Manual
Enchiridion y manual
Se piensa que las Diatribas están incompletas, entre otras razones, porque, siendo como es el Enquiridion o Manual un resumen de aquellas, contiene varios pasajes que no se corresponden con ninguno de los cuatro libros de Diatribas.
No era en absoluto vanidoso Epicteto y así lo muestra Arriano en su carta a Lucio Gelio: «En cuanto a Epicteto… ya cuando los decía (los discursos), manifiesto era que no aspiraba a más sino a mover los ánimos de los oyentes
hacia las cosas mejores»; era, dice Souilhé[15], como un abogado que defiende con elocuencia su opinión contra la opinión adversa.
No trataba de hacer sabios sino de forjar hombres. El material de sus cursos lo sacaba de los autores estoicos, aunque desde luego conocía los escritos de Diógenes el cínico así como los de Platón, Jenofonte y de los enemigos del estoicismo como Epicuro. Recordemos que la literatura estoica y la cínica son diferentes. Si bien el ideal del cínico queda reflejado en la
fábula, para F. Rodríguez Adrados[16] no existe propiamente una fábula estoica. Lo que hay es un retoque en sentido más bien moralista y tradicional de las colecciones de fábulas de tinte cínico. Los estoicos prefirieron divulgar su doctrina mediante tratados. Epicteto leía un pasaje de alguna obra, lo interpretaba y comentaba, añadiendo sus propias reflexiones. Según
Bonhöffer[17], los escritos de Crisipo eran sus textos preferidos y por ello es el
autor estoico más citado[18] [19] . También se servía de los escritos de Zenón, el
fundador de la escuela, y de Cleantes[20], todos ellos del estoicismo antiguo. En cambio no cita jamás a los filósofos del estoicismo medio como Panecio y Posidonio.
Parece haber utilizado también textos de Epicuro, enemigo del estoicismo, para ser leídos y analizados. No hay duda de que Epicteto retorna a los orígenes de la escuela.
Rist[21] nos dice que Epicteto tiende a comparar la vida del hombre bueno con la del cínico. Su doctrina está toda ella impregnada de socratismo y el método socrático para dirigir la inteligencia conforme a la naturaleza es el más utilizado por Epicteto. Sus discípulos deben vivir conforme a los principios que han aprendido, endureciendo su voluntad para no desear aquello que no depende de nosotros y tomarlo así como algo indiferente. Para el filósofo no debe existir nada superior a la razón y solamente el ser razonable puede conocer y realizar el bien.
Enchiridion y manual Para los griegos enchiridion significaba en general todo aquello que puede agarrarse con una mano, mango, puño. Notemos la composición de la palabra con la preposición «en» y «chiridion», derivado del sustantivo «chir» (mano), por lo que se convirtió en un adjetivo con el significado etimológico de todo lo que se tiene «en» la «mano», para después tomar la función de sustantivo, por ejemplo «puñal» en Herodoto 1, 12. En castellano toma la acepción de libro que pudiendo llevarse en la mano o encima, teniéndolo a mano,
«compendia lo más sustancial de una materia»[22], es denso en cuanto contiene mucha doctrina; de ahí la traducción de este libro de Epicteto como manual, que le va perfectamente, ya que se trata de un resumen de los principios de la ética estoica que Epicteto predicaba. Es, en efecto, el Enchiridion de Epicteto, enquiridion, libro manual, en su acepción
académica[23].
Simplicio[24], en su comentario al Enchiridion, dice que Arriano escogió
los pasajes más útiles y los que más harían mella en las almas. En su obra[25] nos da una doble interpretación de la palabra con los significados anteriormente citados, diciendo que es aquello que se lleva en la mano para defender la vida del cuerpo y del alma. Su contenido es un conjunto de normas prácticas para conseguir la tranquilidad de espíritu y la libertad interior, objetivo fundamental de la ética estoica, expuestas con estilo sencillo y ameno.
Lo compuso Arriano una vez publicadas las Diatribas y a modo de resumen que abarcaba lo que para él era lo más esencial. Probablemente, cuando salió a la luz, Epicteto ya no vivía. El Manual resulta demasiado escueto para darle utilidad de aprendizaje, y es probable que saliera con vistas a repasar lo ya aprendido, con el fin de aplicar los dogmas fundamentales y ponerlos en práctica día a día. Prueba de ello es la cantidad de capítulos que
empiezan por «recuerda»[26], o «dítelo» y otras expresiones más directas: «no pretendas», «nunca digas», «resígnate», «ten precaución», toda una serie de imperativos, la mayoría de las veces seguidos de ejemplos.
El Manual comenzó a adquirir mayor popularidad que las Diatribas a partir del siglo IV. Aunque con diversas modificaciones, comenzó a utilizarse como norma de la vida cristiana. Así tenemos la adaptación del siglo IV hecha por San Nilo, y otra anónima de época incierta, publicada por
Schweighaeuser, con el título de [27] Paraphrasis Christiana, destinada a los que se preparaban para la vida monástica. Resulta curioso ver cómo estos teólogos modificaron sentencias de Epicteto acomodándolas al cristianismo, por ejemplo, los dioses (cap. XXXI) son Dios; Sócrates, Zenón, Anito y Melito (XXXIII, 12) (LIII, 4) desaparecen; Sócrates (LI, 3) es San Pablo; los capítulos XXXII y XXXIII, 8 se suprimen.
En el siglo [28] VI aparecen los Comentarios de Simplicio, uno de los últimos filósofos neoplatónicos. Simplicio comenta en tono platónico el Manual, que le sirve de introducción a la filosofía.
En 1453 Peretti traduce al latín el Manual en Bolonia y a finales del siglo XV Angelo Poliziano traduce de nuevo al latín el Manual que durante medio siglo sirve de base a traductores y comentaristas. En 1510 había sido ya impreso en griego con traducción latina en Estrasburgo, Venecia, Nuremberg, Basilea y París. En 1554 el pastor protestante Thomas Naogeorgus lo tradujo e hizo comentarios que son una verdadera introducción al cristianismo, confrontando textos de la Biblia y Antiguo y Nuevo Testamento con pensamientos de Epicteto. En el siglo XVII, el humanista Justo Lipsio dedicó elogios al Manual, al que consideró como alma de la filosofía moral estoica.
Quevedo versificó el Manual, identificándose así con la doctrina estoica: «doctrina de Epicteto puesta en español con consonantes». Jordán de
Urríes[29] nos dice que para ello tuvo a mano el original griego, unas versiones latina y francesa, la italiana que acompañaba al Manual con el Comentario de Simplicio, la castellana de Francisco Sánchez de las Brozas con argumento y notas, y la última que hizo Gonzalo Correas. La versión de Quevedo se publicó en Madrid en 1635 dentro de su obra Epicteto y Phocílides en español con consonantes. Con el origen de los estoicos, y su defensa contra Plutarco, y la defensa de Epicuro, contra la común opinión. Para el estudio de esta versión resulta de gran utilidad la monografía de Henry Ettinghausen, Francisco de Quevedo and the Neostoic Movement, Oxford
University Press, 1972[30]. Posteriormente, el Manual se divulgó en lengua castellana gracias a la traducción de Antonio Brum. En el apartado dedicado a la Bibliografía, cito las traducciones que hay del Manual al castellano.
Las mejores ediciones son las de Schweighaüser en 1798, Epicteteae philosophiae monumenta, y la de Schenkl, Teubner, 1894 (1.ª edición), 1916 (2.ª edición).
Para mi traducción he utilizado la edición de Oldfather, de 1926, que reproduce con algunas modificaciones la de Schenkl (1916) y que publica la colección Loeb. También he utilizado la edición, más antigua, de Charles Thurot, de 1874, que va acompañada de notas y seguida de un léxico de palabras técnicas, publicada por Librairie Hachette. Sigue Thurot la edición del filólogo alsaciano Jean Schweighaüser de 1798. Quizá se deba notar que en la edición de Thurot faltan pasajes de capítulos y subcapítulos significativos. Está omitido un pasaje del capítulo XXXIII, que habla de que se debe permanecer puro antes del matrimonio. En el capítulo XL falta «… y así viendo que ninguna otra cosa les pertenece (a las mujeres) sino acostarse con los hombres…»; y en el capítulo XLI falta una palabra, precisamente ocheúein, hacer el acto sexual.
Asimismo he utilizado el libro de M. F. Galiano, La transcripción castellana de los nombres propios griegos, con el fin de ajustarme a las normas que allí se exponen.
El lenguaje que utiliza Epicteto es el de la «koiné», la misma lengua griega del Nuevo Testamento. Es un gran observador de escenas de la vida cotidiana y algunos fragmentos los saca directamente de aquellas. Por ejemplo, cuando describe lo que a uno le puede suceder en los baños públicos (IV), o cómo uno se debe preparar para unos Juegos Olímpicos (XXIX, 1).
Ataca duramente a quienes presumen de ser filósofos. Expone sus argumentos mediante supuestos diálogos entre él y su interlocutor, o simplemente con monólogos. El tono vulgar que utiliza, unido a una cierta ironía no agresiva, nos hace recordar a veces su condición de esclavo. Es posible que Arriano alterase algo el habla de su maestro: recordemos que la condición social de su discípulo era muy diferente y que era muy joven cuando lo escuchó. Sin embargo, nos cuesta creer que el uso de diminutivos en tono peyorativo que utiliza con tanta frecuencia, no sea del maestro. Esta ironía que a veces nos deja algo fríos, contrasta con la actitud compasiva que nos transmite en capítulos como XXIX, 5: «¡Pero hombre!».
Epicteto pide hasta la exigencia modestia y rectitud en la intención, y, con ese cambio de tono tan característico, aconseja a sus discípulos que cuiden su comportamiento externo y que sean pacientes. Mejor idea de cómo pronunciaba sus lecciones nos la dan las Diatribas, dado lo cortos que son los capítulos del Manual. Sin embargo, los capítulos XXIV, XXV y XXIX de éste nos proporcionan una clara visión de cómo se desenvolvía ante su auditorio.
Martha [31] ve cierta originalidad en el uso de imágenes y comparaciones ingeniosas, tomadas todas ellas de la vida cotidiana. Sus metáforas son demostraciones y sus alegorías tienen la precisión de la pura lógica. La variedad de tono pasa de lo más sublime a la mayor familiaridad. Martha destaca fundamentalmente su dialéctica en su lucha con las pasiones, a las que interroga, hace responder y confunde con palabras sublimes. Utilizando,
como dice Souilhé[32], todos sus recursos de retórica, pasa del drama a la comedia con relatos llenos de fuerza y anécdotas pintorescas, con el fin de «alumbrar las inteligencias y excitar las voluntades». Esta sana provocación nos recuerda en cierto modo, como apunta Souilhé, el estilo que utilizaba Aristófanes en sus comedias.