La sexta lampara
Capítulo 41
41
A medida que se concentraba en su trabajo, Balestri comprendía que la combinación de esas mentes trazaba una unidad prodigiosa. Todas las oscuridades del lenguaje terminaban por desaparecer. Aquellas vueltas y giros extraños, aquellos desvíos del lenguaje arquitectónico, no eran otra cosa que los depósitos y altillos oscuros donde se almacenaban las ideas y donde los aspectos visionarios se cruzaban con las soluciones específicas.
Por momentos los rascacielos parecían monumentos cerrados como la catedral de Thomas de Varens, pero después la puerta se abría y dejaba entrar la vida humana.
Y así fue cómo Balestri sintió que cruzaba la frontera de ese país abstracto, y que podía discutir con los otros en un lenguaje común.
Aprendió que ya no necesitaba traducir las ideas a ese lenguaje sino que de algún modo podía pensar en el interior de aquella lengua, como si aquellos signos mismos hablaran a través de él. Y recordó una vez más a Pollak transcribiendo los signos diminutos de los remotos arquitectos a lo largo de sus dedos y en la palma de su mano, y sintió que él era anterior a Pollak, anterior a aquellos signos. Pertenecía a una época donde se podía pensar el espacio en signos que eran en sí mismos espacio.
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