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Epicteto · Capítulo 7 de 27

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Capítulo III

II

 

1. Recuerda que el deseo pretende [57] alcanzar con éxito lo que desea y la

aversión no caer en aquello que se inclina a evitar; quien fracasa en su deseo es desafortunado y quien cae en lo que trata de evitar, desdichado[58]. Pues bien, si tú tratas de evitar únicamente las cosas contrarias a la naturaleza que dependen de ti, no caerás en nada que sea objeto de tu aversión; si, en cambio, tratas de evitar la enfermedad o la muerte o la pobreza, serás un desgraciado.

2. Por consiguiente, aparta tu aversión de todo lo que no depende de nosotros y dirígela a las cosas contrarias a la naturaleza que dependen de nosotros. Suprime completamente el deseo por el momento; pues si deseas cosas que no dependen de nosotros, a la fuerza serás desafortunado; en cambio, de las cosas que dependen de nosotros, y que sería bello desear, ninguna está todavía a tu alcance. Dedícate solo a tender hacia las cosas, y a alejarte de ellas con moderación, con reservas y relajadamente.

 

III

 

En cuanto a las cosas que cautivan el alma o que son útiles o que se anhelan, recuerda que debes preguntarte cómo son, empezando por las más

pequeñas; si deseas cierta olla di: «Deseo una olla», pues al romperse no sentirás turbación[59]; si besas dulcemente a tu hijo o a tu mujer di que besas dulcemente a un ser humano; pues cuando muera no sentirás turbación.

 

IV

 

Cuando emprendas una tarea, recuerda cómo es ésta. Si sales a bañarte, imagínate lo que sucede en el baño, imagínate a los que vierten agua, a los que se empujan, a los que insultan, a los que roban; emprenderás la tarea con

mayor seguridad, si inmediatamente añades «quiero bañarme y al tiempo cuidar que mi premeditada decisión[60] esté acorde con la naturaleza». E igualmente en cada acción. Pues así, en caso de que surja algún obstáculo para bañarte, podrás decir: «No quería solo bañarme, sino también velar para que mi decisión fuera acorde con la naturaleza; si me irrito contra lo que suceda, no velaré por ella».