Miss Dinamita

Berkeley Gray · Capítulo 5 de 26

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Miss Dinamita

Capítulo V. Dos ojos aterrorizados

CAPÍTULO V

DOS OJOS ATERRORIZADOS

 

F ue un agradable paseo el que realizó Norman Conquest para llegar a la casa señorial de los Trevor. La carretera serpenteaba entre ondulantes praderas y de vez en cuando se alcanzaba a divisar el río que corría entre orillas arboladas. Una ocasional barcaza se deslizaba lentamente, impulsada por la corriente. Pero Norman no pensaba en el paisaje mientras caminaba a grandes pasos.

Conversando con Williams se le ocurrió algo que podía tener capital importancia. El hombre que había matado al sargento Roper tenía que estar al tanto del incidente sostenido por éste con el vagabundo… Porque ese altercado constituía una de las más formidables evidencias contra Livingstone.

Y la única persona que, además de Norman, había presenciado el incidente, carente por completo de importancia, había sido la señorita Trevor. Esta no habría considerado necesario guardar secreto al respecto, y probablemente se lo había relatado a distintas personas al regresar a su casa. E, indudablemente, una de esas personas había considerado llegada la oportunidad y había procedido en consecuencia.

La idea de que el mismo sargento Roper podía haber hablado, no mereció ninguna consideración por parte de Norman. Había visto a Roper y lo había estudiado justipreciándolo. Roper no pertenecía a la clase de hombres conversadores. No estaba de acuerdo con su naturaleza el contar a la gente que había arrestado a un vagabundo porque éste había pretendido atacarlo, y que luego lo había puesto en libertad a pedido de una joven. Eso hubiera significado debilidad… y Roper era un hombre fuerte.

No, la joven constituía indudablemente la llave del asunto. En su inocencia habría contado a alguien lo ocurrido, y unas cuantas palabras amistosas con ella podían poner todo en claro. El interés de Norman en el asunto, que primeramente sólo había sido transitorio, se había convertido ahora en algo tangible. La causa de la diferencia residía en el relato que Williams le hiciera de la carta enviada por el sargento al comisionado en jefe. El sargento Roper había sido asesinado porque sabía más de lo conveniente referente a algo que podía perjudicar a una persona, o a varias personas, desconocidas por el momento. A pesar de los pensamientos que embargaban su mente, Norman no pudo dejar de admirar los bellos canteros llenos de flores que flanqueaban la senda cubierta de grava que conducía a la residencia de sir Hastings. Por entre los árboles alcanzó a distinguir parcialmente la casa, majestuosa, digna y antigua, perteneciente a la época isabelina.

En todas partes podían observarse evidencias de riquezas y solícitos cuidados. Estas praderas perfectas tenían por lo menos cien años; los viejos árboles de adorno habían proporcionado, indudablemente, sombra a los cortesanos del rey Carlos; la casa en sí, lujosa y confortable, había albergado, con seguridad, a más de un noble caballero. El sol brillaba en todo su esplendor; los pájaros cantaban y todo el ambiente trasuntaba paz y tranquilidad. Casi parecía un sacrilegio pensar en un asesino y en un crimen en esos alrededores.

Un hombre encorvado, con lentes cabalgando sobre la nariz, venía caminando lentamente al encuentro de Norman, y al acercarse miró con disimulada curiosidad al desconocido que vestía impecablemente.

—¿Señor, si hay algo que pueda hacer en su favor?… —preguntó el hombre con apariencia de erudito, deteniéndose.

—Creo que no, profesor —contestó Norman, deteniéndose a su vez—. Creo que soy lo suficientemente activo y lo suficientemente fuerte como para llevar a cabo mi misión sin ayuda extraña. Tengo razones para suponer que esta noble mansión alberga a cierta damisela encantadora y me agradaría cambiar unas cuantas palabras con ella. Debe usted perdonar mi forma de expresarme, pero este ambiente anticuado parece haberme afectado más de lo debido.

El hombre que usaba lentes, miró sorprendido y extrañado al joven.

—Si se refiere usted a la señorita Primrose…

—Señorita Primrose… —murmuró Norman con voz ensoñadora, mientras cerraba los ojos—. Debí haberlo supuesto. ¿Podía llamarse de otra manera que Primrose?

Una ahogada risita motivó que volviera a abrir los ojos.

—Creo que la señorita Primrose está en casa. Me llamo Sangley y soy el secretario privado de sir Hastings. De primera intención, cuando lo vi, me imaginé que fuera usted un reportero y sir Hastings me dio la orden de no permitir que se acerque a la casa ninguno de esos caballeros.

—Amigo mío, ha sido usted víctima de dos graves errores —dijo Norman arrastrando las palabras, mientras dejaba de pensar en Primrose Trevor para concentrar toda su atención en el secretario—. En primer lugar, ningún reportero viste como yo; y en segundo lugar, ningún reportero acepta con alegría que se le trate de caballero.

Pudo apreciar que el hombre trataba de conocer sus intenciones, pero no se dignó a satisfacer la curiosidad de Sangley. Por alguna razón que no pudo explicarse satisfactoriamente, sintió cierta aversión por ese hombre. Esa sonrisa convencional que dibujaban sus labios, no era sincera, y el continuo guiño de sus ojos tras los cristales de los lentes, se parecía más bien a la agitación de la superficie de un lóbrego charco. Para empeorar las cosas, Sangley frotaba suavemente sus manos y Norman observó dos cosas. Eran manos extraordinariamente largas para un hombre de estatura media, y al frotarlas producían sonidos similares a los que producen las escamas de ciertos reptiles. Insignificancias, pero Norman Conquest, en lo que se refería a los seres humanos, estaba siempre dispuesto para conceder mayor importancia a las insignificancias que a las cosas evidentes.

—¿Si me permite usted que vaya en busca de la señorita Primrose…?

Aparentemente el hombre tenía la costumbre de no terminar nunca sus preguntas; como anteriormente, hizo una pausa sugestiva.

—Muy agradecido, pero soy uno de los mejores buscadores del mundo — contestó Norman llevando a sus labios un cigarrillo y sacando del bolsillo del chaleco su encendedor automático—. En consecuencia, profesor, no lo demoraré por más tiempo.

Se volvió mientras hablaba y deteniéndose un momento con la espalda vuelta a Sangley encendió su cigarrillo. Entonces vio algo en la bruñida superficie del encendedor que motivó a que se aceleraran sus pulsaciones. El costado de metal del encendedor era levemente cóncavo y a causa de ello tenía el efecto de reducir la imagen que reflejaba, en este caso, el rostro de Sangley. Norman vio contraerse el rostro del secretario al fijar una malévola mirada en la parte posterior de la cabeza del joven. Su refinada expresión de erudito había desaparecido por completo para ser reemplazada por una mueca repulsiva y siniestra.

Norman, elegante como siempre, siguió caminando lentamente. Sus pulsaciones habían vuelto a la normalidad. El instintivo desagrado que había experimentado por Sangley se había justificado rápidamente. El hombre no podía sospechar que el cambio operado en su rostro había sido reflejado por la pulida superficie de metal del encendedor.

—Interesante… muy interesante —murmuró Norman tranquilamente—. Así que tenemos un secretario privado que lava sus manos con aire… costumbre que debía ser castigada por la ley… y que proporciona una aceptable imitación del rey de los demonios cuando se le da la espalda.

Pero, como de costumbre, la locuacidad del «Temerario» ocultaba su verdadero estado de ánimo. Consideró a Sangley como al sospechoso número uno en su lista mental; y es conveniente notar que Norman pocas veces se equivocaba en su primera apreciación.

Conque este lugar antiguo y encantador no era tan inocente como parecía ser a primera vista. Habiendo sufrido ya una primera impresión, Norman estaba ahora preparado para cualquier cosa. Su estimación por el extinto sargento Roper, mejor dicho por su inteligencia, crecía por momentos. Lástima grande que el hombre había sido tan concentrado en sí mismo, tan reservado. Bien, de cualquier manera, lo había pagado muy caro… lo había pagado con la vida.

Respondiendo a la llamada de Norman la gran puerta fue abierta por Dawes, el mayordomo. Subconscientemente Norman lo estudió con una escrutadora mirada. Nuevos descubrimientos se sumaron a los anteriores. Dawes se parecía a cualquier cosa menos a un mayordomo; además había algo que el superagudo sexto sentido de Norman descubrió de inmediato. Cierta extraña y desconcertante dureza en los ojos, una pequeña peculiaridad en la forma de las orejas, una cruel relajación en las líneas de la boca. Norman observó todas estas cosas en una sola y rápida mirada mientras sonreía al mayordomo.

—Buenos días, siervo —dijo cariñosamente—. Sea lo suficientemente bondadoso como para informar a la señorita Primrose que su amigo, el admirador de carne ahumada de conejo, desea cambiar unas palabras con ella.

—Le ruego me perdone, pero no he comprendido —repuso el sorprendido Dawes.

—Me imagino que no ha comprendido una sola palabra, pero la señorita Primrose comprenderá.

Norman franqueó la puerta y entró en la casa como si le perteneciera, colocó su sombrero sobre una estatua de Psiquis y se instaló cómodamente. El mayordomo, tras un instante de vacilación, porque no estaba acostumbrado a tratar con esa clase de huéspedes, recorrió con altivez el hall y desapareció por una de las puertas. Pocos minutos más tarde apareció el mismo sir Hastings en persona y se acercó a Norman con una hostil mirada interrogativa.

—Tengo entendido que quiere usted ver a mi hija, ¿es así?

—¿Y por qué no? —preguntó Norman con la más encantadora de sus sonrisas—. Me imagino que cualquier hombre daría cualquier cosa por poder ver a su hija. Soy uno de sus nuevos amigos. En rigor de verdad, completamente nuevo, el último. La vi una sola vez… anoche. Conversamos acerca de trozos de carne de conejo asados sobre un fuego al aire libre…

—Si tuviera usted la bondad de decirme de qué diablos está hablando, es posible que lleguemos a alguna parte —interrumpió sir Hastings disgustado —. No puedo perder mi tiempo con jóvenes que entran en mi casa hablando tonterías. ¿A qué diablos se refiere usted… trozos de conejo? En primer lugar, ¿quién es usted?

Norman Conquest estaba experimentando otra sensación desagradable. Terminaba de tomar una instintiva aversión a Sangley y experimentaba ahora una similar ante el empleador del secretario. No objetaba en absoluto en sir Hastings su actitud de padre prevenido, podía excusarlo fácilmente, puesto que conocía la tradición campesina al respecto, no; había algo completamente distinto en ese hombre; una especie de halo invisible de indefinible maldad parecía envolverlo. El joven, que se llamaba a sí mismo el «1066» poseía una extraordinaria capacidad para juzgar en forma correcta a una persona con la cual se enfrentaba por primera vez. En este caso ya había estado parcialmente preparado. Dentro de los recintos de la mansión se había encontrado ya con dos personas a las que forzosamente tenía que considerar como poco recomendables. Pero nunca había esperado tener que descubrir esa misma cualidad en el padre de esa dulce criatura que había conocido la noche anterior.

—Sir Hastings, lamento si mi locuacidad le es molesta —contestó Norman en tono contemporizador—. Tenía la idea de que su hija podía ayudar en alguna forma a ese pobre individuo que está en un grave aprieto.

—Si se refiere usted a ese maldito vagabundo que asesinó en forma tan alevosa al sargento Roper, está usted perdiendo el tiempo —contestó fríamente sir Hastings—. En cualquier caso, nunca le permitiré hablar al respecto con Primrose. Está muy afectada por ese lamentable asunto.

—Me alegro de saber que está afectada. En realidad, tengo entendido que no está de acuerdo con la forma en que ha procedido la policía…

—Tonterías —dijo sir Hastings interrumpiéndolo airado—. ¿Quién metió esa idea ridícula en su cabeza? Mi pobre hija está positivamente enferma; nadie le quita de la cabeza que en parte es responsable de la muerte del sargento. Porque si ella no hubiera intervenido, Roper habría detenido al hombre y… —se interrumpió de pronto para agregar en seguida—: pero no veo por qué razón he de estar tratando con usted esta cuestión, joven desconocido. A propósito, ¿quién es usted?

El «Alegre Temerario» miró con ojos calmos y firmes como una roca a su interlocutor, y dijo deliberadamente:

—Me llamo Norman Conquest.

Norman no era un joven vano pero tenía la idea de que su nombre no era por completo desconocido, en consecuencia aguardó la reacción que no tardaría en producirse y no quedó defraudado. Sir Hastings Trevor no movió un solo músculo, pero sus labios se contrajeron en forma imperceptible y sus ojos se entrecerraron por la fracción de un segundo. Difícil fue el poder apreciar cuánto esfuerzo le costó conservar su compostura.

—No mejora usted las cosas diciendo ridiculeces —contestó sir Hastings, y Norman pudo apreciar la repentina ronquera de su voz—. Norman Conquest… si usted espera que yo crea que usted lleva un nombre tan absurdo, entonces debo manifestarle con toda franqueza que no soy un tonto.

Pero Norman no le escuchaba, no oía lo que decía. Su ojo avizor había visto que una puerta que daba al hall se entreabría; el terrateniente no lo podía ver porque estaba de espaldas a esa puerta. Un rostro pálido y asustado apareció por breves segundos; un rostro dulce, frágil e infantil en cuyos ojos se reflejaba un terror sin nombre. Norman sintió tentaciones de acercarse, pero la expresión de su rostro no se alteró en lo más mínimo. Vio a Primrose Trevor que hacía un gesto vago con su mano, rogándole, que se retirara. En seguida, y sin ruido, se volvió a cerrar la puerta.

—Créame que lo lamento, sir Hastings, pero no debe usted culparme a mí por el rasgo de humor de mis padres —contestó Norman—. De momento que parece que no alternaremos como viejos amigos será mejor que me retire. De cualquier manera, lamento no poder haber conversado con su hija.

Tomó su sombrero de esa percha de estilo futurista, se inclinó con gracia ante sir Hastings y salió tranquilamente de la casa. Sir Hastings no pronunció una sola palabra, pero Norman alcanzó a escuchar su pesada respiración.

—Por lo visto, avanzamos a pasos agigantados —murmuró el «Temerario» al cerrarse la puerta tras él—. Si ese tipo no sabe quién mató al sargento Roper, entonces yo soy un caballo. Y cómo se impresionó cuando escuchó mi nombre.

Todo era muy satisfactorio…, excepto un solo punto: el de que ese hombre era el padre de Primrose Trevor. En su mente se había imaginado al padre de esa encantadora niña como alguien cuyos ojos reflejaran bondad y cuyos labios sonrieran amistosamente.

No era muy común que Norman Conquest se sintiera mentalmente confundido, pero esos dos ojos que reflejaban intenso terror y que había entrevisto por breves segundos, lo habían afectado más de la cuenta. En ese caserón de tranquila apariencia había un secreto que motivó que un estremecimiento de frío le recorriera la espina dorsal.

De pronto acortó los pasos, ya había doblado por la primera curva del sendero y la casa quedaba ahora oculta a sus miradas. Sus aguzados oídos habían percibido el ligero roce de pasos apresurados sobre el césped. Se volvió a medias y vio a Primrose Trevor que se asomaba tras un arbusto a su izquierda.

—¿Pero qué es…?

Norman se interrumpió al sentir en su brazo el contacto de los temblorosos dedos de la joven; respiraba ésta con agitación y Norman la comparó mentalmente con una gacela asustada. Su dulce rostro reflejaba claramente intenso temor.

—Me deslicé fuera de la casa, ocultándome entre los árboles —dijo en un murmullo—. Usted tiene que irse en seguida, tiene que desaparecer. Olvídese de todo.

Estaba muy cerca de él, enteramente femenina, tan joven y tan asustada que Norman advirtió que su sangre corría como fuego por sus venas. Miró de lleno a esos grandes ojos azules y lo que vio reflejado en ellos despertó en él todos los instintos de los caballeros andantes que había heredado de sus antepasados, los valerosos combatientes de Cumberland.

—¿Irme y olvidar? —repitió lentamente y en voz baja—. ¿Qué se imagina usted que soy yo; un bloque de hielo? Tengo más o menos cincuenta y siete preguntas de toda índole que me gustaría formularle. En este momento las tengo todas en la punta de la lengua. Pero me limitaré a preguntarle una sola cosa, ¿está usted en peligro?

Ella lanzó una aterrorizada mirada por sobre su hombro. Era una elocuente contestación a la pregunta.

—Si quiere usted ayudarme debe irse en seguida —susurró la joven—. Si alguien llegara a verme conversando con usted…

—Encontrémonos entonces en cualquier otro lado.

—No, no.

—¿Esta noche, tal vez?

—Perfectamente. —Sus ojos se suavizaron y al mirar a Norman brilló en ellos un destello de esperanzas—. Detrás del portillo, donde nos vimos por vez primera, en el lugar donde había instalado el vagabundo su campamento. Esta noche a las diez estaré allí.

—Por lo menos ahora dice usted cosas que tienen sentido común. Me proponía sugerirle…

Estaba hablando al aire. La joven se había ido y todo lo que pudo escuchar fue el ligero roce que sus pies producían sobre el césped.