Miss Dinamita

Berkeley Gray · Capítulo 7 de 26

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Miss Dinamita

Capítulo VII. Peligro que surge de la oscuridad

CAPÍTULO VII

PELIGRO QUE SURGE DE LA

OSCURIDAD

 

E ra tan raro que Williams perdiera su plácida calma que Norman Conquest lo miró con divertida sorpresa. En realidad, nunca lo había visto tan nervioso al sonrojado inspector jefe. Al tener el pendiente en su poder lo miraba una y otra vez.

—Sí —dijo al fin—. No existe duda alguna, se trata de uno de los pendientes de Lady Launceston-Bevan. Al fin tenemos una pista —se interrumpió bruscamente y mirando al sonriente joven, preguntó dudoso—: ¿O no constituye esto una pista?

—En los diarios leí algo referente a ese robo —repuso Norman encendiendo un cigarrillo—. Si no me equivoco, los titulares decían: «Importante robo en Mayfair… Dama de la sociedad despojada de alhajas por valor de ochenta mil libras esterlinas». Ocurrió hace quince días más o menos. Hace dos noches hubo otro robo importante.

—¿A mí me lo dices? —interrumpió Williams con amargura—. Por todos los cielos, Norman, no te burles de mí; bastantes preocupaciones tengo ya. ¿De dónde sacaste este pendiente? —Su voz tenía un tono de melancólico ruego—. Si yo hubiera pensado que tú tenías algo que ver en este enredo, que tenías intervención en…

—¿Conque hay un enredo? —preguntó Norman sonriendo mientras se apoyaba negligentemente en el automóvil de Williams—. Escucha, Bill, si tú no fueras un individuo tan complicado y misterioso, no tendría inconveniente en considerarte como un compañero. Todo lo que puedo decirte es esto: mientras tú y Marshall hacían los tontos en casa de sir Hastings, yo me dediqué a trabajar. Si puede servirte de alguna ayuda, te revelaré que Roper tenía ayer este pendiente en su poder.

Norman casi podía ver el esfuerzo mental de Williams. El rubicundo rostro del jefe inspector cambiaba de expresiones con la velocidad de un calidoscopio.

—¿Entonces fuiste tú el autor de ese llamado telefónico? —gruñó con ferocidad—. Mientras la estación policial estaba desguarnecida, entraste a saco en ella. Y has hallado este pendiente… Quiere decir que Roper ya lo tenía en su poder cuando escribió esa carta infernal al comisionado en jefe. ¿Dónde lo hallaste, Norman? —su voz se tornó grave y autoritaria—. O hablas o te encierro por sospechoso.

Norman Conquest lanzó una alegre carcajada.

—Bill, no pierdas los estribos, vuelve en ti. ¿Crees seriamente que estoy complicado en este tenebroso asunto?

—Asunto tenebroso… —Williams explotó como una carga de dinamita —. Pero dime, idiota rematado, ¿no sabes que el Yard está buscando desesperadamente a la mayor banda de criminales de este siglo?

—¿Es cierto eso? —murmuró inocentemente Norman.

—No preguntes «¿Es cierto eso?» o reventaré aquí mismo —gritó colérico y fuera de sí el jefe inspector Williams.

—Cada año desaparecen dos millones de libras en joyas, son robadas en joyerías, en la calle y en casas de familia. Las cifras del último año, para Londres solamente, se elevaron a novecientas mil libras esterlinas; ése fue el valor de las joyas robadas. Y sólo pudo recuperarse un valor de cincuenta mil libras. Y esto pasa en todo el país. Esto no es fantasía… Es fría y cruda realidad. Algunos diarios, malditos sean sus directores, han publicado estas cifras en grandes titulares en sus primeras planas. Lo peor del caso es que no mienten: están en lo cierto.

—Bill, tu cuello postizo es demasiado estrecho; te congestionas.

—Al diablo mi cuello. He trabajado intensamente tratando de aclarar estos robos, pero no he tenido éxito. He llegado a este distrito comisionado para realizar un trabajo especial y no sólo te encuentro maniobrando en el distrito sino que también aparece uno de los pendientes robados. Parecería que el tonto de Roper descubrió una pista y guardó el secreto de la información, provocando con ello su muerte violenta. Ahora no estamos mejor que antes.

—Pero, por lo menos, tienes el pendiente.

—Sí, ¿pero de dónde vino? ¿Cómo lo consiguió Roper? —preguntó Williams apesadumbrado—. Norman, todos estos robos en gran escala no podrían haber ocurrido, no habrían ocurrido si no fuera porque hay un reducidor en gran escala. En eso consiste íntegramente el maldito secreto. En algún lado hay un cerebro privilegiado que es el director de toda la organización; nosotros, en el Yard, estamos convencidos de que los ladrones de todo el país son ayudados financieramente. Tan pronto como han cometido un robo, hacen entrega del producto y éste desaparece, se desvanece en el aire. En eso consiste el noventa por ciento de nuestras tribulaciones. Antes hacíamos una recorrida visitando a los más conocidos reducidores y en la mayoría de los casos localizábamos el producto del robo cuando éste todavía no se había enfriado. Ahora, en cambio, todo lo robado se desvanece, desaparece sin dejar rastros.

Norman estaba satisfecho por su estrategia. Sólo provocando al jefe inspector hasta que éste se congestionara con peligro de sufrir un ataque de apoplejía, había logrado estas informaciones reservadas. Comúnmente, Williams era un hombre reservado y reticente, un hombre muy dueño de sí mismo. Norman no estaba interesado en el pendiente; Williams, en cambio, no cabía en sí por tenerlo en su poder.

—Si me necesitas, estaré en «El León Rojo» —dijo Norman como al descuido.

Se alejó antes de que Williams se recobrara de su estupor. Sabía perfectamente bien que el jefe inspector no sospechaba en lo más mínimo de sir Hastings Trevor ni de ningún otro de los ocupantes de la mansión, y él, por su parte, no estaba dispuesto a proporcionarle más indicios. Pero las sospechas que sustentaba Norman eran agudas como el filo de una navaja de afeitar.

En la posada almorzó plácidamente. Conversó con el dueño, con la camarera que le servía la comida y con otras personas. El encanto de su conversación era subyugante, nadie podía eludirla. Cuando terminó de almorzar, conocía muchos informes interesantes que hasta entonces había ignorado. Sir Hastings Trevor era algo más que el «señor» de la comarca, algo más que el mayor terrateniente del distrito. A lo largo del río había enormes molinos que eran abastecidos por una numerosa flotilla de modernas barcazas de acero que llegaban directamente desde el mar. Sir Hastings era el propietario de esos molinos y de la flotilla de barcazas.

Y el sargento Roper había realizado sus investigaciones en el río.

Norman Conquest pasó una perezosa tarde en el salón de fumar de la posada. Estaba haciendo tiempo. A la hora del té llegó Williams, el Williams de siempre, tranquilo, calmo y sosegado. Le dijo a Norman que había examinado las botas de Roper y las de Livingstone sin hallar huellas de aceite. Pero atribuyó poca importancia a este hecho. Dijo también que Livingstone había sido llevado ante el tribunal en Studbury y quedaba preventivamente arrestado después de prestar declaración.

Aparentemente, Williams estaba dispuesto a ser sociable y esperaba que Norman correspondiera en la misma forma. Pero por primera vez en su vida, el alegre «1066» estaba silencioso y hasta parecía fastidiado. Daba la impresión de haber perdido todo interés en el asunto que tanto lo apasionara, Williams no podía saber que un dulce y bello pero aterrorizado rostro no se desplazaba de la imaginación de Norman. Faltaban pocos minutos para las nueve y Norman sólo podía pensar en que una hora más tarde se encontraría con Primrose Trevor y conversaría con ella.

—Lo lamento, Bill, pero por más que lo intento no me es posible concentrarme en nada. —Levantándose se irguió en toda su estatura y desperezándose, agregó—: Saldré a caminar un poco.

—Completamente de acuerdo, te…

—Solo… —interrumpió Norman amablemente.

Había pensado no salir hasta que faltaran diez minutos para las diez, pero la charla del jefe inspector lo irritaba y decidió salir de inmediato. Después de todo, era preferible llegar con cierta anticipación. Era posible que también la joven anticipara su llegada. Y Norman tenía la intuición grande como un rascacielos, de que esta nueva entrevista con Primrose le brindaría nuevas posibilidades.

Tan pronto como salió de la aldea, la oscuridad lo envolvió como en un manto. La aldea carecía de alumbrado público, pero los vecinos parecían rivalizar entre sí y casi no había ventana que no estuviese iluminada; además, las luces que salían de las numerosas tabernas iluminaban las calles.

Pero una vez que se dejaba atrás esta zona alumbrada y se avanzaba por la carretera flanqueada por altos cercos, ya no se veía ningún resplandor. Great Bardlow se caracterizaba precisamente por la circunstancia de no tener en sus alrededores ninguna casa habitación. Saliendo de la aldea sólo se veían elevados cercos y árboles en cantidad. Numerosas razones tuvo Norman Conquest para recordar posteriormente esta soledad absoluta.

Avanzaba caminando alegremente, hasta se olvidó de fumar. Se sentía ágil, despreocupado y contento. Lo atribuyó al hecho de haber podido desembarazarse tan fácilmente del dulce Williams. Estaba realmente encantado y satisfecho porque el destino había guiado sus pasos hasta este tranquilo distrito de Suffolk. Hoy la había visto dos veces, ¿a quién si no a Primrose? Una vez cuando pasó ante «El León Rojo», sentada tras el volante, de su automóvil, más bella y elegante que nunca; y otra vez en el gran automóvil del padre, acompañada por sir Hastings. Esta vez tenía una apariencia un tanto distinta: parecía seria y preocupada.

La sola idea de que probablemente podría prestarle un servicio tenía un efecto un tanto alarmante. Sintiendo la necesidad de proporcionar a su alegría una válvula de escape, empezó a cantar. ¿Por qué no debía hacerlo? ¿Qué significaban tres o cuatro favores? Cantó con voz más alta y su paso se adaptó al ritmo de su canto.

Pasaba ahora por una avenida en la cual las ramas de los árboles se entrelazaban en lo alto; era éste uno de los más bellos lugares de la localidad, cuando el sol brillaba en todo su esplendor. Caminaba despreocupadamente, entonando a pleno pulmón una canción, cuando en lo alto se oyó un chasquido y en seguida algo oscuro e informe descendió con la intención de caer sobre sus hombros.

En cualquier otro momento Norman se habría dado cuenta del peligro con varios segundos de anticipación. Pero con una canción en sus labios y el rostro de una joven en su imaginación, fue demasiado lento. Advirtió el peligro cuando ya casi era demasiado tarde…, pero sólo casi.

En la última fracción de un segundo saltó hacia un costado sin saber en realidad por qué lo hacía. Y la misteriosa sombra que venía desde lo alto, en lugar de caer con fuerza sobre sus hombros, cayó sobre el duro pavimento, para rodar en seguida en su dirección. La canción del «Alegre Temerario» se heló en su garganta y fue reemplazada por una exclamación de ira al comprobar que estaba traspirando copiosamente.

—Lindo salto, hermano, pero bastante arriesgado —murmuró Norman, mientras su puño se proyectaba violentamente golpeando contra una recia y resistente masa de carne y músculos.

Escuchó un quejido lanzado por su atacante en potencia, y al mismo tiempo un rumor de pasos rápidos que venía de su izquierda, y al volverse en esa dirección, oyó crujido de ramas a su derecha. Era imposible ver algo porque la oscuridad de la noche era intensificada por el dosel que formaban las ramas entrelazadas en lo alto.

Dentro de las sombras vio Norman una más densa que se erguía a su lado y en seguida la atacó con golpes de derecha e izquierda, en rápida sucesión. El primer golpe se perdió en el vacío, pero el segundo dio de lleno en un rostro y algo se quebró. Porque en ese golpe había puesto dinamita. Pocas veces el joven y osado aventurero se había sentido tan ferozmente furioso… Su ira no estaba dirigida contra sus atacantes sino contra sí mismo. Su amargura era similar a la hiel doblemente destilada.

¡Tonto! Después de su experiencia de esa mañana en la residencia de sir Hastings, debió haber caminado esa noche con tres o cuatro pares de ojos y oídos. En cambio, había avanzado despreocupadamente, sin soñar siquiera en un posible peligro.

Escuchó un juramento murmurado con voz gutural cuando algo pasó al lado de su cabeza silbando en sus oídos. El hombre que se había arrojado desde lo alto ya estaba en pie y se disponía a atacar. Los atacantes eran por lo menos tres…, tres sombras tenebrosas que se movían en la oscuridad. Por primera vez en su aventurera existencia sintió Norman Conquest, con un frío que le corrió por la espina dorsal, que su descuido le costaría la vida. Ahora, que ya era demasiado tarde, experimentó una especie de confusa estupefacción ante su propio error, y una nueva explosión de ira lo confundió; precisamente en estos momentos en que más necesitaba de su inventiva, de su proverbial y característica sangre fría. Un hombre dominado por la ira es descuidado y se encuentra a merced de sus enemigos.

Se volvió furioso, golpeando a otra de las sombras que se le acercaba en la oscuridad. En un momento de mayor reflexión, habría saltado a un costado con esa vertiginosa agilidad por la cual era famoso. Su puño llegó a destino, pero en el mismo instante sus pies perdieron contacto con el suelo al arrojarse uno de los atacantes contra sus piernas. El «Temerario» cayó de espaldas y su cabeza golpeó fuertemente contra el duro pavimento. Giró una vez más sobre sí mismo y quedó inmóvil. Durante un instante sólo se escucharon roncas y entrecortadas respiraciones. En seguida una voz murmuró:

—Está listo. A juzgar por el golpe debe haber sufrido la fractura del cráneo. Rápido, saquémoslo de la carretera. No olvidéis las órdenes recibidas. Ya hemos perdido demasiado tiempo…

Levantaron fácilmente a Norman y lo pasaron por sobre uno de los cercos que bordeaban la carretera. Hubo una breve pausa cuando uno de los hombres regresó al lugar de la lucha y buscó con ayuda de su linterna eléctrica huellas delatoras. En seguida se reunió con los demás, diciendo:

—No ha quedado ningún indicio. Vamos.

La pradera por la cual caminaban estaba seca y dura, de manera tal que no se marcaban las pisadas; la hierba estaba cortada a ras del suelo porque el día anterior una majada de ovejas había pacido en ese lugar. El sitio había sido bien elegido. Cruzando un alambrado, atravesaron otra pradera y en seguida llegaron al río. El bulto inconsciente que era transportado por dos hombres fue llevado de inmediato a una barcaza que estaba amarrada al muelle de un antiguo molino. En este lugar, las orillas del río habían sido reforzadas por muros de piedra que formaban una especie de dique en miniatura. Las piedras eran antiguas y habían sido alisadas por la corriente de agua; sobre la superficie estaban cubiertas por una especie de musgo y debajo del nivel del agua las cubría un lodo resbaladizo.

En la barcaza reinaba la más absoluta oscuridad. Tampoco se vio el menor resplandor de luz cuando se abrió una escotilla y una voz ordenó a los recién llegados que llevaran su carga al interior de la barcaza. En esa absoluta y misteriosa oscuridad Norman Conquest fue rápidamente llevado al interior del lanchón. El último hombre de la caravana volvió a cerrar la escotilla con un cerrojo que produjo un ruido metálico al ser corrido.

—Todo en orden, señor Sangley —dijo el que parecía encabezar la partida.

Recién entonces se encendieron luces. Norman había sido acostado sobre el piso de una cabina confortable pero sencillamente amueblada. Los hombres que lo rodeaban eran aparentemente honrados barqueros; ninguno de ellos tenía aspecto de criminal típico. La única excepción la constituía Sangley, el secretario privado de sir Hastings. Él, con su rostro de erudito, sus lentes y su elegante vestimenta, parecía estar fuera de lugar. Mientras escuchaba los informes que le eran suministrados, consultó la hora en su reloj.

—Han llegado ustedes antes de lo que esperaba —dijo—. No los aguardaba hasta dentro de media hora. Mejor así. Desnúdenlo. ¡Un momento! —exclamó levantando una mano—. ¿Dicen ustedes que se hirió al golpear con la cabeza contra el pavimento? ¿Hubo algún derramamiento de sangre?

—Ni una gota, señor.

El hombre que contestó lo hizo con voz grave y respetuosa. Fuera lo que fuere esa organización, una regla general parecía prevalecer…, y era que cada miembro de ella debía representar su parte en un cien por ciento, aunque no hubiera extraños presentes.

Sangley se inclinó y examinó la cabeza de Norman Conquest. El cuero cabelludo tenía un largo corte y los cabellos que lo rodeaban estaban cubiertos de sangre.

—No tiene fractura, pero pasará por lo menos una hora antes de que recobre el conocimiento —dijo Sangley levantándose—. Perfectamente, desnúdenlo.

Era evidente que Norman Conquest estaba definitivamente perdido. Se había descuidado y había pagado el precio por ese descuido. Lo que, en resumidas cuentas, significaba simplemente que era un ser humano.

Con rapidez y habilidad fue despojado de sus vestidos. A medida que Sangley recibía cada pieza de ropa, vaciaba los bolsillos y en seguida descosía las costuras para examinar cada centímetro cuadrado de la tela. Nada escapaba a su escrutadora mirada. Hasta los zapatos y el sombrero de Norman fueron sometidos a la misma cuidadosa inspección. Luego, mientras el «Temerario» estaba acostado sobre el duro piso de la cabina, Sangley juntó el contenido de los distintos bolsillos, lo colocó en una pequeña valija e hizo una señal a los hombres que lo rodeaban.

Instantáneamente se apagaron las luces y fue abierta la escotilla.

—Quédense vigilándolo hasta que reciban nuevas órdenes —dijo Sangley con voz autoritaria—. Si ven que está por recobrar el conocimiento, le dan un nuevo golpe en la cabeza.

Sangley subió en la más densa oscuridad y se dirigió a la ribera. Caminó unos metros a lo largo de un sendero hasta que llegó a una plataforma de madera, la cruzó y entró en el abandonado molino. Recorrió diez pasos a lo largo de un corredor y llegando ante una puerta la abrió. Al cerrarla se encendió una luz que lo iluminó de lleno.

—¿Y bien? —preguntó una voz suave y ansiosa.

—Lo han capturado, señorita —contestó Sangley lacónico.

Miraba a Primrose Trevor con el respeto que debe un empleado a la hija de su empleador, pero en el fondo de sus ojos había algo muy semejante al temor. La joven vestía una larga pollera plegada y una bata muy ceñida. Lanzó una rápida y escrutadora mirada a la valijita que Sangley había abierto y pareció desilusionada.

—Nada, señorita, nada fuera de las cosas corrientes que lleva un hombre en sus bolsillos —dijo Sangley—. Dinero, llaves, un reloj, una cartera, etc. Nada en la cartera, con excepción de unos cuantos billetes de banco. Ni aun una tarjeta o una licencia de conductor de automóvil.

Parecía, en realidad, que Norman no había sido negligente antes de salir de la posada. Primrose Trevor frunció los labios y golpeó con su bien calzado pie sobre el piso de piedra. En seguida esos labios, esos mismos labios que Norman había considerado tan encantadoramente bellos, se contrajeren hasta formar sólo una estrecha línea que denotaba extrema crueldad. El azul de sus bellos ojos parecía haberse helado hasta alcanzar la frialdad de la mirada de las serpientes. El cambio operado en esa delicada e inocente damisela campesina era increíble y chocante.

—Perfectamente —dijo Primrose con voz firme y tranquila—. Sangley, yo me quedaré con esto. Queme de inmediato todas las ropas de ese hombre en el incinerador, pero no pierda tiempo. Tanto usted como yo debemos estar de vuelta en la casa dentro de diez minutos. Su coartada será entonces tan buena como la mía.

—Sí, señorita. ¿Y el prisionero? ¿Qué hacemos con él?

—Ponga a Norman Conquest dentro de un saco de tela especial, agregue algunas piedras pesadas y arrójelo al río en ese lugar denominado «aguas muertas».

—Señorita, es demasiado cerca de la orilla…

—Pero es veinte pies más profundo que en cualquier otra parte del río, y cada minuto que empleen los hombres en transportar el saco es un minuto de riesgo innecesario —contestó Primrose Trevor con voz cortante—. Eso es todo, Sangley; vigile para que todo sea hecho en forma.

Lo despidió con un gesto de su breve y enguantada mano; le había ordenado que matara a un hombre con menos sentimiento que el que pone de manifiesto cualquier joven cuando quita una partícula de polvo de su vestido.