Miss Dinamita
Capítulo XI. El piloto de la Nancy Lee
CAPÍTULO XI
EL PILOTO DE LA «NANCY LEE»
C olchester es una encantadora población de la cual vio bien poco Norman al cruzar serenamente su calle principal en dirección a Lexden. En efecto, no prestó mayor atención a un desvencijado automóvil Renault que estaba estacionado en la calle principal y que se puso en marcha, siguiendo al Hispano, cuando éste pasó sin detenerse.
Si Norman no hubiera estado de tan buen humor, no habría dejado de advertir la presencia del viejo Renault. Era de mañana, el sol brillaba en todo su esplendor y en la carretera se veían muchos coches. La acostumbrada desconfianza del «1066» estaba más que adormecida en la mente del joven que tenía el convencimiento de que sus enemigos no intentarían nada drástico ni estúpido en plena luz del sol. El pobre iluso, sentado ante el volante de dirección del Hispano, sólo pensaba en Primrose Trevor. Lo que la joven había contado a su padre respecto a su indiscutida habilidad en dominar a los hombres, era una verdad grande como una casa. Norman Conquest, el joven aventurero que tan frecuentemente se había alabado a sí mismo de estar en condiciones de «oler» a un delincuente a una milla de distancia, sólo había percibido una dulce fragancia en presencia de Primrose Trevor; una fragancia que había logrado mantenerlo en una situación de semiidiotizada complacencia. Lo que solamente sirve para probar que el hombre, a despecho de su presunción de ser el rey de la creación, no es más que un débil instrumento en las manos de una mujer hábil e inteligente. Debemos admitir que Norman Conquest, después de su vagabundeo por todas las regiones del globo, estaba en mejores condiciones de juzgar a sus semejantes que cualquier otro hombre perteneciente al término medio de los mortales; pero una mujer como Primrose Trevor era algo completamente nuevo para él. No existen dudas de que los amigos de Lucrecia Borgia cometieron el mismo error que Norman. Cuando una mujer joven tiene un agraciado rostro de ángel y un alma como un galón de nitroglicerina, los hombres están predispuestos a convertirse primeramente en tontos y posteriormente en cadáveres.
Pero de ninguna manera debemos olvidar la exuberante disposición de ánimo de Norman Conquest, puesto que ésta constituía el alma, el nudo de la situación. Norman no estaba en manera alguna apresurado, y en tales circunstancias era en general un conductor que cumplía escrupulosamente con las reglamentaciones del tránsito. Pero algo que flotaba en el aire de la mañana se posesionó de él, y el conocimiento de que la planta de su pie derecho descansaba sobre el acelerador, pareció tentarlo. Vio ante sí una extensión larga, recta y libre de la carretera y entonces sonrió maliciosamente al mismo tiempo que murmuraba:
—Hermano Mandy, sujete sus pestañas.
Mandeville Livingstone prefirió aferrarse con ambas manos a la portezuela. El poderoso motor del Hispano-Suiza hizo que el coche avanzara de pronto como un galgo de carrera que es liberado de la correa, y la forma en que el velocímetro avanzó a saltos desde cuarenta a setenta millas fue algo que tenía que ser visto para ser creído.
—¡Cielos! —murmuró Mandeville Livingstone.
—¿Le agrada? —preguntó riendo Norman.
—No, caballero, que me condenen si digo que sí.
—Con el tiempo se acostumbrará usted, y…
Mientras hablaba miró Norman automáticamente en el espejo fijado en el parabrisas y algo que vio, hizo que olvidara de terminar la frase. La sensación que experimentó motivó que de inmediato recuperara ese sexto sentido agudo como el filo de una navaja. Un desvencijado automóvil tipo sedan estaba en la carretera a un centenar de metros detrás del Hispano.
La situación íntegra podía ser traducida en sólo cuatro palabras: No debía estar allí.
Antes de pisar a fondo el acelerador y mientras observaba si la carretera frente a él estaba libre de vehículos, Norman había mirado por casualidad en el espejo y había visto al otro coche que identificó como un Renault prehistórico. Pero ahora que estaba corriendo a más de sesenta millas por hora, el viejo Renault seguía conservando la distancia.
—Es extraño —murmuró Norman—. En realidad, hermano Mandeville, es sumamente extraño.
El ex vagabundo, al no comprender la alusión de Norman, prefirió guardar un discreto silencio. En rigor de verdad, estaba mirando con ojos horrorizados la parte trasera de un gran camión de seis ruedas al que se disponían a pasar. Ahora había más tránsito en la carretera y Mandeville pensaba cuán profunda sería la cuneta, y se preguntaba si caería en ella o pasaría al otro lado del cerco que bordeaba la carretera.
Pero no tenía por qué haberse preocupado. También Norman había visto el camión y los frenos del Hispano estaban en magníficas condiciones. Rápidamente quedó reducida la vertiginosa velocidad y el gran automóvil gris plata pasó a marcha moderada al lado del camión y continuó su camino. Cuando Norman volvió a mirar en el espejito, vio que el viejo Renault continuaba firme en la brecha.
Una o dos millas más adelante, después de pasar por la población de Witham, Norman repitió el jueguito. Ahora estaba convencido de que el Renault lo seguía, pero ese convencimiento tenía que ser probado. Nuevamente aumentó la velocidad hasta alcanzar una vez más las setenta millas por hora y después de tomar como un meteoro una curva de la carretera, Norman aplicó los frenos en forma tan imprevista que el infortunado Livingstone casi perforó con su cabeza el cristal del parabrisas. Norman no se volvió para mirar, pero posó sus ojos alertas sobre el espejo. Tal como lo había supuesto, el Renault tomó ciegamente la curva, sus neumáticos sólo tocaban parcialmente el piso y el «Alegre Temerario» se divirtió en grande al ver las ridículas maniobras que hizo el conductor para evitar un vuelco.
—Bien; ahora lo sabemos positivamente —rio Norman. Pero su sonrisa no presagiaba nada bueno para su contrincante. Ahora sabía a qué atenerse y cómo proceder.
—Amigo Espagueti, es muy posible que usted se pregunte a qué obedecen estos juegos —dijo Norman sin dejar de reír—. Se lo diré de inmediato. No mire para atrás, pero a cierta distancia detrás nuestro hay un viejo y desvencijado automóvil Renault cuyo motor sólo puede tener una potencia de doce caballos. Cuando nosotros apresuramos la marcha también lo hace el Renault; cuando reducimos la velocidad somos imitados de inmediato por el conductor de ese misterioso automóvil. Mandeville, es algo inverosímil… pero al mismo tiempo muy sugestivo.
—Señor, ¿quiere usted significar acaso que somos seguidos? —preguntó con voz ronca el hombrecillo.
—Exactamente eso. Y aun cuando soy un gran admirador de la ingeniería francesa, sé perfectamente bien que un motor Renault de doce caballos de fuerza no puede realizar la performance que ha llevado a cabo ese coche. Debajo de ese viejo armatoste se oculta por lo menos un motor de cien caballos.
Un poco más adelante había al costado de la carretera un tranquilo bosquecillo en el cual hizo entrar Norman inesperadamente su coche. El sendero que atravesaba ese bosquecillo era tan estrecho que no permitía el paso de dos vehículos a la vez. Norman lo recorrió a una velocidad de cuarenta millas por hora. Chispazos de ironía brillaron en sus ojos al notar que el viejo Renault continuaba la persecución.
—Bueno, con esto ya tendrá para meditar —murmuró divertido el «Temerario»—. Bien; el camino vuelve a ensancharse, hermano Mandy; sujétese con fuerza a la carrocería.
Apretó a fondo el acelerador y los cabellos de Mandeville Livingstone — lo que quedaba de ellos— se erizaron de espanto ante la fantástica velocidad que ahora desarrollaba el automóvil.
—Me alegro de que dispongamos de un trecho de buen camino —gritó Norman para hacerse entender—. Sí, siervo, más tarde o más temprano tendrá que acostumbrarse usted a estas cosas. Parece que he logrado despistar momentáneamente a ese tenaz perseguidor, dentro de un minuto lo veremos delante nuestro… efectivamente, allí está.
Norman aumentó, si eso era posible, la velocidad al mismo tiempo que hacía sonar con insistencia la bocina; el conductor del Renault, que avanzaba a marcha lenta y estaba evidentemente desconcertado, miró hacia atrás y apenas tuvo tiempo para desviarse cuando ya el Hispano pasaba zumbando a su lado. De inmediato Norman aplicó los frenos y el monstruo gris-plata se detuvo atravesado en la carretera, bloqueando el paso.
El conductor del auto perseguidor estaba maniobrando todavía para evitar una colisión cuando oyó una voz a su lado que le preguntaba:
—Y bien, amigo; ¿cuál es la idea… cuál es su intención?
Sorprendido miró en dirección a la voz, no había visto descender a Norman y le pareció que ese hombre joven, impecablemente vestido, había surgido de la nada materializándose en el aire. Norman se apoyaba negligentemente en la portezuela y encendía con calma un cigarrillo.
—Yo… yo no sé… no sé a qué se refiere usted… —tartamudeó el asombrado conductor. Se trataba de un hombre de apariencia ruda y Norman pudo ver que sus manos y muñecas, cubiertas de vello, estaban tatuadas. Su nariz, probablemente el orgullo de su madre durante su niñez, ya no constituía el Orgullo de nadie, puesto que había sido rota y deformada en sucesivas peleas. Se trataba, evidentemente, de un hombre de acción.
—Amigo mío —dijo Norman con exquisita cortesía—, tengo la impresión de que usted pretendía alcanzarme. Bien, aquí estoy. ¿Qué puedo hacer por usted? ¿O tenía usted la intención de hacer algo por mí?
—¿Qué es lo que pretende usted, maldito tonto? —gritó el hombre tratando de disimular su desconcierto con una explosión de ira—. Pudo haberme matado con esa maniobra idiota. ¿A quién se le ocurre cruzar el coche en la carretera? Por otra parte, no sé de qué está hablando usted…
—Está muy mal fingida esa indignación —dijo Norman sacudiendo la cabeza y adelantando su mano derecha en dirección al sobaco izquierdo del hombre, preguntó—: ¿Qué es este bulto tan molesto? ¿Alguna vieja herida de guerra?
Como una serpiente su mano se deslizó dentro de la chaqueta del hombre antes de que éste pudiera adivinar su intención. Una fracción de segundo más tarde, Norman inspeccionaba una nueva y eficiente pistola automática.
—Vale por lo menos veinticinco libras esterlinas —dijo el «Temerario» deslizando tranquilamente el arma en su bolsillo—. Ahora podemos conversar como verdaderos… ¿Ah, usted prefiere no conversar? ¿Prefiere luchar? También estoy de acuerdo.
El puño del hombre se dirigió con la velocidad del rayo hacia el rostro de Norman Conquest, pero ese rostro ya no estaba allí. Al minuto siguiente el hombre se colgó literalmente de Norman y ambos rodaron por la carretera bañada por los rayos solares, sin aflojar el estrecho abrazo que los unía. El hombre luchaba con la desesperación del pánico porque podía ver claramente que el plan número dos también estaba en camino de fracasar.
—Soy un tanto particular con aquellos que me incitan a luchar —dijo Norman Conquest librándose casi sin esfuerzos del abrazo de su contrario—. Por otra parte, estoy bastante apurado.
Al terminar de pronunciar estas palabras su puño derecho se estrelló con la fuerza de una coz de mula contra el rostro de su oponente. Este no pronunció una sola palabra, se elevó en el aire para caer como un saco vacío a varios pasos de distancia, quedando inmóvil.
—¡Cielos!… —murmuró Mandeville Livingstone reverente.
—Cuestiones tan pequeñas como ésta no deben preocuparnos demasiado tiempo —dijo Norman mientras se inclinaba sobre el caído para revisar hábilmente sus bolsillos—. Veamos qué hay aquí. —Encontró una cartera, una carta arrugada y sucia y otros objetos sin importancia: un certificado de segundo oficial de la marina mercante—. ¿Así que nuestro amigo se llama Edward Nash y es piloto de la «Nancy Lee», una barcaza a motor? —Los ojos de Norman brillaron de comprensión al decir—: Hermano Mandy, ¿quiere que le revele algo? Apostaría las joyas de la corona contra una pinta de cerveza a que la «Nancy Lee» es una de las barcazas de la flota de sir Hastings Trevor y su misión oficial es la de transportar el trigo desde los puertos marítimos hasta los molinos situados en las márgenes del río. ¿Trigo he dicho? ¿No estaré equivocado? —Se dedicó a leer la carta, ésta no tenía ninguna dirección pero la fecha era del día anterior y había sido firmada por «Flossie».
—Parecería que Romeo tiene dificultades con su amiga —observó Norman al terminar de leer—. Escuche esto, Mandeville: «Si el martes a las diez de la noche no estás a bordo habrá dificultades. No te ilusiones Ned, esta vez no lograrás burlarte de mí. Y si vuelvo a verte otra vez en compañía de esa sofisticada Cissie…» ¡Caramba… caramba, Mandeville!, temo que sea usted todavía demasiado joven para escuchar lo que sigue. Es un verdadero milagro que el papel no se haya inflamado.
Buscó la dirección en el sobre y leyó: «Señor Edward Nash, Nancy Lee, Muelle de Swinton, Rotherhithe». Era una información que podía llegar a ser muy útil y Norman la grabó en su memoria. Ninguna otra cosa hallada en los bolsillos del hombre demostró ser de interés… cigarrillos, una bolsita con tabaco fuerte, fósforos, algunas monedas, etc.
Norman volvió a colocar cada cosa en su correspondiente bolsillo, con excepción de la pistola automática. En seguida se acercó lentamente al viejo Renault y levantó el capot.
—Acérquese, Mandeville, y dígame si alguna vez vio algo más bonito.
El motor oculto bajo esa carrocería desvencijada era de seis cilindros y evidentemente había pertenecido a un coche especialmente preparado para intervenir en carreras de velocidad; era pequeño, compacto pero sumamente poderoso. Norman se inclinó y perforando el tanque dejó que la nafta inundara el coche, en seguida pidió a Mandeville un fósforo.
—¿Para qué lo quiere usted? —preguntó asombrado el ex vagabundo.
—Camarada, no creo que este coche esté dentro de la legalidad — contestó Norman con voz severa—. La patente dice claramente que es un coche de doce caballos de fuerza y ya ha visto usted que eso no se ajusta a la realidad. Creo que debemos hacer algo, algo como esto —y empujando a un lado a Livingstone arrojó el fósforo encendido sobre la nafta desparramada y se alejó de un salto. De inmediato todo el coche quedó envuelto en llamas. En ese mismo instante recuperaba Edward Nash el conocimiento y la vista de las llamas tuvo sobre él, el mismo efecto que un balde de agua fría.
—¿Qué hace usted? —gritó aterrado.
—Me alegro, hermano, de que haya recuperado sus sentidos, con ello me evitó el trabajo de tener que arrastrarlo fuera de la zona de peligro —contestó Norman acercándose a su propio coche—. Esto evitará que me siga usted por un tiempo más o menos prudencial, de paso le haré presente que nada me disgusta más que ser seguido por un coche de carrera.
El fuego tomaba por momentos un terrible incremento, las llamas se extendían por todas partes alcanzando una altura de veinte pies, las ramas de los árboles cercanos empezaron a chamuscarse. Norman sonreía alegremente al alejarse a marcha reducida, miró para atrás y vio a Nash que, después de observar durante unos segundos el incendio, emprendió veloz carrera en dirección opuesta; corría como si lo persiguieran todos los demonios del infierno.
—Es evidente que nuestro amigo no tiene deseos de ser identificado, como el propietario de ese coche, por cualquier persona que pudiera acercarse —observó Norman divertido—. Creo que ahora ya nada nos impedirá llegar con toda tranquilidad a Londres, y…
Fue interrumpido por una ensordecedora explosión. Detuvo la marcha de su coche y mirando hacia el lugar del incendio alcanzó a ver fragmentos del Renault que volaban a gran distancia y en el claro aire de la mañana empezaba a levantarse una nube de humo de extraña coloración negroverdoso. Norman miró sorprendido a Mandeville Livingstone y tras de meditar un instante, preguntó:
—¿Quiere que le diga algo, siervo?
—No hace falta, señor. El maldito automóvil explotó.
—Y cómo —agregó Norman moviendo significativamente la cabeza—. Creo, sin embargo, que usted no lo ha comprendido aún. Antes de incendiarlo, revisé bien el automóvil, pero no hallé nada en él. Sin embargo, ningún tanque de nafta, por lleno que hubiera estado, habría proporcionado ese despliegue de juegos artificiales. Oculta en alguna parte del coche, había una bomba de gran poder explosivo.
—¿Una bomba, señor?
—Sí, una bomba explosiva. Y esa bomba, mi estimado y mal afeitado amigo Mandeville, nos estaba destinada, mejor dicho, me estaba destinada especialmente. No interesa la forma en que me habría sido administrada esa droga. Afortunadamente no ha perjudicado a nadie, exceptuando unos cuantos árboles y algunos gusanos. ¿No le había anticipado ya que entrar a mi servicio era lo mismo que vivir en un depósito de pólvora?