La sexta lampara
Capítulo 76
76
Todas las noches, al llegar a su casa, muy tarde, Balestri se daba un baño, comía algo en la cocina —siempre solo, porque Mactran y su hija cenaban a las siete— y luego iba al cuarto de su esposa a contarle lo que había hecho en el día, con la sola excepción de sus encuentros con Anna. Vera lo esperaba despierta, lo escuchaba en silencio, y sólo interrumpía para pedir precisiones sobre el avance del edificio. Sus preguntas no eran en absoluto ingenuas: Vera tenía un profundo conocimiento de los datos técnicos del proyecto. Se había criado rodeada de planos y maquetas. Desde luego, esos conocimientos siempre se referían a rasgos interiores: no sabía nada del aspecto inacabado de la cúpula, ni del modo como se sellaban las grandes placas de cristal para que no entrara la lluvia, ni del pararrayos en forma de espiral, ni del faro que advertiría a los aviones la presencia del edificio y que sería la primera luz que verían los barcos que se acercaban a la ciudad.
Vera aceptaba con paciencia las demoras en la construcción: Balestri sentía que aquel espacio imaginario la ayudaba a vivir, y que acaso esperaba con temor el día en que la torre estuviera terminada. A veces Vera comenzaba a hablar con entusiasmo de esa noche inaugural, cuando una multitud de invitados de todo el mundo, y las autoridades de la ciudad, y los grandes empresarios, y actores y actrices del cine y cientos de periodistas y fotógrafos entraran a la vez en el edificio más grande del mundo, y ella encabezara la comitiva al lado de Balestri, con un vestido azul y jeroglíficos de oro como alhajas. Pero en mitad de la charla se quedaba cansada, como si de pronto hubiera comprendido que todo aquello era en realidad una pesadilla, y que el edificio sería tan grande que hasta era posible que los mecanismos de alerta de su enfermedad detectaran aquel espacio cerrado
como un exterior, y lo clausuraran como habían clausurado antes tantos otros sitios, para devolverla al hogar de donde nunca debería haber salido.
Entonces se iba a la cama y Balestri pensaba que su matrimonio no le había dado una esposa sino una hija, a la que todas las noches debía contarle el mismo cuento, para que pudiera dormir en paz. Ella, como Zigurat, devoraba todo lo que él podía darle.
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