Miss Dinamita

Berkeley Gray · Capítulo 21 de 26

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Miss Dinamita

Capítulo XXI. El perfume de una rosa

CAPÍTULO XXI

EL PERFUME DE UNA ROSA

 

P rimrose Trevor estaba franca y sinceramente desconcertada. Sin embargo, no dejó traslucir la agitación que la dominaba, y el silencio que se produjo a continuación entre ella y Norman Conquest, que tuvo varios minutos de duración, se debió principalmente al hecho de que el mismo Norman empezaba a lamentar haber mencionado a Mary Stevens. Después de todo, nada sabía en realidad de la joven, exceptuando ese ridículo mensaje que la misma había deslizado dentro de la manteca. Difícilmente podía pertenecer al número de sus enemigos; lo probaba el hecho de que demasiado se había expuesto al hacerle llegar ese papel. No obstante, el mensaje era una advertencia que le hacía instándolo a desconfiar de Primrose…, nada menos que de Primrose Trevor. Todo esto carecía de sentido común.

Los pensamientos que se anidaban en la mente de Primrose eran de índole completamente distinta. Casi no se había ocupado de la joven mucama después de contratarla, excepto para repetirse a sí misma que estaba complacida por la escrupulosidad y eficiencia con que la nueva mucama cumplía sus obligaciones. Recordó de pronto que no se había preocupado por pedir referencias. Si bien era cierto que había comprobado la exactitud de las declaraciones de Mary Stevens, lo había hecho limitándose a hablar por teléfono con una de las dueñas de la casa de huéspedes en Clacton, en la cual había servido hasta entonces Mary. ¿Era posible que alguien se hubiera burlado de ella en su propia casa? Y si era así, ¿quién era esa joven? ¿Pertenecería acaso a Scotland Yard?…

El cerebro de Primrose hervía. ¿Era posible que el rubicundo jefe inspector Williams, que en forma tan atenta y amistosa se había comportado, no había aceptado la teoría del suicidio de Sangley?

—¿En qué te basas para afirmar que Mary Stevens no me quiere? — preguntó al fin Primrose.

—¿Cómo? ¿Dije eso? —repuso Norman riendo—. Olvídalo; ni aun conozco a la muchacha. Nunca la he visto. Llámalo intuición o como quieras; pero siempre existe la posibilidad de que esté equivocado. Volvamos a algo que interesa más: hablemos de ti. Si pudieras alejarte por completo de aquí y dejarme el campo libre…

Pero Primrose apeló más que nunca a su extraordinaria inteligencia; le había confesado a Norman Conquest el profundo amor que sentía por él, lo tenía completamente en sus manos, pero era lo suficientemente hábil como para saber hasta dónde debía llegar. Antes de que él pudiera detenerla, escapó corriendo del viejo molino. Subsconscientemente notó Norman que todo en ese viejo edificio hablaba de abandono y ruinas; comprendió que la exploración del mismo significaría para él una pérdida de tiempo. La gente que lo había traído a este lugar con el propósito de asesinarlo no pertenecía a la categoría de delincuentes que dejan rastros y huellas tras de sí.

Encontró a Primrose que lo aguardaba en el exterior, bañada por los rayos solares. Estaba más encantadora que nunca. Su sonrisa era la sonrisa alegre y feliz de quien no tiene graves preocupaciones.

—¿Es así como me ibas a guiar por los vericuetos del viejo edificio? — preguntó Norman mirándola fijamente.

Los ojos de la joven lanzaron un destello de advertencia al contestar:

—Tengo que irme…; sinceramente, tengo que dejarte. Si papá llegara a sospechar que estás demasiado cariñoso conmigo… Por favor, Norman, entiéndelo.

Con una alegre carcajada escapó corriendo a través del prado en dirección a la casa paterna. Norman la miraba alejarse con entremezclados sentimientos de disconformidad y alivio. El recuerdo de ese beso lo tenía a mal traer; cierto insospechado aparato de calefacción que parecía funcionar en su interior estaba elevando la temperatura de su sangre al punto de hervor. Pero al mismo tiempo estaba preocupado. Comprendía que la presencia de esta joven que vivía entre sus enemigos le impediría en alguna forma proceder de acuerdo con sus deseos. Ese era un problema que requería ser solucionado de inmediato y en la mejor forma posible.

En su interior se reprochaba por haber intranquilizado a Primrose al hablarle de la joven mucama. Irritado consigo mismo, frunció el entrecejo; había algo que no concordaba en ese incidente del mensaje dentro de la manteca. Esa absurda y melodramática advertencia carecía de sentido común… Era absurda porque cualquiera que no estuviese completamente ciego tenía que ver que Primrose era una criatura celestial, un producto del cielo y no del infierno; melodramática porque no sonaba a verdad. Las criadas que tienen interés en perjudicar a sus amas no proceden en la forma en que había procedido esa joven.

Norman regresó al molino y para su propia satisfacción lo exploró desde los polvorientos sótanos hasta los desvanes en el piso alto. Estaba, como ya lo había dicho Primrose, en avanzado estado de ruina, y en algunos lugares era necesario extremar las precauciones para no sufrir un accidente. Algunos de los pisos de la planta alta estaban ya en tal estado de descomposición que difícilmente aguantarían el peso de un niño.

Pero era el piso bajo el que interesaba a Norman, especialmente la cámara en la cual se encontraban las pesadas piedras circulares con su herrumbrado mecanismo. También los sótanos fueron objeto de una escrupulosa inspección. Recordaba cómo en una oportunidad había interceptado debajo del agua un paquete que contenía joyas, el botín del robo realizado en el hotel «Supreme», un paquete que, en alguna forma todavía desconocida para él, se deslizaba desde una de las barcazas hacia el viejo molino. Cierta parte del sótano estaba muy cerca del río, pero, por más que exploró, no pudo hallar la trampa por la cual debió pasar el paquete.

Más disconforme que nunca, abandonó el molino, y con paso lento se dirigió a la aldea. Allí conversó con el señor Reeves, el dueño de la posada, con la encargada de la oficina de correos y con el anciano propietario de la cigarrería; cuando regresaba a su casa rodante estaba en posesión de algunas interesantes informaciones.

El hombre de las rosas se llamaba Matthew Blayne y su encantadora casita era conocida en la región con el nombre de «Chalet de las Rosas». Había sido un funcionario de ínfima categoría, y desde hacía seis o siete años vivía en esa casita, disfrutando de una modesta pero confortable pensión. Era un hombre solo y su casa era «arreglada» diariamente por una mujer llamada Martha Rudd, esposa del carpintero de la aldea.

Todo muy respetable e inocente. Si se tiene interés en ello, se pueden hallar funcionarios retirados en casi todas las aldeas de Inglaterra.

Aparentemente, Matthew Blayne vivía para sus rosas. Cuando llegaba el otoño casi podía decirse que desaparecía hasta la próxima primavera, y durante los meses de verano vivía casi exclusivamente en el jardín, utilizando la casa sólo de noche o cuando llovía.

¿Por qué este hombre, de apariencia inocente y amante de las rosas, se asustó tanto al ver ante sí a Norman Conquest? Si era tan respetable como aparentaba serlo, Norman no debió impresionarlo más que el vuelo de una abeja.

Y luego esas manos…

Manos con dedos sensitivos y delicados como los de un artífice, como los de un artista…, tal vez de un compositor, pero nunca de un jardinero. El verdadero cultivador de rosas, el que no vive para otra cosa, desprecia los guantes protectores; sus manos son rugosas, llenas de callos, sucias y ásperas.

Durante todo el día el señor Blayne no se apartó de los pensamientos de Norman. El joven parecía estar haraganeando, pero en realidad realizaba uno o dos interesantes preparativos en el pequeño hall de su casa rodante mientras Livingstone lo creía durmiendo la siesta. Norman se había propuesto investigar todo lo referente al señor Blayne y a su casa… Era algo más que una corazonada la que lo impulsaba a hacerlo.

Temprano, esa misma tarde, Norman volvió a recorrer el mismo camino que hiciera por la mañana. Como se lo imaginó, Matthew Blayne estaba en su jardín, ocupado con sus rosas. Al levantar la vista se percató de la presencia de Norman y el saludo con su mano fue tan inmediato que podía suponerse que había estado aguardando la llegada del joven.

—Oh…, señor Conquest, ¿viene usted una vez más para admirar mis rosas? —preguntó sonriente.

Norman abrió la portezuela de la verja y se acercó sin vacilación al señor Blayne. Con rápida mirada había visto que la puerta principal del chalet estaba abierta de par en par y sabía, porque se había preocupado de averiguarlo, que Martha Rudd hacía ya una hora que se había retirado.

—Vecino, esa breve conversación que tuvimos esta mañana ha motivado que también yo me interese por las rosas —dijo Norman sonriendo con amabilidad—. Por supuesto, siempre he sabido que las rosas son flores magníficas, pero hasta el momento en que usted me dio esas interesantes explicaciones, esta misma mañana, no tenía la más mínima idea de que esas flores son mucho más importantes que la situación en la Europa Central y en el Lejano Oriente. A propósito, deleite su mirada con esta maravilla.

Y diciendo esto, mostró a Matthew Blayne una aterciopelada rosa de color rojo, de exquisita belleza y tan perfecta en todo sentido que el viejo jardinero dejó caer las herramientas que tenía en la mano y con dedos temblorosos se ajustó los lentes. En seguida tomó reverente la rosa que le ofrecía Norman y dijo entusiasmado:

—Es en realidad una flor magnífica. Ignoraba que hubiera en la aldea o en sus alrededores flores tan perfectas.

—Sí, hermano, es un verdadero deleite para la vista, pero aguarde con sus elogios hasta que haya aspirado su perfume —repuso Norman—. Es única en el mundo. Hasta ahora he aspirado la fragancia de pocas rosas, pero…

Se interrumpió. El señor Blayne se sonó primeramente la nariz y en seguida la hundió materialmente en la rosa, aspirando profundamente su exótica fragancia.

—¡Pero esto es sorprendente! —exclamó casi fuera de sí—. Sí, señor Conquest, única es la palabra adecuada. Desde hace veinte años estoy cultivando rosas y nunca he logrado producir una que tuviera un perfume tan penetrante y peculiar como ésta. ¿Podría saber dónde la consiguió usted?

—Señor Blayne, es posible que usted me expulse de su jardín cuando lo sepa —repuso Norman sonriendo—, pero no deja de ser divertido. Entiendo que no tiene usted gran opinión con respecto a las rosas que crecen en el jardín de sir Hastings Trevor; en consecuencia, no pude resistir la tentación de cortar ésta cuando lo visité hoy, con el único propósito de que la viera usted.

—¿Realmente? Ignoraba que sir Hastings cultivara rosas tan perfectas como ésta. Me pescó usted —agregó riendo—; reconozco que no me expresé en forma muy conceptuosa con respecto a las rosas de sir Hastings… Y ahora, debo confesarlo, lo lamento sinceramente. Pero qué extraordinario es esto… No me siento bien.

Sacó la pipa de la boca y la misma se deslizó de sus manos temblorosas; el anciano habría caído al suelo de no sostenerlo Norman; sus rodillas habían empezado a doblarse.

—Ha estado usted expuesto demasiado tiempo a los rayos solares.

—No, no puede ser eso; el sol no me afecta en lo más mínimo. —Blayne hizo una tentativa para dirigirse a la casa—. ¿No se molesta usted, verdad?; me siento débil y mareado.

Norman levantó la pipa de Blayne y tomando a éste de un brazo lo condujo solícitamente hasta la casa, dejándolo sentado en uno de los sillones del hall en el preciso instante en que el anciano perdía por completo los sentidos.

—Gracias, hermano —murmuró Norman Conquest fríamente. Colocó cuidadosamente la pipa del hombre sobre una mesita cercana y en seguida miró la hora en su reloj. Blayne había aspirado profundamente el perfume de la rosa y en consecuencia estaría «knock out» por lo menos durante cinco minutos, y en caso fortuito, durante diez minutos como máximo. Para entonces ya se habrían desvanecido los efectos soporíferos del perfume de la rosa y entonces ésta podría ser sometida a un examen con toda impunidad.

La primera tarea del «Alegre Temerario» consistió en abrir su libreta de notas y extraer de la misma una hoja de papel ya preparada. Se trataba de una hoja de papel grueso y rígido, parecido a la cartulina y cuya superficie estaba cubierta con una ligera capa de cera. Cuidadosamente, pero con mucha rapidez, presionó sobre el papel las yemas de los dedos del hombre inconsciente, primero las de una mano y en seguida las de la otra. En los dedos de Blayne no quedó rastro alguno de la cera y, sin embargo, las impresiones digitales resultaron perfectas y nítidas.

Volviendo la hoja de papel a la libreta, consultó nuevamente su reloj y cerró la puerta de entrada del chalet. Disponía todavía de cuatro minutos y medio. Recorrió rápidamente el chalet, tarea fácil de realizar porque en la planta baja sólo había tres habitaciones y en la alta dos dormitorios, el del dueño de casa y uno para huéspedes, además de un pequeño cuarto de baño.

Todo estaba limpio, ordenado y muy en consonancia con el hogar de un viejo solterón. Norman no estaba desilusionado; había esperado encontrar orden y normalidad. En primer lugar, la señora Rudd limpiaba cada día la casita y, por otra parte, la llaneza de Blayne indicaba que éste nada tenía que ocultar. Tal vez fuera así, tal vez las sospechas de Norman carecían de fundamento.

En la planta alta no había definitivamente nada sospechoso, ni aun una buhardilla o una habitación cerrada con llave. Le quedaban dos minutos de tiempo.

Norman lanzó una rápida mirada a Blayne y quedó satisfecho. Su aguda mirada recorrió los muebles colocados en las habitaciones de la planta baja, no disponía de tiempo para examinar el interior de los mismos. Recorrió la cocina y en seguida revisó el lavadero. Una gran alfombra rústica que cubría el centro del piso de mosaicos le llamó la atención. La corrió a un costado y vio que ocultaba una tapa de madera con una anilla de hierro en el centro. Norman levantó la tapa e iluminó con su linterna eléctrica el interior de un pozo. Se trataba de un pozo común, como lo tienen nueve de cada diez casas de campo; era circular y en el fondo brillaba el agua. Colocó la tapa de madera en su sitio y la volvió a cubrir con la vieja alfombra; se disponía a retirarse cuando su mirada tropezó con una escalera portátil, apoyada contra la pared en uno de los rincones más oscuros del lavadero. Encendió su linterna; el extremo superior de la escalera se apoyaba en una portezuela cuadrada, de madera, evidentemente la entrada a un altillo.

Faltaba menos de un minuto para que Blayne recobrara los sentidos. Norman subió ágilmente por la escalera, abrió la portezuela del altillo e iluminó el interior de éste. Estaba vacío, sus paredes y pisos cubiertos de polvo y de telas de araña demostraban que desde hacía meses nadie había penetrado en él. Se disponía a descender cuando vio algo que le llamó la atención. La escalera no estaba apoyada en la pared sino que pendía de dos ganchos metálicos, cada uno de los cuales estaba fijo en la extremidad superior de los largueros; y la parte interior que formaba la curva de esos ganchos estaba pulida y brillante, prueba de que la escalera era utilizada con mucha frecuencia. Probablemente era la que utilizaba la señora Rudd para la limpieza de la casa.

Norman se apresuró a volver al hall. Faltaban pocos segundos para que venciera el plazo de cinco minutos que él mismo se había impuesto. Matthew Blayne no se había movido.

Cuando empezó a reaccionar, exactamente un minuto y medio más tarde, nada sabía de su desvanecimiento ni del tiempo que había transcurrido. La puerta de la casa estaba otra vez abierta de par en par y la pipa de Blayne seguía humeando perezosamente en sus manos. Norman Conquest, parado ante un aparador, llenaba una copa con whisky.

—Pensé que un poco de esto le haría bien —dijo, con perfecta calma—. Señor Blayne, ¿se siente usted mejor ahora? Temí que llegara a desmayarse en mis brazos.

Blayne tomó el vaso y bebió a pequeños sorbos. La pipa caliente le molestaba y la puso sobre la mesita. Todo indicaba a las claras que Norman terminaba de entrar a la casa. Su mareo se había disipado sin dejar rastro alguno.

—Realmente, es de lo más extraordinario —dijo Blayne, desconcertado mientras se levantaba sin mayor dificultad—. No alcanzo a comprender qué es lo que me pasó; en mi vida me he sentido tan mareado.

—Siempre tiene que haber una primera vez —contestó riendo Norman, mientras ambos salían nuevamente al jardín—. Bien sabe usted que ahora el sol es más fuerte, y es fácil que le haya afectado en alguna forma. ¿Qué pasó con mi preciosa rosa? ¡Ah!…, aquí está.

La rosa estaba donde Blayne la dejara caer. Norman la levantó, aspiró profundamente su perfume y en seguida la colocó en el ojal de la chaqueta de Blayne, diciendo al mismo tiempo:

—Tal vez le agrade conservarla.

Con una risita ahogada se alejó después de despedirse, y Matthew Blayne lo seguía con ojos intensamente curiosos, esos ojos que también reflejaban temor, pero de ninguna manera sospechas. Por lo que sabía Blayne, nada había ocurrido que indicara que Norman Conquest estaba especialmente interesado en él o en su pequeño chalet.

—Maldito sea —murmuró Blayne entre dientes, mientras sacaba la rosa del ojal y la observaba con atención—. ¿Se ha divertido conmigo este jovenzuelo impertinente? No creo que esta rosa haya salido del jardín de sir Hastings. Ni en cien años conseguirá Trevor cultivar una rosa como ésta.

Las semillas de la duda y de la incertidumbre habían sido sembradas en su mente y ya no encontró placer en su jardín. Mientras tanto, también Norman Conquest tenía sus dudas e incertidumbres. Posiblemente el hombre de las rosas era honesto, si en cambio no lo era, las impresiones digitales dirían si tenía antecedentes policiales.

Llegado a su campamento le ordenó a Mandeville Livingstone que preparara la cena para las diez de la noche.

—Caballero, ¿piensa usted ir a alguna parte? —preguntó el fiel Mandeville.

—Sólo se trata de un pequeño paseo —contestó Norman—. No creo que haya peligro, pero es conveniente que no se aleje del campamento y que vigile con atención. Hermano Mandy, vivimos en tiempos difíciles, pero no se preocupe, siempre me ha agradado hacer las cosas por mí mismo. Sin embargo, no me agradaría volver y tener que comprobar que los enemigos lo han convertido en un simple recuerdo.

El hombrecito miró desconcertado a su amo y se rascó la oreja al preguntar:

—Señor, estos enemigos de los que siempre habla usted, ¿los conozco yo? Sé que hubo un trabajo sucio, y perdone que me exprese en esta forma, y que ésa fue la causa de la eliminación del sargento Roper. Pero fue ese hombre llamado Sangley el que lo asesinó y luego se suicidó. ¿Hay algún otro criminal?

—Y cuántos —repuso Norman, sentándose ante el volante de su gran Packard—. Pero no creo que ninguno de ellos se interese por el color de su sangre; es la mía la que tienen interés en analizar.

Se alejó antes de que el ex vagabundo pudiera formular otra pregunta. De una corrida llegó a Londres y detuvo el coche ante el sombrío edificio de Scotland Yard. Durante el viaje había vigilado sin cesar, pero nada ocurrió. Una vez en el cuartel general de la policía, se hizo conducir a la oficina del jefe inspector Williams, al que encontró en su despacho.

—¿Conque es aquí, Bill, donde reinas en forma absoluta? —preguntó Norman, abarcando de una sola mirada el severo y sencillo moblaje de la habitación—. Creo que nunca podría acostumbrarme a vivir en un nido como éste. ¿Se han olvidado de ponerte alfombra y sillas tapizadas? Un hombre de tu categoría…

—Supongo que no has venido con el único objeto de criticar mis muebles —interrumpió el jefe inspector, mirando curiosamente al joven alto y elegante que sonreía con burla—. ¿Qué es lo que te preocupa, Norman? ¿Tienes realmente necesidad de correr todas estas cosas para sentarte sobre mi mesa escritorio? Hay varias sillas desocupadas y…

—Mi dulce Williams, vengo a pedirte un favor —dijo Norman, colocando cuidadosamente ante Williams la hoja de papel encerado—. Son impresiones digitales, y me atrevo a decir que son perfectas. Tengo una vaga sospecha de que el dueño de estas impresiones figura en tus registros policiales. ¿Puedo molestar a alguno de tus subordinados para que salgamos de dudas?

—¿De quién son estas impresiones digitales?

—Eso es precisamente lo que quiero saber de ti.

—Me habré expresado mal. ¿A quién le sacaste esas impresiones?

—Si piensas echar a perder todo con tus preguntas inquisidoras, tendré que recurrir a otra fuente de información —dijo Norman, amenazador—. Vengo aquí para consultarte algo y pretendes quitarme el cliente; eso no está bien.

—Bueno, bueno, no discutamos —repuso pacientemente Williams. Apretó un botón, poniendo en marcha con ello la maquinaria oficial—. ¿Aguardarás para conocer el resultado, o prefieres que…?

—Bill, me confundes con tu amabilidad —dijo Norman, tomando uno de los cigarrillos del inspector jefe—. Si no te es molesta mi presencia, prefiero aguardar el resultado.

Durante el lapso de espera Williams se mostró muy amable, sin dejar por eso de observar atentamente a su visitante. ¿En qué asuntos andaba Norman Conquest? ¿Seguía todavía en Great Bardlow? ¿Estaba interesado en la hija de sir Trevor? Estas y otras preguntas las formuló como al descuido, pero nada logró averiguar del impenetrable Norman. Este, casi con insolencia, se limitó a contestar:

—Mi dulce Williams, es conveniente y recomendable que te ocupes de tus propios asuntos.

Lamentó en seguida haber sido tan rudo con el inspector; por regla general contestaba siempre con exquisita amabilidad, pero su mal humor tuvo su origen al mezclar el jefe inspector en sus preguntas a Primrose Trevor y a Joy Everard. Se sabía culpable aunque no quería reconocerlo. Mentalmente se acusaba de haber dejado completamente de lado a la «joven Pixie», pero no podía tolerar que otro se lo recordara.

Durante el resto de la espera reinó en la habitación un profundo y molesto silencio. Williams pensaba en la inconstancia de la juventud, y Norman lamentaba sinceramente haber hablado con tanta rudeza al jefe inspector.

Un hombre uniformado entró en la oficina y colocó un legajo de papeles ante el jefe inspector. Williams echó una distraída mirada a los papeles y en seguida escapó de su garganta un grito ahogado:

—Cartwright…

Norman se inclinó interesado, la reacción del jefe inspector lo arrancó de sus reflexiones. Fingiendo indiferencia, preguntó:

—¿Es un amigo tuyo?

—¿Cómo y dónde diablos conseguiste esas impresiones digitales? — preguntó Williams, saltando de su silla y tomando fuertemente de un brazo a Norman—. No quiero escuchar ninguna de tus habituales tonterías. Quiero que me digas…

—Hermano, no es necesario que te excites tanto. Sé dónde está ese Cartwright y te aseguro que no se moverá de allí. ¿Estás ansioso por encontrarte con él? No está bien de tu parte dejarme en la más completa oscuridad, recibes los papeles, finges sorprenderte, gritas «Cartwright» y pretendes que yo conozca la contestación. Ese hombre, ahora, no se llama Cartwright.

—Me lo imaginaba —gruñó Williams, dejándose caer en la silla—. ¿Quieres saber quién es ese hombre? No es otra cosa que el más hábil escamoteador de brillantes que jamás haya conocido la policía.

—Proporcióname más detalles —murmuró Norman, feliz—. Bill, nunca sospeché que tu voz pudiera ser tan angelical.

Las reticentes frases pronunciadas por Williams ponían de manifiesto que sus sospechas con respecto a Blayne se habían confirmado.

—Estas impresiones digitales pertenecen, sin duda alguna a William Charles Cartwright, alias «Yoburg» —dijo Williams, hablando lentamente—. Nació en Johannesburgo, y toda su vida transcurrió entre brillantes. Hasta cumplir los veinticinco años de edad fue un honesto empleado en las oficinas de la Compañía de Beers. Luego se vio mezclado en un robo de brillantes, pero nada se le pudo probar. Se embarcó posteriormente para Ámsterdam y aprendió todo lo referente al corte y tallado de piedras preciosas en general, después de eso ya emprendió deliberadamente el mal camino. Durante años trabajó para los más afamados reducidores de Londres, cortando y tallando piedras robadas. En el año 1915 fue condenado a siete años de prisión — decía, con voz monótona, el jefe inspector, consultando el legajo—. En 1922 fue sentenciado nuevamente a cumplir diez años de prisión. Salió en libertad en el año 1930, y desde entonces nada se ha sabido de él.

—Hasta ahora —comentó Norman, risueño.

Williams lo miró duramente al decir:

—Y tú, vagando por una dormida aldea del condado de Suffolk descubres a Cartwright viviendo allí bajo otro nombre…

—¿Dije yo eso? —preguntó Norman, con seriedad.

—¿Crees que soy tonto? —explotó Williams, volviendo a levantarse—. Dios mío, ¿está Cartwright mezclado, acaso, en esos grandes robos de joyas?

—¿De qué robos de joyas me hablas? —preguntó Norman, con inocencia.

—Por favor, Norman, no vuelvas a poner esa cara de niño inocente en mi presencia —gruñó el inspector—. Sabes perfectamente bien a qué me refiero. Todas esas piedras preciosas robadas durante los últimos años han desaparecido sin dejar rastros, ni una sola ha vuelto a aparecer. Norman, tienes que decirme dónde está Cartwright…, tienes que decirme qué hace o finge hacer. Tú no permaneces en Great Bardlow por razones de salud…

—Cuán acertado estás, Bill. Great Bardlow es para mí tan saludable como los pantanos de Guatemala, infectados con serpientes venenosas.

—Tampoco te quedas allí por esa mujer, por la hija de sir Trevor — continuó diciendo Williams—. ¿Qué hay con respecto a ese pendiente con brillantes que me entregaste al día siguiente de la muerte de Roper? Pertenecía al lote de alhajas robadas a lady Launceston-Bevan, robo efectuado hace algunas semanas. El importe de las alhajas robadas ascendía a ochenta mil libras esterlinas. Roper averiguó algo al respecto, pero el grandísimo tonto guardó para sí lo que sabía…, y ahora está muerto —miró de lleno a los ojos serenos y burlones de Norman y continuó diciendo—: Norman, tú sabes mucho más que Roper de esta cuestión… Regresaré contigo a Great Bardlow.

—Bill, es mejor que lo pienses dos veces.

—No puedes retener informaciones de capital importancia para la policía —protestó airado el jefe inspector—. Eres el hombre más exasperante que he conocido en mi vida. Nunca estás satisfecho, a menos que te burles de alguien. La gente que está detrás de estos grandes robos es muy inteligente y tiene todo muy bien organizado, nunca hemos logrado descubrir el más mínimo indicio, y si tú puedes ayudarme…

—Puedo ayudarte mucho…, pero a mi manera y a su debido tiempo — dijo Norman Conquest, arrastrando las palabras, y poniendo un cigarrillo entre sus labios lo encendió con toda calma—. Lleva tus tropas de asalto a Great Bardlow y ni olerás a Cartwright ni a ninguno de los otros. Concédeme uno o dos días de tiempo y te serviré a Cartwright en una bandeja de plata.

—Pero…

—Seré más generoso aún —prometió Norman, mientras la mirada de sus ojos acerados se clavaba en la del inspector—. Te prepararé una bandeja que, además de Cartwright, contendrá también a uno de los principales de esa misteriosa organización de ladrones que tanto buscas.

Se levantó, saludó negligentemente con un movimiento de cabeza y salió de la oficina.