Miss Dinamita
Capítulo XX. La gran traición
CAPÍTULO XX
LA GRAN TRAICIÓN
E l gran hall de la magnífica residencia era, sin duda alguna, un lugar agradable con su suave media luz y su frescura. Norman Conquest sentía especial predilección por este hall; percibía la mano de la gentil dueña de casa en la disposición de las cortinas y en la distribución de los floreros llenos de flores. Impecable y elegante dentro de su claro traje de deportista, el joven aventurero parecía formar parte de esa soleada mañana. Se divertía íntimamente al pensar que estaba desafiando al león en su propia guarida.
Mientras aguardaba paciente a que regresara Dawes, recorría lentamente el hall, observando los cuadros antiguos que pendían de las paredes, y estaba tan completamente distraído que no se dio cuenta de que se abría silenciosamente una puerta, la que conducía a las dependencias de la servidumbre.
Una mujer joven, pequeña y esbelta, apareció llevando en sus manos una bandeja. Joy Everard no dejaba de ser bella a pesar de que vestía un uniforme negro con delantal y cofia blanca, y por muchas razones fue lamentable que Norman no se diera cuenta de su presencia. La sola visión de ese simpático rostro de travieso diablillo habría explicado muchas cosas…, mientras que al mismo tiempo uno o dos puntos quedarían sin aclarar. Por lo menos habría llegado a conocer la verdadera identidad de «Mary Stevens», aun cuando no llegara a comprender la razón por la cual ésta lo ponía en guardia contra Primrose Trevor.
Con tiempo, cuestión de breves segundos, habría llegado a ver ese rostro. Pero Joy lo vio antes y sin vacilación alguna volvió sobre sus pasos. Todo lo que alcanzó a ver Norman, cuando miró a su alrededor, fue la espalda de una esbelta y pulcra criada; durante la fracción de un segundo algo pareció acudir a su mente; una cuerda de vago reconocimiento pareció afectada, pero fue tan ilusorio que no llegó a impresionarlo y sus pensamientos tomaron otro rumbo. Se preguntó para qué habría entrado al hall la criada, puesto que de inmediato volvió sobre sus pasos. La mirada de sus ojos acerados se endureció. Esta era indudablemente la joven que le había enviado el mensaje cifrado dentro de la manteca. Con estudiada lentitud se acercó a la puerta por la cual había desaparecido la criada.
Joy se había detenido al otro lado de la puerta que había vuelto a cerrar; con los labios fuertemente apretados y una mirada llena de resolución en los ojos, miraba cautelosamente a su alrededor. Estaba enojada consigo misma, enojada porque su pobre corazón imitaba a las mil maravillas a una bomba neumática y temía que acudieran los demás criados para averiguar la causa de esos golpes sordos y acompasados. Era una pena que su corazón no supiera dominarse. Norman Conquest ya nada significaba para ella…: menos que nada. Si prefería hacerle el amor a una gata del infierno disfrazada de damisela en peligro, allá él; las consecuencias no se harían esperar.
Nunca admitiría Joy que había sido herida en su orgullo y que su corazón sangraba. Ni aun admitiría que había entrado en esa casa con el único y exclusivo propósito de ayudar a su hombre. Por lo tanto, al advertir la presencia de Norman en el hall, se retiró instintivamente. Sus emociones eran encontradas; la razón y su sano juicio la impulsaban a volver al hall para advertir a ese pobre iluso que estaba jugando con dinamita. Pero su orgullo herido la hacía permanecer donde estaba.
—Señor, sírvase usted acompañarme.
Norman Conquest fue vuelto a la realidad por la suave voz del mayordomo. No podía invadir los dominios de la servidumbre en presencia de Dawes. Se volvió y siguió resignado al mayordomo, y mientras éste lo conducía a la biblioteca, le preguntó con sorna:
—¿Y, siervo, cómo dormimos estas noches? Me imagino que bien, ¿verdad?
—Sí, señor; gracias.
—¿No sufrimos pesadillas?
—Nunca, señor —contestó Dawes estoicamente. Disimulaba bastante bien, pero la aguda mirada de Norman pudo percibir su embarazo. Se salvó del desastre porque llegaban a la puerta de la biblioteca.
—El señor Norman Conquest —anunció el mayordomo con voz ronca, mientras abría la puerta y se colocaba a un costado para dejar pasar al visitante.
Norman entró en la habitación como lo haría un rey que entra en su sala del trono. Ya había previsto el caluroso recibimiento de que sería objeto.
—Entre, señor Conquest; adelante —dijo sir Hastings con exquisita amabilidad—. Encantado de verlo nuevamente, joven amigo. ¿Conoce usted a mi hija, verdad?
—Sí, ya nos hemos encontrado en otra oportunidad —contestó Norman inclinándose ceremoniosamente ante Primrose—. Señor, nunca olvidaré la forma en que intercedió su hija por ese desdichado vagabundo. Ese Livingstone es un hombre pequeño pero tiene un gran corazón. Le he dado trabajo; ahora es mi criado para todo servicio.
—Ya he oído algo acerca de eso.
—Me he enamorado francamente de este distrito rural, y he decidido pasar en él mis vacaciones —continuó diciendo Norman—. Pero hay algo que me preocupa; en realidad, es un detalle que carece de importancia, pero consideré necesario aclararlo. Creo que he estacionado mi casa rodante en tierras de su propiedad, y he venido expresamente, sir Hastings, para solicitar de usted la necesaria autorización para poder permanecer allí.
Demasiado bien sabía Norman que el bosquecillo en el cual acampaba no estaba en tierras de sir Hastings, pero esta excusa era tan buena como cualquier otra para justificar su visita.
—Señor Conquest, está usted en un error —contestó sonriendo amablemente el terrateniente—. Esos bosques pertenecen al coronel Franklyn. ¿No quiere usted sentarse, señor Conquest? Sírvase un cigarro. Por otra parte, no necesita preocuparse usted; el coronel Franklyn permite a todo el mundo que arme campamento en sus tierras.
—Eso es magnífico —repuso Norman dejándose caer en el más confortable de los sillones—. Le agradezco su gentil ofrecimiento, pero, francamente, prefiero fumar uno de mis cigarrillos. Tiene usted, señor, una residencia encantadora y los alrededores son pacíficos y tranquilos. Aquí se olvida uno de todas sus preocupaciones. —Se inclinó ante sir Hastings y su hija mientras lanzaba al aire una bocanada de humo azulado. Le pareció notar que Primrose estaba un tanto agitada y que tenía que esforzarse para conservar su aire interesado; en cuanto al padre, éste estaba francamente intranquilo, y, por segunda vez, esa mañana, transpiraba copiosamente.
—Sí, estos parajes son encantadores…; son muy lindos —repuso sir Hastings con una sonrisa que más se parecía a una mueca de desesperación—. ¿Piensa…, piensa usted quedarse mucho tiempo por estos alrededores?
—¡Oh, no!… Sólo una breve temporada. Hay ciertas personas que tienen un interés especial en acortar mis vacaciones; prefieren hacerme emprender un largo viaje a una región de clima muy cálido, pero yo encuentro que la temperatura de Great Bardlow es suficientemente cálida para mi gusto. Estas personas se ocupan en negociar joyas… —se interrumpió para preguntar gentilmente—: ¿Decía usted, sir Hastings?
Sir Hastings no decía nada. De su garganta escapaban unos sonidos que parecían estertores de ahogado. Primrose, que estaba sentada en posición tal que su padre no podía verla, lanzó a Norman una mirada mitad temerosa y mitad suplicante. Era tan brillante y completa su habilidad histriónica, que Norman sintió un leve remordimiento. Pero a pesar de eso, guardaba otro directo para sir Hastings, un golpe que éste posiblemente no resistiría sin trastabillar.
—Bueno, creo que es conveniente que me retire —dijo Norman, levantándose—. Muchas gracias, señor, por su gentil acogida. ¡Ah!… A propósito…; se trata ahora del viejo molino abandonado…
—¿El… el qué? —balbuceó el derrotado dueño de casa.
—Ese viejo y abandonado molino que está a la orilla del río —continuó diciendo Norman con serenidad—. ¿Es suyo, verdad?… Sir Hastings, ¿tiene usted algún inconveniente en que lo visite?
—Ninguno —musitó sir Hastings con voz apenas audible—. Absolutamente ninguno.
—Muchas gracias. Es posible que utilice alguna de las dependencias del viejo molino para desnudarme cuando me disponga a nadar en el río — explicó Norman mirando con ojos burlones al dueño de casa—. Ya me he zambullido una vez en el río y puedo asegurarle que es muy agradable nadar en él.
Fue en realidad un golpe directo aplicado sin ninguna consideración. Norman sabía que Sir Hastings había intervenido en una u otra forma en esa tentativa de eliminarlo cuando fue encerrado en un saco de lona y arrojado sin miramientos al fondo del río. Por su parte, sir Hastings adquirió ahora el convencimiento de que Norman sabía que él estaba implicado en esa tentativa de asesinato. Y, sin embargo, allí estaban, visitante y dueño de casa, cambiando sonrisas y frases cordiales.
—Le voy a proponer algo —dijo sonriendo Primrose, al mismo tiempo que se levantaba para acercarse a Norman—. Iremos juntos al viejo molino y yo le serviré de guía. Algunos lugares amenazan derrumbarse y en general acecha el peligro dentro de esa vieja ruina. No sería leal de nuestra parte dejarlo ir solo; puede peligrar su integridad física.
—Imposible —se apresuró a contestar Norman—. Mi integridad física está asegurada contra todo posible daño. Mi cabeza está garantizada contra toda rotura; en realidad es de goma, y se caracteriza por cierta inclinación especial en meterse en los asuntos privados de otras personas. De ahí el apodo «Cabeza de goma» con que me designan algunos. Tengo la patente registrada a mi nombre.
Primrose rio alegremente, y tomando del brazo a Norman salieron de la biblioteca. Dos minutos más tarde caminaban por un sendero del jardín bañado por los rayos solares; hacían el efecto de una joven y alegre pareja que se dispone a disfrutar de un tranquilo paseo.
Mientras cruzaron el jardín y el verde prado vecino, la joven conversó animadamente de hechos triviales, y su risa, alegre y armoniosa, deleitaba los oídos de Norman. Más que nunca estaba convencido éste de que la joven era una inocente víctima de un padre malvado. Estaba enamorado de ella hasta la raíz de los cabellos y su cerebro disfrutaba de vacaciones, pero él personalmente ignoraba estos dos últimos detalles.
Recién cuando entraron en la fresca penumbra del viejo molino, cambió la manera de ser de Primrose. En el augusto silencio de esa vieja ruina se detuvo de pronto, y apretando el brazo de Norman le preguntó angustiada:
—¿Por qué se complace usted en torturar a papá? ¿Por qué lo desafía abiertamente?
—No lo hice abiertamente; al contrario, creo haber disimulado perfectamente bien.
—No hace ninguna diferencia y seré yo la que sufrirá las consecuencias. No se imagina usted cómo es mi padre cuando está enojado… —y, estremeciéndose, acercó su cuerpo al de Norman mientras proseguía—: Estoy asustada…, terriblemente asustada.
La mandíbula de Norman se convirtió en un trozo de granito, y tomando a la joven por los hombros la obligó a mirarlo en los ojos mientras decía con resolución:
—Escuche, Primrose: quiero saber la verdad, toda la verdad. Usted me la dirá desde la a hasta la z. ¿Es ese hombre, en realidad, su padre? ¿De qué arma dispone para dominarla en esa forma absoluta?
—¡Oh!…
Fue un grito ahogado, más bien un sollozo de consternación y de pena. Al minuto siguiente, la mandíbula de Norman dejó de parecerse a un trozo de granito para convertirse en un flan de gelatina. Ya no podía resistir a esos labios bellos e insinuantes que temblaban a escasos centímetros de los suyos. Llenó de aire sus pulmones y presionó con los suyos los labios de la joven; y ésta, lejos de simular inocencia, tomó con apasionado fervor los brazos de Norman e incrustó su tembloroso cuerpo en el de éste. La temperatura de Norman subió hasta el punto de hervor, y si le hubiesen arrimado un fósforo encendido habría explotado como una carga de dinamita.
Su agitada respiración podía ser escuchada a millas de distancia. Norman no era un monje trapista; ya en otras oportunidades había sido besado por mujeres, y por mujeres de ciertas regiones del planeta cuyos besos eran capaces de encender chispas; pero nunca hasta entonces había tropezado con una técnica tan consumada en el arte de besar como la de Primrose Trevor. Dos minutos más tarde el tuétano de sus huesos se había convertido en lava ardiente y sus sentidos, mejor dicho, lo que quedaba de ellos, no le respondían en absoluto.
Primrose logró zafarse del apasionado abrazo, y retrocediendo un paso, quedó parada en la penumbra mirando a Norman con tal expresión en sus ojos que el joven no acertaba a librarse del hechizo que había caído sobre él. Los labios de Primrose temblaban y sus pechos se agitaban como sacudidos por una marea. De pronto, bajando la cabeza, se acercó nuevamente al joven y ocultando su rostro al apoyar la frente en el pecho de Norman, murmuró dulcemente:
—Te amo, Norman. Te amo y eso es lo único que interesa. Soy tuya…, toda tuya. Eres tan grande, tan fuerte y tan valiente…
La joven casi se excedió en sus propósitos, pero había logrado su objeto; ahora Norman le pertenecía por completo; era suyo sin trabas ni restricciones. En cualquier otro momento, cuando su mente no estuviera tan adormecida, Norman habría considerado con definidas sospechas esa declaración de amor. Pero en ese instante no era el Norman de costumbre; parecía hipnotizado. Las palabras de Primrose le parecieron la cosa más natural del mundo, el resultado lógico de los acontecimientos que las habían precedido. Se sintió bondadoso, y mientras le acariciaba los cabellos murmuró dulcemente:
—Primrose, debes permitir que te ayude.
Ahora ambos habían recobrado parte de su calma, y en la media luz que reinaba en el viejo molino Primrose tenía una apariencia angelical. Su dulce y bello rostro, medio oculto en las sombras, reflejaba virginal renunciamiento. Norman, frente a ella, se sentía doblemente grande y poderoso, y, sin embargo, estaba pendiente de sus palabras como un rústico enamorado.
—Pero es que no puedes ayudarme —dijo ella con voz trémula—. Todo lo que te pido, todo lo que puedes hacer por mí es alejarte de aquí. ¡Tengo tanto miedo!… Temo por ti. Después de lo que ocurrió anoche…
—Sí… ¿Qué ocurrió anoche?
—Ahora todo me parece un sueño —murmuró ella acercándose nuevamente a Norman—. Esos hombres terribles me encerraron en el depósito, y cuando se alejaron comprobé que podía salir. La puerta estaba rota. Escuché voces en el extremo del pasillo y… y vi lo que estaban haciendo contigo. Estaba tan asustada.
—¿Tan asustada que me salvaste la vida?
—Encontré una piedra y la arrojé contra el farol; en seguida, con un trozo de madera que había recogido le di un golpe en la Cabeza al hombre enmascarado. No alcanzó a verme; tú tampoco me viste. No atiné más que a cortar las cuerdas que te sujetaban y escapé atemorizada.
Lo que describía Primrose eran precisamente las acciones que había realizado esa misteriosa y desconocida persona que había en realidad acudido en ayuda de Norman Conquest. Primrose observaba atentamente el rostro del joven y quedó satisfecha al comprobar que éste continuaba creyendo que había sido ella su salvadora. Si antes había sido un instrumento dócil en sus manos, ahora Norman se había convertido en un trozo de blanda masilla a la que podía moldear a voluntad.
—Lo que ocurrió anoche puede volver a suceder —dijo Norman tratando de imprimir firmeza a su voz—. Pero es muy difícil que me sorprendan dos veces y no necesitas preocuparte por mí. Tú sí que me preocupas, Primrose; tu padre…
—Por favor, Norman, no hablemos más de eso.
—Pero…, no comprendo. Tienes que contarme…
—No sé nada —interrumpió casi sin aliento la joven—. Por lo menos, es muy poco lo que sé. Sé que mi padre está mezclado en alguna forma en un trabajo delictuoso, pero nunca he podido averiguar de qué se trata. De día todo está tan tranquilo, sereno y lleno de paz, que algunas veces me pregunto si no estaré sufriendo pesadillas. —Su esbelto cuerpo fue sacudido por convulsivos estremecimientos, y con voz angustiada continuó diciendo—: Es de noche, cuando todos duermen, que ocurren las cosas extrañas. Sangley, el que fue secretario de mi padre, ese hombre que se suicidó en el momento en que se disponían a detenerlo, ése fue el causante de todo. Creo que tenía a papá en su poder, lo dominaba. Él fue el asesino del sargento Roper…; lo mató porque parece que éste había descubierto algo. También de noche vienen y van hombres misteriosos —miró a Norman con expresión de ansiosa súplica y agregó—: Ok, yo sé que quieres ayudarme, pero no puedes luchar contra todos ellos; son demasiados. Yo no corro ningún peligro…, nunca me harán nada a mí. Por favor, Norman, aléjate…, por favor, olvida todo lo que has visto y oído; olvida tus sospechas… ¿Lo harás?
—Si tú crees que…
—¿Lo harás por mí, Norman?
Había un mundo de trémulas súplicas en su voz y miró de lleno en los ojos de Norman en una forma que estaba calculada como para derretir el corazón de un inflexible recaudador de impuestos. Norman vaciló, tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para negarse.
Habiendo revelado al «Alegre Temerario» como a un ser humano tan distinto a todos sus semejantes, no se le debe juzgar ahora demasiado duramente por este minuto de debilidad. Admitamos que en lo que se refería a Primrose, había estado completamente ciego desde un principio; y ahora estaba prácticamente perdido.
En lugar de ensañarse con Norman Conquest y calificarlo como tonto número uno, sería más conveniente admirar el incomparable genio de Primrose Trevor. Su pétreo corazón estaba disfrazado y su rostro podía revestirse con una expresión angelical tan pura que pocas mujeres podían ostentar. Y haciendo juego con estos dones que le había concedido natura, tenía un cerebro frío, calculador y dominante. Si no hubiera tenido esa inclinación al crimen, podía muy bien haber ocupado el sillón presidencial del directorio de alguna importante empresa comercial y con toda seguridad habría dirigido las operaciones con singular eficiencia. De haber sido hombre, la guardia de Norman nunca habría cedido un ápice de su habitual inflexibilidad, pero ella era la cosita más femenina que había visto él en toda su existencia. Tan sólo al estar junto a Primrose se aceleraban las pulsaciones de Norman y su cerebro quedaba como cloroformado. Su inseparable y fiel compañero, ese sexto sentido tan digno de confianza, se adormecía por completo tan pronto como se encontraba en presencia de la joven.
—Si tú crees —repitió Norman con firmeza— que yo puedo olvidarme de ti y de todo lo demás, es mejor que empieces a vivir de nuevo. Tienes que recordar que ciertos malditos malandrines han tratado de separarme de mi respiración en dos o tres oportunidades en este agreste y tranquilo lugar; y aunque no menciono nombres, tampoco estoy dispuesto a olvidar; es absolutamente necesario que arregle cuentas con esos sujetos. Si tú no estuvieras involucrada en todo esto, mi tarea sería mucho más fácil. No creas que por el hecho de estar solo frente a todos perderé este juego. Dentro de muy poco tiempo se producirá algo que conmoverá a Great Bardlow hasta en sus cimientos.
—No, no. No puedes…
—Lo lamento mucho, gentil damisela, pero es necesario y se hará. Es por eso que quiero que desaparezcas de la escena…, y antes de que ocurra algo que pueda perjudicarte. ¿Qué es lo que impide tu alejamiento?
—¡Oh. Norman, tú no comprendes, no puedes comprender! No puedo traicionar a mi padre…, tampoco puedo abandonarlo… Él es mi padre…, y debo rogar a Dios que le ayude. Por otra parte, ¿dónde puedo ir? Me refiero a alejarme en forma de que mi padre ignore mi destino. Tengo amigos en todas partes, pero no puedo pedirles que conserven el secreto sobre mi presencia. También necesitaré dinero…
—¿No puedes conseguir dinero?
—Ya te he dicho que tú no puedes comprender —repuso tristemente la joven en voz baja—. Todo tiene una apariencia tan feliz y hogareña en casa de mi padre, pero si conocieras la verdad… No, no; yo no puedo irme de aquí; no puedo alejarme del lado de mi padre.
Norman decidió no insistir sobre el punto. Ahora ella temblaba violentamente y palideció hasta el punto de que el joven temió que se desvaneciera…, una nueva prueba de las excelsas condiciones de actriz de Primrose.
—Bueno —dijo Norman cambiando de toma—, hay otra cosa que me interesa y sobre la cual quiero formularte algunas preguntas. —De haber conocido Norman el verdadero significado de la pregunta que se disponía a formular, se habría cortado la lengua antes de hablar—. ¿Qué puedes decirme con respecto a los criados que trabajan en casa de tu padre?
—Francamente, Dawes, el mayordomo, me inspira temor —contestó rápidamente Primrose. Si habría sido menos inteligente hubiera fingido no saber nada malo de Dawes; pero estaba convencida de que Norman ya había catalogado al hombre y era una buena estrategia admitir que le inspiraba temor—. No creo que Dawes sea un mayordomo común. Nunca he visto que cometiera algo malo, pero tengo la vaga impresión de que hay algo secreto entre mi padre…
—¿Y los demás criados?
—Nada tienen de reprobable…, ninguno de ellos. La mayoría procede de Great Bardlow y sus alrededores. Ninguno de ellos me inspira temor — agregó mirándolo sinceramente sorprendida—. ¿Por qué me lo preguntas?
—¿Pertenece Mary Stevens al vecindario de Great Bardlow?
—No —esta vez la sorpresa de Primrose fue sincera—. Es nueva en la casa. Estoy conforme con ella…
—Sería mejor que no lo estés tanto —la interrumpió Norman continuando con su tarea de traicionar a su pequeña y fiel compañera—. Creo que es conveniente que vigiles estrechamente a esa Mary Stevens.
—¿Vigilarla? ¿Qué quieres decir?
—Hasta que no sepa algo más concreto prefiero omitir los detalles — contestó Norman—. Pero puedo anticiparte lo siguiente: Mary Stevens no es una mucama común y te quiere como el gato quiere al ratón.
A partir de este instante, la vida de Joy Everard corría serio peligro… gracias a la inconmensurable tontería de Norman Conquest, el hombre cuya vida había salvado ella, con riesgo de la propia, escasamente doce horas antes.