre no poseemos más que la sombra de una sombra.

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