Miss Dinamita

Berkeley Gray · Capítulo 26 de 26

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Miss Dinamita

Capítulo XXVI. «1066» Vuelve por sus fueros

CAPÍTULO XXVI

«1066» VUELVE POR SUS FUEROS

 

L a reacción de Norman Conquest fue terrible. Una rápida mirada hacia abajo le mostró a su fiel compañera, la pequeña Pixie, tirada sobre el duro pavimento, le mostró la sangre que manaba de la herida que había recibido en el pecho. En una infinitesimal fracción de tiempo, tan breve que podía ser comparada con un ligero suspiro, comprendió muchas cosas.

Ya no estaba sorprendido. Su cerebro estaba ahora claro y despejado como el aire de la montaña. Pixie había estado en lo cierto. Pixie lo había prevenido y él la había rechazado. Más aún, su temperamento ardiente había sido la causa directa de la tragedia. Si la hubiera escuchado en lugar de discutir, en ningún momento habría descuidado la vigilancia y Trevor y su hija no lo habrían podido sorprender. Había estado tan ciego, había sido tan estúpido que permitió que ellos escucharan gran parte de la conversación. Y en ningún momento se había dado cuenta él de su presencia…, tonto, idiota de marca mayor.

Ahora ya era demasiado tarde. Tirado a sus pies estaba su más fiel compañera, cuya vida escapaba por la herida del pecho. Y todo había sido culpa suya, exclusivamente suya. En la centésima fracción de un segundo comprendió la verdad y su furiosa indignación no tuvo límites. La «joven Pixie» se había sacrificado por él…; él era tan criminal como la que había oprimido el gatillo de la pistola.

Avanzó un paso hacia Primrose y ésta retrocedió. A pesar de que estaba armada y de que Norman nada tenía en las manos, perdió el control sobre sus nervios acerados. Nunca en su vida había visto tal expresión en el rostro de un hombre como la que veía ahora en el de Norman Conquest. Era el Némesis que había adoptado una forma humana.

—¡Atrás, loco! —gritó Primrose tratando de dar firmeza a su voz.

Norman avanzó otro paso; la terrible mirada de sus ojos infundía pavor. Tenía los brazos extendidos hacia adelante con los dedos de las manos curvados como garfios. Trataba de alcanzarla… de alcanzar esa garganta suave y aterciopelada.

¡Pum!

Primrose, angustiada, logró apretar el gatillo, y durante la fracción de un segundo Norman suspendió su avance, su hombro izquierdo sintió el impacto de la bala, pero ésta sólo rozó la carne y no logró refrenar su impulso. Su furia incontenible no le permitía sentir el dolor, volvió a avanzar como si la pistola de Primrose fuese un inofensivo juguete. La joven gimió angustiada al comprobar que nada podía detener el avance de ese implacable enemigo. Volvió a oprimir el gatillo, pero lo hizo nerviosamente y la bala sólo rozó la oreja izquierda de Norman, llevando consigo un trocito de piel… y para peor seguía avanzando, sus manos estaban cerca de su garganta.

—Corre, Primrose, huye —gritó desesperado sir Trevor—. Quieto, Conquest; un paso más y es hombre muerto.

Norman se había olvidado por completo de sir Hastings. Temblando de miedo, el hombre se había deslizado hacia un costado y ahora el caño de su pistola estaba apoyado en la nuca de Norman.

—Dispara, tonto, haz fuego —gritó Primrose, que, a su vez, oprimía en vano el gatillo de su pistola, que se había trabado—. Esta maldita pistola no funciona… Mátalo de una vez.

El arma sólo se había trabado porque sus dedos nerviosos no le respondían ya.

—Si alguien se atreve a disparar un solo tiro, me veré forzado a alojarle en el cuerpo las ocho balas de mi automática —dijo Mandeville Livingstone como disculpándose.

El sonido de esa voz fue tan inesperado que sir Hastings giró sobresaltado hacia un costado y miró por sobre su hombro. El hombrecito, frío como el hielo, ofreciendo un ridículo aspecto dentro de sus pijamas cubiertos a medias por un impermeable, blandía su imponente pistola en forma por demás amenazadora. En realidad, ni había corrido el cerrojo de seguridad del arma y su emocionado corazón brincaba como loco en el pecho. Pero los que lo vieron lo consideraron peligroso en grado sumo.

Norman Conquest aprovechó de inmediato la momentánea distracción. Ya se había disipado su furia incontenible y ahora obraba fríamente y dueño por completo de sus actos. Había escuchado un ahogado suspiro que lanzó su compañera y sabía que no estaba muerta.

Su brazo describió un semicírculo y su puño entró violentamente en contacto con la mandíbula de sir Hastings. Este, con la mandíbula fracturada, chocó con la cabeza contra el muro de piedra del túnel y se desplomó como un saco vacío. En seguida, sin perder tiempo, Norman se propuso castigar en forma similar a Primrose. En su vida había golpeado a una mujer, y algo más fuerte que su voluntad retuvo su brazo. Se limitó a darle un golpe en la muñeca y la pistola voló de la mano de la joven.

—Caballero, déjemela a mí —dijo Mandeville con ansiedad—; vea usted si puede hacer algo por esa pobre señorita. Si esta diablesa se atreve a mover un solo dedo le alojo la carga íntegra de la pistola en el cuerpo.

Norman no le escuchaba. Desde que Joy había caído al suelo casi no pensó en sus enemigos. Su único deseo había sido el de castigar con sus manos, sin armas, a la infernal Primrose, pero cuando escuchó ese suspiro ahogado que lanzó Joy, se olvidó de todo.

Perdía sangre, mucha sangre, pero vivía todavía. Su rostro reflejaba una expresión de dulce y serena felicidad. El joven y endurecido bucanero lanzó un sollozo; hasta de niño había sido duro y sufrido y pocas veces había llorado, pero ahora sus ojos estaban velados por lágrimas.

Suavemente, con extremo cuidado, levantó el frágil y esbelto cuerpo de Joy; por un instante sus labios rozaron los de la joven. Como a través de una niebla vio una puerta abierta al extremo del túnel y hacia allí se dirigió; una escalera, alumbrada eléctricamente, conducía hacia lo alto.

Entró en la biblioteca de sir Hastings y se encaminó sin pérdida de tiempo a la puerta principal con la intención de llegar hasta el garage. Pero afuera, detenido ante la puerta, vio el gran automóvil de sir Trevor.

Norman Conquest vaciló. ¿Debía buscar ayuda para Joy en la aldea o conducirla directamente al hospital de Studbury? La herida continuaba sangrando terriblemente y podía ocurrir que cuando llegara al hospital ya estuviera muerta. Sin embargo, aquí, en la aldea, nunca se le podrían prodigar los cuidados que necesitaba.

La acostó suavemente sobre el asiento trasero del automóvil, la cubrió con una manta y se sentó ante el volante. Le dolía los hombros como si le aplicaran hierros candente y a cada instante creía perder los sentidos. Pero su voluntad de hierro lo mantuvo en su puesto; sólo pensaba en la preciosa carga que conducía.

Llegó a Studbury y se detuvo ante el hospital. Todos se asombraron al ver esa fantástica figura que, cubierta de sangre, entraba llevando a una mujer en sus brazos. La enfermera del turno nocturno no pudo contener un grito de horror.

—¡Pronto, un médico! —murmuró Norman—. Tiene una herida de bala en el pecho; probablemente cerca del corazón. Por lo que más quieran, sálvenla.

Se la llevaron dejándolo solo; creyeron que la sangre que cubría sus manos y sus ropas era la que ella había perdido. En parte era así. Norman salió para vagar en la noche oscura y silenciosa; sabía que nada le podían decir todavía. En la escalinata de acceso al hospital tropezó casi con un hombre corpulento, de sonrojadas mejillas, al que ni siquiera reconoció. La luz que iluminaba el frente del hospital era buena, pero Norman había pasado al lado del jefe inspector Williams sin dirigirle la palabra.

—¡Santo cielo, Conquest! Me imaginé que eras tú… —dijo el inspector tomándolo de un brazo—. Hace unos minutos te vi pasar por la carretera… Te seguí a pesar de tu advertencia, pero no pienso intervenir hasta que tú me lo autorices.

Norman lo miró, extrañado. La sangre le corría por el brazo y desde la mano se deslizaba al suelo.

—¡Pero, hombre de Dios, estás herido! —gritó Williams—. ¿Qué diablos ha ocurrido?

—¿Herido? —preguntó Norman sorprendido—. ¿Lo estoy, en realidad? Mira, hermano, es conveniente que te llegues cuanto antes a la residencia de sir Hastings. En la biblioteca hallarás abierto un panel, una puerta secreta que conduce a un túnel. Allí abajo está Livingstone que necesita tu ayuda. Yo me quedaré aquí. La pobre Pixie…

Se volvió, y, dominado por el pánico, entró corriendo en el hospital. El jefe inspector Williams adivinó el resto. Se apresuró a llegar a la estación policial para pedir la colaboración del inspector Marshall y de sus hombres.

En el vestíbulo del hospital la enfermera nocturna se encontró con el «Temerario». Todo el personal del pequeño establecimiento estaba en pie. La enfermera nocturna vio la sangre que seguía corriendo por el brazo de Norman.

—¿Está…, vive ella? —susurró Norman casi sin aliento.

—Está en la sala de operaciones: la atiende el doctor Burns —contestó la enfermera sonriendo—. Tengo entendido que existe una pequeña probabilidad de que se salve. Pero, por lo que veo, creo que esta noche tendremos que llevar a cabo dos operaciones… —y diciendo esto lo llevó al interior del edificio.

En el transcurso de su vida aventurera, Norman Conquest había pasado muchas noches terribles y llenas de agonía; noches en los desiertos de arena, torturado por la sed; noches en la jungla, rodeado por salvajes hostiles que querían eliminarlo; noches en los campos de batalla de China, con la muerte acechando a cada paso.

Pero nunca había pasado una noche tan llena de torturas como la que estaba pasando en esta tranquila ciudad del condado de Suffolk. Su herida había sido curada y vendada; no se trataba de nada grave. Ni aun se enteró de que lo curaban; sólo supo que le dijeron que habían extraído la bala del cuerpo de Joy y que ésta estaba ahora en las manos de la Providencia. Su herida era grave, mortal. La bala se había deslizado hacia arriba, alojándose en el hombro; si por casualidad hubiera seguido el camino recto le habría atravesado el corazón.

Los minutos le parecieron horas, las horas siglos. Fue la noche más larga de su vida y la toleró valientemente, en silencio. En ningún momento molestó a las enfermeras o al médico con preguntas inútiles. Sabía que cuando tuvieran alguna novedad para comunicarle, se la dirían.

Faltaban minutos para las siete de la mañana; el sol brillaba en un cielo sin nubes, cuando el doctor Burns se acercó al lugar en que se hallaba sentado Norman y lo miró de lleno a la cara. No fue necesario que pronunciara ninguna palabra. En el rostro del bondadoso y anciano doctor se veía la sombra de una sonrisa. Tomó a Norman suavemente del brazo sano y lo condujo a una pequeña salita privada.

De más estaba la recomendación de que no hablara. Norman no estaba en condiciones de articular palabra. Se encontró a sí mismo sentado al lado de un lecho blanco, sobre cuyas albas almohadas descansaba una dulce cabecita. Joy tenía los ojos abiertos y la mirada que le lanzó alivió de inmediato todos sus dolores.

—¡Hola, «Temerario»! —susurró—. El médico me ha dicho que todo marchará bien.

—¡Dios mío, qué tonto he sido! —murmuró Norman con desconcierto—. Pixie, no encuentro palabras para expresar todo lo que quisiera decirte. Tendrías que martirizarme en lugar de sonreírme. No merezco tu perdón…

Ella le tomó la cabeza y lo besó, leyó en sus ojos tal ternura y tanto remordimiento que a partir de ese instante su mejoría estaba asegurada.

Más tarde, Norman Conquest salía del hospital dando la impresión de que flotaba en el aire, de que sus pies no tomaban contacto con la tierra. Su paso era tan elástico, tan alegre el brillo de sus ojos, que cuando, minutos más tarde, se encontró con el jefe inspector Williams, éste no consideró necesario formular preguntas.

—Me alegro mucho, Norman —dijo el hombre de Scotland Yard estrechando la mano del joven—. Esa muchacha es de lo mejorcito que hay.

—No seas tonto —gruñó Norman—. ¿Qué quieres significar con eso de que es de lo mejorcito que hay? Es la personita más grande y más noble que jamás he conocido, y yo ni soy digno de besarle los zapatos.

—Bueno, eso es algo que puede discutirse —admitió secamente Williams —. Creo que te interesará saber que nos apoderamos de Trevor, de Cartwright y de esa muchacha Primrose. ¿Ignoras que Dawes está alojado en el mismo hospital de Studbury? Tengo entendido que tu fiel compañera le hizo esta noche una jugarreta de la que no salió muy bien parado. Parece que entre ustedes dos existe un acuerdo mutuo en lo que a diversiones se refiere.

—Joy se salvará, Bill; pronto estará restablecida —dijo Norman como en un sueño.

—¿Y evidencias? —continuó diciendo Williams—. Muchacho, tenemos pruebas y evidencias a montones. Hay allí alhajas procedentes de una docena de robos, aunque, cosa curiosa, no encontramos nada que pueda ser identificado como procedente de los robos del «Supreme Hotel» o del cometido en casa de lady Dalecourt. Pero es probable que aparezca algo más tarde. Encontramos también un cuaderno en el que figuran los nombres de todos los bandidos que Trevor tenía a su servicio. Supongo que en este momento ya están todos entre rejas.

Norman volvió lentamente a la realidad; como a través de una especie de niebla había oído algunas palabras pronunciadas por el jefe inspector, y entonces dijo:

—Mi dulce Williams, puedo serte de utilidad en lo referente al producto de esos dos robos que terminas de mencionar. Tengo todo en mi caja fuerte. Nunca pensé conservarlo… No me interesan las alhajas. —Y cambiando repentinamente de modo de ser, preguntó al jefe inspector—: Pero ¿se puede saber por qué me molestas con estas cosas?

Williams comprendió y lo dejó solo. Norman sonrió complacido. Se extrañaba de que Williams no mencionara para nada todo el dinero depositado en el tesoro de los enemigos…, aunque, a decir verdad, tampoco éste le interesaba en esos momentos.

Joy vivía… Joy se repondría y volvería a ser la de antes. ¿Qué importaba todo lo demás?

Más tarde, Norman, como era lógico, volvió a la realidad. Pasaría mucho tiempo antes de que Joy pudiera dejar el hospital, y se resignó a esperar pacientemente todo el tiempo que fuera necesario. Al promediar la tarde de ese primer día, volvió Norman a su campamento y le comunicó a Mandeville Livingstone que se trasladarían a los alrededores de Studbury.

—Muy bien, caballero —repuso el hombrecito—. Le ruego que me perdone, pero no sé si procedí bien. Allí dentro, en la casa rodante, hay algo para usted.

Norman entró y vio sobre la mesa grandes fajos de billetes de banco norteamericanos; dólares por valor de cien mil libras esterlinas. Mandeville no estaba interesado en esa «pacotilla extranjera», como calificaba a esos billetes, pero consideró que probablemente su amo no pensaría en la misma forma. Una amplia sonrisa de satisfacción iluminó el rostro del «Temerario».

—Hermano Mandy —dijo, rodeando con su brazo sano los hombros, del hombrecito—, siempre supe que usted era un sincero y honesto bucanero.

La preocupación del ex vagabundo se disolvió en una beatífica sonrisa de alivio. No obstante, trató de justificarse diciendo:

—Caballero, en vista de los trastornos y preocupaciones que nos causó esta aventura, consideré que estábamos autorizados para…

—Lógico —contestó sonriendo Norman—. El dulce Williams está contento, Scotland Yard está contento, y nosotros hemos destruido el nido de nuestros enemigos. Dígame, siervo, ¿estamos contentos?

Con ojos que reflejaban intensa felicidad miraron ese dinero tan duramente ganado, que cubría la mesa. Mandeville Livingstone veía grandes pilas de dinero, pero el «Alegre Temerario» sólo veía un encantador rostro de diablillo.

 

F I N

 

V.1 mar. 2020

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