La sexta lampara

Pablo de Santis · Capítulo 92 de 101

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La sexta lampara

Capítulo 91

91

El viaje se demoró más de lo previsto porque los agentes del gobierno pusieron toda clase de trabas para la obtención de los pasaportes. Pero finalmente, en enero de 1940, bajo una lluvia helada, la pareja pudo embarcar en el Isis, que tocó puertos de México y de Brasil antes de llegar a su destino final.

En Buenos Aires, apenas dejaron la aduana, los esperaba el doctor Renzo Treviso, un viejo amigo de Caylus, con quien había mantenido correspondencia por más de una década. Parecía decidido a ignorar el calor pegajoso de la ciudad: vestía un traje verde de paño, una corbata de lazo y un sombrero alpino. Treviso los ayudó con el equipaje, que puso en el baúl y en el asiento trasero de un gran automóvil negro, y los condujo por calles atestadas. Balestri había imaginado a Buenos Aires como una ciudad desierta y se encontró con tranvías atiborrados y embotellamientos. Treviso quiso hacer un paseo por la ciudad antes de llevarlos al hotel que había elegido para ellos. Durante el viaje en auto, que estuvo lleno de audaces maniobras —al parecer imprescindibles para poder avanzar en aquel desorden—, Treviso no paró de hablar. Nadie estaba en condiciones de interrumpirlo: Balestri no había recuperado el habla y Ana entendía poco y nada de italiano.

Había llegado a Buenos Aires, les explicó Treviso, para dar un ciclo de conferencias sobre la obra de Dante Alighieri. Primero a causa de algunas distracciones, luego a causa de una mujer, y después por la nostalgia de esa mujer ya imposible, se había quedado a vivir allí. Consideraba que aquella decisión, o aquella fatalidad, no debía ser examinada según el esquema de aciertos o fracasos.

—Llega un momento en que los hombres aceptamos la vida tal cual es.

Nos preguntamos, ¿cómo es que llegamos aquí? Pero lo hacemos con resignación. Sabemos que en cualquier otro sitio las cosas hubieran sido iguales. Como escribió un poeta: arruinaste tu vida en esta ciudad; la arruinaste en cualquier lugar del mundo.

El automóvil se detuvo en la puerta del hotel Ancona, de Avenida de Mayo, frente a un edificio alto, al que llamaban, con exageración «palacio».

Treviso estaba orgulloso de su hallazgo:

—Las habitaciones de este hotel tal vez no sean del todo cómodas, pero lo elegí porque desde la ventana puede ver el palacio. Imaginé que le gustaría descubrir hasta qué lugar remoto llegaron sus pensamientos.

Pero Balestri miró el edificio sin sonreír: si algo no le interesaba encontrar era la consecuencia de sus ideas.

Mientras un conserje asturiano le tomaba los datos a los pasajeros, Treviso continuó hablando de su pasado. A Balestri le costaba prestarle atención y llenar a la vez la planilla de ingreso. A fines de los años veinte, cuando se enteró de que el arquitecto Palanti estaba construyendo aquel edificio según ciertas correspondencias de la Commedia, Treviso se acercó a él para ofrecerle sus conocimientos sobre la obra de Dante Alighieri.

Pronto se hicieron amigos. Palanti había trabajado con algunas referencias visibles y con otras invisibles al poema y se las explicaba a Treviso en largas charlas mientras le mostraba los planos. Le gustaba compartir con alguien el secreto.

—El empresario que encargó el edificio estaba convencido de que Europa entera iba a arder. Por eso reservó la cúpula para recibir los restos de Dante Alighieri, cuando hubiera llegado el momento de rescatarlos de las llamas y de los bárbaros. Mire los diarios: la guerra avanza; las profecías se cumplen.

Pero ahora el edificio parecía alejado de toda referencia a Dante: los empleados abandonaban con apuro las oficinas —los hombres con los trajes ya arrugados y el nudo de la corbata flojo, las mujeres con el maquillaje desteñido por la transpiración y el cansancio— para alcanzar el tranvía a tiempo.

—Gracias a Palanti llegué a interesarme en la relación entre los libros y la arquitectura. Así fue cómo oí por primera vez su nombre, arquitecto Balestri. A partir de ese momento comencé a coleccionar sus artículos.

Caylus me dio una gran ayuda. Ya le mostraré las grandes carpetas que guardo, con todos sus textos ordenados cronológicamente.

Balestri intentó sonreír pero se dibujó en su cara una mueca de temor, ante la posibilidad de que ahora mismo su inquieto compatriota sacara de algún sitio las carpetas y lo obligara a mirarlas. Pero no fue así: Treviso sabía que había llegado el momento de la despedida, y le tendió la mano.

Cuando estaba a punto de atravesar la puerta de vidrio, se volvió y le gritó:

—Yo dediqué mi vida al libro que es un edificio. Usted dedicó la suya a un edificio que sólo en los libros vivirá. Ya ve: estábamos destinados a conocernos.

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