Miss Dinamita

Berkeley Gray · Capítulo 24 de 26

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Miss Dinamita

Capítulo XXI. Las ocupaciones del funcionario jubilado

CAPÍTULO XXIV

LAS OCUPACIONES DEL

FUNCIONARIO JUBILADO

 

E l hombre que era conocido en Great Bardlow como Matthew Blayne, se sobresaltó en tal forma que el gran brillante que sostenían sus dedos sensitivos rodó por el piso. En un solo movimiento echó hacia atrás la visera que le protegía los ojos y se puso de pie.

—¡Dios mío! —exclamó por voz ahogada por la emoción—. Sí, Joburg, las rosas son flores interesantes, pero prefiero los brillantes —continuó diciendo Norman con aire indiferente—. Lindo rinconcito oculto tiene usted aquí, confortable y abrigado. ¿Trabaja usted sin ayudantes? Debe aburrirse estando tan solo…

—¡No haga fuego, Conquest!… ¡Por favor, no haga fuego! —chilló el hombre aterrorizado, mientras miraba como fascinado los ojos acerados de Norman, que lo observaba implacable—. Ya me imaginé que andaba usted detrás de mí. Si quiere usted estos brillantes, tómelos.

—Pobre infeliz, ¿no supondrá usted que estoy interesado en sus brillantes? —dijo Norman, arrastrando las palabras al mismo tiempo que se apoyaba negligentemente en la mesa de trabajo—. Sólo he venido hasta aquí abajo…

Se interrumpió al ver que la mano derecha de Blayne se deslizaba lentamente hacia un botón de timbre eléctrico que estaba a un costado de la mesa. Tomándolo violentamente de un brazo, Norman lo alejó de ese lugar.

—Malo…, malo… —dijo segundos antes de entrar en acción.

Su puño derecho entró violentamente en contacto con la mandíbula de Blayne y éste cayó hacia atrás cuan largo era. Norman no lamentaba haber puesto fin a la interesante entrevista. Un hombre desesperado es capaz de cualquier tontería. Probablemente disponía de distintos medios para pedir ayuda, y Norman tenía la imperiosa necesidad de continuar explorando ese túnel.

Se inclinó sobre Blayne y comprobó que éste tardaría en recobrar los sentidos; entonces se dedicó a revisar los bolsillos del hombre. Pareció interesarse solamente en un manojo de llaves, el que, sin vacilación alguna, colocó en uno de sus bolsillos. Blayne tenía puesto un guardapolvo sobre su vestimenta corriente y las llaves habían estado en uno de los bolsillos del mismo. Norman tenía motivos para suponer que esas llaves sólo eran utilizadas en esta guarida subterránea.

Rápidamente ató las manos de Blayne, en seguida hizo lo mismo con los tobillos, y finalmente amordazó al hombre indefenso. Colocó en seguida a ese envoltorio humano debajo de la mesa de trabajo y se irguió. Sus ojos examinaron rápidamente los distintos aparatos que estaban sobre la mesa. Había allí una instalación completa, tan completa que conformaría al más exigente tallista de piedras preciosas. Para la aldea de Great Bardlow, Blayne podía ser «el hombre de las rosas», pero aquí abajo continuaba siendo «Joburg» Cartwright.

Norman estaba satisfecho consigo mismo. Todo marchaba perfectamente bien, tal vez demasiado bien. Este asunto, que tan dificultoso se le había presentado, había sido solucionado hasta ahora en forma demasiado fácil. En su imaginación se había forjado el cuadro de un gran taller en el cual trabajaban no menos de seis o siete hombres.

Sin embargo, reflexionando, el «Alegre Temerario» se congratuló de que la realidad había sido distinta a lo que se había imaginado. Cuantos más hombres intervinieran en el asunto, menor sería el beneficio. Evidentemente, este juego sólo era beneficioso para dos o tres personas. Los individuos que llevaban a cabo el verdadero trabajo y cargaban con el noventa por ciento de los riesgos, los que despojaban de sus joyas a sus legítimos propietarios, recibían probablemente un porcentaje miserable de los beneficios.

Era Trevor el que dirigía la organización y Blayne el que realizaba el trabajo técnico. Este último disponía de suficiente tiempo; trabajando tres o cuatro horas por la noche, mientras fingía dormir, podía rendir mucho. Era lógico suponer que después de dos o tres grandes robos transcurriría un período de calma para dar tiempo a que Scotland Yard se calmara. Y durante ese período de calma, Blayne seguía trabajando de firme y sin interrupción. Aunque, después de todo, nada apuraba a los dirigentes de esa banda, porque las piedras preciosas que hoy eran sometidas a una modificación, probablemente no eran vendidas hasta uno o dos años más tarde.

—Amigos, me descubro ante ustedes —murmuró Norman, lleno de admiración—. Tienen ustedes la empresa mejor organizada que he visto en mi vida, y lamento sinceramente tener que destruirla. Si ustedes se hubieran portado decentemente conmigo, nunca los habría molestado. Pero era absolutamente necesario que enseñara buenos modales a individuos que me encierran en sacos de lona y me arrojan al fondo del río… Por otra parte, tampoco he cometido nunca un asesinato a sangre fría. Roper pudo llegar a ser molesto para ustedes, pero es innegable que fue un hábil e inteligente funcionario policial…, y, no obstante, fue muerto a traición, atacado de atrás sin brindarle la menor oportunidad de defenderse. Lo hizo Sangley, pero fue Trevor el que le ordenó hacerlo.

Se endureció la mirada de los acerados ojos del «Temerario». Era un luchador de nacimiento y su código del honor no le reprochaba nada cuando mataba a hombres durante el calor de la lucha. Pero cuando los hombres morían como murió el sargento Roper, sus instintos le ordenaban en forma perentoria que castigara a los asesinos.

Pensando en Sangley, Norman se vio obligado a modificar su teoría original. Estaba convencido ahora de que la banda había tenido originariamente tres dirigentes visibles. Era muy posible…, mejor dicho, seguro…, que Sangley había sido el principal colaborador de Blayne y le había ayudado a realizar ese trabajo nocturno. También se le ocurrió a Norman que tanto Trevor como Blayne se había sentido más que satisfechos al haberse librado en forma tan fácil de Sangley. Bien pudo haber sido este último un hombre molesto para los otros dos, y, lo que no dejaba lugar a dudas, era que el reparto entre dos siempre es preferible al reparto entre tres.

Por primera vez Norman notó una abertura extraordinariamente estrecha, y sin puerta, en uno de los ángulos de la cámara. Creyó que se trataría de algún nicho destinado a guardar algo, pero cuando lo iluminó con su linterna se dio cuenta de que se trataba de un pequeño túnel de concreto que no tenía más de dieciocho pulgadas de ancho. Calculando su dirección, llegó bien pronto al convencimiento de que este pequeño túnel llegaba hasta el viejo y abandonado molino. Puesto que disponía de tiempo, se dijo que nada perdería con explorarlo. El estrecho túnel de concreto era largo, oscuro y mal ventilado; en algunas partes empezaba a desmoronarse. Al fin llegó ante otra puerta de madera de teca que le cerraba el paso, pero una de las llaves del manojo que le había sacado a Blayne abrió la cerradura y Norman se encontró en una pequeña cámara de concreto que no era más grande que un guardarropas. Allí faltaba por completo la ventilación y el aire estaba viciado. Evidentemente, ese lugar sólo era usado en contadas ocasiones y durante períodos de tiempo muy breves. La linterna de Norman iluminó un interruptor eléctrico, y encendiendo la luz observó atentamente la pequeña cámara. En la pared opuesta a la puerta había algo parecido a una pequeña caja de seguridad. Una vez más las llaves de Blayne demostraron su utilidad.

La «caja de seguridad» era una réplica del escondite que había descubierto Norman en una de las barcazas de sir Hastings. Una segunda puerta, a cierta distancia de la primera, cerraba herméticamente el escondrijo, en el cual sólo se veía un cable de acero arrollado sobre un carrete. Pertenecía, sin duda, al ingenioso mecanismo mediante el cual eran transferidas, bajo el agua, desde las barcas hasta la cámara, las cajas metálicas que contenían las alhajas robadas. Todo parecía muy complicado, pero extremadamente seguro. Si a los hombres de Scotland Yard se les ocurría registrar la barcaza, ante sus mismas narices podía ser transportado a tierra el producto de los grandes robos, y por minucioso que fuera el registro, nada podrían comprobar.

Norman cerró la portezuela de acero, apagó la luz y regresó por donde había venido. En la cámara central todo estaba tal cual lo dejara, con la excepción de unos inarticulados gruñidos que partían de debajo de la mesa. Blayne estaba recobrando el conocimiento. Norman lo miró y vio tal terror reflejado en los ojos del hombre, que juzgó innecesario desvanecerlo nuevamente.

—Hermano. No es necesario que me mire usted en esa forma. Tuve que golpearlo, pero tranquilícese, no acostumbro a golpear a hombres indefensos. Limítese a quedarse quieto y tranquilo y bien pronto lo llevaré a dar un paseo hasta Londres. Quiero presentarlo a un compañero mío, a un hombre llamado Williams. En cuanto lo conozca simpatizará usted con él.

Lanzó una risita ahogada mientras se acercaba a la puerta; como lo había supuesto, por allí continuaba el túnel secular. Ahora avanzaba rápidamente, con pleno conocimiento de que se acercaba cada vez más a la residencia de sir Hastings; mientras tanto, elaboraba planes en su mente. Tal como se habían desarrollado los acontecimientos, presentaría esa misma noche la prometida bandeja al jefe inspector Williams, pero sobre esa bandeja sólo estaría Cartwright.

Norman pensaba divertirse observando las reacciones de sir Hastings Trevor cuando este último descubriera que había desaparecido su valioso colaborador técnico. Sin duda alguna, se divertiría en grande y durante varios días. Este túnel subterráneo era un material impagable para divertirse a costa de sir Hastings, y hubiera sido una lástima desperdiciarlo.

Meditando sobre esto, llegó a otra pesada puerta de madera de teca, pero no trató de abrirla; se imaginó que detrás de ella estaría la escalera que conducía a la biblioteca de la residencia de sir Hastings. Más tarde tendría tiempo de sobra para cerciorarse de que no estaba equivocado. Por el momento se sintió atraído por una sólida y pesada puerta de acero embutida en el muro de concreto a su izquierda. Al verla, tuvo la sensación de encontrarse en el tesoro subterráneo de un banco.

—Una de estas llaves abrirá esta puerta —murmuró revisando el manojo de llaves—. Todo esto se toma ridículamente fácil.

Palabras proféticas.

Introdujo una de las llaves en la cerradura, la hizo girar y la pesada puerta de acero se abrió silenciosamente. Norman iluminó el interior con su linterna, y, si necesitaba una prueba de que Blayne y Trevor eran socios en condiciones igualitarias, la tenía ahora. Blayne nunca habría tenido en su poder la llave de ese tesoro si no hubiera sido socio a medias con sir Hastings.

Porque lo que la puerta abierta reveló a los ojos de Norman Conquest era el tesoro del «Banco Privado Trevor-Blayne».

—Siempre confié —murmuró Norman mientras sus ojos recorrían el interior de la cámara— en que algún día podría asegurarme una vejez tranquila y sin sobresaltos pecuniarios. Lo que veo aquí le hace tanto bien a mi corazón como un masaje.

El tesoro contenía grandes fajos de billetes de banco norteamericanos, dólares por valor de cien a ciento cincuenta mil libras esterlinas. Francos franceses, liras italianas, marcos alemanes… y toda moneda corriente. Dinero que podía ser utilizado en casi todos los países… dinero que nunca revelaría una pista.

Todo muy lindo… muy bonito, pero cuando Norman Conquest abrió la pesada puerta de acero, empezaron a funcionar luces de advertencia y señales de alarma en forma simultánea en los dormitorios de sir Hastings y de Primrose. De manera que ni aun Matthew Blayne podía abrir el tesoro sin que se enteraran sus socios. ¿Quién fue el humorista que dijo una vez que no existe el honor entre los ladrones?