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Epicteto · Capítulo 8 de 27

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Capítulo VI

V

 

No turban a los hombres los acontecimientos, sino los juicios sobre los mismos; por ejemplo, la muerte no tiene nada de terrible, ya que también a Sócrates se lo hubiera parecido; pero es el juicio, de que es terrible la muerte, ese mismo juicio, el que resulta terrible. Pues bien, cuando nos sintamos contrariados, turbados o apenados, nunca culpemos a otro, sino a nosotros mismos, esto es, a nuestros propios juicios. Echar en cara a otros aquello por lo que uno mismo tiene una contrariedad, es propio de una persona no

formada; echárselo en cara a uno mismo, es propio de uno que ha empezado a adquirir una formación, y no culpar ni a uno mismo ni a otro, es de alguien que ya está formado[61].

 

VI

 

No te enorgullezcas [62] por ningún mérito ajeno. Si el caballo con orgullo dijera: «soy bello», sería soportable; pero cuando digas con orgullo: «tengo un caballo bello», que sepas que te enorgulleces de un bien relativo al caballo. ¿Qué es tuyo, pues? El uso de las imágenes externas. De modo que cuando estés haciendo uso de ellas conforme a la naturaleza, enorgullécete entonces; pues en este caso sentirás orgullo de un bien que depende de ti.

 

VII

 

Igual que en una travesía, arribada la nave, si sales a abastecerte de agua, puedes recoger de paso en el camino un caracolillo y una cebollita, pero es preciso que tu pensamiento esté puesto en la nave y que mires atrás continuamente no sea que el piloto te llame; si te llama, debes dejar todas

aquellas cosillas para que no te tiren dentro atado como el ganado; así también en la vida, si se te da en lugar de una cebollita y un caracolillo, una mujercita[63] y un crío, nada te impedirá cogerlos, pero si el piloto te llama, vete corriendo a la nave, deja todo aquello, sin darte la vuelta. Y si eres viejo, no te alejes mucho de la nave, no sea que cuando te llame, te quedes lejos.