Manual
Los preceptos del Manual
Lo que sigue es un pequeño estudio de introducción a los preceptos del Manual con el fin de que, tenidos en cuenta, la lectura sirva de repaso, finalidad que, como ya dijimos, el Manual siempre tuvo. Y así, «siendo algo estoicos», aunque sea unas horas, y prestando atención al lenguaje y expresiones que utiliza Epicteto, la lectura del Manual nos resultará sorprendentemente grata y amena.
El Manual comienza con la división entre las cosas que dependen de nosotros y las que no, punto central de la filosofía de Epicteto. Entre las que dependen de nosotros sitúa la opinión, la tendencia, el deseo y la aversión, y entre las que no dependen de nosotros están el cuerpo, los bienes, la reputación y los cargos. La libertad de cada uno está en no desear ni rehuir cosa alguna que no dependa de nosotros (I, XIV), pues de lo contrario recibiremos como premio la esclavitud. Actuando racionalmente con respecto a las cosas que dependen de nosotros es como podemos llegar a ser libres y felices. Los epicúreos creían en cambio encontrar la felicidad en el disfrute de los placeres, de los bienes externos.
El deseo recomienda que sea de manera moderada (XII, XIV, XXI) y siempre dirigido hacia lo que depende de nosotros (XII, XIV), pues ¿quién puede dar a otro lo que no depende de él? (XXIV, 2), por ejemplo, cargos, dinero: «no soy riqueza», dice Epicteto (XLIV). No puedo desear lo que no depende de mí (VIII); es decir, no puedo desear que los sucesos sucedan como yo quiero, que hijos, mujer y amigos vivan siempre, ni que el esclavo sea como yo quiero (XII), que no cometa faltas (XIV). Para evitar e] deseo fuerte recomienda tener presente siempre lo peor, la muerte, el destierro (XXI), o lo más negativo (XXIX, 7).
Epicteto aboga también por un desdén, que no aversión, hacia lo que no depende de nosotros (IX), por ejemplo, el cuerpo, o las cosas externas en general: Si miras con desdén las cosas que te ponen en la mesa, serás un «convidado de los dioses» y un hombre «con igual poder» (XV). Considera todo lo corpóreo como algo accidental (XLI), la mente es lo que debe ser objeto de toda nuestra atención. Así, el modo en que una mujer debe conseguir a un hombre es por ser decente y discreta, mas no por acicalarse (XL).
Son varios los capítulos en que vemos cómo Epicteto trata de que los hombres no se dejen vencer por nada externo, y que no dañen su alma. Aconseja que no te dejes vencer por el hambre (XXXVI) ni los placeres del cuerpo (XXXIV) y que cuides de no dañar tu hegemonikon, lo mismo que procuras no pisar un clavo (XXXVIII).
Desdén también hacia los honores, poder, etc., puesto que tampoco dependen de nosotros, y además así no habrá envidia ni celos (XIX). El hecho de no conseguir un cargo (XXIV, 1) no provoca deshonor, por lo que uno no puede disgustarse si no lo ha conseguido (XXV, 1).
Uno debe ser alguien solo en lo que depende de él (XXIV) y los demás deben esperar de él solo lo que puede darles, lo que dependa de él: «No me pidáis lo que no depende de mí» (XXIV, 4). En definitiva puedo ayudar a los demás siempre y cuando el medio sea honesto y dependa de mí (XXIV, 3). Por ejemplo, lo único que él puede dar a la patria es su fidelidad como ciudadano (XXIV). Al sabio no le importa nada lo que pueda pensarse de él, cuando hace lo que debe, es decir, lo que depende de él, y esto es obedecer a la naturaleza, a la razón y a Dios.
Si uno desea lo que no depende de él, no solo no lo consigue, sino que quizá pierda la posibilidad de adquirir lo que de él dependía (XXXVIII). No podemos alcanzar lo que está por encima de nuestras posibilidades.
Así, si el deseo o la aversión deben ser dirigidos únicamente hacia lo que depende de nosotros, no los lleves cuando vayas a consultar un oráculo, pues debes ir solo para cosas que no dependen de nosotros (XXXII, 1). Es absurdo consultarlo por cosas que dependen de nosotros, pues en sí contienen ellas el bien o el mal. ¿Qué te puede responder un oráculo si tu pregunta versa sobre si debes socorrer a un amigo? (XXXI, 3). Toda respuesta de un oráculo debe resultarnos indiferente, pues no depende de nosotros.
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Otro concepto fundamental de la filosofía moral de Epicteto es el concepto de prohaíresis. Su utilización aporta una gran carga de originalidad. En cuanto al significado de esta palabra, véase la nota 60 de mi traducción.
La prohaíresis es la esencia del bien, el juicio fundamental sobre el valor de las cosas. Viene a ser un conjunto de actividades morales, tales como propósito, decisión, función, elección, voluntad, antes de realizar un acto y que forman el carácter moral del hombre. Nuestra prohaíresis es la esencia del bien, solo puede realizar éste el que tenga prohaíresis; es decir, el ser razonable, / inteligente y libremente voluntarioso.
La prohaíresis del hombre puede ser buena o mala. Si éste es bueno, su prohaíresis hará buen uso de lo externo (vida, cuerpo, riqueza…). La prohaíresis es el producto de juicios acerca de qué es externo; buenos juicios hacen que nuestra prohaíresis sea buena, malos mala.
Analizando tus relaciones con los demás, dice Epicteto, podrás saber cómo conservar «la prohaíresis acorde con la naturaleza» (XXX). Sin embargo, esto último no es fácil lograrlo mientras prestes atención a las cosas
externas (XIII). Bonhöffer[33] la define como esencia espiritual del hombre, desde el punto de vista del deseo, no del pensamiento.
Rist[34] acierta al decir que Epicteto utiliza hegemonikon y prohaíresis a veces como sinónimos, es más, escribe hegemonikon donde esperaríamos encontrar prohaíresis; incluso se pregunta por qué Epicteto elige prohaíresis para expresar la personalidad moral pudiendo haber elegido hegemonikon,
que implica el carácter del hombre. También Aristóteles[35] compara en cierto modo hegemonikon y prohaíresis, aunque con otros términos. Rist finalmente reconoce que Epicteto es el primero que pone énfasis al término.
Para Pohlenz[36], la ética de Epicteto no es voluntarista, y afirma que la prohaíresis de Epicteto es diferente a la voluntas de Séneca. Rist dice que sean cuales sean las diferencias entre ambos términos, lo cierto es que ambos se esmeran en describir el mismo fenómeno: la personalidad moral, verse en
acción cuando hacemos elecciones[37].
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Epicteto hace constante hincapié en que debemos analizar los precedentes y las consecuencias en cada acción (XXIX, 1) para saber qué poder tenemos para servirnos de las cosas que suceden (X), por ejemplo, debemos imaginarnos lo que puede suceder en los baños públicos (IV), o si queremos vencer en los Juegos Olímpicos (XXIX, 1). Y si una vez analizada la situación, nuestra decisión sigue firme, debemos verter en ella nuestra alma (XXIX, 1). No hace uso de la razón el que no se detiene a analizar las cosas; al que hace uso de ella, será difícil que le venzan las cosas externas, por ejemplo, el placer (XXXIV); y si así le sucede debe soportarlo estoicamente (XXXIII, 13).
Por eso al sabio le sucede todo según lo tenía previsto, porque siempre previno mentalmente que podría suceder algo inesperado que impidiera lo que tenía deliberado. No es que le suceda todo tal como lo deseó sino tal como lo pensó.
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Epicteto insiste repetidas veces en la necesidad de reflexionar sobre nuestros propios actos, nuestras capacidades. Da gran importancia al juicio que uno mismo se hace sobre los acontecimientos. De nuestra forma de juzgar las cosas depende nuestra conducta. Nosotros no somos causantes de los acontecimientos, por ejemplo, no me puede afectar el mero hecho de que muera un hijo sino el juicio o dogma sobre ello (XVI), como tampoco me afecta el que me insulta sino el juicio que tomo de su acción (XX). A Sócrates, Anito y Melito pueden matarlo, pero no causarle daño (LIII, 4). Claramente afirma que «sufrirás daño cuando tengas en tu mente que lo sufres» (XX).
Los sucesos debemos tomarlos según vienen y acomodarnos gustosos a ellos (VIII), pero tenemos que analizar los poderes que poseemos para servirnos de ellos. Así no debemos rehuir ser vistos en situaciones en que creamos actuar correctamente (XXXV). Solo vale el juicio que uno mismo se hace, no el de los demás. Por ello es absurdo querer agradar a alguien, pues para mí es solo una apariencia externa (XXIII). Lo ideal sería formarnos una imagen y un grado de ser que pudiéramos mantener solos y con los demás (XXXII, 1).
Para evitar todo juicio falso hay que servirse de ideas que estén acordes con la naturaleza; así sabremos lo que realmente es bueno y evitaremos lo malo. Los animales, como nosotros, sienten deseo y aversión, pero nosotros, gracias a la razón, a nuestro juicio, podemos controlar el uso de estos movimientos, y en definitiva, nuestra prohaíresis.
Debemos hacer juicios favorables de las cosas y tomar el asa adecuada, «la que sirve para sostenerla» (XLIII). Un juicio falso, es causa de malestar o taraché. No hay que tomar en cuenta el hecho de que tu hermano comete faltas, sino el hecho de que ha sido criado contigo (XLIII).
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Debemos ser impasibles comenzando por las cosas pequeñas (XII). Si de algo que deseamos nos forjamos un juicio acertado y lo convertimos en algo sin importancia, lograremos la impasibilidad o ataráxia. Así, «cuando beses a tu hijo, piensa que tan solo es un ser humano» (III). La cosa deseada pierde identidad o toma la misma que tiene para los demás: cuando muere tu hijo piensa lo que dicen los demás «es algo humano» (XXVI). ¿Lo natural es lo que todos piensan?, una vez más nos dice: «El propósito de la naturaleza es posible conocerlo a partir de lo que no disentimos unos con otros».
Uno debe ser impasible con todo aquello que no depende de él, por ejemplo, el cuerpo, y con todo lo que afecte a éste, por ejemplo, la enfermedad. Esta es un obstáculo para el cuerpo pero no para la prohaíresis
(IX)[38]. Por ello se debe ser austero en cuanto al cuerpo: «limítate a lo estrictamente necesario» (XXXIII, 7).
Epicteto cita una serie de facultades que poseemos para ser imperturbables: para la belleza, la continencia; para el dolor, la resistencia; para la injuria, la resignación. Estas facultades son virtudes que hemos recibido y debemos hacer buen uso de ellas. Así el hombre virtuoso es seguro de sí mismo (XXXVIII), no siente contrariedad, es libre (XIV, 2). Serás afable con el que te insulta y dirás «si le pareció bien a él…».
En definitiva debemos ser imperturbables ante las impresiones externas. Por ello hay que evitar la posesión de lo externo, de lo que no depende de nosotros; así, que no te afecte el que se rompa tu copa o se muera tu hijo (XXVI).
Los bienes externos no son nuestros, son prestados, por lo que deben ser devueltos, por ejemplo, cuando muere un hijo, o tu mujer (XI) o en general un ser querido (XXVI). «Me duele la muerte de mi hijo lo mismo que la del hijo del vecino».
Como antes decíamos, la impasibilidad se adquiere comenzando por las cosas pequeñas: ante la rotura de una olla (III) o de una copa (XXVI) o porque se derrame aceite (XII) o te roben el vino (XII). No hay que irritarse ante estas situaciones. Además, nada se obtiene gratis; sería injusto que no se pagara con nada, aunque fuese con impasibilidad (XXV, 2). Todos pagan con elogios al que les invita (XXV, 4, 5); sin embargo, aboga por la impasibilidad y recibe a cambio el no tener que elogiar al que no quiere. Aquí deja abierto un camino para que cada uno decida su precio a pagar según la conveniencia; si das un óbolo, recibes lechugas; si no lo das, te quedas sin lechugas pero con el óbolo. En cierto modo justifica su actitud de no querer hacer elogios diciendo que no es de su interés la persona a la que elogia (XXV, 3). Sin embargo, no le cabe duda de que para ser un buen filósofo no hay que hacer nunca elogios, sino mostrarse siempre impasible (XLVIII, 2). Con tiempo y demora podemos lograr más dominio de nosotros mismos (XX, XXXIV).
Su impasibilidad unas veces está llena de ironía, frente a las críticas, por ejemplo, él respondería «ignoraba (el que me insultó) las demás cosas malas que hay en mí» (XXXIII, 9), y otras de resignación, «si le pareció bien a él…» (XLII).
Nos aconseja pensar siempre en lo más negativo (XXIX, 7) (XXXIII, 13), incluso hasta en la muerte (XXI).
Nos dice que no aparentemos tomar algo en serio (XXXIII, 10), que no compartamos las emociones con los demás (XXXIII, 10), refiriéndose al impacto que produce en uno una obra de teatro. Sin embargo, hay que señalar que recomienda gemir con aquél que está afectado, aunque solo sea en apariencia (XVI), y hacer evidente que le molestan las conversaciones obscenas (XXXIII, 16). Desaconseja también las malas compañías de la gente vulgar, pues fácil es «ensuciarse» junto a un «hombre sucio» (XXXIII, 6). Recomienda estar alerta para no contagiarte de tal vulgaridad.
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En el Manual encontramos frases como éstas: «Rehuye los festines con la gente vulgar» (XXXIII, 6), «no charles mucho con los que no lo son (filósofos)» (XLVI), «no puedes ser todo a la vez… filósofo o hombre común…» (XXIX, 7), y da una serie de pautas que marcan las diferencias entre el filósofo y el hombre vulgar (XLVIII). El filósofo espera de sí todo provecho o daño, no reprende ni elogia ni acusa a nadie, no se defiende nunca, no alardea de nada, no se hace el entendido, es siempre impasible, no siente deseo ni tendencia, siente aversión solo hacia las cosas contrarias a la naturaleza que dependen de nosotros. El filósofo, en fin, pone en práctica día a día sus principios (LI): «en un banquete no digas cómo se debe comer, sino que come como es debido» (XLVI).
Su modelo de vida es Sócrates, que se consagró a la razón (LI): «Siempre he sido de tal condición que a ninguna de mis cosas hago caso sino a la
razón»[39]. Epicteto tiene otros dos modelos, Heracles y Diógenes. Diógenes
es citado en su obra 24 veces y Sócrates 67. Para Jordán de Urríes[40], el retrato que hace Epicteto de Sócrates difiere del que hace Platón. Faltan rasgos esenciales como la ironía, y ya no es el incansable buscador de la
verdad, sino que en Epicteto ya parece dueño de ella. Souilhé[41] nos dice que para lograr realmente el mundo moral tan excelente que Epicteto nos propone es necesario «alzarse hasta el heroísmo de un Heracles, de un Sócrates o de un Diógenes».
Retrato de Sócrates. S. IV a. C.
Roma. Museo de Las Termas.
Epicteto señala como partes fundamentales de la filosofía (LII): primera, poner en práctica los principios; segunda, las demostraciones, y tercera, confirmar estas cosas. Estas tres partes son necesarias encadenadamente, pero la primera, que se refiere a la moral práctica, al vivir practicando los principios filosóficos, es la más importante; la segunda es la ética teórica o fundamentación de la moral o búsqueda de esos principios por los que ha de regirse nuestro vivir; la tercera es la lógica o estudio de los medios aptos para demostrar la necesidad de los principios éticos y las consecuencias que de
ellos derivan[42].
Esta tripartición teórica no coincide con otras que hicieron otros estoicos, sin embargo, todos daban la máxima importancia a la acción, a la práctica.
En otro lugar[43], Epicteto distribuye de otra manera el campo de la filosofía: primero, lo concerniente al deseo; segundo, lo concerniente a los impulsos y deberes, y tercero, lo concerniente al recto sentir y a la lógica.
Los estoicos dividían la filosofía, según C. Thurot[44], en tres tipos: lógica, física (o ciencia de la naturaleza) y moral. Sin embargo, Epicteto en el Manual no habla más que de lógica y moral (LII). El filósofo debe primero vigilar los deseos y aversiones, pues de ellos dependen las turbaciones del alma. Luego saber dirigirlos adecuadamente hacia aquello que nos procura bienestar del alma y no hacia nada externo, sino hacia lo que le conviene a la naturaleza, hacia nuestros deberes (no en el sentido más estricto de la palabra), y por último consolidar la certeza de los juicios en nuestras representaciones. Solo así podremos ejercer muestra libertad, objetivo primordial en todo pensamiento filosófico, y ello se logra gracias a la independencia de espíritu y a la abolición de todo deseo no razonable, sin olvidar la obediencia a la voluntad divina.
Al sabio lo que le importa es obedecer a la naturaleza, a la razón y a Dios, actuando en consecuencia. A veces Epicteto habla de Dios y naturaleza como
algo similar (XXX), y Thurot[45] cree que, en efecto, para los estoicos la
naturaleza era al mismo tiempo la divinidad. Long[46] halla algo sorprendente en la fe estoica que profesan tanto Epicteto como Marco Aurelio, de que todo acabará en bien. Es más, afirma que fueron los únicos filósofos griegos que trataron de hallar una razón para cuanto incluía un concepto de una naturaleza perfecta que todo lo abarca.
Para Epicteto, el mal no existe salvo que la propia naturaleza se lo ponga como fin (XXVII). Por naturaleza, todo ser viviente rehúye las cosas que parecen nocivas y sus causas (XXXI, 3); si alguien hace un mal es porque lo toma como un bien.
Es posible conocer el propósito de la naturaleza a partir de lo que estamos todos de acuerdo (XXVI), por ejemplo, en que es humano que un hijo muera, por ello digo que la muerte no es un mal. Todo el mundo piensa que lo que es bueno es útil y conforme a la naturaleza (catá physin). El dilema comienza cuando este principio se aplica a cosas particulares, cuando se trata de saber si esta cosa o hecho concreto es bueno. De lo que se deduce que lo que es malo, es contrario a la naturaleza (pará physin).
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Epicteto es el más religioso de los filósofos estoicos. El acento religioso,
como dice Souilhé[47], es más ferviente en él que en Séneca o Marco Aurelio. El hombre, para Epicteto, es fragmento de Dios, mientras que Crisipo y
Posidonio consideran al hombre fragmento del cosmos[48]. La interpretación de Rist es que verdaderamente para Epicteto todos tenemos alguna parte de Dios dentro de nosotros. Los dioses existen, gobiernan justamente y por ello hay que obedecerlos (XXX, 1). Dios es la inteligencia mejor, debemos, pues, dirigirnos a ellos como consejeros (XXXII, 2) y debemos alejarnos de todo ante la llamada de Dios (VII). Esta llamada es lo que da el concepto de vocación (XXII).
Tenemos que aceptar lo que Dios nos da, por ejemplo, un padre, el que sea, y tenemos que aceptar gustosamente los acontecimientos como vienen, como designios divinos (XXXI, 1), solo así se logra sabiduría y felicidad. Para Epicteto, Dios es la inteligencia universal, el destino que todo lo conduce, la razón que todo lo gobierna. Está convencido de que es el padre de todos los dioses y hombres, de que es Zeus.
Como se acaba de ver, unas veces utiliza theos en singular (XXII), más frecuentemente theoi en plural (XXXI, 1; I, 3; XXIX, 2; XXXII, 2; LIII, 3), otras veces alude a la divinidad sin nombrarla (VII, XI).
Friso este del Partenón. Poseidón, Apolo y Artemisa. S. V a. C.
Atenas. Museo de la Acrópolis.
Hay que seguir a Dios y que Dios nos lleve a donde nos ha asignado, nos dice citando a Cleantes de Assos (LIII, 1). El papel que debemos representar (XVII) lo ha escogido él y tenemos que asumirlo bien (XXXVII, XXII). El hombre trata de evitar el mal y amar el bien; y sabiendo que Dios no puede hacer daño, se le tiene respeto y se le ama (XXXI, 4). En definitiva, se preocupa de tener respeto a los dioses aquél que se preocupa de tener deseos y aversiones como es debido. Por ello la piedad se basa en lo útil, es decir, en tratar de evitar lo que le hace daño.
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Finalmente, Epicteto nos da una serie de consejos morales: No enorgullecerse del bien ajeno (VI) ni presumir de saber adaptarse a las necesidades del cuerpo (XLVII).
No parecer en nada un entendido (XIII) ni hacerse pasar por filósofo en
ningún sitio (XLVI, 4)[49].
Ser humilde en todo tipo de actividad, filósofo (XXVI), atleta (XXIX, 6); y no asumir papeles por encima de sus posibilidades (XXXVII).
No hablar de principios, sino ponerlos en práctica (XLVI), «ya que las ovejas no muestran a los pastores cuánto comieron llevándoles la hierba, sino que una vez digerido el pasto, producen lana y leche». Así, no solo hay que saber filosofía, sino ponerla en práctica (XLIX). «En un banquete no digas cómo se debe comer, sino que come como es debido» (XLVI).
No dudar en ayudar a uno que esté afectado (XVI), aunque solo sea en apariencia; tú eres buen actor (XVII). Epicteto no defiende la compasión, pues no debe sentirse internamente: una diferencia radical con el cristianismo.
Estar siempre preparado para la burla, tanto si se quiere ser filósofo (XXII) como atleta (XXIX, 6), etc.
Ser constante, pues los que se burlan de uno, luego le admiran (XII). Permanecer fiel a los principios (L) y una vez filósofo, practicarlos día a día (LI). Por ejemplo, puedes ser útil a la patria siendo constantemente un ciudadano fiel y discreto (XXIV, 5).
No confiar la mente a cualquiera (XXVIII).
Tener en cuenta precedentes y consecuencias (XXIX, 1).
Atenerse a las leyes de los ritos. Es importante la tradición (XXXI, 5). Si se cumplen las leyes sociales, se goza del respeto de los demás (XXXIII, 15).
También da una serie de normas de conducta, de comportamiento. Comienza por lo más importante, que es ante todo ser uno mismo (XXXIII, 1); como también nos dice que debemos hacer las cosas para nosotros mismos y no para los de fuera (XLVII).
Pensar bien las cosas antes de decirlas (XXXIII, 2) y no hablar sobre lo primero que se nos ocurra. No hacer reproches, ni alabanzas, ni comparaciones, ni vanas afirmaciones (XLV), así no sucederá que «al recibir la percepción sensorial de unas cosas, asientas otras».
Moderación en la risa (XXXIII, 4) y no provocarla (XXXIII, 5).
Moderación también en los bienes, «así como el pie es la medida del calzado, el cuerpo de cada uno es la medida de sus bienes» (XXXIX). Limítate a lo estrictamente necesario (XXXIII, 7), clara postura contra los peripatéticos, para los que no puede haber felicidad sin prosperidad material. Rechazar toda ostentación y lujo.
Alejarse de la gente vulgar (XXXIII, 6), menos aún charlar con ella sobre principios filosóficos (XLVI, 1).
No probar los placeres del amor antes del matrimonio (XXXIII, 8), pero no se debe criticar al que los prueba por lo que se muestra tolerante. Rechaza el adulterio, como todos los estoicos. Musonio Rufo, su maestro, exigía una severa moral sexual. Tanto él como los demás estoicos defendían el matrimonio y la crianza de los hijos, aunque a Epicteto le convino más el
celibato[50].
Impasibilidad ante las críticas (XXXIII, 9) y los insultos (XLII); ¿por qué temer a los que increpan indebidamente? (XXXV). No hay que tomarse en serio nada externo (XXXIII, 10), sin embargo, nos aconseja que hagamos evidente nuestro disgusto ante conversaciones obscenas (XXXII 1,16).
No perder la compostura en las lecturas públicas (XXXIII, 11) y siempre uno debe sacar algo bueno de las situaciones comprometidas (XXXIII, 12).
Rechazar todo tipo de juramento (XXXIII, 5).
No alardear de hazañas propias ante los demás (XXXIII, 14), ni de nada que no dependa de uno mismo como riqueza, elocuencia, etc. (XLIV); ni de ser filósofo (XLVI); ni de poder adaptarse a las necesidades del cuerpo (XLVII).