Miss Dinamita

Berkeley Gray · Capítulo 2 de 26

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Miss Dinamita

Capítulo II. El asesino

CAPÍTULO II

EL ASESINO

 

E l sargento Roper miró a la joven con inequívoca deferencia y se apresuró a contestar:

—No ocurre nada grave, señorita Trevor. Sólo se trata de un pequeño incidente provocado por este vagabundo.

—Señorita Trevor, sería más correcto afirmar que el pequeño incidente lo ha tenido el sargento conmigo —dijo Norman Conquest, interviniendo en la conversación—. Temo haber despertado las iras del sargento y al final todos nos ofuscamos, perdiendo la tranquilidad.

La joven se había acercado lentamente al fuego y Norman arrojó unas cuantas ramas secas al mismo con el propósito de avivarlo. Ahora la podía ver mucho mejor. Su belleza era perfecta; era una criatura maravillosa; sus grandes ojos, azules como las aguas del Mediterráneo, miraban con juvenil simpatía al poco afortunado vagabundo.

—Este hombre se atrevió a atacarme, señorita —dijo el sargento con cierta reticencia.

—¡Oh, no me diga, señor Roper! —repuso la joven sonriendo con malicia. Norman pudo advertir que tenía un rápido sentido del humor—. ¿Atacar a un hombre grande y fuerte como usted?… ¡Pero si ese pobre hombre, ni aunque lo quisiera, puede hacerle daño! Supongo que no pensará arrestarlo…

—Bueno…, tengo que cumplir con mi deber, señorita —tartamudeó el sargento, que empezaba a perder su aplomo ante la ironía desplegada por la deliciosa joven—. Si lo dejo ir esta vez…

—Bien sé que lo dejará ir… Lo hará por mí —dijo la joven sonriendo dulcemente, al mismo tiempo que enfocaba al sargento con sus grandes ojos como con un par de reflectores—. Es usted demasiado grande e importante como para cometer semejante bajeza. Sí, sargento Roper, siempre he tenido una gran opinión de usted.

El agradecido sargento quitó las esposas de las muñecas del vagabundo y mirándolo severamente dijo con voz dura y autoritaria:

—Esto tiene que agradecérselo a esa señorita; pero recuerde bien lo que le digo: si mañana por la mañana no ha desaparecido usted de este distrito, lo encerraré en la cárcel. —Volviéndose hacia la joven, agregó—: Señorita, no se deje engañar por la inofensiva apariencia de este hombre; conozco demasiado bien a esta clase de gente. Este es uno de los tantos vagabundos que merodean por estos contornos y últimamente han ocurrido cosas muy extrañas en este distrito…

—¿Cosas extrañas? —preguntó asombrada la joven—. ¿En un distrito tan tranquilo como el de Bardlow? ¿A qué se refiere usted, señor Roper?

—Señorita, es posible que no me refiera a nada en particular —contestó misteriosamente el sargento—. Todo lo que sé es que tengo ojos… y también oídos. Además, no me inspiran mucha confianza los desconocidos —y al decirlo miró significativamente a Norman Conquest—. Señor, me agradaría saber qué fin persigue usted al acampar con vagabundos.

—Me violenta la forma despectiva con que califica usted a mi amigo, el señor Livingstone —contestó Norman con altanería—. El señor Livingstone no es un vagabundo, es un artista. Y es notorio que la mayoría de los artistas son un tanto excéntricos. Si el señor Livingstone prefiere vivir en una tienda de campaña y comer trozos ahumados de carne de conejo, ¿quiénes somos nosotros para criticarlo? Hasta ahora nunca había probado carne ahumada de conejo y puedo asegurarle que es algo exquisito.

—Despierta usted mi apetito con esa descripción —dijo la joven sonriendo.

Su amistosa franqueza desconcertó grandemente a Norman. Nunca había tropezado con una joven como ésta; era fresca y franca como la campiña en la cual vivía. La inocencia en una joven mujer era algo que Norman no había descubierto aún… Hasta ahora la había considerado como inexistente. La forma en que ella lo miraba, inspeccionándolo de pies a cabeza con una curiosidad casi infantil, era algo sencillamente desconcertante.

—Esta noche estoy aprendiendo toda clase de cosas —dijo Norman sonriendo—. Estoy comprobando que es conveniente entrar de vez en cuando en contacto con personas francas…, con gente que vive en los espacios abiertos. Me siento como si hubiera tomado media docena de tónicos.

—¿Vive usted en el distrito? —preguntó la joven con inocente simplicidad.

—Sí, señorita Trevor; me alojo en cómodas habitaciones de la posada «El León Rojo», en Great Bardlow. —Norman Conquest habló con volubilidad y sin sonrojarse—. Me llamo Norman, últimamente he realizado un intenso trabajo cerebral y una semana de descanso en el campo significa para mí toda una cura de reposo.

—¿Trabajo cerebral? —la joven lo miró interesada—. ¿Escribe libros, acaso?

—No exactamente libros —contestó Norman con modestia—. Sólo algunas cositas emocionantes.

No podía comprender por qué diablos le estaba contando a la joven esos cuentos de hadas. No tenía en absoluto la intención de engañarla. Hasta cinco minutos antes no había tenido la más mínima intención de alojarse en «El León Rojo» de Great Bardlow. Sabía que podía mencionar con absoluta seguridad la posada de «El León Rojo», porque no ignoraba que no había aldea o pueblo en Inglaterra que careciera de posada que llevara ese nombre.

La joven le sonrió una vez más, saludó con una inclinación de cabeza y llamando a su perro se alejó caminando lentamente. Sólo cuando desapareció de su vista estuvo Norman Conquest en condiciones de liberarse de la extraña influencia que sobre él había ejercido esa muchacha.

—Sargento, ¿observó usted la gracia con que camina? —preguntó en voz baja y soñadora—. Es una mujer perfecta; nunca he visto otra igual.

—Es todo eso que usted dice —concordó el sargento mirando fríamente a Norman—. Es la hija de sir Hastings Trevor, el propietario de la casa señorial. Pero no se forje ilusiones porque no es fácil que vuelva a conversar con ella. De no haber estado yo aquí ni le habría dirigido la palabra; no es de esa clase de mujeres que se tratan con desconocidos.

—Sólo puedo imaginarme qué es lo que quiere significar usted al decir «no se trata con desconocidos» —dijo Norman—. Pero le advierto que si en su mente anida lo que yo me imagino, debo considerarlo un tonto. Por otra parte, está usted equivocado, Clarence. Yo sólo considero a la señorita Trevor como a una fragante flor…, delicada y atractiva.

Pero el sargento Roper se acercó con un gruñido de impaciencia a su bicicleta y montando en ella desapareció en la oscuridad sin despedirse. Entonces el «Temerario» miró sonriendo a su amigo el vagabundo y dijo:

—Bien, ahora que ya se han ido la bella y la bestia, creo que ha llegado el momento de que lo haga yo también. ¿Sabe usted dónde queda la casa señorial de sir Hastings? No, no ha de saberlo; no importa, no se preocupe.

—Es una flor rara, señor —dijo el vagabundo, guiñando un ojo—. Y tiene que ser bondadosa por naturaleza; en caso contrario no habría intercedido por mí. —El alegre guiño de sus ojos fue reemplazado por una mirada de intenso resentimiento cuando agregó—: En lo que respecta al sargento, a ese hombre insolente y engreído, es mejor que no vuelva a cruzarse en mi camino.

Norman pareció preocupado al decir:

—Siga mi consejo, Mandeville. Traslade esta misma noche su campamento a otro lugar. Conozco a esa clase de policías; la próxima vez cuando haga su ronda, es muy posible que reinicie esta incidencia… y entonces no tendrá usted a nadie que interceda en su favor.

—Es posible que esté usted en lo cierto, caballero. Seguiré su consejo a pesar de que no tengo por qué huir. Nunca he sido cazador furtivo…

—¡Mandeville! —dijo Norman en tono de reproche.

—Cazar un conejo para comerlo no significa ser un cazador furtivo ni violar las leyes. Cualquiera puede decirle que hay demasiados conejos en estos campos.

Norman Conquest se despidió riendo alegremente y reinició su marcha hacia la cercana aldea. Había disfrutado mucho durante esa hora que pasó en compañía de ese extraño caballero de los caminos y sentía cierta tristeza al tener que separarse de él.

Tras de recorrer una milla llegó a Great Bardlow. Era una aldea bastante grande, con una ancha calle principal bordeada por tabernas y posadas. Afortunadamente, la que llevaba el nombre «El León Rojo» era una de las principales; antigua y confortable, las ventanas de sus habitaciones miraban hacia la calle.

Norman sabía que estaba procediendo como un tonto rematado pero, no obstante, entró en «El León Rojo», alquiló dos habitaciones y abonó el importe de una semana por adelantado.

Su intención original había sido la de continuar su viaje a Londres tan pronto como quedara arreglado el desperfecto de su automóvil. Había dejado a Joy Everard, su encantadora colaboradora, en casa de sus tías, en Clacton, iniciando a su vez una cómoda y descansada gira en automóvil a Londres, cuando su coche le jugó una mala pasada y se descompuso.

Pero en este momento Norman no pensaba en la «joven Pixie», nombre con que acostumbraba a llamar a Joy. No veía otra cosa que un rostro fresco, bello e inocente y dos grandes ojos azules. Con la mente tranquila, saboreó un copetín, dio instrucciones al dueño de la posada para que mandara a buscar su coche y lo hiciera arreglar y en seguida se acostó.

Faltaban cinco minutos para la media noche cuando sir Hastings Trevor se acercaba en su gran automóvil a la casa señorial que ocupaba. El opulento terrateniente había cenado en casa de unos amigos en la ciudad cercana, y con excepción de Briggs, su chófer, estaba solo en el coche. Dormitaba porque había abusado un tanto de los vinos de sus amigos y fue despertado de pronto por una brusca frenada del coche.

—¡Maldición! —gruñó entre dientes, para gritar en seguida—: ¿Qué diablos hace usted, Briggs? No le dije…

—Hay…, hay algo en la carretera, señor… —murmuró el chófer con voz alterada—. Afortunadamente logré frenar a tiempo… Parecería que ha ocurrido un accidente.

Saltó del coche mientras hablaba, y, estremeciéndose, se inclinó sobre un bulto que atravesaba la carretera y era vivamente iluminado por los faros del automóvil. Maldiciendo entre dientes, abrió sir Hastings la portezuela y a su vez bajó pesadamente del coche.

—¡Dios mío, Briggs, está usted blanco como un papel! —dijo desconcertado al acercarse—. ¡Oh…, diablos! ¿Qué es esto?

Quedó inmóvil, paralizado por la sorpresa. Lo que veía a sus pies no era en absoluto agradable. Los faros del automóvil iluminaban con demasiada intensidad una escena macabra. Tirado sobre el pavimento se veía el cuerpo de un hombre que vestía uniforme policial; sus brazos estaban extendidos y sus piernas grotescamente dobladas en ángulo. La parte posterior de la cabeza no era más que una masa sangrienta que descansaba en un gran charco de sangre. Era, en realidad, un espectáculo horrible, capaz de impresionar a cualquiera.

—Tiene que haber sido golpeado por un camión —murmuró Briggs lleno de espanto—. Señor, no puedo mirarlo… ya estoy completamente mareado — y vacilando se dirigió al automóvil en busca de apoyo.

Sir Hastings Trevor no era tan impresionable; se inclinó para ver mejor, cuidando de no acercarse demasiado. Instantes más tarde Briggs le oyó murmurar:

—Esta herida no ha sido causada por ningún vehículo a motor. Briggs, fíjese en estas marcas bien visibles en el pavimento; o mucho me equivoco, o ha habido lucha. En la herida pueden verse astillas y fragmentos de madera: ha sido un crimen. Este hombre ha sido golpeado con un palo.

Tomó al muerto por uno de los brazos y levantó a medias el cuerpo.

—Señor, es el sargento Roper —gritó aterrado Briggs.

—Ya me lo figuraba; me pareció reconocer su espalda —dijo con voz tranquila el terrateniente—. Creo que no debí haber movido el cuerpo. Briggs, vaya rápidamente a casa, lo más ligero posible, y hable por teléfono con la estación policial de Studbury. Explique lo que ha ocurrido y trate de ser claro y conciso. Si la señorita Primrose estuviera levantada todavía, no le diga nada de esto aunque creo que mis temores son infundados, pues ya se ha de haber acostado. Rápido, Briggs apresúrese.

—¿Y usted, sir Hastings? ¿Se quedará aquí con…, con…?

—Con… con… con… Deje de tartamudear, atolondrado —gritó impaciente sir Hastings—. Alguien tiene que quedarse aquí; no podemos dejar tirado este cuerpo en el centro de la carretera sin vigilancia… Tampoco podemos moverlo. Vaya de una vez, Briggs.

Briggs se sentó ante el volante e imprimiendo al coche una velocidad vertiginosa desapareció bien pronto en la oscuridad. Su amo se alejó unos cuantos pasos del cadáver y encendió un cigarro. Su mano estaba firme como una roca, la llama del fósforo no tembló y reveló en el rostro de sir Hastings Trevor una curiosa expresión de satisfacción.

Con calma, y hasta puede afirmarse que plácidamente, empezó a caminar de un lado a otro sin alejarse. Diez minutos más tarde Briggs estaba de regreso. Había recobrado la calma y por su aliento se podía afirmar sin temor de equivocación que había recurrido a una buena dosis de alcohol para lograrlo.

—Señor —informó—, hablé con el inspector Marshall. Se disponía a retirarse de la estación policial de Studbury y prometió venir en seguida en su automóvil.

—Eso significa que dentro de cinco minutos estará aquí. Briggs, será mejor que deje mi automóvil donde está; en esa forma los faros no iluminan de lleno esta escena. Si prefiere retirarse puede volver a pie a la casa… No, es conveniente que no se retire; es posible que el inspector quiera formularle algunas preguntas.

Cinco minutos más tarde se vieron las luces de un automóvil que se acercaba por la ondulante carretera, y cuando el pequeño vehículo se detuvo, descendieron de él un grave y obeso inspector de policía rural y un agente uniformado. Pocas palabras fueron necesarias para la explicación. El inspector Marshall se acercó al cuerpo sin vida, lo miró y sacudió la cabeza.

—Horrible —dijo estremeciéndose—. ¡Dios mío, qué espectáculo!… Sí, es Roper… Alguien debe haber saltado sobre él desde atrás.

Se interrumpió e inclinándose sobre el cadáver encendió una poderosa linterna eléctrica.

—Por lo menos el pobre diablo no ha sufrido.

—¿Ve usted esas pequeñas astillas de madera? Me imagino que el asesino ha empleado un garrote…, probablemente una rama ya seca arrancada de un cerco.

—Ese es un punto interesante, señor —dijo el inspector Marshall—. Sí, tiene que haber sido eso; en caso contrario no se habría desprendido la corteza. El médico nos podrá dar mayores detalles cuando llegue… Dejé la orden en Studbury de que me siguiera lo más pronto posible, también, una ambulancia. Tengo entendido, señor, que ha sido usted el primero que vio el cuerpo, ¿es así?

—En realidad, no. Briggs, mi chófer, fue el primero en verlo —contestó sir Hastings—. A decir verdad, yo estaba dormitando dentro del coche.

Explicó brevemente las circunstancias del descubrimiento y en seguida el inspector se inclinó de nuevo para realizar una nueva inspección.

—Me atrevería a afirmar que no hace una hora que murió —dijo levantándose—. Pobre Roper… Fue un hombre activo y eficiente. Tal vez demasiado eficiente. Nunca he tenido bajo mis órdenes a un hombre que me atacara tanto el sistema nervioso. Siempre se quejaba de la monotonía de la rutina.

Con ayuda del agente levantó el cuerpo y lo acostó sobre la espalda. Los ojos del sargento muerto estaban completamente abiertos y su rostro parecía expresar intensa sorpresa. La muerte debió ser instantánea.

—¡Hola! —dijo el inspector—. ¿Qué es esto?

Tirado sobre el piso y oculto hasta entonces por el cuerpo del sargento, se veía un pequeño trozo de piel peluda. Ambos hombres se inclinaron curiosamente y el inspector Marshall levantó el objeto, observándolo.

—Piel de conejo —dijo extrañado—. ¡Qué raro es esto! Tiene la forma de un diminuto monito…