La sexta lampara

Pablo de Santis · Capítulo 49 de 101

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La sexta lampara

Capítulo 48

48

Durante los últimos días de convalecencia de Caylus el detective Brin convocó a Balestri a una nueva cita. Habían encontrado el cadáver de una mujer flotando en el río. El médico forense había calculado que la muerte

—causada por un golpe en la base del cráneo— databa de poco más de ocho días. El cuerpo coincidía en edad y estatura con los datos de Greta Zolla.

A diferencia de las veces anteriores, esta vez el mismo Brin lo esperaba en la puerta del edificio. Llevaba el sombrero ligeramente echado hacia delante, como si inclusive la pobre luz de la mañana fuera excesiva para sus ojos de insomne. Le tendió la mano y sin decir nada lo condujo por una escalera hacia el segundo subsuelo. Más de una vez Balestri había observado que las morgues de los hospitales y de los tribunales estaban bajo tierra. Aquella costumbre parecía originada en algún resabio mítico antes que en razones de lógica.

Brin le tendió a Balestri un paño humedecido en alguna sustancia que olía a mentol.

—Respire a través de la tela.

La mano temblorosa de Brin descubrió el cuerpo. A partir de ese momento toda su seguridad profesional desapareció. Retrocedió unos pasos, hasta chocar con una mesa. El arquitecto, en cambio, miró el cuerpo sin emoción; si hubiera estado menos deformado, tal vez lo hubiera impresionado más. Parecía una criatura de las profundidades, una de aquellas extrañas especies que se encuentran en las últimas salas de los museos de Historia Natural, catalogadas sin mucho rigor, e iluminadas por una luz difusa. Era absurdo que le pidieran un reconocimiento, a él o a

cualquier otro. Mientras la miraba, le pareció que el cuerpo se desmoronaba, y que en segundos acabaría por deshacerse sobre la camilla.

Pero entonces recordó a Anna. Quizá no pensó tanto en ella como en lo que Anna representaba: las mujeres que le quedaban por conocer. Estaba encadenado a Greta, obligado a la espera eterna, a un estado civil en suspenso, a visitas a morgues y hospitales y loqueros. Bastaba una palabra para liberarse de aquello. Como si se tratara de una boda, bastaba con decir sí.

Antes de pronunciar esa palabra se preocupó por creer que era cierta.

Buscó en la piel lacerada, en la hinchazón, en la palidez lunar, los rasgos de Greta, como si se tratara de una mujer diminuta dentro de un disfraz.

—Sabía que iba a ser una molestia inútil. Pero estaba obligado a llamarlo. Y estoy obligado a preguntarle: ¿es su esposa?

Brin ni siquiera esperaba una respuesta. Pero oyó:

—Sí.

—¿Está seguro?

Todo el secreto de la vida consistía en decir en el momento oportuno la palabra adecuada.

—Sí.

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