Miss Dinamita
Capítulo XVIII. El hombre que parecía asustado
CAPÍTULO XVIII
EL HOMBRE QUE PARECÍA ASUSTADO
L a mañana se presentaba calurosa, el sol brillaba en toda su intensidad. En la casa rodante de Norman Conquest el calor era más intenso aún a causa de que el sol calentó desde la primera hora los costados y el techo de acero, a prueba de balas. Por lo tanto, no era de extrañar que el cuchillo de mesa que empuñaba Norman se deslizara de sus dedos sudorosos y se clavara con facilidad en la media libra de manteca que, dentro de su correspondiente mantequera, ocupaba el centro de la mesa. Pero, el cuchillo no se introdujo hasta el fondo, tropezó con un cuerpo extraño que a mitad de camino le ofreció resistencia… y Norman, con los sentidos agudizados al máximo, olvidó su desayuno para dedicar toda su atención a este detalle que para cualquier otra persona podía ser intrascendente.
El bosquecillo en el cual había armado su campamento podía ser un tranquilo puerto de bonanza; en realidad lo era… pero, en lo que concernía personalmente a Norman Conquest, el lugar podía ser comparado con el cráter del Vesubio. Sus nervios estaban alerta y listos para captar hasta el más insignificante vestigio de peligro; y cuando su cuchillo se negó a atravesar libremente y sin trabas ese trozo de manteca, manteca blanda para mejor, ya no necesitó más para espolear su curiosidad.
El osado «1066», amante del peligro, había visto a la muerte acechando en numerosos lugares durante el curso de su joven vida aventurera y estaba bien preparado para tropezar con la parca en los más diversos e increíbles lugares, hasta dentro de una media libra de manteca de apariencia completamente inocente. Un desprevenido golpe con su cuchillo, la inmediata explosión de una diminuta pero poderosa bomba, y ¿qué ventajas reportaba entonces vivir en un acoplado a prueba de balas? Indudablemente, el destino acechaba en todas partes.
Si bien era cierto que Norman Conquest inspeccionó recientemente la colección íntegra de novelas policiales escrita por Edgar Wallace, propiedad del extinto sargento Roper, también era cierto de que era dueño de una mente sana y normal y que sus nervios consistían en una mezcla de acero, tungsteno y concreto. Con sumo cuidado acercó la mantequera y comenzó una escrupulosa investigación. Procedió con extrema prudencia, con un tenedor y un cuchillo empezó a separar la manteca y tras una breve búsqueda obtuvo su recompensa porque los dientes del tenedor pusieron en evidencia un rollito de papel impermeable. No era un hallazgo peligroso, pero sí interesante. Una vez desenrollado el papel pudo leer dos líneas escritas en caracteres de imprenta que decían:
«LA PRIMROSE ES UNA FLOR DULCE Y TIENE DELICADO PERFUME, PERO SU COLOR ES COMO EL SULFURO QUE SALE DEL INFIERNO».
En los grises ojos de Norman Conquest brilló una llamita de comprensión. Olvidándose del desayuno se recostó contra el respaldo de su silla y encendió un cigarrillo. Con su camisa de sport y sus impecables pantalones de franela representaba a la perfección a un despreocupado joven de la ciudad que disfruta de un tranquilo día de campo. El paisaje que se observaba desde la ventanilla era en verdad encantador; los rayos del sol que se filtraban por entre las ramas de los árboles, formaban caprichosos arabescos sobre el verde césped.
Era sencillamente fantástico imaginarse que la muerte podía acechar en ese medio ambiente tan perfecto y tranquilo. Era ése el lugar menos indicado para recibir misteriosos mensajes hábilmente ocultos en una media libra de manteca.
Y el mensaje en sí no era tan completamente misterioso.
Esas dos líneas escritas con lápiz, sólo podían tener un significado: tendían a advertirle que estuviera en guardia y desconfiara de Primrose Trevor. Daban a entender que la dulce e inocente Primrose era un engendro del infierno, lo que no sólo era una manifiesta falsedad sino que hasta podía aplicársele el calificado de infamia. Mientras Norman Conquest reposaba en su silla, con los ojos entrecerrados, vio en su imaginación a la bella y encantadora jovencita; vio su esbelto y gracioso cuerpo, sus dorados cabellos cuyos bucles a la luz del sol podían ser tomados por hilos de oro; vio la dulzura que irradiaba su rostro inocente y la asustada mirada de sus fascinadores ojos azules. Era el prototipo de la inocente paloma campesina; un verdadero eco de la pureza y castidad de los bosques y praderas en los cuales vivía.
Era tan clara esa visión, tan nítida y completa se había grabado en la mente de Norman que en ésta ya no quedaba lugar para el gracioso rostro de la «joven Pixie», la mejor y más fiel compañera que había tenido hasta entonces. Con gran pena debe recordarse que Norman estaba en el mejor de los caminos para convertirse en un verdadero tonto. En ese momento Joy Everard significaba para él, menos que el gusano que se arrastraba lentamente sobre la rama de un árbol vecino. Norman arrojó su cigarrillo por la ventanilla y volvió a la realidad. Con voz de señor feudal, gritó:
—Hola, siervo.
De inmediato se abrió una puerta y apareció un hombrecito con el rostro surcado de arrugas que preguntó respetuosamente:
—¿Me llamó, caballero?
—¿Cuántos siervos cree usted que tengo? —repuso Norman encendiendo otro cigarrillo—. Hermano Mandy, quiero hacerle unas cuantas preguntas.
El pequeño ex vagabundo se acercó a su amo, sus ojos francos reflejaban ansiedad. En una mano tenía una napa a medio pelar y con la otra alisaba su delantal azul. Compungido, preguntó:
—Señor, ¿no estaba bien preparado el tocino? Lo hice de acuerdo con sus indicaciones, y los huevos los herví exactamente cuatro minutos…
—Compañero, es la manteca la ore me interesa y no los huevos ni el tocino —interrumpió Norman.
Los ojos de Livingstone se clavaron en la mantequera y, asombrado, preguntó:
—Cielos, ¿qué pasó con la manteca? Señor, cuando la coloqué en la mantequera estaba perfectamente bien.
—La cuestión que interesa es la siguiente: ¿cuándo y dónde adquirió esa manteca?
—Esta misma mañana, señor. En el tambo.
—¿En qué tambo?
—En el de la granja que no está más que a diez minutos de camino desde aquí —contestó Livingstone cuya preocupación crecía por momentos—. Señor, ese tambo queda más cerca que los comercios de la aldea y creí que a usted le agradaría esa manteca fresca. La compré al mismo tiempo que la leche y los huevos.
Norman Conquest asintió con un movimiento de cabeza, y en seguida dijo:
—Tengo entendido que esa granja pertenece a nuestro encantador terrateniente, al simpático sir Hastings Trevor. ¡Caramba, Mandeville!, hay en todo esto algo que no llego a comprender.
—Nuestro encantador terrateniente —repitió Livingstone con no disimulada ironía y olvidando por completo la dignidad de su nueva posición llegó hasta el punto de escupir por la ventana—. Señor, sabe usted perfectamente bien que este hombre llamado Trevor ha tratado de matarlo en distintas oportunidades. Usted no estaría por aquí, fingiendo disfrutar de unas agradables vacaciones, si no tuviera el propósito de castigar a ese viejo sinvergüenza.
—Hermano Mandy, ha estado usted muy feliz al expresarse en esa forma —repuso Norman sonriendo complacido—. Eso de viejo sinvergüenza le queda a sir Hastings como un guante. Pero, nos estamos desviando de la cuestión, mejor dicho, de la manteca. ¿Dice usted que la adquirió en el tambo de la granja? ¿Le fue entregada deliberadamente por alguien?
—No, señor. Había allí una cantidad de paquetes de media libra y elegí éste porque estaba mejor envuelto que los otros —contestó Livingstone—. La señora Hegron, la esposa del granjero, recibió el importe de mi compra y yo me retiré. Si la manteca no está en buen estado la llevaré de vuelta.
—Si usted mismo eligió el paquete no veo cómo… Pero aguarde un minuto, mi fiel escudero; al volver para acá, ¿se entretuvo usted con alguien? Usted charló con alguien y mientras tanto algo le ocurrió a la manteca…
—Cielos, caballero; parece usted adivino.
—No, me limito simplemente a utilizar la materia gris que tengo en el cerebro. Hermano, cuénteme todos los detalles de ese encuentro —dijo Norman indicando con un movimiento de la mano una silla al ex vagabundo —. Reláteme la singular historia de esa manteca substituida. No omita ningún detalle por insignificante que le parezca, porque generalmente los puntos más triviales son los que mayor importancia tienen. Adelante.
Juntó las yemas de los dedos de ambas manos, se reclinó en su silla y cerró los ojos. Mandeville Livingstone le lanzó una escrutadora mirada y empezó a decir:
—Señor, en realidad no me encontré con nadie. Fue alguien que me alcanzó cuando ya estaba en camino de regreso. Fue una joven. Cruzaba corriendo la pradera cuando yo me disponía a entrar en el bosque. En realidad, no la habría visto si ella no me hubiese llamado.
—¡Ah!… ¿era una mujer mala, de esas que llaman a los hombres?
—Señor, no se burle usted —protestó Livingstone—. Era la mujer más bella que han visto mis ojos.
—¿Vio usted alguna vez a la señorita Primrose?
—¿La hija de sir Hastings, señor? Me atrevo a decir que es una gran dama de esplendorosa belleza; tampoco me atreveré nunca a compararla con una criada. —Los ojos del hombrecillo brillaban entusiasmados—. Porque esa joven, caballero, era una criada, y nunca he visto a una mujer que llevara con mayor gracia el uniforme de criada. Pequeñita, con un simpático rostro travieso y ojos vivaces que le bailaban de alegría.
Norman abrió los ojos y observó sorprendido a su criado; en seguida murmuró:
—Mandeville, me sorprende usted. Nunca sospeché que fuera usted tan gran admirador de la belleza femenina; tampoco se me ocurrió en ningún momento que las beldades de la aldea correrían tras de usted. Bien, ¿qué es lo que ocurrió? ¿Concertó usted alguna cita con ella? ¿Le prometió que se encontrarían al anochecer?
—Caballero, no insista usted en burlarse de mí. Ella sólo quiso formularme unas cuantas preguntas, preguntas que sólo se referían a usted y a este campamento. No es ella la única que lo ha hecho hasta ahora, son muchos los curiosos que hay en la aldea y ya no me extraña nada que uno u otro quiera satisfacer su curiosidad. Con seguridad que ningún habitante de la aldea vio jamás una casa rodante como ésta, tan grande y tan lujosa. Por otra parte, todos saben que estuve detenido en la estación policial, acusado de haber cometido un crimen; saben además que hasta ahora fui un vagabundo que recorría los caminos… Y bien, todo esto despierta la curiosidad de la gente y no debemos sorprendernos si llueven las preguntas.
—¿Qué clase de preguntas, hermano? ¿Qué fue por ejemplo lo que preguntó esa criada?
—¡Oh!, formuló principalmente preguntas relacionadas con usted — contestó Livingstone—. Estaba interesada en saber quién era usted, en carácter de qué me había contratado y si nos quedaríamos mucho tiempo en este lugar. Al minuto siguiente reía a carcajadas y yo me preguntaba si habría visto algo de ridículo en mi persona.
—¿Y la manteca? —preguntó Norman con cierta impaciencia.
—Pero, señor… La joven estaba justamente diciéndome su nombre… se llama Mary Stevens… cuando el reloj de la iglesia dio una campanada anunciando la media hora y entonces dijo que la cocinera la regañaría por su demora. En su precipitación por alejarse tropezó violentamente conmigo y se me cayeron los paquetes que tenía en las manos, la manteca, los huevos, el frasco con la leche, el tarro de crema, todo rodó por el pasto sin que afortunadamente se rompiera nada.
—Y la joven lo lamentó mucho y no perdió tiempo en ayudarle a juntar sus cosas —dijo Norman arrastrando las palabras—. Ella a su vez tenía paquetes con productos de granja y sin que usted se diera cuenta le cambió la manteca.
Livingstone, confundido, se rascó la oreja, y al fin preguntó:
—Pero señor, ¿qué ganaba ella haciéndolo; la manteca es la misma, no es así?
Norman Conquest no contestó de inmediato. Recostado en su silla reflexionaba intensamente. Esa joven criada, esa Mary Stevens que servía en la residencia de sir Hastings, había provocado con toda deliberación una oportunidad para poder cambiar la media libra de manteca que llevaba Livingstone. Lo que significaba que había estado presente cuando el ex vagabundo efectuaba sus compras en la granja, lo que a su vez sólo podía significar que en ese mismo instante escribió esas dos líneas sobre el papel impermeable y lo introdujo en uno de los paquetes de manteca de media libra de peso. ¿Por qué lo había hecho?
¿Cuál era el objeto de ese proceder? No podía tener como único fin el de desprestigiar a su ama. Evidentemente, esta Mary Stevens no era una criada común. La criada común que toma antipatía a su ama puede crearle una atmósfera desagradable con sus chismes, pero nunca se le ocurrirá escribir notas en clave y ocultarlas en media libra de manteca para que puedan ser descubiertas por desconocidos. Había algo de extraño y misterioso en todo el incidente y Norman llegó a la conclusión de que bien valía la pena de investigar el caso.
—Hermano Mandy, ¿duerme usted bien? —preguntó Norman de pronto.
—¿Yo, caballero? Sí, creo que sí.
—¿Nada lo perturbó esta última noche?
—No, señor. ¿Por qué?
—Entonces se sorprenderá al saber que unos cuantos facinerosos se apoderaron de mí y amarrado a un tablón me llevaron al viejo y abandonado molino, y todo esto ocurrió anoche, a menos de diez metros de esta casa rodante. Parece que en ese molino utilizaron en un tiempo grandes y pesadas ruedas de piedra y la idea consistió en poner mi cabeza debajo de una de esas ruedas para que quedara convertida en papilla.
—Está usted bromeando, caballero.
—Debo confesar que por un instante descuidé la vigilancia. Estaba conversando con la señorita Primrose cuando los enemigos consideraron que era el momento adecuado de proceder, y antes de perder los sentidos vi que la pobre joven era atacada con brutalidad por una parte de los asaltantes. Otro ataque como éste, mi estimado guardaespaldas, y usted quedará sin trabajo. El actual estado impecable de mi cabeza se debe al hecho de que los enemigos prestaban demasiada atención a mi persona y descuidaron a la señorita Primrose. Se limitaron a arrojarla dentro de un viejo depósito para ocuparse de ella una vez que terminaran conmigo. Afortunadamente para mí, Primrose supo cuidarse sola y fue su mano gentil la que acudió en mi ayuda. Hermano Mandy, buenas se han puesto las cosas cuando es la joven que corre peligro la que tiene que acudir en ayuda del caballero andante para evitar que la cabeza de éste quede pulverizada. Hermano, todo esto está muy mal.
Norman Conquest se levantó lentamente mientras Mandeville Livingstone lo miraba incrédulo sin saber cuánto era lo que debía creer de esa fantástica historia. No podía imaginarse que su joven amo se había limitado a relatar los hechos ateniéndose a la más cruda realidad.
—Sí, señor —dijo el ex vagabundo—. ¿Pero qué es lo que ocurrió en realidad?
—¿No acabo de decírselo? Anoche, la encantadora Primrose me salvó la vida y esta mañana, una misteriosa criada coloca en mi manteca una nota en clave para advertirme que la señorita Primrose no es de fiar. Esto, mi querido vasallo, es una extraña contradicción y tendremos que ocuparnos del asunto.
La idea de Norman Conquest era la de dirigirse sin pérdida de tiempo a la residencia de sir Hastings. No temía que sus enemigos intentaran algo contra él a plena luz del día. Confiado y tranquilo se encaminó lentamente hacia la casa solariega; siempre había sido su costumbre llevar la lucha al campo enemigo y pensaba divertirse en grande al ver la cara de asombro que pondría sir Hastings al volver a verlo con vida. También era posible que pudiera ver a su genio poético, a la criada llamada Mary Stevens.
No tenía prisa. La mañana era cálida y el sol brillaba en todo su esplendor. Norman se detuvo en distintos lugares para apreciar las bellezas del paisaje rural. Caminaba a lo largo de un bien cuidado cerco, y empinándose vio al otro lado el más bello jardín de rosas y un precioso chalet rodeado por los canteros. La única nota discordante la constituía la brillante y lustrosa asentadera de los pantalones del hombre que estaba inclinado sobre uno de los canteros removiendo la tierra.
A Norman no le interesaban en especial forma las rosas, pero hasta sus ojos indiferentes fueron atraídos por tanta belleza llena de colorido. Y, desde que era costumbre suya congraciarse con todos los desconocidos que en una u otra forma podrán ser útiles a sus intereses, abrió la portezuela y entró gritando, para advertir de su presencia al entretenido jardinero:
—¿Hola, vecino, para cuándo es la exposición de rosas?
Fue un gesto completamente inocente y afable. Pero su efecto fue extraordinario. Un hombre común, difícilmente habría notado algo, pero los ojos de Norman estaban especializados en observar las reacciones que sus palabras producían en los desconocidos. El hombre que estaba en el jardín se irguió y, volviéndose, puso de manifiesto el rostro bondadoso de un hombre de edad madura que usaba anteojos. Fue sólo durante la fracción de un segundo, pero después del reconocimiento se endurecieron los músculos y los ojos se agrandaron de asombro. La mirada del hombre de las rosas reflejó temor.
En seguida desapareció todo; la reacción fue tan rápida que habría pasado inadvertida para Norman si éste hubiera parpadeado. Ahora el hombre de las rosas sonreía con benevolencia, mientras preguntaba:
—¿Le agradan mis rosas, verdad? Le aseguro que no hallará mejores en toda Inglaterra. En ninguna exposición floral hallará usted rosas comparables a éstas. ¿No es usted el joven que vive en la casa rodante?
—El mismo —asintió Norman—. Conquest es mi nombre…, aunque me imagino que usted ya lo sabrá.
—No, señor; no conocía su nombre.
Fue una mentira tonta e innecesaria. No era un actor bastante bueno como para poder disimularlo. Norman Conquest sacó su cigarrera y se la ofreció abierta al hombre, mientras tanto su mente trabajaba con febrilidad. Nunca hasta ahora había visto a este hombre; tampoco tenía interés en él ni en su jardín. Sólo había iniciado la conversación obedeciendo a un impulso del momento, con el propósito de cambiar unas cuantas palabras amables con su más cercano vecino. Su sexto sentido, ese fiel e inseparable compañero que nunca lo abandonaba, no había intervenido para nada en este incidente.
En consecuencia, la sorprendente reacción del hombre de las rosas tomó completamente de sorpresa a Norman. Era evidente que el hombre lo había reconocido a primera vista y ese reconocimiento lo había atemorizado. ¿Por qué debía atemorizarse este aparentemente inofensivo amante de las rosas al ver a un joven impecablemente vestido y al cual nunca había visto anteriormente? ¿Y por qué había mentido sin necesidad?
—Gracias, señor Conquest, pero prefiero mi pipa —dijo el hombre—. ¿Conoce usted algo de rosas? Acompáñeme si tiene tiempo; tengo algunas muy bellas en el fondo del jardín. Tengo «Etoile de Hollande» de color rojo; estas «Druschki» no son de lo mejor —con la mano indicó algunas rosas de color blanco, y mientras se quitaba los guantes de trabajo, agregó—: Sin embargo, estas «Madame Butterfly» y estas «Caroline Testout» son impecables.
Norman estaba más interesado en la sensitiva delicadeza de los largos y blancos dedos del hombre que en las rosas mismas. Pero fingió deleitarse con la conversación del otro. Y a medida que crecía el entusiasmo del amante de las rosas, la imaginación de Norman cobraba alas y echaba a volar. El hombre habló todo el tiempo de rosas; nombró las variedades «Emma Wright», «Lady Hillindon», «Reverendo F. P. Roberts», «William Allen Richardson», y mencionó tantos nombres, que a Norman le pareció que estaba recitando de memoria el registro de pasajeros de un hotel. Cuando, finalmente, Norman Conquest reanudó su camino, zumbaban en su cabeza nombres de rosas que bien podían ser confundidos con personas respetables, pero su mente formulaba una sola pregunta:
¿Por qué se había asustado tanto ese anciano de inofensiva apariencia al ver inesperadamente ante sí a Norman Conquest?