Miss Dinamita
Capítulo X. Continúa la diversión
CAPÍTULO X
CONTINÚA LA DIVERSIÓN
E n la infinitesimal fracción de un segundo, comprendió Norman que si se mantenía quieto en ese lugar ya no se movería más. Su compañero, el pequeño ex vagabundo, había quedado paralizado por la sorpresa y el desconcierto.
Las balas de la ametralladora se diseminaban por la calle principal, acercándose con mortal seguridad al lugar ocupado por Norman y su compañero: nadie más parecía amenazado por ellas, prueba de la pericia del aviador y también inconfundible prueba de que sólo Norman era el condenado a muerte. En este instante de angustioso peligro, tomó Norman del brazo a su compañero, y casi levantándolo en vilo, lo arrojó al suelo a varios metros de distancia y segundos más tarde ambos se alejaban del lugar del peligro, rodando sobre sí mismos sobre el polvo de la carretera: no se detuvieron hasta hallarse en seguridad detrás de la cabina telefónica que, como única manifestación de modernismo en ese ambiente agreste, había sido construida con cemento armado.
Con ruido similar al de un trueno en los infiernos, el avión volvió a ganar altura cuando sólo se hallaba a ochenta pies del nivel de la calle. Los vidrios, tanto de la puerta como de la ventana de la cabina telefónica, cayeron hechos añicos. Con el máximo de velocidad el pequeño avión ascendía a lo azul del cielo; el lugar que momentos antes ocuparan Norman y su compañero en la carretera estaba ahora acribillado a balazos y el polvo continuaba flotando en el aire.
—Bueno… bueno… bueno —dijo calmosamente Norman levantándose y mirando al avión que desaparecía a lo lejos—. ¡Qué piloto del diablo! ¡Estoy casi seguro de que se entrenó en los campos de batalla, porque, con toda seguridad, no es ésta la primera vez que barre una carretera con el fuego de su ametralladora!
Había podido observar que el avión pertenecía al tipo de aeroplanos de caza, de alta velocidad y monoplaza, que estaba pintado completamente de negro y no tenía marca alguna que permitiera individualizarlo. Se alejaba ahora a una velocidad que no bajaría de trescientas a cuatrocientas millas por hora. No era más que un punto en el espacio y, sin embargo, aún se escuchaba el acompasado rugido de sus motores.
—Dios nos asista, caballero. ¿Qué es lo que ocurrió? —preguntó desconcertado Livingstone mientras se frotaba el hombro.
—Nada, hermano; por lo menos nada de importancia. ¿No le había anticipado que las cercanías de «El Leon Rojo» se podían volver peligrosas? ¿Continúa usted dispuesto a trabajar para mí?
—Más que nunca, señor —contestó el hombrecillo sin vacilación.
—Me habría sentido molesto si hubiera contestado usted en otra forma — repuso Norman sacudiendo sus ropas para quitarse el polvo—. Lamento que en mi precipitación casi le disloqué el hombro, pero consideré que preferiría usted eso a unas cuantas balas dentro de su cuerpo.
Sin tener ninguna evidencia en firme, no dudaba en ningún instante que el mortífero avión había sido enviado en su contra por sus enemigos. Evidentemente, sir Hastings temía que Norman Conquest supiera ya demasiado. De ahí la atención de ese aviador solitario que, aparentemente, había estado volando en círculos sobre Great Bardlow hasta el momento en que descubrió a su presunta víctima. Tenía que haber sabido forzosamente que Norman saldría de un momento a otro de la posada, y era imposible que cualquiera de los testigos de la agresión la relacionaran con el poderoso terrateniente. En este momento el avión solitario se acercaba ya a su base secreta, probablemente en el continente.
La organización delictuosa era más importante aún que lo que había supuesto el «Alegre Temerario»… y éste ya sospechaba que se trataba de una vasta banda bien organizada y con amplias ramificaciones. La única reacción que experimentó Norman ante esta convicción, consistió en un destello extraño que despidieron sus ojos, semejante al de un viejo caballo de batalla al escuchar la llamada del clarín.
—Eh… ¿Qué diablos?…
Norman se volvió. El jefe inspector Williams se acercaba seguido por un grupo de curiosos.
—Buenos días, Bill —dijo Norman con encantadora sonrisa—. Lindo día hoy… si no tomamos en cuenta esa pequeña lluvia que acaba de caer y…
—Todavía me estoy preguntando cómo salió con vida de este ataque — interrumpió el comúnmente calmo y plácido hombre de Scotland Yard—. En mi vida he visto a nadie que se moviera tan rápidamente como ustedes dos.
—Sólo en una ocasión fui más rápido que hoy. Fue en el Perú, en la época en…
—Maldito sea usted y el Perú —explotó Williams enrojeciendo de ira—. ¿Sabe usted que ese aviador idiota pudo haber matado a una docena de personas? Norman, usted es una amenaza pública.
—Si se dispone usted a culparme de lo ocurrido…
—Lo culpo porque usted atrae el peligro y las molestias en la misma forma en que un trozo de carne pasada atrae a las moscas.
—Bill, esas son palabras muy duras —suspiró Norman—. En muchas oportunidades me han calificado en forma bastante despectiva, pero compararme con un trozo de carne en mal estado…
A esta altura de la conversación, había llegado al lugar de la escena el inspector Marshall y más de la mitad de la población de Great Bardlow. Norman tomó entonces a Williams del brazo y alejándolo del grupo, dijo:
—Mi dulce Williams, si tú crees que yo tengo la más leve idea respecto a la identidad del piloto que dirigía ese avión, estás completamente equivocado. Pero no necesitas preocuparte. Esta misma mañana pienso alejarme de estos lugares. Me agrada tanto como a cualquiera una cura de reposo en el campo, pero ahora que Livingstone está nuevamente en libertad…
—¿Qué está haciendo en tu compañía?
—Es mi nuevo ayuda de cámara —repuso Norman con inocencia.
—¿Tu nuevo… qué? —gritó sorprendido el jefe inspector, al mismo tiempo que se volvía para observar con mirada escrutadora al desaliñado vagabundo—. Escuche, amigo —dijo dirigiéndose a Livingstone—. ¿Sabe usted lo que está haciendo? Yo, personalmente, preferiría ser ayuda de cámara de un volcán en actividad antes que de Norman Conquest.
—Esa no es una razón para que yo rechace el trabajo si me agrada aceptarlo, ¿no lo considera usted así, señor? —preguntó Mandeville en tono de desafío—. Si no hubiera sido por el señor Conquest, usted me habría tenido todavía entre rejas.
Williams miró incrédulo al hombrecillo y, en seguida, cambiando de tema, gruñó:
—Bueno, no diga después que no le había advertido. —En seguida, dirigiéndose a Norman y alejándolo del vagabundo, dijo en voz baja e insistente—: Norman, tenía interés en conversar contigo y lo ocurrido hace sólo unos cuantos minutos, no hizo más que confirmar esa resolución. Sé perfectamente bien que tu interés en este distrito rural no se limitaba a ayudar a Livingstone…
—Bill, tu desgracia consiste en tener una imaginación demasiado viva — lo interrumpió Norman arrastrando las palabras—. Ningún polizonte debería tener imaginación: lo único que gana con ello es forjarse ideas alocadas. ¿Qué te mueve a suponer que yo pueda tener algún interés especial en estos solitarios contornos? De inmediato me dirigiré a Londres llevando conmigo a Espagueti.
La aguda mirada del jefe inspector parecía taladrar a Norman. Él mismo, también se disponía a regresar a Londres, un poco más tarde, después de haber llenado algunas formalidades en la oficina del fiscal del distrito. Y cuando Norman Conquest le confiaba lisa y llanamente que se disponía a abandonar el distrito, Williams, que lo conocía bastante bien, tenía motivos especiales para sospechar que proyectaba cualquier cosa menos alejarse.
Sin embargo, antes de que pudiera comentar nada al respecto. Norman le palmeó amistosamente el hombro y se alejó seguida por su nuevo factotum. Durante un instante el pequeño ex vagabundo marchó en silencio; en seguida, no pudiendo contenerse, dijo:
—Caballero, sin lugar a dudas, es usted un hueso duro de roer. Yo todavía estoy temblando, no de miedo ni de nada parecido. Supongo que sólo se debe a la impresión sufrida… me refiero al espectáculo que ofrecían las balas levantando el polvo de la carretera a nuestro alrededor…
—Escuche, esclavo. Cuando haya estado usted un tiempo en mi compañía se habrá acostumbrado tanto a las impresiones que éstas lo afectarán tanto como a una momia egipcia… siempre, claro está, que esté usted todavía con vida. Admito que estos alrededores parecen estar envenenados, pero cuando regresemos esta noche estaremos bien preparados para hacer frente a cualquier contingencia.
Llegaron al garaje y un par de minutos más tarde el famoso Hispano-Suiza de color gris plata salía zumbando de la aldea. Norman no se dejaba engañar por los reparadores rayos solares ni por la tranquilidad del ambiente. Pero tenía poco temor de que sus enemigos intentaran atacarlo abiertamente a la luz del día. Los riesgos eran demasiado grandes. La embestida desde el cielo pudo haber sido realizada sin peligro puesto que el autor de la misma no podía ser identificado. Y no era probable que se repitiera.
Sólo habían recorrido media milla de distancia cuando vieron que un elegante y pequeño automóvil de dos asientos venía en sentido contrario por la carretera. Una joven estaba sentada ante el volante: una joven bella, deliciosa, con grandes ojos azules. Sus rubios cabellos brillaban como el oro. Al reconocer a Norman agitó la mano y en seguida aplicó los frenos.
—¿Es esa la damisela que está en peligro? —susurró Livingstone.
—¡Y qué damisela, compañero! —asintió Norman.
Se sorprendió un tanto al percibir que dentro de su pecho el corazón latía furiosamente. Eso le ocurría cada vez que veía a Primrose Trevor. Extraño, pero ella era la única persona en el mundo entero que había llegado a alterar su tranquila serenidad.
—¿Se produjo algún accidente? —preguntó Primrose casi sin aliento.
—¿Se refiere usted al avión? No.
—Desde casa pareció que el aeroplano se precipitó en línea recta sobre la aldea. Papá afirmó haber escuchado el zumbido del motor cuando el avión volvió a ganar altura, pero no pudimos ver nada a causa de los árboles.
—Sólo se trataba de un tonto que buscaba diversiones.
—¿Quiere decir usted… que se trataba de alguien resuelto a eliminarlo? —preguntó Primrose en un susurro y con el terror reflejado en la mirada—. ¡Oh!, ¿por qué me engaña usted? —sus ojos se posaron sobre la valija de Norman y entonces lanzó un grito ahogado para preguntar en seguida—: ¿Se aleja usted… o dígame que no es cierto?
La joven no parecía preocuparse por la presencia de Livingstone, nada hizo para ocultar la desesperación que parecía embargarla. El conocimiento de que Norman se alejaba de la localidad parecía privarla de todo su recato.
—Mi dulce damisela —dijo Norman sonriendo—, si es usted capaz de guardar un secreto, le confiaré en un susurro que este viaje sólo tiene el objeto de despistar. Pronto me verá otra vez… es una promesa formal.
Los ojos de la joven eran húmedas fuentes de gratitud. Con un hilo de voz dijo antes de volver a poner en marcha su coche:
—Gracias… muchas gracias.
Pero Primrose no se alejó mucho del lugar. En marcha lenta llegó hasta la primera curva de la carretera y allí detuvo la marcha del vehículo para vigilar, oculta tras del cerco, los movimientos del potente Hispano-Suiza. Vio cómo éste se alejaba a toda velocidad y entonces la joven regresó por la carretera para tomar finalmente el camino que conducía a la residencia de su padre. La antigua y suntuosa mansión de campo nunca había presentado un aspecto más encantador que en esa soleada mañana. Los majestuosos árboles estaban cubiertos de nuevas y frescas hojas de color verde claro y los bien cuidados canteros con plantas llenas de flores rivalizaban en colorido. Los prados, en uno de los cuales trabajaba un hombre con una cortadora de césped impulsada a motor, parecían sedosas alfombras de frescura.
Saltando con agilidad de su coche Primrose ascendió a la terraza y entró rápidamente en la casa para encontrarse con su padre que estaba en el amplio vestíbulo. Los ojos de sir Hastings reflejaron una curiosa mirada llena de ansiedad al preguntar:
—Y bien…
—Estuviste en lo cierto, papá —contestó sonriendo la joven—. Nos hemos preocupado por nada. Evidentemente se trataba de un tonto que volaba sin plan determinado sobre la aldea. No hubo accidente ni nada que se le pareciera.
—Pareces estar desilusionada —comentó secamente sir Hastings.
Entraron en la biblioteca formando un cuadro perfecto de amor filial y paternal. Pero una asombrosa transformación se produjo tan pronto como la joven cerró tras si la puerta a prueba de ruidos. Como si una invisible y terrible varilla mágica hubiera rozado a Primrose Trevor, ésta pareció aumentar de estatura y su rostro bello y encantador se transformó en una dura máscara de crueldad y vicio; la dulzura de su mirada se transformó en rayos que reflejaron incontenible furia.
—Ese tonto de Varietz ha echado a perder todo el programa laboriosamente ideado —dijo silbando entre dientes como una serpiente.
—Pero ¿cómo lo sabes? Si apenas has tenido tiempo de…
—¿Que cómo lo sé? El primer hombre con quien me encontré en la carretera era precisamente Norman Conquest.
—¡Cielos…!
—Ileso, sin el más leve rasguño… y no pronunció una sola palabra sobre los disparos de ametralladora —continuó diciendo Primrose, cuyo pecho reflejaba la agitación interna que la dominaba—. Podía haberlo muerto allí mismo, cuando sonreía con tanta tranquilidad sentado en su auto.
—¿Crees tú que sospecha algo?
—Sospecha de ti en la misma forma en que sospechó de Sangley — repuso la joven con voz sibilante—. Es a Norman Conquest a quien debemos agradecer todas estas molestias e inconvenientes. Si no hubiera intervenido ese joven entrometido, la policía habría logrado nuevas evidencias contra el vagabundo y al final lo habrían ahorcado, justamente como lo habíamos planeado.
—Fue un error matar a Roper…
Sir Hastings se interrumpió, la mirada que le lanzó la hija hizo que se le helara la sangre en las venas.
—Roper había descubierto demasiado y tenía que desaparecer —contestó con firmeza y deliberación Primrose Trevor—. La forma en que arreglamos todo era perfectamente satisfactoria. El único factor que trastornó todos nuestros cálculos fue la intervención de este individuo, de este Conquest. No cometas un error de apreciación… Conquest es peligroso… peligroso como el mismo infierno. Casi estaría por afirmar que preferiría que los cinco grandes de Scotland Yard realizaran investigaciones en casa y no Norman Conquest. La única esperanza que nos queda es que cree en mí, confía plenamente en mí, cree que soy una frágil e inocente criatura aprisionada en las mallas del crimen. —Su voz se tornó burlona y una mueca distorsionó su bella boca al continuar diciendo—: Fue lo suficientemente tonto como para decirme que volverá.
—Pero no tiene que volver —dijo sir Hastings alarmado—. ¿Cómo puedes estar tan segura de que confía en ti? Si es tan inteligente como lo afirmas…
—Es inteligente, sí… pero no tan inteligente como yo —le interrumpió fríamente Primrose—. ¿Crees que no sé cuándo tengo dominado a un hombre? Pero, de cualquier manera, estás en lo cierto. No debe volver y es conveniente que le ocurra un «accidente» en algún lugar que esté lo más alejado posible de aquí. Afortunadamente, había preparado un plan de emergencia para el caso de que fallara el ataque del avión.
Se acercó a la mesa escritorio e ignoró el teléfono común. Abriendo uno de los cajones tocó un botón oculto e inmediatamente se puso de manifiesto una pequeña cavidad en la cual se ocultaba un aparato telefónico tan diminuto que hasta parecía irreal. Pero una voz delgada, muy atenuada, contestó de inmediato al llamado de la joven. Que la policía sospechara cuanto quisiera de los ocupantes de la mansión, pero nunca, en ningún caso, descubrirían el alambre de conexión de ese teléfono.
—Escuche, Nash —dijo Primrose Trevor con una voz tan distinta a la suya habitual que más bien parecía ser otra la persona que hablaba—. El plan número uno ha fallado; en consecuencia, necesitamos contar con usted. Vigile a un gran automóvil Hispano-Suiza de color gris plata conducido por un joven alto, buen mozo, elegantemente vestido y que es acompañado por un hombrecillo insignificante que por su apariencia parece ser un vagabundo. Ese automóvil pasará dentro de muy poco tiempo por Colchester. Sígalo y cuando llegue a las cercanías de Londres, proceda. El plan número dos no debe fallar.