La sexta lampara
Capítulo 27
27
En general los matrimonios resultan arruinados por la rutina, la agresión y la infidelidad; sólo una minoría sufre el desgaste que provocan la cortesía inadecuada y el respeto excesivo. Silvio y Greta tenían tanta consideración por el otro que cada uno sintió que su propia presencia podía resultar una intimidación y un límite: dejaron de quererse para observarse, y después dejaron de observarse. Con el transcurrir de los meses, cada vez se sorprendían más de estar juntos, como si le reclamaran, a la misma casualidad que los había reunido, el deber de separarlos.
Los chistidos de Greta para que la máquina de Silvio se acallara y la dejara dormir era lo único que podía parecer un conflicto. Pero ni eso duró, porque pronto empezó a tomar medicamentos para el insomnio.
Silvio veía su matrimonio como una trampa a la que los Zolla lo habían llevado entre halagos y lamentos. Se había hecho cargo de la muchacha y luego los Zolla habían desaparecido, para buscar parientes remotos en la remota ciudad de Montevideo.
Al despedir a su familia, Greta se despidió de todo lo demás. A veces pasaba todo el día sin salir de la cama; otros días sentía una especie de entusiasmo sin control que la llevaba a deambular por la ciudad. Entraba en las grandes tiendas y compraba algo: un vestido barato, un reloj, algún adorno. Pero al llegar a su casa y abrir los paquetes se quedaba mirando con horror lo que había traído. En la tienda le había parecido hermoso; aislado, el objeto revelaba su fragilidad, su falta de terminación.
En el cuarto del fondo se acumulaban, entre las telas que había dejado el señor Zolla, las compras fallidas de Greta: los adornos permanecían hundidos en el aserrín de sus cajas; los zapatos conservaban intacto el brillo
de sus suelas; los vestidos yacían doblados con esmero en su ataúd de cartón. Cada ofrenda estaba envuelta en el papel original. Era el cuarto que habían pensado para sus hijos, hasta que el tiempo pasó y comprendieron que los hijos no vendrían. Al principio la noticia hizo llorar a Greta, y Silvio, a su lado, debió consolarla durante noches enteras; después se convirtió en un alivio. Hijos sin venir, regalos sin abrir, telas sin vender: Balestri le decía a Caylus que en el cuarto del fondo él también tenía su propio museo de posibilidades frustradas.
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