Miss Dinamita

Berkeley Gray · Capítulo 16 de 26

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Miss Dinamita

Capítulo XVI. Cena en la residencia de sir Hastings

CAPÍTULO XVI

 

CENA EN LA RESIDENCIA DE SIR

HASTINGS

 

E sa noche, la cena en la residencia de sir Hastings fue alegre, feliz y despreocupada. El dueño de casa y su encantadora hija cenaban en compañía de algunos vecinos; se trataba de una de esas cenas sencillas, sin ceremonia alguna, que tanto habían contribuido a acreditar la hospitalidad de la mansión. Cuatro eran los invitados de esa noche: el vicario, su esposa, su hija y el coronel Franklyn, propietario de una granja vecina. Todos ellos eran personas honestas, bien conceptuadas en la localidad, y consideraban a sir Hastings como al prototipo del caballero rural inglés.

El comedor ofrecía un aspecto hogareño, lleno de placidez familiar, cuando la joven dueña de casa se sentó a la cabecera de la gran mesa artísticamente tendida. Dawes y la nueva mucama atendían a los comensales. Dawes parecía ser el mayordomo perfecto, y Joy Everard, que ahora respondía al nombre de Mary, rivalizaba con él en eficacia y corrección. Primrose estaba muy satisfecha con esa pequeña y pulcra mucamita, que parecía adivinar hasta sus menores deseos y a la que nunca tuvo que repetir una orden.

El vicario, locuaz como de costumbre, conversaba animadamente sobre los más diversos temas; habló de política, del reciente asesinato del sargento Roper y de otras novedades de menor importancia ocurridas en el distrito. Sir Hastings estaba amable y cordial, y por una especie de consentimiento tácito nadie hizo referencia al infortunado destino de Sangley. La aldea no se había repuesto aún de la sorpresa. Sangley había asesinado a Roper y se suicidó momentos antes de ser detenido. El vicario consideraba que sir Hastings procedía con nobleza al invitar a cenar a sus convecinos tan pronto después de la tragedia. Cuanto antes se olvidara un asunto tan desagradable, tanto mejor. Todo el mundo en Great Bardlow y sus alrededores se había sentido dolorosamente impresionado por lo acontecido.

Empezaron a cenar sin aguardar la llegada del coronel Franklyn. Por alguna razón desconocida, éste demoró en llegar y Primrose no consideró conveniente tener aguardando a los demás huéspedes, con mayor razón si se consideraba que el coronel era un asiduo visitante de la casa y que entraba o salía a cualquier hora del día o de la noche. Era precisamente esa hospitalidad de puertas abiertas, la que había hecho de la residencia de sir Hastings una de las más populares mansiones de todo el distrito. Difícilmente pasaba una noche sin que hubiera invitados a cenar, y todos los fines de semana reinaba en la casa gran animación y bullicio.

Era de todo punto de vista imposible sospechar que el amo de tal casa estuviera relacionado con una de las peores bandas de criminales de la época. Y más ridículo aún era imaginarse que la bella y encantadora hija del dueño de casa era el cerebro director de esa organización del mal.

Era precisamente esa política de puertas abiertas, esa absoluta falta de reservas y secretos, la que desafiaba toda posible sospecha. Joy Everard, que observaba todo y no revelaba nada de lo que pensaba, estaba francamente intrigada. Durante su breve estada en la casa, llevó a cabo numerosas observaciones y llegó a la conclusión de que, en muchos aspectos, ese hogar constituía una verdadera paradoja.

Por una parte reinaba en la casa una deliciosa atmósfera de sincera y amistosa hospitalidad; la puerta principal de la mansión estaba constantemente abierta a los visitantes, y sir Hastings y su hija se desvivían por hacer grata la permanencia a sus invitados pero, por otra parte estaba el curioso fenómeno de esa biblioteca a prueba de ruidos, y la certeza de que Dawes, el mayordomo, era un viejo delincuente. Joy no pretendía en absoluto ser un detective, pero desde que se asociara con Norman Conquest para colaborar con éste, había aprendido bastante en lo que a delincuentes se refería. Norman le había enseñado cómo reconocerlos, y su elevado grado de inteligencia contribuyó a su perfeccionamiento.

Después de estar sólo una o dos horas en la casa, ya tuvo Joy la seguridad de que Dawes no era lo que parecía ser; había algo en sus ojos que desagradaba a la joven; algo en la forma de su cabeza y en la curiosa conformación de sus orejas no terminaba de tranquilizarla. También estaba convencida de que todos los demás criados eran completamente inocentes e ignoraban las actividades a las cuales se dedicaban sus amos.

Pero más que nada, Joy estaba intrigada por esa biblioteca a prueba de ruidos. Una mucama común podía haber vivido en la casa durante un año entero antes de comprender que con esa habitación ocurría algo fuera de lo común; Joy, en cambio, contaba con ventajas que no estaban al alcance de todo el mundo, y ya en un par de horas logró descubrir la particularidad que caracterizaba a la biblioteca. Las paredes y puertas de la nueva casa de Norman Conquest, en Londres, también eran a prueba de ruidos, y Joy había experimentado los curiosos efectos que ese sistema puede producir.

Realizando sus tareas, había observado subconscientemente que la puerta de la biblioteca, al igual que casi todas las demás puertas en la casa, permanecían generalmente abiertas. A la hora del té, al bajar de la planta alta, había podido escuchar a sir Hastings y a Primrose que entraban en la casa riendo y conversando en voz alta, pero tan pronto como se cerró detrás de ellos la puerta de la biblioteca, cesaron como por encanto las risas y voces. Cuando Joy pasó ante la puerta cerrada no pudo escuchar el más leve rumor dentro de la habitación.

Más tarde, fingiendo interesarse en un cantero florido, había observado desde el exterior las ventanas de la biblioteca y había comprobado sorprendida que el diseño de las mismas era tal que cualquiera que pasara por la terraza no tenía posibilidad alguna de ver el interior de la habitación. Más aún, justamente en ese lugar de la terraza había una amplia ornamentación que se extendía hasta tapar casi por completo ambas ventanas. La ornamentación consistía en una imitación de rocas con una artística fuente en el centro.

Detalles pequeños, pero interesantes.

Cualquiera que entrara en la biblioteca y cerrara la puerta podía tener la absoluta seguridad de que nada de lo que ocurría dentro de la habitación podía ser visto u oído, ya fuera desde el hall o desde la terraza. Y, no obstante, todo tenía una apariencia de agradable inocencia.

Joy sólo había visto a sir Hastings en dos oportunidades durante ese día, y el dueño de casa apenas le dirigió la palabra. Ella sintió más bien simpatía y agrado por ese hombre; sus miradas francas y su aire afable la conquistaron Pero cuando en una oportunidad le dirigió la palabra en forma directa y sin testigos, la miró de lleno en los ojos y le palmeó cariñosamente el hombro. Un instinto, imposible de definir, advirtió a Joy que debía cuidarse de ese hombre. En la misma forma en que Norman Conquest «catalogó» a sin Hastings, también lo hizo Joy Everard. Probablemente se debía ello a la gran afinidad existente entre ella y Norman.

No albergaba dudas respecto a sus sentimientos para con Primrose. Lo único que quería hacer con ella era quebrarla en dos, arrojarla sobre el piso y desmenuzarla con sus pies. Pero fue lo suficientemente franca consigo misma como para reconocer que su aversión hacia Primrose se basaba puramente en celos. Había visto en una oportunidad que Norman besaba a Primrose, y desde entonces un caballerito de verdes ojos permanecía acurrucado sobre los hombros de Joy y no hacía otra cosa que susurrarle al oído palabras desagradables. Ese caballerito era el demonio de los celos.

Mientras atendía silenciosa y eficiente a los huéspedes de sir Hastings, daba la impresión de ser una criada perfecta Cuando alguien relataba una gracia y todos los demás la celebraban riendo, su travieso rostro permanecía inmutable, imperturbable era posiblemente la palabra más adecuada. No era en ese instante más que una pieza de la máquina destinada a proporcionar comida a los comensales.

Nadie podía haber adivinado que Joy estaba observando cada gesto y cada cambio de expresión que se reflejaba en los rostros de sir Hastings y de su hija. A los huéspedes los había descartado, por no considerarlos peligrosos. Cuando entró el coronel Franklyn, excusándose por su tardanza, lo observó con una rápida mirada. El coronel era un caballero rural, apasionado por los buenos caballos, por la caza y por la pesca.

—Trevor, lamento sinceramente haberme retrasado: Primrose, le ruego que me perdone, pero mi tardanza se debe a algo extraño que observé en un bosquecillo situado dentro de mis tierras —dijo el coronel sentándose a la mesa y mirando con ansiedad lo que quedaba en la fuente—. ¿Recuerdan ustedes a ese vagabundo que fue arrestado, acusado de haber muerto a Koper?

—Abandonó la aldea esta mañana, ¿no es así? —preguntó sir Hastings—. Hablé hoy con el inspector Marshall y me dijo que el pobre infeliz fue puesto en libertad anoche cuando…

—Sí, pero ha regresado —interrumpió el coronel—. Se fue con ese joven que pasó un par de días en la aldea. Ese hombre que tiene un apellido por demás extraño… tanto que no puedo recordarlo.

—Creo que se llamaba Conquest —dijo sir Hastings—. Vino una vez a esta casa acompañando a ese hombre del Yard… —el dueño de casa se interrumpió bruscamente y por breves instantes reinó un molesto silencio. Todos sabían que el cadáver de Sangley había sido retirado de la casa y llevado a la cercana ciudad de Studbury a disposición del tribunal. Poniendo fin al embarazoso silencio, continuó diciendo sir Hastings—: Sé poco de él, pero parece ser un joven alegre y amante de las aventuras.

—A mí me agradó mucho —dijo Primrose con franco entusiasmo—. Fue en verdad magnífica la forma en que intervino en favor de ese pobre vagabundo, logrando salvarlo al fin de la horca. Coronel, ¿dice usted que el vagabundo está de regreso?

—¡Y en qué estado! —repuso el coronel—. Afeitado, lavado, con nuevas vestimentas…, parece ser otro hombre. Sin embargo, lo que llamó mi atención y motivó mi atraso no fue precisamente el vagabundo, sino una maravillosa casa rodante estacionada, como ya les dije, en el claro de un bosquecillo. ¡Qué maravilla! ¡Tiene que haber costado un dineral! Tengo entendido que todos en la aldea hablan de esa casa rodante. Parece ser que ese Conquest la trajo esta tarde a remolque de su automóvil. Se afirma que este coche es el más grande que nadie ha visto hasta hoy. Conquest dejó su palacio rodante a cargo del vagabundo y se alejó nuevamente.

—Aparentemente, ese joven debe tener más dinero que sentido común — gruñó sir Hastings.

Joy vio el relámpago de ansiedad que brilló en los ojos del dueño de casa; vio también la rápida mirada que lanzó éste a su hija, pero Primrose, serena y encantadora como siempre, miraba al coronel mientras decía:

—¡Qué emocionante! Más de una vez me he imaginado los encantos que debe llevar aparejada la vida en una de esas casas rodantes que no carezca de comodidades.

—Pero, mi querida criatura —dijo entusiasmado el coronel—, esta casa rodante es sencillamente colosal. Logré que me permitieran ver el interior y observé todos los detalles. Tiene un saloncito que se parece al camarote del yate de un millonario, un par de lujosos dormitorios, una cocinita con estufa eléctrica, en una palabra, no le falta nada. Tengo entendido que el automóvil que remolca a ese palacio es un Packard monumental.

—Ah, americano —dijo sir Hastings con una mueca despectiva—. Los americanos siempre tienen que tener lo más grande y lo más lujoso. Ignoraba, sin embargo, que ese Conquest fuera americano.

Joy vigilaba atentamente, pero nada más pudo observar. Primrose sólo puso de manifiesto un interés casual en Norman Conquest y, o bien ya sabía que éste había acampado en las cercanías, o la noticia carecía de interés para ella. Esto último era difícil de creer en una joven que la noche anterior había permitido que ese mismo hombre la besara apasionadamente.

Cuando terminó la cena, damas y caballeros se dirigieron a la espaciosa sala con el propósito de escuchar algún programa radiotelefónico. Sir Hastings era un apasionado escucha de los noticiosos radiales. No tuvo que aguardar mucho tiempo; minutos más tarde empezó a hablar el locutor que trasmitía los noticiosos.

Una de las noticias atrajo de inmediato la atención de todos. Se trataba de un importante robo de alhajas cometido esa misma noche en casa de lady Dalecourt, en Mayfair. El valor de las alhajas robadas era calculado en una suma superior a diez mil libras esterlinas. A continuación el locutor relató con lujo de detalles la emocionante persecución que tuvo por escenario las calles de Londres.

—Sin duda alguna, el coche de los bandidos habría logrado burlar la acción policial —continuó diciendo el locutor— si un joven que conducía un poderoso coche Packard, de color negro, no se hubiera sumado por propia iniciativa a los perseguidores, y tras de ser atacado a tiros de ametralladora logró acorralar a los malhechores, cuyo automóvil se volcó. Dos hombres, gravemente heridos, fueron conducidos al hospital; pero tenemos entendido que no se recuperó el producto del robo. Evidentemente, el automóvil fue utilizado con el propósito de despistar a la policía, y no existe duda alguna de que también este robo debe ser achacado a la misteriosa banda especializada en el robo de alhajas de gran valor y que con tanto éxito viene operando desde hace un año.

Primrose Trevor extrajo un cigarrillo de su petaca y lo encendió con mano firme como una roca. Se había dado cuenta de que su padre se inmutó hasta el extremo de permitir que el cigarro se le deslizara de entre los dedos, cayendo al suelo. La noticia transmitida por la radio había significado un rudo golpe para ambos, para padre e hija. ¡Una vez más, Norman Conquest! Nadie que no fuera el joven y osado aventurero podía haber estado sentado tras el volante de ese Packard. Hasta el coronel Franklyn comentó la coincidencia:

—¿Un hombre joven en un poderoso Packard de color negro? —dijo—. Eso es extraño. Este Conquest es un hombre joven y tiene un coche de esa marca y de ese color. ¿No habrá sido él?

También en el departamento de la servidumbre escucharon el noticioso; Dawes, Joy y los demás criados prestaron atención. El mayordomo se estaba sirviendo un whisky, y su calma era ficticia a todas luces, por lo menos lo era para Joy, que estaba alerta, con todos los sentidos aguzados. Al ser mencionado el hombre joven con el Packard, buena parte del líquido contenido en el vaso de Dawes cayó al suelo.

Joy empezó a reajustar su foco visual. Una pequeña ola de remordimientos invadió su esbelto cuerpecito y, finalmente, sintió oprimírsele el corazón. Tal vez, después de todo, no era más que una pequeña gata celosa. El interés de Norman Conquest por Primrose podía deberse a algo muy distinto de lo que ella había supuesto, podía ser que él no estuviera enamorado de ella. Por lo menos era muy significativo que Norman adquiriera un automóvil con acoplado, a prueba de balas, y lo estacionara casi a las puertas de la residencia de sir Hastings. Y más significativo era aún que regresara inmediatamente a Londres para participar en la persecución de los bandidos. Pero estos detalles significativos palidecían cuando Joy recordaba las reacciones de sir Hastings Trevor. Sí, en alguno debía haber un eslabón de unión. Si Norman no fuera tan extremadamente reservado, probablemente no habría surgido ese malentendido entre ellos.

Cuando veinte minutos más tarde cruzaba Joy el hall, proyectó hacia adelante su pequeño mentón y ahogó el impulso de generosidad que había nacido en su corazón. Si Norman prefería serle desleal, merecía todo lo malo que pudiera acontecerle. Ella no lamentaba en lo más mínimo haber procedido por propia iniciativa; con ello ganaba cierto estímulo que podía favorecerla en mucho.

Pero, a pesar de todo, no dejaba de sentir cierto remordimiento por actuar a espaldas de Norman.

Algo sumamente extraño ocurrió en momentos en que Joy había llegado al primer descanso de la escalera y ya no era visible desde el hall. Escuchó de pronto que una puerta se abría con violencia y vio a Dawes que salía prácticamente corriendo de la biblioteca. De inmediato pareció recobrar su sangre fría, y luego de mirar cuidadosamente en todas direcciones, se apresuró a llegar a la sala. En el rostro del mayordomo se notaba hondo desconcierto y su mirada reflejaba sorpresa. Silenciosamente se acercó Joy a la barandilla de la escalera, contenta porque el mayordomo no la había visto.

—Perdón —dijo deteniéndose bajo el dintel de la puerta—. Sir Hastings, le desean hablar por teléfono.

—¿Qué? ¿El teléfono? —preguntó sir Hastings, que estaba conversando animadamente de política con el coronel—. Perfectamente, Dawes; le ruego me excuse, coronel Franklyn.

Mientras cruzaba el hall, en compañía de Dawes, no hablaron palabra; pero el mayordomo miró significativamente a su amo. Sir Hastings entró en la biblioteca y cerró la puerta. Dawes volvió a sus ocupaciones.

Bien sabía Trevor que ésta no era una llamada común. El teléfono corriente estaba sobre el escritorio con el auricular colgando de la horquilla. Sir Hastings se sentó ante el escritorio, y abriendo la gaveta secreta, retiró el otro teléfono y acercando la diminuta bocina a su boca, dijo en voz baja:

—¿Quién habla? Aquí Trevor…

—Señor, habla el capitán Shanks —contestó una voz tenue, casi espectral —. Ha desaparecido el paquete con el producto Dalecourt.

—¿Desaparecido? ¿Qué quiere usted significar?

—Señor, todo se realizó de completo acuerdo con el plan establecido; Nash se entrevistó con Wallett en el lugar y hora convenidos. Pusimos el paquete en la caja y encerramos ésta en el lugar de costumbre; en seguida nos preparamos para partir…

—¿Cómo puede haber desaparecido la caja entonces? —explotó sir Hastings—. Si ustedes cerraron bien…

—Desde el exterior alguien ha cortado un círculo en la plancha de acero del casco —contestó la voz agitada del barquero—. Y ese alguien, señor, robó la caja desde debajo de la superficie del agua. Además, el ladrón dejó una marca extraña en la puerta interior… una marca grabada a fuego sobre el acero. Nada más que cuatro números, señor: uno, cero, seis, seis.

—¿Uno, cero, seis, seis? —repitió sir Hastings—. ¿Qué diablos importa cuáles son los números? Shanks, o usted está loco o ha bebido. ¿Cómo puede alguien…? —Se interrumpió bruscamente para rugir como un toro herido—. Uno, cero, seis, seis —volvió a repetir casi a gritos—. Diez sesenta y seis… mil sesenta y seis… la marca de fábrica de Norman Conquest.

Sir Hastings se desplomó contra el respaldo de su sillón como si hubiera recibido un mazazo en la nuca. Las joyas de lady Dalecourt, desaparecidas apenas una o dos horas después del exitoso robo. Y Norman Conquest no sólo había llevado a cabo su extraordinaria tarea, sino que también había dejado su tarjeta de visita.

—No…; esto ya es demasiado —gruñó Trevor—. Es imposible. ¿Cómo pudo sospechar?…

Volvió a interrumpirse para escuchar lo que decía la otra voz al extremo del cable telefónico.

 

—… en verdad alarmante, señor —decía el capitán Shanks—. Ahora no sabemos a qué atenernos. Si llegan a ser notificadas las autoridades y realizan un prolijo registro en la barcaza…

 

—¡Dios mío!… Tiene usted razón —le interrumpió sir Hastings—. Es mejor que usted… Aguarde un minuto. Conquest no es hombre de informar a la policía. De cualquier manera, es conveniente que aleje cuanto antes la barcaza del muelle y remonte el río como de costumbre. Nosotros, aquí, realizaremos las reparaciones necesarias y tomaremos todas las medidas aconsejables.

Volvió a colocar el teléfono en la gaveta secreta antes de que el capitán de la barcaza pudiera oponer reparos. Durante algunos minutos Trevor quedó sentado como si hubiera perdido los sentidos; en vano trataba de sobreponerse a esa sensación de terror que amenazaba con paralizarlo. Sintió urgente necesidad de ayuda, de alguien que le aconsejara, y olvidando todas las reglas de la etiqueta, a las que tanto se aferraba Primrose, apretó el botón de la campanilla.

Segundos más tarde entraba Dawes en la biblioteca.

—¿Llamó usted, señor? —preguntó inclinándose.

—Vaya al diablo con sus maneras de mayordomo —rugió el dueño de casa—. Vaya y dígale a mi hija que necesito hablar inmediatamente con ella.

Dawes lo miró con ojos agrandados por el asombro, y al fin preguntó:

—¿Es conveniente eso, señor?…

—¿Me ha oído? —gritó sir Hastings—. Vaya y busque a mi hija.

Cuando se cerró la puerta se dejó caer nuevamente contra el respaldo de su sillón, y sacando un pañuelo de su bolsillo secó el sudor de su frente. Primrose tardó en venir, y su padre, incapaz de estar quieto, se levantó y empezó a pasear por la habitación como una fiera enjaulada. Si Norman Conquest se había propuesto hacerle perder la calma a sus enemigos, lo había logrado ampliamente.

Cuando, finalmente, entró Primrose en la habitación, parecía serena y tranquila; pero tan pronto como cerró la puerta tras sí, dejó caer la máscara y avanzó en dirección a su padre, al que miraba con ojos furiosos y amenazantes, tanto que éste retrocedió un paso. Viendo el rostro de Primrose en estos momentos, nadie se habría sorprendido al ver que sus adorables cabellos rubios se convertían en serpientes ponzoñosas. Silabeando entre dientes, chilló más que dijo:

—Eres un tonto…, sabes que tenemos invitados en casa y envías a Dawes para…

—Pero escucha, Primrose —balbuceó el padre, desesperado—, Conquest se ha apoderado de las alhajas de Dalecourt.

Estas palabras tuvieron el mismo efecto que un directo a la mandíbula; Primrose vaciló y repitió desconcertada:

—¿Que Conquest se ha apoderado de las alhajas de Dalecourt?

—Sí; se apoderó de ellas cuando ya estaban en la barcaza. Cortó desde el exterior las planchas de acero, lo que significa que ha estado trabajando bajo el agua —dijo sir Hastings hablando con precipitación—. Hasta grabó a fuego su impronta, el número «1066» en la puerta interna del compartimiento secreto. Primrose, si no matamos a ese hombre, terminará por arruinarnos completamente.

La joven quedó inmóvil mirando fijamente hacia un punto en el vacío.

—¿Recuerdas la noche que lo encerramos en un saco de lona, lleno de piedras, y lo arrojamos al fondo del río? —susurró Primrose—. No había pasado una hora y entraba en nuestra casa, tranquilo e impecable como siempre. Y esa noche desapareció el producto del robo en el «Hotel Supreme».

—¡Dios mío! ¿Quieres significar acaso?…

—La explicación es simple y no ofrece duda alguna —contestó Primrose con convicción—. Estuvo en el río y descubrió el secreto de la barcaza que estaba amarrada a la vieja esclusa. Hoy atacó a Nash y le incendió el automóvil. En alguna forma tiene que haber descubierto la conexión existente entre Nash y el muelle de Swinton… —los labios de la joven se plegaron en una mueca al continuar diciendo—: No, este Conquest no es tan inteligente; es diestro, activo y tiene tanta energía como una dinamo. Sí, tenemos que matarlo…, pero no hasta que nos revele dónde ocultó esos dos paquetes.

Tomando al padre del brazo se acercó a la puerta.

—Escucha, papá —dijo ansiosa—, es necesario que no pierdas la cabeza. Mientras no nos apartemos de los planes establecidos, el juego es completamente seguro y no ofrece riesgos. No sé si esta noche se habrá producido algún daño, no lo creo. Pero sería distinto si hubiera habido otras personas en la casa. Afortunadamente, el vicario y su familia, y el coronel Franklyn, son incapaces de sospechar.

Mientras cruzaban el hall se escuchó dentro de la biblioteca una voz que murmuraba:

—Primrose, es mejor que lo pienses dos veces. —Era Joy Everard, que salía de su escondite detrás del biombo que ocultaba la gran chimenea durante los meses de calor—. Sí, Primrose, esta noche se ha producido un gran daño, tan grande que pronto alguien limpiará una celda en la cárcel de Holloway para encerrarte en ella.

Joy supo que corría un gran riesgo cuando se deslizó en la biblioteca en el instante en que Dawes se asomó a la puerta de la sala para llamar a sir Hastings. Aparentemente no había en toda la habitación lugar donde ocultarse: las estanterías llenas de libros no ofrecían ningún refugio. Pero Joy era pequeña y bien pronto se acomodó dentro del hogar de la chimenea oculto por el biombo.

—¿Conque ésta es la encantadora flor de los prados, la encantadora damisela de la cual se enamoró Norman? —murmuró Joy apresurándose a llegar otra vez al descanso de la escalera—. Primrose…, tonterías; su nombre debería ser «hiedra venenosa».

Serena y dueña de sí misma, se detuvo en el descanso de la escalera para preguntarse una vez más si Norman estaría enamorado de la joven dueña de casa. Aparentemente, esta noche había trabajado como en sus mejores tiempos, con todo el entusiasmo de que podía disponer… y el éxito le había sonreído con amplitud. Ahora ya estaría probablemente de regreso en el bosquecillo vecino…

Y, cosa curiosa, el mismo pensamiento cruzaba en ese preciso instante por la mente de Primrose Trevor.