La sexta lampara

Pablo de Santis · Capítulo 39 de 101

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La sexta lampara

Capítulo 38

38

Aunque confiaba en su proyecto, Balestri temía a veces que lo reclamaran para sí los fantasmas que habitaban los gabinetes de curiosidades de la arquitectura; todos aquellos visionarios que se habían pasado la vida diseñando edificios futuros nunca realizados, condenados a levantar monumentos sólo en el parcelado territorio de los libros. Pensaba en Boullée y en su Cenotafio a Newton, lúgubre esfera descomunal, con el interior lleno de estrellas; pensaba en William Pickett, que se inspiró en una gruta llena de estalactitas para sus edificios de estructura curva, despojados de muebles, porque las paredes mismas servían para todo. Boullée había fracasado porque sabía dibujar tan bien, que ninguna obra hubiera hecho justicia a sus magníficos bocetos; Pickett era apenas una nota al pie en la historia de la arquitectura, porque nunca supo dibujar, y sus palabras no bastaron para transmitir sus visiones. Balestri creía no correr riesgos: dibujaba mejor que Pickett, peor que Boullée.

Ya a comienzos de la década del veinte Balestri ocupaba un lugar de privilegio dentro de la planta de arquitectos de la compañía. Se ocupaba de analizar los proyectos y se lo consultaba sobre toda clase de asuntos. A través de comentarios casuales que hacían las secretarias del último piso, o los arquitectos más antiguos de la compañía, empezó a conocer —sólo de oídas— a los tres directores.

Moran era el más viejo. Era el genio financiero. Alto y grave, vestía trajes que le cortaba un sastre inglés y se ocupaba de las relaciones públicas de la compañía. Tenía trato con políticos y jueces. Nunca olvidaba que edificar significaba construir con dinero. Tenía una mente prodigiosa para

los números, y veía a los rascacielos como los mayores monumentos al dinero que se habían hecho jamás.

Decía Moran: Nunca hubo una mejor imagen del poder. Los reyes parecen lacayos al lado de un millonario de nuestro tiempo. Un hombre solo, en lo alto de un edificio, comunicado telefónicamente con el mundo entero, dando órdenes que modificarán millones de existencias.

Morley había sido alumno de Sullivan y había trabajado largos años en Chicago antes de volver a Nueva York, su ciudad natal. Era un arquitecto metódico, capaz de aprovechar las ideas ajenas y trazar puntos de convergencia entre visiones distantes. Aunque no tenía una visión propia, era capaz de entender las de los demás y dar soluciones prácticas a los problemas que siempre plantean las ideas originales. Morley decía: En las construcciones de los genios siempre hay goteras.

Mactran era el verdadero arquitecto del grupo. Tenía una visión de la ciudad y la ejecutaba sin pensar en las consecuencias. Odiaba a todos los arquitectos y no se podía nombrar a ninguno en su presencia. Prefería la compañía de ingenieros. Mactran había sido educado dentro de la iglesia metodista y había algo en la ambición ilimitada de los rascacielos que se oponía a sus creencias. Y sin embargo construía rascacielos, como si quisiera recibir alguna clase de respuesta a su desafío.

Era padre de una sola hija, que había tenido a los cuarenta y seis, y a la que adoraba. Su mujer había muerto cuando la muchacha era una niña.

Incapaz de encargarse de su educación, la había mandado a un internado.

En su juventud, Mactran había diseñado puentes, no como su padre, un ingeniero canadiense que había participado de la construcción del puente de Brooklyn durante los últimos diez años que demandó la obra. Mactran cruzaba todos los días el puente a pie; era su único paseo. Vestía siempre un gastado traje de excursionista, con unos botines agujereados. Cuando tenía una reunión en un edificio donde no lo conocían, era habitual que los porteros lo confundieran con un mendigo y le impidieran el paso.

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