La sexta lampara
Capítulo 18
18
El lunes siguiente Balestri quiso aprovechar su día libre para volver al museo, pero no lo encontró. Intentó repetir el itinerario de aquel día, pero como la vez anterior había caminado hundido en sus pensamientos, y sin prestar atención a lo que lo rodeaba, no encontró el rumbo. Entró en una librería para echar una ojeada a una guía de los museos de la ciudad, y así pudo conseguir la dirección del museo.
Se preguntó si el otro lo reconocería, pero apenas cruzó el umbral Caylus se acercó con la mano tendida.
—Estaba seguro de que regresaría. Venga conmigo.
Caylus vestía con una elegancia exagerada para alguien que tenía que trabajar en la carpintería que exigían los edificios. La camisa blanca estaba tan almidonada que crujía. El pequeño moño azul conservaba el aire de novedad de las prendas que se veían en las vidrieras de las grandes tiendas.
Caylus trabajaba en la maqueta de una torre negra de más de cien pisos.
—Un arquitecto sueco, me dicen. Los planos me llegaron por el amigo de un amigo. La estructura es de hierro y las paredes cuelgan como telones.
Puro esqueleto. Puro vacío. ¿Qué opina?
Balestri tardó en responder.
—Allá en Roma discutía a menudo sobre este tema con un amigo de Praga. Yo comparaba los rascacielos con las catedrales, y él me decía que no, que las iglesias estaban sostenidas por el significado, y las torres sólo por el concreto y el hierro. Y con el tiempo acabé por darle la razón. Cuanto más crecen los edificios, más se alejan de toda idea de significado.
—¿Debo entender que no le gustan las alturas?
—Al contrario. Nada me gustaría más que trabajar en un rascacielos.
Pero quisiera que el significado se hiciera presente de nuevo. Que cada detalle esté dictado por una necesidad no evidente. Que el edificio pidiera silencio, como pide silencio una catedral.
—Quizá lo que busca es la armonía entre los edificios y la ciudad. Los arquitectos siempre están discutiendo sobre eso.
—No, eso no me interesa en absoluto. Se trata de la relación de un edificio consigo mismo. Como la música trabaja el silencio, así debería la arquitectura tratar la altura.
—¿Y qué hace con todas sus ideas, señor Balestri?
Balestri rió.
—Me sirven para llevar con mejor equilibrio las fuentes de spaghetti.
Tenía una carta de presentación para un arquitecto italiano, pero…
—Aquí desconfían de las cartas de presentación. Prefieren a los que llegan de ninguna parte, sin experiencia. Yo le diré dónde debe presentarse, a condición de que guarde su carta de presentación en la valija, entre sus recuerdos más queridos, bien lejos del mundo real. No ganará mucho más que como camarero, pero trabajará con planos. ¿Quiere volver a la arquitectura?
—No hay nada que desee más.
Caylus anotó una dirección en un papel. Un edificio en las cercanías del distrito financiero.
Balestri leyó: Moran, Morley & Mactran, arquitectos.
—Pero primero tiene que dejar su deseo escrito en la boca del dragón.
Yo no creo en esas cosas. Pero si tantos de los visitantes dicen que la suerte los acompañó… ¿por qué no hacerles caso?
Balestri al principio se negó, incómodo. Pero después le pareció que sería una descortesía no aceptar. Con trazos bruscos, escribió su deseo en una tarjeta de cartón de bordes azules que le tendió Caylus. Y después la dejó en la boca del dragón.
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