Murió la dulce paloma

Barbara Pym · Capítulo 10 de 26

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Murió la dulce paloma

Capítulo IX

A los pocos días, al llegar James por la mañana a la tienda, encontró a su tío y a Miss Caton muy nerviosos, a punto de estallar. Les habían reventado la puerta por la noche y les habían robado varias cosas.

Humphrey, sentado en la trastienda en su sillón Hepplewhite, se retorcía las manos, mientras hacía recuento de lo robado, sin dejar de lamentarse.

—¡Aquellas codornices! —gimió—. ¡Ah, aquellas codornices!

—No irás a decir que…

—Sí, muchacho, sí, ya lo creo… ¡aquellas codornices!

Eran de auténtica porcelana china y bastante valiosas, recordó James. No sabía con seguridad de dónde habían salido, además de que siempre se sentía inseguro cuando de objetos chinos se trataba, porque sabía muy poco acerca de ellos y, además, no le gustaban demasiado, aunque nunca se había atrevido a confesárselo a su tío.

—Acabo de hacer té —dijo Miss Caton, inclinada sobre el fogoncito de gas—. Le sentará bien… Té bien cargado con mucho azúcar. Lo aprendí cuando estuve en primeros auxilios durante la guerra. Va muy bien para cualquier shock.

Humphrey miró con desagrado el marronoso líquido de la gruesa taza blanca y la hizo a un lado.

—No, gracias, Miss Caton. No me apetece… ¿Y se puede saber de dónde ha sacado esa horrible taza?

—Pues es con la que vengo, tomando el té, mañana y tarde, todos los días —dijo ella en tono cantarín.

Humphrey siempre iba fuera a tomar el café de media mañana, si no acudía a alguna subasta, y por las tardes rara vez estaba en la tienda a la hora del té. De manera que era muy probable que no hubiese reparado en la taza de su mecanógrafa.

—Bueno, Miss Caton —le dijo—. Sólo confío en que nadie la haya visto beber en semejante monstruosidad. No nos iba a hacer muy buena publicidad, ¿no le parece?

—Lo tomo siempre en la trastienda —dijo ella, a la defensiva—. Así que no ha podido verme ningún cliente.

—¿Y tú, James? ¿Bebes también en tazas así? —le preguntó Humphrey con acritud.

—Pues no lo sé —balbució James—. Puede que en alguna ocasión.

Humphrey profirió una exclamación de horror.

—Quizá un poco de té-jazmín —persistió Miss Caton—, aunque no es tan reconfortante y, sin leche ni azúcar, podría ser demasiado ácido para usted en estos momentos.

James tenía la sensación de que estaban perdiendo el tiempo, aunque no sabía qué era exactamente lo que debían hacer. Se sentía mal por haber llegado el último, como si, de haber llegado diez minutos antes, hubiese podido evitar el robo.

Miss Caton terminó por plantarle la rehusada taza de té en la mano y se la tuvo que beber, casi como un castigo. Sabía a demonios y, además, estaba casi frío. Incluso el té del Leopard Dining Rooms era mejor.

—¿Y qué hay de la policía? —dijo James.

—Ah, ya me he ocupado de todo eso —repuso Miss Caton—. He sido yo quien se ha encontrado con el panorama al llegar, a las ocho y cuarto —añadió con un dejo de suficiencia—. Los del 999 llegaron en seguida. Encantadores, y de paisano, naturalmente. Han dicho que he hecho muy bien en no tocar nada. Horroriza pensar que esos ladrones han tocado nuestros primorosos objetos con sus burdas manos.

—Es muy probable que los ladrones hayan sido personas de gusto —dijo Humphrey—, o, por lo menos, bastante buenos conocedores. Se han llevado el mejor netsuke. El carnero… —añadió gimiendo—. Así que lo más probable es que sus manos no sean nada burdas.

—Seguramente Miss Caton no lo decía en sentido literal —aventuró James.

—De acuerdo, puede que no se haya referido a las burdas manos de quienes trabajan con ellas. Pero, en todo caso, debían de llevar guantes, porque objetos tan delicados como esas codornices hay que manejarlos con verdadero primor.

Alguien requirió su atención desde la tienda.

—¿Sí?

—¡Cielo santo! ¿Está la puerta abierta? —exclamó Humphrey—. Ve a ver quién es, James, mientras yo sigo con el inventario. Y usted, Miss Caton, vaya pasándolo a máquina mientras se lo dicto, por favor.

James salió rápidamente hacia la tienda, con mala conciencia, pues había sido él quien olvidó echar el pestillo al llegar. El muchacho de los recados de una floristería estaba allí, mirando con la boca abierta una escultura de bronce que representaba dos cuerpos fundidos en un complicado abrazo. El muchacho había dejado sobre una damasquinada mesa de palisandro un ramo de rosas blancas y claveles, sujetos con una cinta malva. James se apresuró a cogerlo.

—¿Es para nosotros? —preguntó—. ¿Estás seguro de que te han dado bien la dirección?

—Eso es lo que dice ahí —dijo el muchacho, marchándose ya.

James comprobó que, en efecto, el ramo iba dirigido a su tío. Y, sin olvidar esta vez echar el pestillo al cerrar la puerta, volvió a la trastienda con el ramo.

—¡Qué detalle! —exclamó Humphrey, sacando la tarjeta del pequeño sobre que iba con el ramo—. Leonora, claro. ¿A quién si no a ella se le iba a ocurrir enviar flores en un momento así? Ha debido de enviarlo nada más colgar, cuando la he llamado para darle la terrible noticia.

—¿Y qué dice en la tarjeta? —preguntó James.

—«Con un cariñoso saludo y mi profunda condolencia por la lamentable pérdida» —leyó Humphrey en alta voz—. No ha podido expresarlo mejor.

James sintió deseos de sonreír precisamente por su manera de expresarlo, pero no estaba de humor.

—No es que sea muy frecuente enviar flores —comentó, aunque diciéndose que, tratándose de Leonora, era distinto.

—Las voy a poner en ese jarrón blanco y azul —dijo Miss Caton.

—Ah, sí, en el Worcester —dijo Humphrey.

—¿Va usted a ir a Sotheby’s esta mañana? —le preguntó ella.

—Qué va… Hoy no subastan más que «Valiosos Libros Impresos» —dijo, repitiendo las palabras del anuncio en tono desdeñoso—. Aún nos queda mucho que revisar aquí.

Pese a ello, Humphrey fue a almorzar temprano y anunció que no regresaría hasta última hora de la tarde. Se alegró al ver que, en las primeras ediciones de los vespertinos, dedicaban un pequeño párrafo al robo. El reportero reproducía sus palabras respecto a que los ladrones eran, evidentemente, gente de buen gusto.

—No creo que vaya a venir mucha gente esta tarde, ¿verdad? —dijo James, percatándose de que, en tal caso, tendría que componérselas solo.

—Esperemos que no le dé a la gente por entrar por pura curiosidad —dijo Humphrey—, pero, en cualquier caso, los precios de todo están claramente marcados. No creo que haya más movimiento del habitual —añadió al salir.

Lo que significaba que James iba a tener que quedarse sentado en la tienda, a ver cómo pasaba la gente. Porque, si no se sentaba allí, tendría que hacerlo en la trastienda con Miss Caton, que no pararía de hablarle de una amiga que estaba siendo iniciada en la fe de la Iglesia Católica, su tema de conversación preferido últimamente. («Y entonces ella le dijo al cura: “Pero, supongamos que es viernes y me ha sobrado un poco de hígado”. Le digo yo que lo dejó sin habla»). Pese a la relajación de las costumbres, por lo que a las normas sobre el ayuno se refiere, Miss Caton no habría parado ahí, por lo que a James no le quedaba otra alternativa que sentarse en la tienda.

La tarde era más bien calurosa, con esa temperatura que convierte cualquier tarea en desagradable. James estaba cansado, a causa de lo ocurrido por la mañana, y de la paliza que se había dado seleccionando cosas de su apartamento, para decidir cuáles guardaba y cuáles prestaba a Phoebe o a Leonora. Se sentía algo adormilado e incluso llegó a quedarse traspuesto un par de veces. Dos norteamericanas se detuvieron frente al escaparate, y las oyó hacer cálculos sobre los precios en dólares. Cerca ya de las cuatro pensó hacer una escapadita hasta la pastelería de la esquina, a tomarse una taza de café, en lugar de resignarse al té de Miss Caton, pero lo pensó mejor. Al cabo de un rato fue hasta el escaparate y retiró un pequeño caparazón de tortuga y una cajita de plata, que se había reservado para el cumpleaños de Leonora. Volvió con ello hasta la mesa, frente a la que había estado sentado, y examinó ambos objetos con mayor detenimiento. Y, al hacerlo, ya no le parecieron tan adecuados como pensó. La cajita tenía una pequeña tara, una mella que la afeaba. Podía estar bien para Phoebe. A Leonora le gustaban las cosas sin tacha. Y se preguntó entonces si una persona de su delicadeza estaba realmente en condiciones de embalar las cosas de su apartamento y de vérselas con los mozos de cuerda. Era mucho pedir de ella y, sin embargo, no debía olvidar que ella se le había ofrecido espontáneamente, sin la menor insinuación por su parte. Se quedaría un par de cosillas para ella y, el resto, lo dejaría James en el guardamuebles. Entonces Phoebe podría ir al guardamuebles y elegir lo que quisiera, aparte de lo que le había ofrecido.

La calurosa tarde iba mediando, cuando un hombre irrumpió de pronto en la tienda, casi a hurtadillas, y le preguntó el precio de un pisapapeles del escaparate. James lo reconoció. Era el hombre que con tanta insistencia lo había estado mirando en la subasta en la que él y Humphrey conocieron a Leonora, y en otras muchas ocasiones. Pero era la primera vez que se veían desde tan cerca. James le dijo cuál era el precio del pisapapeles e intercambiaron unas palabras, a modo de charla insustancial. Entonces el hombre en cuestión aventuró una insinuación que hizo que aflorase un inconveniente rubor en las mejillas de James, pese a que no era la primera vez que le hacían proposiciones de tal naturaleza. Si su pretendiente llega a ser un poco más atractivo, y si Miss Caton no llega a estar allí en aquel momento, quién sabe lo que hubiese podido suceder.

El caso es que el hombre farfulló algo acerca de un amigo que estaba interesado en el pisapapeles, y salió de la tienda tan rápidamente como había entrado.

—Ah, ése… Anda siempre merodeando por aquí —dijo Miss Caton, con un despectivo ademán, como si espantase un insecto—. Con esa gente…, pocos tratos.

Aunque se sentía inclinado a compartir su opinión, le fastidiaba su «paternalista» actitud, casi tanto como el té que acababa de traerle en aquella taza blanca tan gruesa. Se lo bebió casi de un trago, percatándose entonces de que, en efecto, la taza de marras no cuadraba en absoluto en aquel marco.

Y de pronto, como si el día no hubiese sido ya bastante agitado, vio a Phoebe frente al escaparate, evidentemente armándose de valor para entrar.

Así, de pronto, le entró pánico. Un hombre sentado en una tienda, sobre todo tratándose de una tienda de antigüedades, se halla en situación especialmente vulnerable. Nunca había imaginado James que Phoebe pudiera ir a verlo a Londres sin invitarla. Siempre la imaginaba allá en el pueblo, en las oscuras y pequeñas habitaciones de su cottage, o sentada bajo la parra en el jardín de atrás, pero nunca allí, junto a Sloane Square, donde Leonora podía aparecer en cualquier momento. Por un instante se horrorizó al imaginar cómo podía ser su encuentro: Leonora, fría, con su habitual aplomo y elegantemente vestida; Phoebe, tímida, a la defensiva y con sus raídas ropas. Y él en medio, a sufrir. ¿Qué se dirían? Estaba claro que había que evitar a todo trance la eventualidad del encuentro.

Al abrir Phoebe la puerta y entrar, James recordó con alivio que Leonora cenaba aquella noche fuera con un antiguo pretendiente, uno de aquellos respetables admiradores que había conocido en los más hermosos jardines de Europa, de manera que no había que temer que se presentase. Podría ir con Phoebe a su apartamento, luego a cenar, y acompañarla después hasta la estación de Waterloo a coger el tren.

A Humphrey no le hacían ninguna gracia las visitas personales, por lo que James saludó a Phoebe un poco cohibido. No la besó, aunque le cogió la mano y le susurró algo vagamente afectuoso.

—¿Qué haces por aquí? —le preguntó.

—Bah, es que ya estaba harta del campo y del diario de Anthea Wedge. Así que he pensado venir a verte, y luego ir a dormir a casa de mi madre.

En el barrio de Putney, recordaba que le había dicho ella una vez que vivía. Había pensado entonces que Putney no era precisamente el lugar donde a uno le gustaría que viviese una madre.

Phoebe parecía más delgaducha y abatida que de costumbre, con un vestido beige-crêpe que le sentaba como un tiro y que, aunque estaba de moda aquel verano, le recordaba vagamente a su madre, en una indefinida época de su juventud. Se notaba que el vestido era nuevo, y James se percató también de que se había pintado las uñas con esmalte plateado. Quedaba resultona, hasta el punto de empezarlo a poner nervioso y desear hacer el amor con ella.

Eran las cinco, hora ya de cerrar la tienda, pero demasiado pronto para cenar. De manera que decidió llevarla a su apartamento a tomar una copa.

La sala de estar de James estaba en un deprimente desorden, con toda clase de objetos y libros amontonados en el suelo. Se habían besado nada más entrar, algo azorados, como si fuese la primera vez.

—Me gusta mucho tu vestido —le dijo él—. Está muy de moda.

—Pero este color no me sienta bien —dijo ella, mirándolo con recelo.

—¿Tú crees?

Desde luego que no le sentaba bien; a no ser que se tratase de su maquillaje, o algo así. Leonora siempre acertaba con lo que le sentaba bien; tanto, que casi resultaba aburrido. Porque a James le habría gustado aconsejarle sobre qué ponerse a cualquier mujer, pero con Phoebe no sabía por dónde empezar.

Phoebe echó a vagar por la estancia. Daba la sensación de sentirse incómoda.

—Esto es bonito —dijo, cogiendo una estatuilla de madera dorada, de una iglesia española—. ¿Me lo prestas?

—Me parece que mi tío lo quiere para la tienda —le mintió, pues sabía perfectamente que Leonora quería que se lo quedase él.

—Oh. ¿Y no podría elegir ahora las cosas que me gustaría quedarme yo?

—Bueno, es que es un poco complicado. ¿No te da igual elegirlas en el guardamuebles? Además, te resultará divertido —le dijo, imaginándola en lugar tan lúgubre.

—¿Cómo crees que algo pueda resultarme divertido sin estar tú?

—Oh, Phoebe, que no voy a estar fuera tanto tiempo —dijo James, un poco azorado ante su apasionamiento.

—¿Quién va a embalarte las cosas? ¿La vecina de abajo?

James no contestó.

—Es muy triste pensar en tu apartamento vacío, y en que tú estarás lejos — insistió ella.

—El apartamento se habría quedado vacío igualmente, porque expira el contrato —dijo James, en tono de hombre práctico—, y tendré que buscarme otro al regreso.

—¿Y dónde te alojarás hasta que lo encuentres?

—En casa de mi tío. Tiene mucho sitio.

—¿No irás a quedarte en el altillo de la tienda? —le dijo ella, cambiando de pronto de talante, bromeando—. Ni con Miss Caton, eh.

—No, no hay cuidado.

Phoebe había cogido la fotografía de la madre de James y la estaba mirando.

—Parece increíble que sea tu madre, tan joven…

—Bueno, es que lo era…, relativamente.

—Ese rojo de labios tan oscuro, casi negro, igual que el esmalte de las uñas, y ese collar de perlas. Parece más antiguo incluso que la época victoriana. Pobre, no haberte conocido como eres ahora…

—Creo que tendríamos que irnos ya, y comer algo —dijo James, temiendo, como más de una vez, la desbordada imaginación de Phoebe—. ¿Adónde te parece que vayamos?

—Oh, a cualquier parte, donde tú decidas.

El restaurante que James eligió era una de las muchas tratorías italianas, pequeña y atestada de mesitas demasiado juntas, y decorada con hileras de garrafitas de Chianti. Las jóvenes camareras iban diligentes de un lado para otro, contestando con encantadora amabilidad al poco italiano, aprendido durante las vacaciones, que algunos clientes se sentían obligados a practicar con ellas. La cálida noche de verano lo parecía aún más con las llamas que calentaban algunos de los platos, que, por otra parte, daban un espurio toque de distinción al restaurante, como si preparasen sur place exóticas especialidades, pese a que en la mayoría de los casos no se trataba más que de guisantes congelados puestos a recalentar.

—¿Qué te apetece? —le preguntó James, cogiendo la carta.

—Nada —dijo ella, sin el menor afán de orientarlo.

—Pues no es mucho que digamos —protestó él, mientras recorría con la vista la relación de especialidades italianas.

—Quiero decir que me basta con estar contigo.

—Gracias —dijo él, en tono cariñoso y pensando que debía habérsele ocurrido a él decirle algo parecido.

—Pero no vayas a hacer tú lo mismo —le dijo con su habitual franqueza—. No quiero más que un vaso de agua y un bollo… es que es uno de esos días… ya sabes.

James, por su parte, pensando en el día que había tenido, se dijo que por lo menos podía terminar mejor, y que se merecía algo más que un bollo. Luego fueron dando un paseo, cogidos de la mano, por Kensington Church Street, mirando los escaparates de las tiendas de antigüedades. En uno de ellos, él señaló un par de jarrones que le habría gustado tener.

—A lo mejor te los regalo —dijo ella.

—Uy, eso vale una fortuna —exclamó él riendo—. Entré un día a preguntar.

—Supongo que alguien podrá permitirse regalártelos —dijo ella—. ¿Tu tío quizá?

—Sin duda. Pero no me valora tanto como para eso. Habrá que ir pensando en acompañarte a casa.

—Me encantan esos modales tuyos, al viejo estilo —le dijo ella en tono burlón—. ¿No pretenderás acompañarme hasta East Putney?

—Pues claro que sí —repuso James, un poco intimidado por el largo trayecto que le aguardaba, pero parando un taxi sin dudar.

Hubiese sido mejor volver a por su coche. Un fuerte abrazo en el taxi le haría más fácil decirle que aquélla era la última vez que se verían antes de partir él de viaje. Pero no resultó tan fácil, y, al llegar al final del largo trayecto, aún no le había dicho nada. Buena voluntad por lo menos no le había faltado, al invitarla a un buen restaurante.

—Te llamaré —le dijo al fin, utilizando la socorrida fórmula para darle las buenas noches.

Le había dicho al taxista que le aguardase, concediéndose el lujo de regresar con él a casa, y se entretuvo lo justo para darle un último y rápido beso en la escalerita de la puerta de aquella apacible casa de las afueras, hasta que la puerta se abrió y asomó una mujer de pelo gris que, como si hubiese estado aguardando aquel momento, hizo entrar a Phoebe en seguida.

Frunciendo un poco el ceño, como ante algo vagamente insatisfactorio, James se acomodó en el taxi y estuvo observando los saltos que daba el taxímetro durante todo el trayecto.

 

Ya acostada, Leonora tenía el teléfono en la mano y oía sonar una y otra vez el de James. Era obvio que había salido. Había tenido que cancelar su cita para cenar, porque empezó a notar que iba a tener una de sus jaquecas, una especie de migraña que sufría a menudo. Probablemente el calor y la perspectiva de una velada muy poco interesante habían sido la causa. Y entonces ansiaba que James fuese a verla, que se sentase tranquilamente junto a ella en la cama, quizá posando su fría mano en su frente, o leyéndole algo con su hermosa voz.

Colgó el teléfono, decepcionada y un poco enojada. Ahora que James estaba a punto de partir de viaje, sentía mayor necesidad de que pasase con ella todo el tiempo que le fuera posible. Se dijo que, seguramente, a él también le hubiese apetecido verla, pero entonces cayó en que él sabía que tenía aquella cita para cenar e ignoraba en cambio que la hubiese cancelado. Quizá hubiese ido al cine, que además a ella no le gustaba. Así que no pasaba nada. Se recostó de nuevo y, estaba ya casi dormida, cuando sonó el teléfono. Se precipitó a cogerlo, pero era Meg. Era evidente que también estaba sola, pensó Leonora, sin percatarse de que, por un instante, hacía una implícita y absurda comparación entre ella y James, por un lado; y Meg y Colin, por el otro.

Meg no había llamado más que como excusa para hablar de Colin, y de lo duro que era el trabajo que hacía en el snack-bar. Dijo que creía que tendría que terminar dejando ese trabajo si las cosas seguían de esa manera. Andaban entonces cortos de personal en la cocina, y le hacían pelar patatas: «tendrías que verle las manos, hechas una pena; es demasiado duro». Y ¿cómo estaba ella? Eso se lo preguntó a Leonora casi al final, acordándose de ello de puro milagro.

Pero Leonora no quiso entrar en el tema y atajó la conversación. Se había desvelado y, con la radio de Miss Foxe a todo volumen, con una música muy poco adecuada para la hora, le era imposible conciliar el sueño. ¡Qué descansada se iba a quedar cuando le expirase el contrato y se pudiese deshacer de ella! Pensar en esto le alivió mucho el dolor de cabeza a Leonora, e incluso se sintió lo bastante mejor como para incorporarse y retocarse el esmalte de las uñas. Pero aquellas manchas marrones de sus manos —a diferencia de las que seguramente tenía Colin de tanto pelar patatas — ¿eran ya un signo de envejecimiento? Empezó a dolerle de nuevo la cabeza y volvió a recostarse, mientras las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas.