Manual
Prólogo
Esta traducción del Manual de Epicteto pone en manos del público español una de las obras de la literatura griega antigua que más influjo ejercieron en la Antigüedad tardía y en el Cristianismo; luego, en la época de nuestro Humanismo, donde el Manual fue traducido repetidas veces (por el Brocense, Gonzalo Correas y Quevedo) y reeditado con frecuencia.
Reyes Alonso, que es catedrática de Griego de Bachillerato, antigua alumna mía muy distinguida, se ha sentido interesada, como tantos otros, por este texto del que emana un profundo atractivo: quizá hoy más que nunca, cuando vivimos inmersos en un ambiente cultural tan diferente, en que las cosas exteriores nos someten más que nunca, en vez de someterlas nosotros a ellas, como proponía Horacio y propone Epicteto. Ha hecho una traducción exacta y precisa, accesible, como la naturaleza del texto requería. Pero ha añadido, en las notas, toda suerte de ayudas para una comprensión más precisa y técnica.
Es tan atractivo el texto de Epicteto como puede serlo el de Marco Aurelio. Son los predicadores paganos de una moral centrada en el hombre, al que tratan de alejar de instintos competitivos y adquisitivos que traen tantas veces, al final, dolor. Continúan en último término a Sócrates, y Epicteto lo dice claramente. No es que recomienden desengancharse de la acción, sino no tener apego de ella, seguir la naturaleza y la humanidad, la propia previa decisión, contentarse con lo necesario, no dejarse afectar por los juicios ajenos, tener tranquilidad de espíritu. No creer en la existencia del mal, sino en el poder de la razón ajustada a la naturaleza.
Es una síntesis de estoicismo y cinismo la que predica, por así decirlo, Epicteto, desde su retiro de Nicópolis, tras la expulsión de Roma de los filósofos por obra de Domiciano. La autora hace ver muy bien cómo esta doctrina moral influyó profundamente en el Cristianismo: y también su estilo libre y familiar y el uso de la diatriba —los diálogos intercalados— y las comparaciones. Todo ello derivado de Sócrates, en definitiva, y también de los cínicos antiguos: Diógenes, Crates, Bión y los demás.
Suavizó así Epicteto, en cierto modo, la austeridad moral y estilística de los estoicos. Frente a los aristócratas estoicos, como Traseas y Helvidio Prisco, que se enfrentaron al imperio y encontraron la muerte, o como Séneca, que cogido en el conflicto entre filosofía y poder imperial hubo de suicidarse, el humilde esclavo Epicteto se contentó con vivir modestamente y poner escuela de filosofía en una apartada provincia. Y ni siquiera escribió, incluso de esta vanidad se privó, nuevo Sócrates.
Pero el encanto y la tentación —tentación a seguir la virtud en medio de un mundo difícil y lleno de otras tentaciones— que manan de las Pláticas y del Manual, manaron antes, sin duda, de su persona. Porque estas obras no son de Epicteto, son de Arriano, personaje encumbrado en la política imperial y alumno suyo. Un hombre de acción se sintió tentado por la filosofía: como Cércidas, general de la Liga Aquea en el siglo III a. C. y autor de poesías cinizantes, como Cicerón, como Marco Aurelio.
Personaje notable, Arriano, que fue consul suffectus en Roma, tuvo cargos en varias provincias y luchó contra los Alanos. Y que, además, escribió libros de historia sobre sus propias campañas y las de Alejandro, sobre Bitinia y Partia. Que, tras su período filosófico y el otro de servicio al imperio, se retiró a Atenas, a la vida privada, que sin duda añoraba. Que —y esto puede interesar a un lector español— es el autor del epigrama griego en honor de Artemis cazadora hallado hace pocos años en Córdoba y que puede verse en su museo.
Se podía ser hombre público, general, historiador, poeta, cazador y discípulo de Epicteto a la vez. Este no prohibía ni la acción, ni el sexo, ni el teatro, aunque procurara reducirlo todo a límites que no llevaran al sufrimiento. Tampoco impulsaba a luchar en la vida pública para lograr una reforma política radical. Ni obligaba a nadie a ser filósofo, esto era para pocos y esforzados. Se limitaba a recordar los límites de lo humano, lo relativo de todo, la muerte. Trataba de consolar. Como tantos filósofos, desde el Sócrates del Fedón: Crantor, Séneca, Boecio son los más conocidos. Precursores, también en esto, de tantos escritores cristianos.
Esta ataraxia o imperturbabilidad del sabio es común a toda esta línea de pensamiento, como ideal. También a los epicúreos: pero hay una diferencia notable, falta aquí el individualismo hedonista. En todo caso, es una linea de reforma moral que se desentiende de la Ciencia y trata de ayudar al hombre frente a las tentaciones del tiempo: el poder, el dinero, el sexo, la inseguridad sobre los dioses.
Pero no solo al hombre de su tiempo. El éxito de Epicteto en la época del Humanismo, lo certifica. Y ahora mismo, sin duda: aunque no estén de moda sus doctrinas, su voz suena a actual, ya lo decía arriba. En el concierto o desconcierto de tantas voces, el oír la suya hace pensar. Se dirige a todos los hombres y lo hace en forma discreta, no imperiosa, casi íntima.
Creo que traer a Epicteto a nuestro español de hoy, a nuestras circunstancias de hoy, como se hace con cariño en este libro, y ello sin separarse del rigor científico, es una tarea que merecía la pena.
Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS