La sexta lampara

Pablo de Santis · Capítulo 3 de 101

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La sexta lampara

Capítulo 2

2

Silvio Balestri, el arquitecto para el cual estaba reservado el lugar central del museo Caylus, nació en Roma en 1889. Su padre, un escultor, había intentado hacerse un lugar dentro de la corriente neoclásica; al no lograr ser admitido en los salones de la Academia, acabó por resignarse a la estatuaria fúnebre.

La firma Eugenio Balestri e Hijo (anotada así en los registros municipales aún antes del nacimiento de Silvio) recibía encargos de toda la región. El escultor consideraba que su oficio contemplaba dos frentes de batalla: en uno estaba el mármol y en otro la familia que encargaba el trabajo. A pesar de las dificultades que presentaba la piedra, el segundo frente era el más difícil. Los clientes nunca venían a él sin ideas, nunca se abandonaban a sus criterios y experiencia. Traían consigo un catálogo de proyectos extravagantes que incluían sistemas de iluminación permanente, cursos de agua que representaban el Aqueronte y figuras flotando en el aire.

Eugenio Balestri debía limitar esas expectativas a un repertorio tradicional de ángeles y figuras mitológicas que dejara satisfechas las necesidades simbólicas de la familia.

El escultor tenía la esperanza de que Silvio continuara con su trabajo y no perdía oportunidad de darle consejos:

—Si no hay una conformidad absoluta, mejor no empezar. Es mármol; imposible corregir.

En un mueble de madera, provisto de cincuenta cajones, Eugenio Balestri guardaba la correspondencia que mantenía con sus clientes. Le parecía que era un documento único sobre las expectativas del público con respecto a la escultura del nuevo siglo.

—Me han pedido barcos hundidos. Me han pedido el último canto del Cielo de Dante, tallado en un libro de mármol. Me han pedido una gorgona con cada serpiente esculpida en una piedra distinta. Me han pedido todas las variaciones de lo imposible, y ahí están las cartas para testimoniarlo. Pero nunca, ni una sola vez, me pidieron una obra de vanguardia. Nadie quiere ser recordado por la geometría.

La madre de Silvio murió de neumonía cuando el muchacho tenía diez años. Para retratar a su mujer, Balestri dejó de lado los símbolos y las espadas y los ángeles, y construyó un busto sencillo, con el cabello suelto y los ojos cerrados. Ésta era la escultura favorita de Silvio, pero su padre le negaba toda importancia.

—¿Por qué te gusta? ¿Sólo porque es tu madre?

Silvio no era capaz de responder. Tal vez le gustaba porque la escultura parecía esconder algo, como si su padre hubiera tallado un silencio que él mismo no entendía del todo. Las otras estatuas, en cambio, no sabían callar nada. Silvio se había criado entre ángeles atareados en sostener cuerpos, alumbrar con antorchas o amenazar con espadas a los vivos.

En busca de nuevos motivos para sus obras, Balestri enviaba a su hijo a calcar imágenes de iglesias y cementerios. Le enseñó a cortar y a tallar el mármol; a los 15 años, Silvio se había convertido en su principal ayudante.

—Padre, ¿no preferiría que sus obras estuvieran en las casas de los vivos, en los museos, en las iglesias?

—Todo lo que conservamos de la más lejana antigüedad es lo que estaba bajo tierra. Seis de las siete maravillas del mundo se perdieron. Se conservaron sólo las pirámides, que son tumbas. Los tesoros, las estatuas, las escrituras: todo se lo arrancamos a los muertos.

Después de las aburridas horas del liceo, en las que Silvio no se destacaba en ninguna asignatura, lo esperaba el trabajo junto a su padre.

Mientras los amigos daban vueltas por la ciudad, conocían mujeres, vivían aventuras que sus relatos agrandaban, a él le tocaba pulir interminablemente las alas de los ángeles o el rostro de Cristo.

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