Miss Dinamita
Capítulo XIV. El robo de 10.000 libras en Mayfair
CAPÍTULO XIV
EL ROBO DE 10.000 LIBRAS EN
MAYFAIR
N o fue el día más feliz de todos los días felices de los señores McIsaac y McLevi. Habiendo recibido a Mandeville Livingstone en desastrosas condiciones, barbudo, sucio, con la ropa hecha jirones, y habiendo trabajado duramente para transformarlo en el término de una hora en un impecable ayuda de cámara, recibieron otra impresión desagradable cuando algo monstruoso, todo negro y reluciente, que descansaba sobre cuatro ruedas, vino a detenerse ante la puerta principal, impidiendo la entrada de la luz del día en la tienda. Para empeorar las cosas, una muchedumbre empezó a reunirse en la acera.
—¿Todo listo? —preguntó Norman entrando en la tienda.
—¿Otra vez usted? —dijo McIsaac suspirando.
—Izz, me parece escuchar cierto tono de desagrado en su voz. ¿Hay algo que no está en orden?
—Señor, me refiero a ese monstruoso vehículo detenido ante nuestra puerta principal, es…
—¡Ah!, ¿es a eso que se refiere? Bueno, probablemente esté usted en lo cierto. No creo que el policía de facción en la esquina se sienta entusiasmado, y lo más probable es que me acuse de infringir las leyes del tránsito. Llame al hermano Mandy y nos iremos en seguida.
El señor McIsaac no sólo se presentó con el hermano Mandy, sino que también el señor McLevi se presentó con una factura en la mano. Era una factura en la cual figuraban numerosos ítems, y Livingstone, que estaba rodeado por un enjambre de asistentes, cada uno de los cuales cargaba bultos y paquetes, vaciló al ver la cantidad de billetes de banco que cambiaban de mano. Un minuto más tarde, Norman estaba otra vez fuera de la tienda, sentado ante el volante de su flamante Packard y con Livingstone a su lado. Los numerosos paquetes fueron arrojados en la parte trasera del coche, las puertas se cerraron y el enorme vehículo se puso en marcha antes de que el policía lograra abrirse paso entre la muchedumbre.
—Todo ese dinero, señor —dijo admirativamente Livingstone recobrando el habla, después de haber recorrido cinco millas de camino—. Dios nos asista. Y esta indumentaria mía… no la merezco, caballero.
—Eso es cuestión de opiniones, Mandeville. Si yo considero necesario tomar un criado, quiero también que vista correctamente y tenga un aspecto respetable. —Norman observó complacido el automóvil con su acoplado que se deslizaba suave y silencioso por la carretera, y agregó—: Cuando lleguemos a un lugar menos congestionado, nos detendremos ante un almacén para adquirir provisiones. Más tarde le haré conocer su nuevo hogar.
—Pero, caballero, usted debe disponer de mucho dinero; este equipo rodante tiene que haberle costado miles de…
—Para ser exacto, diez billetes de los grandes. Pero ¿qué importa? Bien vale cada centavo que he invertido y, por otra parte, mi querido esclavo, alguien me resarcirá al final con creces. ¿Por qué preocuparos entonces? Esta casa rodante es única en el mundo y yo tenía que tenerla.
Gran conmoción provocó Norman en el barrio de Romford cuando detuvo su palacio rodante ante un modesto almacén, en el cual adquirió casi la mitad de las existencias. En seguida reanudó la marcha en dirección al distrito rural de Suffolk. Finalmente, el automóvil con su enorme casa rodante, fue estacionado en el claro de un bosque a menos de dos millas de distancia de la residencia de sir Hastings Trevor. Mejor dicho, a dos millas por carretera, pero si se cruzaban los campos la distancia quedaba reducida a menos de la mitad; los árboles que rodeaban la lujosa mansión podían distinguirse fácilmente desde el campamento de Norman.
—Ahora, hermano Mandy, puede usted echar una mirada —dijo Norman descendiendo del automóvil—. Para sus ojos inocentes este automóvil no es más que un coche sedan común, pero si lo observa detenidamente, observará una serie de detalles que son sugestivos e interesantes. Observe, por ejemplo, las ruedas. ¿Ve usted esas sólidas planchas que las recubren? Cada parte vulnerable del coche está protegida por una coraza de cromoníquel. Pruebe usted a disparar una bala con un fusil máuser contra este juguete y verá que la bala se abolla como si fuera de manteca.
—¡Cielos! —murmuró Livingstone.
—El tanque de nafta también está protegido por chapas de acero con aleación de cromoníquel; hasta la parte de abajo está acorazada, de manera que no puedan ser dañados los cojinetes ni los engranajes. La misma protección tiene ese radiador que aparenta ser tan débil. Por otra parte, cada cristal, tanto del coche como del acoplado, es a prueba de balas. En realidad, mi querido Espagueti, y en este momento este nombre le viene perfectamente bien, si cae una bomba sobre este coche, no hará más que sacudirlo un poco y producirle una o dos abolladuras de menor importancia.
Sacó una llave del bolsillo, abrió una de las puertas del acoplado y ambos entraron en el mismo. Era fácil comprender que todo el equipo había costado más de diez mil libras esterlinas. El interior del acoplado estaba dividido en un living, dos dormitorios separados entre sí y una cocina. Hasta tenía una lluvia para duchas. Todo el interior de la casa rodante estaba exageradamente adornado, tal vez demasiado para el concepto de Norman, y lujosamente terminado. Difícilmente podía haberse hallado un hogar más confortable para dos y hasta tres personas. Tan seguro se estaba dentro del acoplado como dentro del automóvil.
—Puede ensayar sus habilidades en la cocinita eléctrica y preparar una comida liviana —dijo Norman aspirando profundamente el dulce y perfumado aire campesino—. Hermano, ¿ha visto usted alguna vez un lugar más pacífico que éste? Los pájaros trinan en los árboles, las abejas zumban por doquier, los gusanos se arrastran pacíficamente entre la hierba…
—Señor, usted se está burlando de mí —interrumpió Livingstone mirando a su joven amo con ojos en los que brillaba la ansiedad—. Estamos de regreso en el mismo lugar que abandonamos esta mañana, a menos de una milla de la aldea de Great Bardlow, y me parece que en toda Inglaterra no hay un lugar tan peligroso como éste. Y usted regresa en forma ostensible, a plena luz del día y con un equipo rodante que llamará la atención de todo el mundo.
—Muy bien, hermano Mandy; deduce usted admirablemente bien. Mi idea es la de intranquilizar a mis enemigos. Nunca me agradó el trabajo de zapa; cuando lucho lo hago cara a cara. Pero, como no soy partidario de morir de hambre, le recomendaría que empiece usted cuanto antes con esa comida.
Bien pronto preparó el hombrecito una substanciosa comida. Mientras Norman comía, daba sus instrucciones; Livingstone tenía que desenvolver las provisiones, colocarlas en los estantes de la cocina, tenía que conseguir leche, manteca y huevos en alguna granja de los alrededores, pero tenía que estar de vuelta antes de que oscureciera.
—Es difícil que pueda ocurrirle algo mientras brille la luz del sol, pero, se dice que una vez que ha caído la oscuridad se desatan los poderes del mal, y puede creerme si le aseguro que esos poderes malignos son mucho más peligrosos en este lugar que en cualquier otra parte. No puedo asegurarle cuándo estaré de regreso…
—¿De regreso, señor? ¿Piensa usted ir a alguna parte?
—Así es —contestó lacónico Norman.
Diez minutos más tarde se alejó. Desprendió el magnífico Packard del acoplado, y a buena marcha y silbando entre dientes, regresó a Londres. Las precauciones que estaba tomando estarían probablemente de más, pero no quería ser sorprendido de nuevo.
Disponía de mucho tiempo. Rotherhithe, a orillas del Támesis, era su verdadero objetivo. No había olvidado su encuentro con el piloto de la «Nancy Lee». Sin embargo, antes de dirigirse al río, se encaminó una vez más a su casa. Había allí algo que necesitaba, o que por lo menos podía necesitar. A Norman Conquest nunca lo encontrarían desprevenido.
En los arrabales de ese distrito, vagamente definido y conocido con el nombre de Mayfair, tropezó con una inesperada diversión. Un automóvil, grande y poderoso, apareció en una de las bocacalles y entró en la calle que seguía Norman. Sin aminorar su vertiginosa velocidad, tomó la curva sobre dos ruedas, despreciando las luces rojas y la vida de los peatones que cruzaban la calle. Norman, que conducía su coche con serena despreocupación, realizó milagros con el volante de su coche y a duras penas evitó una colisión.
—Hermano —murmuró frunciendo el ceño—, eso no lo puedes hacer aquí.
Y lleno de entusiasmo se dispuso a participar en el juego. Nadie se burlaría de él alejándose impunemente. Mirando de reojo se dio cuenta de que un automóvil policial perseguía a toda carrera al gran automóvil, y entonces, sin vacilación alguna, Norman imprimió velocidad a su coche y se colocó entre perseguidores y perseguido. Un momento más tarde participaba de lleno en la cacería.
El hombre que estaba sentado ante el volante del coche perseguido era, indudablemente, un experto; aprovechaba cuanta oportunidad se le presentaba para aumentar la distancia entre él y sus perseguidores. Había dos hombres en el coche, porque Norman pudo ver un rostro pegado al cristal de la ventanilla trasera, y cuando se puso en evidencia que el Packard no podía dejar de alcanzar al otro coche, se rompió ese vidrio trasero y por su hueco salió algo negro y redondo.
—¿Conque vamos a jugar con juegos artificiales? —murmuró Norman riendo alegremente—. Eso me agrada.
Bien pronto comprendió Norman que el conductor del otro coche seguía un plan ya definido de antemano, puesto que ahora recorría calles secundarias en las cuales el tránsito era casi nulo. Nunca tuvo una vacilación, nunca un asomo de duda. A vertiginosa velocidad, en extremo peligrosa, seguía huyendo; pero el Packard de Norman ganaba terreno, lentamente, pero lo ganaba. El coche policial ya no se veía.
Los peatones detenían su marcha para observar, desconcertados, a esos dos automóviles cuyos conductores parecían desafiar a la muerte. Si eran asiduos concurrentes al cine, recordarían las locas persecuciones de gangsters en las calles de Chicago. Pocos segundos más tarde, la similitud fue más notable aún. Porque, a medida que el Packard se acercaba más y más, se escuchó de pronto el tableteo de una ametralladora. Siendo tan escasa la distancia que separaba a ambos coches, las balas no podían dejar de dar en el blanco y, efectivamente, las balas golpeaban en rápida sucesión en la carrocería del Packard.
—Nada podía convenirme más, que someter a una prueba efectiva a mi coche —monologó Norman sonriente—. Parecería que esta diversión fue preparada especialmente para mí.
Aun cuando pronunció estas palabras en un ligero tono de mofa, sus ojos grises, acerados, tenían una mirada helada, y su mandíbula avanzaba desafiante. Demasiado bien comprendía que cada segundo que durara esta loca cacería, la vida de los inocentes peatones estaba amenazada. Con firmeza pisó a fondo el acelerador y entonces el gran coche negro avanzó como un tornado. Tomando el volante con una sola mano, sacó Norman una pistola automática de la cartera lateral del coche y descargó su carga íntegra, apuntando a los neumáticos del otro automóvil.
Otra ráfaga de ametralladora barrió al Packard; algunas balas dieron de lleno en el parabrisas, pero nada ocurrió. El coche de Norman continuaba ganando terreno. El «Alegre Temerario» dejó caer la inservible pistola y sacando otra de sus bolsillos volvió a disparar, esta vez lentamente, y apuntando con cuidado a los neumáticos traseros, colocó los pies sobre los pedales de control, listo para una acción inmediata. La precaución no estuvo de más, porque, de pronto, el coche perseguido se inclinó peligrosamente, y ya por completo fuera de control, dio una vuelta sobre sí mismo y se tumbó pesadamente. Uno de los neumáticos traseros estaba hecho trizas. Norman apretó los frenos, pero no pudo evitar que su coche avanzara todavía unos cuantos metros.
—Buen trabajo, «Temerario» —se dijo a sí mismo Norman.
Desde que no había nadie que lo felicitara, no vaciló en hacerlo personalmente. Mientras descendía de su coche, vio que una muchedumbre, que apareció como surgida de la tierra, rodeaba el automóvil caído, y al mismo tiempo escuchó la aguda sirena del automóvil policial. Este último detuvo su marcha y vomitó dos o tres hombres vestidos de particular.
—¿Son bandidos? —preguntó acercándose. En su voz campeaba cierto tono de burla y también sus ojos dejaron ver un guiño malicioso, porque en uno de los funcionarios policiales había reconocido a su viejo amigo, el dulce Williams. El jefe inspector de rosadas mejillas se detuvo en seco y emitió una serie de sonidos entrecortados.
—¿Tú? —pudo decir al fin.
—Bueno, bueno, bueno. Bill, parece que nuestros senderos se cruzan. Has tenido suerte de que pasara yo por esa calle; en caso contrario habrías perdido la partida. Si tienes un saco y una o dos palas, puedes arrestarlos.
—¿Cómo diablos?… Bien, olvídalo. Más tarde te interrogaré, mientras tanto, muchas gracias por tu valiosa ayuda. —El inspector hablaba con voz pastosa y su enojo era evidente.
En el ínterin sus subordinados habían revisado el automóvil tumbado y su contenido. Uno de ellos se acercó para informar:
—Hay dos hombres en el coche, señor… Ricky Peters y Walworth Joe. Ambos están gravemente heridos. Por otra parte, en el coche no hay nada más que una ametralladora…
—¿Nada más? —preguntó Williams congestionado—. Están locos ustedes; tiene que haber algo más.
Norman Conquest aguardaba interesado mientras el inspector en persona revisaba el coche. Para entonces se había reunido una verdadera multitud de curiosos y un numeroso grupo de agentes policiales formaban un cordón alrededor del coche tumbado.
Llegó una ambulancia para transportar los heridos al hospital. Williams observaba ceñudo la escena. Su boca se abría y cerraba mecánicamente y tenía los puños crispados. Norman se le acercó diciendo:
—No pareces muy feliz, Bill.
—¿Feliz? —interrogó el inspector con ferocidad—. Hemos detenido a un par de carteristas que no tienen ninguna importancia y no hay ni rastros del producto del robo. Este automóvil ha sido una pantalla tendiente a engañarnos.
—Por tus palabras deduzco que ha habido un robo, ¿es así?
—Oh, no; se trata de una cosa sin importancia —dijo Williams con mal contenida furia—. Han sido sustraídas alhajas por valor de diez mil libras esterlinas, ¿puede llamarse robo a eso? Lady Dalecourt está sufriendo un ataque de histerismo tras otro, pero estas damas de la sociedad siempre hacen mucha bulla por nada.
Norman sintió que algo como una corriente eléctrica le recorrió la espina dorsal, y acercando su boca al oído de Williams, murmuró:
—Otro trabajo realizado por la banda fantasma, ¿eh? No pierden el tiempo, ¿verdad Bill? Un robo importante tras otro y siempre con el mismo resultado: el producto del robo desaparece sin dejar rastros.
—Dios mío, Conquest, nunca has dicho una verdad más grande. Estas ratas son inteligentes como el demonio. En cada trabajo utilizan recursos distintos. A lady Dalecourt la han despojado de sus alhajas en su propia casa, mientras estaba cenando, y de inmediato notificó ésta a la policía. Quiso la casualidad que pasara yo por allí en mi coche y vi a ese automóvil que, desafiando los reglamentos del tránsito, escapaba a toda velocidad. ¿Y quiénes están dentro del coche? Un par de delincuentes de menor importancia, del sur de Londres. Sólo podremos acusarlos… si salen con vida del hospital… de violación de las reglamentaciones del tránsito.
—Y mientras tú corrías ciegamente detrás de este coche, el verdadero ladrón se deslizaba sin peligro alguno, para desaparecer entre los millones de habitantes de Londres. Sinceramente, Bill, te acompaño con mi simpatía. Ya volveremos a vernos otra vez.
La forma brusca en que dio fin a la conversación, motivó que Wiliams lo mirara con recelo. El «Alegre Temerario» se acercaba con pasos lentos a su coche, y cuando se ubicó tras el volante de dirección, escuchó la voz de Williams que le decía en tono perentorio:
—Un minuto, Norman…
—Eres muy amable, Bill. Me imagino que pensarás abrirme paso.
—Quiero saber a qué bendita casualidad se debe tu presencia en este lugar —contestó Williams ásperamente—. Escucha, Norman, no estoy formulando ninguna acusación, pero es por demás extraña tu intervención en este hecho.
—Dicen que la coincidencia acostumbra a jugar bromas a los mortales…
—Nada de coincidencias —explotó el jefe inspector, perdiendo su habitual placidez—. Me dijo Anstey que estos carteristas utilizaron una ametralladora y…
—Entonces estás equivocado con respecto a las acusaciones que piensas formularles. Disparar a tontas y ciegas con una ametralladora, es un delito bastante más grave que una simple violación de las reglamentaciones del tránsito…
—También me dijo el sargento Anstey que esos disparos de ametralladora te estaban dirigidos. Lo que me extraña es que tu coche no acusa ningún impacto, a pesar de que no han podido errar la puntería. ¿Qué clase de coche es éste?
—Bill, te sorprenderás en grande cuando sepas que compré este coche esta misma mañana. Con dinero legítimo se lo compré a un multimillonario americano.
Y sin brindar al jefe inspector otra oportunidad para formular preguntas, puso en marcha su coche y atronó el espacio con su bocina. El cordón policial se abrió para que pasara, y en menos de un minuto ya estaba lejos de la escena. Continuaba sintiendo esa corriente eléctrica que recorría su columna vertebral, y en sus ojos brillaba una chispa de comprensión.
—Próxima parada, Rotherhithe —murmuró lleno de confianza—. Si las alhajas de lady Dalecourt no están ligadas en alguna forma con la barcaza «Nancy Lee», yo soy el almirante Nelson.