La sexta lampara

Pablo de Santis · Capítulo 70 de 101

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La sexta lampara

Capítulo 69

69

Unos días antes de su casamiento, Balestri regresó a su lugar de trabajo en el penúltimo piso de Moran, Morley & Mactran. Durante su ausencia nadie había ocupado su oficina. En el cajón de su escritorio encontró sus viejos papeles. Sabía que su retorno había disgustado a Morley y que éste había tratado de convencer a Moran de dejarlo afuera, como un gesto de buena voluntad hacia el Club de las Seis Lámparas. Pero, o bien Moran ya había descubierto la traición de Morley, y sabía que era culpable del paso de información a los competidores, o bien no le interesaba la opinión del club; por una razón o por otra, Moran terminó por ceder a la presión de Mactran.

Las decisiones de la Compañía siempre se habían tomado —ya desde los tiempos de los fundadores, sus padres— por unanimidad; pero Mactran se preocupó por rescatar el reglamento original, guardado en una caja de madera con tapa de cristal, donde decía, en su artículo decimoséptimo, que bastaba con una simple mayoría. Contra el voto de Morley, Balestri regresó.

Convencido de que ese triunfo inicial aseguraba el siguiente, Mactran hizo circular una carpeta con un resumen del proyecto de Balestri. Moran ni siquiera respondió, pero Morley se preocupó por redactar una respuesta de cuarenta y cinco páginas, que incluía un informe adicional con respecto al club: más allá de los aspectos financieros, muy arriesgados, la construcción de la torre implicaba la aceptación de una victoria enemiga; esto era: rendirse al significado y enfrentarse directamente con el club. Todas las normas que habían regido sus acciones quedaban anuladas por aquellos fantasmagóricos bocetos de una torre que aún sobre el papel tenía el aspecto de algo confuso e inacabado.

Balestri y Mactran evitaban hablar de estos problemas delante de Vera.

No querían inquietarla.

El comedor de la casa de Mactran era un gran salón lleno de muebles altos y oscuros como confesionarios, que habían permanecido cerrados con llave desde la muerte de la señora Mactran. Las llaves se habían perdido, y ni el arquitecto ni su hija habían tenido interés suficiente en saber qué guardaban los muebles. Probablemente vajilla de porcelana, o manteles ya deshechos por las polillas, o recuerdos de juventud. Mactran, Vera y también Silvio (cuando no lo demoraba su trabajo) cenaban en el gran comedor, y eran tan profundos los silencios entre una pregunta y su respuesta, o entre un comentario y otro, que se oían con claridad los crujidos de los muebles cerrados para siempre, suplicando por las llaves perdidas.

Pero una noche Mactran habló más que lo habitual: tenía que confesarle a su yerno que habían sido vencidos. Balestri lo dejó hablar durante diez minutos, pero antes de que su pesimismo llegara a una conclusión, lo interrumpió:

—Morley es un traidor. Moran lo sabe.

—No es lo que diga Morley lo que me preocupa, sino el silencio de Moran. No aprueba nuestro proyecto, y si él no lo apoya con claridad, los accionistas tampoco. Es a él a quien hacen caso, no a mí ni a Morley.

—Moran terminará por ceder. Hay que seguir en alguna dirección, y Morley no es capaz de señalar ninguna. Solamente nosotros…

—¿Nosotros? Antes decía nosotros para referirme a los otros directores, o a Vera y yo. Pero ahora me cuesta decir nosotros. Es la única palabra que puede mentir sin necesidad de un predicado. Nosotros… Voy a retirarme.

Ya no tengo por qué seguir en la Compañía. La vieja unidad que teníamos se ha perdido. Soy un extraño para ellos y ellos para mí. Nunca dejamos de ser hijos de nuestros padres; somos niños a los que dieron este complicado juguete para armar, y ahora no sabemos qué hacer con él. Siempre fuimos los hijos, siempre estuvimos a la sombra de los fundadores.

Del otro lado de la mesa se oyó la voz de Vera.

—Me prometiste un lugar donde estaría a salvo.

—No puedo construir ese lugar… Pero conseguí a este hombre. Sé que Silvio siempre te cuidará. Al aceptarte en matrimonio, tomó el compromiso de agrandar tu mundo tanto como sea posible.

—Lo quiero agrandar, pero hacia arriba. Déme un año antes de renunciar.

—¿Un año más de esas reuniones? ¿Un año más de soportar las intrigas de Morley, los cálculos de Moran? Le doy un mes.

—Que sea un mes entonces. A partir de mañana.

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