Miss Dinamita
Capítulo I. El vagabundo
CAPÍTULO I
EL VAGABUNDO
P ara un joven sano, vigoroso y hambriento, que había caminado tres millas desde que abandonara su descompuesto automóvil, el olor a comida caliente, mezclado con la fragancia del humo de aromáticos leños, era tan tentador que Norman Conquest casi se sintió desfallecer. Al otro lado del cerco que bordeaba la carretera que serpenteaba por la campiña, distinguió una luz que le pareció amistosa y acogedora y una perezosa columna de humo que se elevaba hacia lo alto.
Aspirando profundamente el aire, avanzó con pasos firmes y decididos hacia un rústico portillo que cortaba la monotonía del cerco. Nunca hasta entonces había tenido oportunidad de advertir cuán desierta era esa región del condado de Suffolk. Por millas y millas se extendía la campiña sin que se alcanzaran a divisar aldeas o caseríos; en los caminos no se advertía a esa temprana hora de la noche tránsito alguno. Norman Conquest había recorrido tres largas millas sin encontrar ser humano, si se exceptúa a un viejo rústico que le informó vagamente que la aldea más cercana, llamada Great Bardlow, se hallaba un «corto trecho más adelante».
A Norman Conquest le pareció que después de conversar con el rústico había recorrido por lo menos diez millas, y todavía no veía nada de Great Bardlow. Todo lo que hasta ahora había podido observar era una aparentemente interminable carretera que se extendía ondulada entre verdes praderas y campos de labranza, y alguna luz ocasional que brillaba en la lejanía.
Pasando al otro lado del portillo se encontró en el resguardado ángulo de un prado de forma triangular. Una pequeña y espesa plantación protegía el lugar del penetrante viento nocturno. En el centro de ese refugio vio Norman a un hombre sentado en cuclillas ante un fuego que crepitaba alegremente; se trataba, sin duda, de un vagabundo, porque a escasos metros de distancia se veía un carrito de mano, viejo y ajetreado, y una pequeña tienda de campaña.
—Hermano —dijo Norman Conquest acercándose—, no sé qué es lo que usted está cocinando, pero sí sé que huele maravillosamente bien y que me ha despertado el apetito. ¿Me invita usted a participar en el festín?
El vagabundo observó un instante al joven impecablemente vestido, asintió con una leve inclinación de cabeza al mismo tiempo que decía con voz amistosa:
—Es un conejo, señor. Pero puedo asegurarle que es tierno y jugoso como un pollo. Sea usted bienvenido y póngase cómodo si no le molesta sentarse a mi lado.
Norman se sentó sobre el tronco de un árbol caído y extendió sus manos hacia las llamas. El fuego era pequeño y había sido hábilmente preparado para que proporcionara intenso calor en un mínimo de espacio. Un trípode de hierro había sido armado sobre el fuego, y de un gancho colocado en su vértice pendían jugosos trozos de carne que despedían un aroma apetitoso.
El joven, que en ciertas ocasiones era conocido bajo la denominación de «El Alegre Temerario», desvió de mala gana la mirada del suculento manjar y la posó sobre su compañero, dedicándose a observarlo atentamente. Era éste un hombrecito bajo y delgado, con pequeños ojos que brillaban en un rostro de extraña apariencia, contorsionado permanentemente por muecas y visajes.
—¿Es usted nativo de esta región?
—¿Yo, señor? No.
—¿Sabe usted a qué distancia queda la aldea de Great Bardlow?
—Exactamente a una milla carretera adelante —contestó el vagabundo señalando con su sucio pulgar un punto del espacio—. Hoy estuve allí vendiendo monos y tuve bastante éxito.
—¿Así que usted se dedica a vender monos? —preguntó Norman Conquest, aparentemente interesado—. Encantadora ocupación. ¿Los caza usted en los bosques o los cría?
Una amplia sonrisa distendió el curtido rostro del vagabundo, surcado por mil pequeñas arrugas. Con hábiles dedos retiró del gancho un humeante trozo de carne, y colocándolo entre dos rebanadas de pan, dijo, alcanzando el sándwich a Norman:
—Los hago yo mismo, señor.
Al decir esto, su mano derecha hurgó en uno de los bolsillos de su chaqueta, y segundos más tarde mostraba al joven un pequeño juguete consistente en dos varillas de madera ingeniosamente unidas con alambres, y de uno de cuyos extremos pendía un minúsculo monito. Moviendo una palanquita, el monito giraba sobre sí mismo, como un gimnasta en el trapecio. El monito había sido confeccionado con piel de conejo y dos diminutas cuentas de vidrio formaban los ojos, que brillaban intensamente al reflejar la luz que producían las llamas.
—Es algo en verdad ingenioso —dijo Norman Conquest antes de hincar sus dientes en el sándwich. Mientras masticaba, sacó del bolsillo una libra esterlina, y alcanzándosela al vagabundo, agregó—: Le compro uno, y le prevengo que a este precio los considero baratos.
—Pero, señor, ¡si sólo los vendo a seis peniques!
—¿Es invento suyo este juguete?
—Sí, ¿por qué?
—Entonces usted debería establecerse con un negocio y no vagabundear por los caminos —observó Norman—. ¿Dijo usted la verdad cuando afirmó que esta carne es de conejo? En mi vida he comido algo tan sabroso.
—Probablemente se deba a la forma en que ha sido preparada —contestó el vagabundo, mirando incrédulo la libra esterlina que sostenía con dedos temblorosos—. ¿Qué se propone usted, caballero? ¿Quiere insinuar que este dinero va en pago de esta insignificancia?
—Opino que el juguete lo vale; por lo tanto, guarde ese dinero y olvídese del asunto —contestó Norman—. Es mejor que ahora empiece a alimentarse; nunca me agradó comer solo.
El hombre volvió a mirar la libra esterlina, como si tuviera sospechas acerca de su legitimidad, y en seguida la hizo desaparecer en uno de sus numerosos bolsillos.
—Bueno, caballero, acepto, pero debo reconocer que es ésta una extraña bondad de su parte. Cuando me preguntó usted si podía compartir conmigo mi frugal cena, accedí sin la intención de cobrarle un solo centavo. En lo que respecta al monito, no vale nada. Hago los juguetes mientras recorro las carreteras; un poco de piel de conejo y un par de cuentas de vidrio son fácilmente obtenibles. Sí, señor, me defiendo bastante bien; mi dinero siempre me alcanza para comprar un pan y otras menudencias.
—¿Hace mucho tiempo que vive usted en esta forma?
—Casi diez años, señor… Desde que murió mi pobre madre. Dificulto que haya un rincón del país que no me haya visto con mis monitos. —El vagabundo se preparó un sándwich, mientras una sonrisa de felicidad se dibujaba en sus labios—. ¿Establecerme con un comercio? No, señor; no yo. Antes de un mes moriría asfixiado. No hay nada comparable a la vida independiente y al aire libre en las carreteras, no importa que sea invierno o verano. Mientras gane unos cuantos chelines por semana me consideraré un hombre feliz.
Norman Conquest le creyó. En realidad, pocas veces el indiferente y despreocupado «1066» había visto a un miembro de la raza humana que mostrara mayor satisfacción que éste. El pequeño vagabundo irradiaba sinceridad.
—¿Otro sándwich, caballero?
—Amigo Bill, parece que es usted capaz de leer los pensamientos ajenos —dijo Norman introduciendo en su boca el último trozo de pan con carne—. Acepto complacido, siempre que no le prive a usted de su cena.
—Hay suficiente para los dos —contestó el vagabundo preparando otro sándwich—. Por otra parte, y rogándole que me perdone, no me llamo Bill. Caballero, mi nombre es Mandeville.
—¿Me he equivocado, entonces?
—Sí, señor. Mi nombre es Mandeville Livingstone —repuso el vagabundo con cierto orgullo—. Caballero, es probable que usted piense que me estoy burlando.
—De ninguna manera, hermano —interrumpió el «Temerario» con un malicioso guiño de ojos—. ¿Por qué no ha de llamarse usted Mandeville Livingstone? Algunas veces la gente más sencilla es la que tiene nombres más extraños y llamativos. Considere, por ejemplo, mi propio caso: me llamo Norman Conquest. Suena más bien a batalla que a nombre propio, ¿verdad?
Ambos se entendían a las mil maravillas. Bien pronto Norman estuvo explicando al vagabundo que su gran automóvil Hispano, de turismo, había sufrido una «panne» en el centro de una vasta región agreste, y que en consecuencia se había visto obligado a caminar hasta la aldea más cercana con la esperanza de hallar un garaje. Habló muy poco de sí mismo, dejando que su compañero se explayara a sus anchas.
El fuego fue reavivado y ambos permanecieron sentados ante él, fumando apaciblemente. A Norman Conquest no le importaba si reanudaba la marcha en el acto o lo hacía una hora más tarde. Se sentía cómodo y satisfecho. El vagabundo que llevaba el extraño nombre de Mandeville Livingstone demostró ser un individuo sencillo y sin complicaciones, cuya conversación abundaba en relatos inverosímiles y en interesantes anécdotas. Una de las cosas que dijo quedó grabada en la mente de Norman. Refiriéndose a sus monitos gimnastas dijo:
—Sí, caballero; generalmente cobro seis peniques por cada uno, pero tampoco se puede ser despiadado e inflexible. Cuando veo que algún niño no tiene suficiente dinero, se lo cedo también por dos peniques y hasta por uno solo.
—Por su forma de hablar, deduzco que usted alguna vez tuvo hijos…
—Efectivamente, señor. Tuve una hijita —contestó el vagabundo en voz baja y un tanto ronca—. Es extraño que usted lo mencione. El primer monito lo hice para ella. Ella y su madre me dejaron al mismo tiempo. Fue cuando recorríamos el país, de feria en feria, con un teatro de títeres. Llegamos a una ciudad azotada por una epidemia y ambas murieron en el término de diez días. Yo también enfermé, pero sané finalmente. Solo y sin ayuda, ya no estaba en condiciones de atender el teatro.
Guardó silencio y se dedicó a atizar el fuego con un palo; mientras tanto, Norman Conquest dejó de formular preguntas, respetando los íntimos pensamientos del vagabundo. De pronto ambos prestaron atención; al otro lado del cerco alguien se acercaba caminando pesadamente.
Norman fijó su atención en el portillo, y bien pronto vio que un sargento de policía lo franqueaba. Se detuvo y su mirada perspicaz abarcó al fuego y a los dos hombres sentados ante él.
—Acérquese, Clarence; caliente sus manos en las llamas de este fuego acogedor —dijo cordialmente Norman Conquest—. Hay espacio de sobra y siempre será más agradable esto que recorrer en bicicleta estas desoladas carreteras.
El funcionario policial lo miró sorprendido y en seguida, dedicando toda su atención al vagabundo, preguntó severamente:
—¿Es suyo este fuego?
—Sí, señor, yo lo encendí.
—Supongo que sabe usted que está violando las ordenanzas —continuó diciendo el sargento—. Tendrá que desarmar la tienda, juntar todos sus bártulos y continuar su camino.
La actitud del hombre era en extremo desagradable; hablaba con altanería y rudeza. Su acusación de violación de las ordenanzas carecía de fuerza y tampoco se justificaba su intempestiva intervención. Norman Conquest observaba al funcionario con una aguda mirada y llegó a la conclusión de que era joven, de que carecía en absoluto de todo sentido del humor, y de que probablemente albergaba en su interior un secreto resentimiento contra sus superiores por mantenerlo en un distrito rural en lugar de brindarle la oportunidad de poder desarrollar sus capacidades en una ciudad importante. Los funcionarios como este que había intervenido en la escena, siempre buscan ansiosamente a alguien a quien culpar de contravenir las ordenanzas y las leyes, y en ningún caso están dispuestos a pasar por alto la menor insignificancia.
—Vamos…, vamos…, Clarence —dijo Norman en tono contemporizador —. Deje usted de lado esa rigidez que tan mal le sienta y descanse un momento a nuestro lado. Tome, fume uno de mis cigarrillos. En lo que respecta a Mandeville Livingstone, está usted completamente equivocado; es un hombre encantador. En lo que se refiere a violación de ordenanzas…
—Señor —lo interrumpió abruptamente el sargento—, no sé quién es usted, pero le aconsejo que se ocupe de sus propios asuntos. ¿Será usted por casualidad el dueño de ese gran automóvil que vi detenido hace un momento en la carretera?
—¡Pero, mi estimado señor Sherlock Holmes!… ¡Sus deducciones son sencillamente maravillosas! —contestó Norman divertido—. Su aguda inteligencia me deja francamente desconcertado. No se equivoca usted: soy el propietario de ese gran automóvil.
—Entonces, señor, tendrá que darme su nombre y dirección.
—¿Me acusa también a mí de haber violado las ordenanzas?
—Dejó usted el coche sin las luces encendidas.
—¿Es acaso culpa mía de que haya fallado la batería? Por otra parte, he tenido buen cuidado de dejar el coche sobre la acera de césped; en consecuencia, no puede acusarme de obstrucción al tránsito.
—Señor, le ruego me perdone por mi insistencia, pero las ruedas izquierdas de su coche están en plena carretera, seis pulgadas fuera de la acera de césped —contestó el sargento—. He realizado mediciones exactas y…
—Bueno, bueno —interrumpió Norman arrastrando las palabras—; Clarence, es usted realmente una persona molesta y fastidiosa. He conocido policías cargosos, pero como usted ninguno. Le aseguro que usted se lleva la palma. ¿Así que recurrió a un metro para comprobar esa grave infracción?… Cualquier día de estos, cuando sus superiores estén de buen humor, será usted ascendido a inspector.
El hombre bufó airado y dijo con impaciencia:
—Señor, vuelvo a repetirle que necesito su nombre y dirección.
—Está usted muy equivocado si cree que yo le suministraré esos datos. Vaya usted al infierno; es probable que allí logre averiguarlos. Y en lo que respecta a mi amigo aquí presente, ¿qué piensa hacer usted con él?
Evidentemente el sargento nada podía hacer, y así lo comprendió. Fuera de un rutinario informe que poco podía molestar a Norman, nada podía contra éste. Airado, se volvió hacia el vagabundo gritando:
—Ya ha oído lo que le dije hace un minuto. Junte todos sus chismes y lárguese. Ya hemos tenido bastantes tipos de su calaña en el distrito. —De pronto sus ojos se fijaron en una sangrienta y fresca piel de conejo arrojada sobre el césped, no lejos del fuego. Entonces ladró triunfalmente—: ¡Ajá! ¿Conque también cazador furtivo? Está usted arrestado.
Mandeville Livingstone saltó como movido por un resorte; el hombrecillo parecía un hurón furioso. Norman Conquest observaba sonriente la escena.
—No puede usted arrestarme, no tiene ningún derecho para ello —gritó acalorado el vagabundo—. Tengo buenos antecedentes; nunca me he dedicado a la caza furtiva. Este prado pertenece a un granjero llamado Burns, el cual me autorizó a acampar en este lugar y a cazar cuantos conejos quisiese.
La manifestación del vagabundo era evidentemente cierta; así lo comprendió también el sargento, que se limitó a refunfuñar:
—En seguida iré a ver al señor Burns, y pobre de usted si ha mentido. Lo encerraré en el calabozo…
Se alejaba desconcertado y lleno de ira, cuando su pie tropezó con el monito que había comprado Norman Conquest y que había dejado a su lado sobre el césped. Al minuto siguiente la pesada bota del sargento aplastó deliberadamente el juguete, destrozándolo.
—Oiga, usted no puede hacer eso —gritó el vagabundo, saltando hacia adelante—. Acabo de vender ese juguete a este caballero…
Se interrumpió sorprendido, porque el sargento, sonriendo sardónicamente, le colocó, con un «clic» metálico, las esposas. Los ojos del pequeño vagabundo reflejaban intenso azoramiento.
—Está usted acusado de atacar a un funcionario policial —dijo el sargento con triunfal ironía.
—Pero…, pero yo no hice nada —protestó el vagabundo—. Yo no lo ataqué; ni siquiera lo he tocado.
Norman Conquest se preguntaba qué debía hacer. Su primer impulso fue el de castigar en el acto a ese maldito policía, pero no tenía ningún deseo de crearse molestias por una cuestión que en realidad carecía de importancia. Al mismo tiempo comprendió que, sin lugar a dudas, el pequeño vagabundo «ya estaba listo». Un hombre de su condición no tenía defensa posible al ser acusado ante el juez por un sargento de policía.
—Oiga, escuche, sargento —empezó a decir Norman, pero se interrumpió de inmediato. Un perrito fox-terrier se abrió camino por el cerco y enfrentando al grupo de hombres empezó a ladrar furiosamente. Pero Norman Conquest no prestó atención al perro; sus ojos se posaron en una joven que se había detenido ante el portillo y cuya esbelta silueta era iluminada a medias por los resplandores del fuego. Su rostro era agraciado y una espesa mata de ondulados cabellos rubios coronaba su cabeza.
—Sargento Roper, ¿qué ha hecho ese pobre hombre? —preguntó la joven. Su armoniosa voz estaba en perfecta consonancia con su belleza.