Miss Dinamita
Capítulo III. Olfateando la batalla
CAPÍTULO III
OLFATEANDO LA BATALLA
E l hallazgo era tan extraordinario que el inspector quedó completamente confundido. No era un hombre de mucha imaginación. Ya no era joven, era grueso y pesado, y sus sucesivos ascensos los había obtenido por rotación natural y no por su brillante inteligencia.
—Señor, esto puede constituir un valioso indicio —dijo con voz ronca el inspector—. Tiene que haber sido dejado en este lugar por el asesino. No puedo imaginarme a Roper jugando con esto como un chiquillo. ¿Qué piensa usted, señor?
—Puede significar algo o puede no significar nada —contestó sir Hastings encogiéndose de hombros—. No sé mucho de Roper, apenas lo conocí de vista pero sé que no era muy popular. Este parece ser un crimen vulgar; probablemente Roper se encontró con un vagabundo o con un cazador furtivo y trató de arrestarlo.
—Esto es lo que se logra cuando se es demasiado escrupuloso —gruñó el inspector—. Este asunto provocará molestias en grande…
—Lo lamento, inspector. Yo, por mi parte, no me propongo molestar en absoluto —contestó secamente sir Hastings—. Me imagino que ya no me necesitará…
—No, señor, de ninguna manera, y muchas gracias por su ayuda.
El inspector saludó con deferencia y sir Hastings Trevor subió a su automóvil, reiniciando la marcha hacia su residencia. Mientras el gran coche se deslizaba silencioso por la ondulante carretera, el rostro de sir Hastings reflejaba una expresión tranquila y satisfecha. Al llegar a la casa fue recibido por un sereno y digno mayordomo en el vestíbulo del caserón. Mientras el hombre le ayudaba a quitarse el abrigo y tomaba la bufanda y el sombrero, comentó sir Hastings en forma impersonal:
—Dawes, esta noche hemos sufrido ciertas emociones…
—Sí, señor, ya he oído hablar de ello.
—¿Está el señor Sangley en casa?
—Sí, señor; hace muy poco tiempo que regresó —contestó Dawes—. Creo que ahora está en su estudio.
—Dígale que lo aguardo en la biblioteca.
—Muy bien, señor.
Sir Hastings alisó las solapas de su frac de corte impecable, entró en la hermosa biblioteca y se sirvió un whisky con soda. En seguida se sentó ante su mesa-escritorio y aguardó pacientemente. Minutos más tarde se escuchó un discreto golpe en la puerta de la habitación y sin aguardar invitación entró un hombre encorvado que usaba lentes y tenía aspecto de erudito.
—Siéntese, Sangley —dijo el terrateniente indicando con un gesto de su mano una silla al lado de la mesa—. Quiero felicitarlo por su buen desempeño. Pocos secretarios privados habrían cumplido en forma tan perfecta.
—Señor, no creo haber dejado nada librado al azar —contestó Sangley en tono de disculpa—. Fue una tarea un tanto precipitada y en cierto sentido puedo considerarme afortunado.
Sir Hastings sacó un encendedor y aplicó la llama a su cigarro. Echó una bocanada de humo y continuó diciendo:
—Sí, Sangley; ha realizado usted un excelente trabajo sobre la cabeza de Roper. Me imagino que le habrá aplicado un solo golpe. Tiene usted más fuerza que lo que uno puede imaginarse.
Los delgados labios del hombre con apariencia de erudito esbozaron una sonrisa que más se parecía a una mueca.
—Se necesita más habilidad que fuerza, señor —murmuró Sangley—. Tuve la buena suerte de acertar con el primer golpe; por otra parte, el palo que utilicé era fuerte y pesado.
—Supongo que habrá utilizado guantes.
—¡Pero, señor!… —protestó Sangley.
—Sí, tiene razón, Sangley; le ruego que me disculpe. Fue una pregunta tonta y fuera de lugar. Es lógico que un hombre de su experiencia use guantes en semejante ocasión. Realizó usted hábilmente la tarea; además, pocas perspectivas había de que fuera otro el conductor que hallara el cuerpo.
—Señor, ¿no cree usted que habría sido preferible haber dejado que fuera otro el que descubriera el cadáver en la carretera?
—No, en absoluto. Nosotros, los que vivimos en esta mansión, estamos libres de toda sospecha y para todos tiene que haber sido completamente natural que fuera yo el que descubriera el cadáver de Roper a mi regreso de la ciudad. En un asunto como éste, Sangley, no podemos tomar bastantes precauciones…, y aun cuando le desagrade tener que escucharlo, no confiaba mucho en su eficiencia… Lógicamente, entonces, tenía que ser yo el primero que viera el cuerpo del sargento, aunque más no fuera para asegurarme de que Roper estaba completamente muerto.
—El que me tiene un tanto inquieto es Briggs, señor.
—Tranquilícese. Es cierto que Briggs no es de los nuestros, pero eso representa hasta cierto punto una ventaja. El hombre es bastante tonto y sus reacciones fueron genuinas y satisfactorias. La policía lo interrogará y sus contestaciones serán necesariamente naturales. A fin de mes, cuando este asunto ya haya sido olvidado, puedo despedirlo con cualquier pretexto.
—Muy bien, señor. Precisamente pensaba sugerirle eso mismo.
El comportamiento de estos dos hombres seguía siendo el de empleador y empleado, aun dentro de la estrecha intimidad de esa conversación tan comprometedora y a pesar de que las paredes, ventanas y puertas de la biblioteca eran a prueba de ruidos.
Sir Hastings bostezó, se levantó de su asiento y sacando la cartera del bolsillo dijo:
—Bien, Sangley. Ahora me acostaré y creo que la cama es también el mejor lugar para usted. No hay razón alguna que nos mueva a alterar nuestra acostumbrada rutina. —Sacó de su cartera una cantidad de billetes de banco, diez billetes de diez libras cada uno, y los colocó descuidadamente sobre la mesa.
—¿Son para mí? —preguntó Sangley con ansiedad.
—Sí, considere esto como una bonificación extra. Más adelante habrá más. Podemos considerarnos muy afortunados por habernos podido deshacer tan fácilmente de Roper. El hombre se estaba volviendo en extremo molesto; sus últimas actividades fueron positivamente inquietantes. ¿Llevó usted a cabo las demás instrucciones que le di?
—Hasta el último detalle, señor.
—¿Ninguna dificultad?
—Señor, sin jactancia alguna puedo asegurarle que cuando me hago cargo de una tarea nunca tropiezo con dificultades.
Norman Conquest durmió mal. No había razón ostensible para que esto ocurriera, desde que era un hombre joven y tranquilo, y la cama en «El León Rojo» era confortable en todo sentido.
Tampoco era hombre de perder el sueño por acostarse en cama extraña. Norman podía dormir en cualquier parte. En sus distintas excursiones por todos los rincones del mundo había dormido en lugares en los cuales el término medio de los hombres habría enfermado de artritis o reumatismo, con complicaciones de tal naturaleza que hasta los médicos sólo se atrevían a hablar de ellas en voz baja que se asemejaba a un murmullo.
Tampoco era atribuible su falta de sueño a ese par de grandes ojos azules que por momentos veía en su imaginación. Norman Conquest se consideraba a sí mismo como un hombre a prueba de ojos azules.
Una y otra vez se repetía que estaba procediendo como un tonto. No había razón valedera que lo impulsara a pasar la noche en Great Bardlow. El desperfecto en el motor de su automóvil podía haber sido posiblemente subsanado en menos de media hora por un mecánico eficiente. Él mismo podía haberlo hecho, si lo quería.
No, había algo más, algo que…
Norman no lograba explicárselo… Tampoco había estado en condiciones de explicarlo en otras oportunidades… Pero en el aire flotaba algo que se parecía a peligro. En las presentes circunstancias era absurdo pensar en el peligro. En todo el Reino Unido no podía hallarse un lugar más tranquilo que Great Bardlow. Y. sin embargo…, cuando Norman oteaba el aire casi podía percibir el olor de la inminente batalla. Le parecía estar escuchando el redoble de tambores que en la distancia llamaban a la lucha.
Era algo idiota, fantástico…; en realidad, carecía de sentido. El silencio que reinaba en Great Bardlow tenía el carácter tranquilo y pacífico que tan característico les es a las somnolientas aldeas inglesas. El ocasional ladrido de un perro en la lejanía, el graznido de una lechuza descontenta y el murmullo de las golondrinas que cambiaban de posición en sus nidos, eran los únicos ruidos que perturbaban la tranquilidad…, con la posible excepción de un gallo distante que, equivocado de medio a medio, cantaba anunciando el amanecer.
—¡Maldición! —murmuró Norman Conquest, cambiando por vigésima vez de posición en la cama. Comprobando que le era imposible conciliar el sueño, resolvió levantarse y fumar un cigarrillo. Diez segundos más tarde estaba profundamente dormido. Tal es la perversidad de la naturaleza humana. Pero pocos minutos más tarde estaba nuevamente despierto…, por lo menos le pareció que sólo habían pasado unos pocos minutos. No se preocupó por mirar la hora en su reloj. De haberlo hecho habría comprobado que habían pasado dos horas y que sólo faltaban pocos minutos para las dos de la madrugada. El distante gallo, ya un poco ronco, seguía anunciando el amanecer.
Oyó un ruido en la calle, pasos pesados que resonaban sobre el pavimento de la arteria principal de Great Bardlow; voces ásperas que hablaban en voz baja.
Norman salió de la cama y acercándose a la ventana miró hacia el exterior. Estaba muy oscuro y ninguna luz brillaba en las ventanas; la aldea parecía dormir. Varios hombres caminaban por el centro de la calle, y a pesar de la oscuridad, Norman pudo distinguir vagamente los uniformes de un inspector y de un agente de policía. Entre los uniformados caminaba otro hombre, mucho más pequeño que ellos. Pasaron ante «El León Rojo» sin pronunciar una palabra y bien pronto se extinguió el eco de sus pasos.
Norman Conquest se encogió de hombros. Se trataba probablemente de algún ebrio que era llevado a la estación policial. Bostezó y se acostó nuevamente. Ese presentimiento de que se estaban formando nubarrones de tormenta continuaba ejerciendo su influencia sobre la mente de Norman y motivaba que se formaran burbujas efervescentes en su sangre; pero ya no se preocupó porque ahora sentía sueño. En efecto, después de acostarse se durmió en seguida y no despertó hasta que los alegres rayos del sol iluminaron la habitación.
—El día y el regreso del sentido común a su trono —murmuró Norman hablando consigo mismo mientras se dirigía al cuarto de baño—. Un buen desayuno, unas cuantas palabras amistosas con el posadero y dentro de una hora habré reanudado mi viaje a Londres.
Pero durante el baño se le apareció por dos veces el simpático rostro surcado de arrugas del vagabundo…, y no menos que seis veces el agraciado y dulce rostro con sus grandes ojos azules de la señorita Trevor. Aparentemente, el sentido común llegaba con retraso.
Norman se vistió y bajó lentamente las escaleras. En el pintoresco hall de la vieja posada se encontró con el posadero, cuyo rostro grave y preocupado formaba hondo contraste con su actitud de la noche anterior. Sus melosas sonrisas habían desaparecido por completo. Lanzó una mirada a la perfecta e inmaculada silueta de su joven parroquiano y dijo:
—Este es un asunto extraño y malo…, muy malo.
—No me diga que se le ha terminado el jamón y los huevos —repuso Norman con voz no menos grave—. Por experiencia sé que nunca figura otro menú en el desayuno que sirven en todas las posadas de Inglaterra, y el aire de Great Bardlow ha despertado extraordinariamente mi apetito.
—Pero, naturalmente, señor. Olvidaba que usted termina de levantarse — dijo el posadero—. ¿No ha oído nada?
—¿Oído qué, Bonifacio?
—Del crimen.
—No me diga ahora que tienen asesinos ocultos en los bosques.
—No hay muchos en la aldea capaces de pronunciarse a favor del sargento Roper, porque era un hombre que se complacía en molestar a todo el mundo, pero, señor, nadie quería verlo asesinado. Es una gran cosa para Great Bardlow que el crimen no fue cometido por ningún vecino de la población. Ya era hora de que se hiciera algo para eliminar a los vagabundos de las carreteras y sus contornos. Puedo asegurarle que todos ellos son unos bandidos.
Bajo la piel de Norman Conquest se produjo algo comparable a una corriente eléctrica, pero no dejó notar nada. Continuó tranquilo, frío y dueño de sí mismo como siempre. ¡Entonces esa señal de peligro había sido real! Algo sólo imputable al destino había motivado que permaneciera esa noche en Great Bardlow.
—Deme usted mayores detalles —dijo Norman cuando él y el posadero se sentaron ante una mesa en el comedor—. Fuera de usted, sólo he conocido al sargento Roper en esta población. Tuve anoche una breve conversación con él motivada por la forma en que había estacionado mi automóvil en la carretera.
—Bueno, señor, ya no podrá conversar más con ese hombre. Está muerto. La parte posterior de su cabeza es sólo una pulpa sangrienta; se la han aplastado como si sólo se hubiera tratado de la cáscara de un huevo. Sir Hastings lo halló a medianoche tendido en la carretera. Reconozco que el terrateniente debe haber sufrido una violenta emoción.
Plácidamente llevó Norman un cigarrillo a sus labios y lo encendió.
—Sin pretender hablar mal del muerto, tengo que decir que ese sujeto Roper me produjo la impresión de constituir uno de los mayores errores de la naturaleza —dijo Norman echando una bocanada de humo—. En realidad pocas veces he tropezado con un hombre que en forma más franca invitara a la gente a que le partiera la cabeza. ¿Y quién fue el que lo mandó al infierno?
—¿Quién otro sino el vagabundo?… Ese tipo que ayer estuvo en la aldea vendiendo sus monitos…
—¿Ah, fue él? —preguntó en voz baja.
No podía creerlo. Había pasado una hora en compañía del extravagante Mandeville Livingstone y estaba seguro de no haber conocido nunca a un hombrecillo más inofensivo que éste. El vagabundo no podía haber muerto al sargento en la misma forma en que no era capaz de castigar a una criatura. No había sido él. Su ruda apariencia ocultaba sólo a medias una naturaleza caballeresca y franca.
—Sí, señor; fue arrestado en mitad de la noche y ahora está bajo llave. Considero que es una tontería dejarlo aquí en Great Bardlow. Es fácil que los vecinos pierdan la calma cuando se enteren de lo sucedido.
Norman recordó las tres siluetas que había vislumbrado en la oscuridad y comprendió que el hombrecito que caminaba entre los dos funcionarios policiales había sido su amigo, el vagabundo.
—No creo que Roper fuera tan popular como para motivar que los vecinos se atrevan a asaltar la estación policial para linchar al vagabundo — observó Norman secamente—. ¿Y en base a qué llegaron estos honorables funcionarios policiales a suponer que fuera él el asesino? Me atrevería a afirmar que hay mucha gente que tenía razones más poderosas para hacerlo.
—Es posible, señor. Pero hay una evidencia. El inspector Marshall sospechó de inmediato porque bajo el cuerpo del sargento halló uno de los monitos que vendía el vagabundo. Es probable que durante la lucha haya caído de uno de los bolsillos del asesino.
—¿Entonces hubo lucha?
—Sí, señor, parece que la hubo. Hay algunas marcas en la carretera.
—¿Algo más?
—¡Pero si está claro como la luz del día! Cuando el inspector y Bill Siggins, éste es el agente de policía, llegaron a la tienda de campaña que ocupaba el vagabundo, lo encontraron profundamente dormido y con manchas de sangre en las ropas. Y como si eso no hubiera sido bastante, el arma homicida estaba oculta en un matorral a pocos metros de distancia. Se trata de un pesado palo, uno de cuyos extremos está completamente cubierto de sangre y por añadidura tiene adheridos unos cuantos cabellos de Roper.
Norman Conquest, sin considerar esa evidencia ni durante la fracción de un segundo, la deshechó por inconsistente. No podía creer en ella. Estaba tan plagada de vicios de nulidad, que su opinión sobre la inteligencia del posadero, que nunca había sido muy elevada, quedó reducida a varios grados bajo cero. Porque, evidentemente, el señor Reeves, dueño de lo posada, creía a pie juntillas en esas evidencias.
Y, desde que Norman no consideraba conveniente perder su tiempo con un hombre cuya inteligencia era nula, dejó de lado la cuestión para dedicarse de lleno a satisfacer su apetito. Durante el desayuno Norman pensó intensamente. En realidad reflexionó sobre tantas cosas, que tan pronto como terminó de desayunarse salió de la posada y, caminando por la calle bañada por los rayos solares, encaminó sus pasos a la pequeña estación policial.
El inspector Marshall estaba en la oficina cuando entró Norman en la misma. Estaba hablando por teléfono con alguien.
—Muy bien, señorita —decía—. Muchas gracias; le estoy muy reconocido por su ayuda, señorita.
Colgó el auricular en la horquilla y miró severamente a Norman Conquest que, poniendo a un lado un montón de papeles, se había sentado tranquilamente sobre un ángulo de la mesa escritorio del inspector.
—Oiga, señor, usted no puede hacer eso.
—¿No puedo hacer qué?
—Sentarse en esa forma sobre mi mesa.
—No sea tonto; de momento que estoy sentado es que lo he podido hacer —repuso Norman, encendiendo tranquilamente un cigarrillo—. Tengo entendido que tiene usted encerrado en un calabozo a un detenido. A un hombre cuyo nombre es Mandeville Livingstone, el acusado de haber asesinado al sargento de policía Roper.
El inspector, con el rostro congestionado, se había levantado a medias de su asiento. La fría desfachatez de ese bien vestido joven desconocido, que entraba sin permiso en las oficinas y se sentaba sobre las mesas, lo había desconcertado por completo. El inspector Marshall era un funcionario policial de viejo cuño, versado en los métodos empíricos, y nunca ningún desconocido se había sentado sobre su mesa escritorio. Era algo insólito, nunca visto. Tartamudeando dijo:
—Eso… eso es cierto…, pero…
—Perfectamente —dijo con desconcertante calma Norman Conquest—. Condúzcame a presencia del detenido. Quiero verlo y conversar con él.
—Usted quiere verlo —repitió como un eco el inspector, con voz pastosa —. Vea, jovencito, si usted cree que puede entrar en mi oficina y posesionarse de ella…
—Eso es lo que menos importa en estos momentos —contestó imperturbable Norman—. Señor Marshall, creo que es ése su nombre, reconozco haber omitido las formalidades de una presentación en forma, pero bien pronto subsanaremos este inconveniente.
Sacando una tarjeta de uno de sus bolsillos, la arrojó descuidadamente sobre el papel secante que estaba delante del inspector. El señor Marshall la tomó y quedó rígido por la sorpresa. Porque el nombre que leyó en la tarjeta era el siguiente: «William Williams, Jefe Inspector del Departamento de Investigaciones Criminales, New Scotland Yard».