La sexta lampara

Pablo de Santis · Capítulo 78 de 101

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La sexta lampara

Capítulo 77

77

Balestri trabajaba tanto que empezó a sufrir un cansancio permanente. Sólo su obsesión lo mantenía despierto y en acción. Los encuentros con Anna se empezaron a hacer menos frecuentes; la muchacha, que al principio le hizo algún reproche, después se resignó a esas visitas esporádicas en las que Balestri no podía evitar hablar de sus problemas. El departamento empezó a tener un aspecto cada vez más descuidado: un libro caído se llenaba de polvo, el agua de los floreros se pudría y los fragmentos de una taza rota quedaban durante días en el suelo.

Los episodios de vértigo que había sufrido en el viaje a Italia se repitieron. Estaban acompañados por otros fenómenos: a veces le parecía haber vivido ya una situación que era nueva; otras veces tenía el recuerdo exacto de un determinado hecho, que en realidad sólo había ocurrido en su imaginación. Esto le provocaba problemas con sus colaboradores; como tardaba en reconocer la naturaleza de esas distorsiones, acusaba a la gente que estaba bajo su mando de engañarlo. Tenía la sensación de que había un doble que se le adelantaba para cumplir con sus obligaciones, y que a la vez borraba las cosas que él había hecho, con el solo fin de enloquecerlo.

A causa de esta fatiga profunda, también se acostumbró a las alucinaciones visuales: confundía a una persona con otra, creía que había alguien más en su oficina cuando en realidad estaba solo; leía, en un informe cualquiera, algo que no estaba escrito. Aunque estos percances lo fastidiaban, se acostumbró a ellos: por eso, cuando distinguió a Greta en la multitud, frente a la entrada del edificio de la compañía, le pareció natural que un detalle de su vida pasada se colara dentro de las alucinaciones provocadas por el cansancio. La mujer, o su fantasma, llevaba un vestido

verde, algo gastado, y una cartera pequeña, negra, cuya correa había sido zurcida sin mayor esmero. Tenía el mismo aspecto que la mayoría de las mujeres de la ciudad: alguien que ha pasado por mejores momentos.

La primera vez pensó que se trataba de una alucinación y la dejó alejarse, aunque con cierta aprensión. Las alucinaciones, pensó, no se alejan: desaparecen. Pero la segunda vez que la vio, estuvo seguro de que era una mujer de verdad, asombrosamente parecida a su esposa, y hasta era posible que fuera vagamente consciente de ese parecido.

El tercer encuentro ocurrió a la mañana, cuando estaba por entrar en el edificio de la compañía. Tuvo la impresión de que alguien lo seguía; al darse vuelta de golpe, descubrió a la mujer, a treinta metros de distancia. La mujer se dio vuelta y comenzó a caminar veloz hacia la boca del subterráneo. Balestri corrió, seguro de alcanzarla, porque los zapatos de taco la obligaban a avanzar con cuidado y lentitud. Al enfrentar la escalera del subterráneo se topó con una multitud. Todos estaban apurados, nerviosos, los ojos clavados en el frente, agitaban carteras, portafolios y paraguas. Complotados en una alianza subterránea, habían dejado pasar a la mujer, pero cerraron filas cuando Balestri intentó seguirla.

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