La sexta lampara

Pablo de Santis · Capítulo 81 de 101

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La sexta lampara

Capítulo 80

80

Balestri acordó con el detective un nuevo encuentro, y le llevó el dinero a su oficina. Esta vez Nolan no se levantó a abrirle la puerta, y se limitó a decirle que pasara. Balestri notó que el bigote de Nolan, que antes le había parecido un postizo que contrastaba con su aire juvenil, ahora había encontrado un lugar en su cara.

Aquel pago le dejó unos meses de tranquilidad: no volvió a ver a Greta ni a saber de ella y se concentró en la compañía. No faltaban los problemas: Finn, antes tan eficaz, ahora encontraba cada día un nuevo obstáculo para demorar la construcción. Le escribía largos memorándums donde le advertía que tenía que seguir cavando, porque el terreno no era suficientemente firme para una torre de tal envergadura. Balestri le respondió que era el más profundo pozo para construcción jamás cavado en la historia de la humanidad, y que seguramente bastaría para su propósito.

Ni el infierno, le dijo, es tan profundo. Entonces Finn, que no soportaba la idea de que su obra maestra fuera ocupada por un edificio, le dijo que no podía seguir trabajando porque los obreros a su cargo estaban en huelga.

Dos días después Balestri supo que la huelga había sido promovida por el mismo Finn, y tuvo que despedir al ingeniero.

Este despido le fue particularmente penoso, porque Finn había sido uno de sus principales aliados, y uno de los pocos que habían tomado el proyecto con una entrega personal.

Cuando llegó un segundo pedido de dinero, Balestri no se sorprendió.

Sabía que las cosas funcionaban así. Aquella vez Balestri discutió un poco con Nolan, pero al final accedió a entregar el pago. Entre el primer pedido y el segundo habían pasado dos meses, entre el segundo y el tercero, sólo tres

semanas. Para entonces, Nolan no disimulaba su participación; con voz cada vez más segura empezó a hablar de «nosotros», lo cual le hizo pensar a Balestri que inclusive estaban conviviendo.

Cuando visitó la oficina para hacer el quinto pago se retrasó más de media hora, y Nolan lo reprendió. El detective le arrancó los billetes de las manos, los contó con impaciencia, se los puso en el bolsillo, y le hizo una señal para que se marchara, como si asuntos urgentes lo estuviesen esperando. El trato de Nolan había empeorado de encuentro en encuentro; pero esa vez había algo exagerado, como si Nolan estuviera representando el personaje para alguien más. Una mirada involuntaria del detective fue suficiente para que Balestri supiera la verdad: había alguien en el cuarto vecino. A través de la puerta entreabierta, llegó a advertir un movimiento.

Ahí está Greta, pensó, con un poco de incredulidad. Respondió a Nolan con humildad, como para que se destacaran el poder y la arrogancia del otro.

Así lo exigía la escena.

Al salir de la oficina de Nolan, Balestri fue a visitar a Caylus. Pasear entre las torres de cartón lo tranquilizaba, y su amigo siempre tenía una palabra de aliento. Y allí, y por tercera y última vez, Balestri escribió su deseo en un papel arrugado.

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