Murió la dulce paloma

Barbara Pym · Capítulo 25 de 26

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Murió la dulce paloma

Capítulo XXIV

A Leonora le encantaba mayo, y se podía decir que era casi su mes favorito, con los tulipanes y las azucenas que crecían en su patio y las lilas y codesos que entreveía en los jardines vecinos. Aquel año, había seguido con su costumbre de comprarse ropa de estación, y de sustituir su refinado perfume invernal por uno más fresco y ligero. Aunque parecía como si una parte de ella hubiese muerto en aquel crudo y cruel invierno que le había arrebatado a James. La primavera la había reanimado hasta el punto de sentirse como una adolescente de aquella generación que había crecido en los años treinta, que todavía creía y buscaba —aunque rara vez lo encontrase— el «amor romántico». En aquel entonces esperaba vivir tal experiencia con verdadera impaciencia, pero, siempre que había estado a punto, había terminado por echarse atrás, siempre pasaba algo. Ahora, claro está, no esperaba ya vivir nada semejante o, quizá fuese más exacto decir, nada en absoluto. Pero, en las noches serenas, más de una vez subía al apartamento de arriba y se asomaba a ver la calle.

Y, una de esas noches, mientras estaba de pie frente aquella ventana con barrotes —los barrotes sobre los que habían bromeado con James el día que él se trasladó a vivir allí—, vio que un joven se acercaba a la casa caminando. James nunca había ido a verla a pie, y se entristeció al pensar que ni siquiera sabía cómo era el coche nuevo que Humphrey le había dicho que se había comprado aquella primavera.

Leonora veía muy bien de lejos, y reconoció al joven mucho antes de que éste llegase a la casa. Era Ned. La descorazonó notar el efecto que le produjo verlo, todo volvió de pronto a su mente. Por un instante, pensó en hacer como si no estuviese en casa, pero en seguida se impuso su innata presencia de ánimo. Ned seguía siendo «un enemigo a batir». Fue al dormitorio a «retocarse» un poco, y luego se sentó a esperar.

Ned se había imaginado a sí mismo avanzando hacia aquella casa a primera hora de una soleada tarde, para ir a darle a Leonora lo que consideraba como una buena noticia. Había estado pensando qué flores llevarle y, al final, optó por un sencillo ramito de azucenas, como si se viese a sí mismo en la sencillez de aquellas flores, como si él —que seguía siendo el amor de su madre, que estaba allá en su jardín de Nueva Inglaterra— las hubiese cogido con sus propias manos.

—Pero, Ned… —exclamó Leonora, en un tono sorprendido que sonó de lo más convincente.

Ned veía también muy bien de lejos y la había visto asomada a la ventana al acercarse a la casa.

—Querida Leonora…

Sus mejillas se rozaron levemente y, por un instante, sus perfumes se mezclaron.

—Son para usted, claro está, estas flores —dijo él, acercándole el ramo con cohibido ademán, casi como un niño que se lo ofrendase a un miembro de la realeza —. Claro que, con tantas como tiene en su jardín. No caí…

—Bah. Si apenas tengo. Y me encantan. Aquí quedarán preciosas —dijo Leonora, arreglándolas en un jarrón Victoriano, con ramitas de nomeolvides esmaltadas al fuego.

—Seguro que debió de regalárselo James —dijo Ned amablemente.

Leonora no contestó, pero se apresuró a ofrecerle una copa y a servírsela, acompañándolo ella también.

—Es, en parte, por Jimmie por lo que he venido a verla —siguió diciendo Ned.

—¿Ah, sí?

Leonora aún no le había preguntado por qué había venido, aunque difícilmente no iba a estar su visita relacionada con James.

—¿Verdad que antes tenía usted la sala de estar de otra manera? Me gusta así. Y ese vestido la favorece mucho; no se lo había visto.

Ned dejó vagar la mirada, especulando sobre el precio de todo lo que veía, tal como hiciera en su primera visita.

—¿Qué me iba a decir sobre James? —le preguntó Leonora, harta ya de su escrutadora observación.

—Ah, Jimmie… —exclamó él, con fingido desenfado—. Quizá lo entenderá en seguida si le digo que he venido a despedirme.

—¿Vuelve a los Estados Unidos?

—Sí. Mi madre no se encuentra muy bien últimamente, y creo que debo estar con ella.

Ned siguió allí sentado, con modoso talante, mirando su copa, que sujetaba firmemente entre las manos, mientras aguardaba a ver cómo reaccionaba Leonora. A Ned se le había complicado mucho la vida en Londres últimamente —porque el encuentro con aquel joven en el bar del teatro no había sido el último, ni mucho menos— y huir parecía la única solución. Varias personas, entre quienes consideraba a James la más importante, desaparecían así de su vida de un solo golpe, porque ninguna de ellas estaba en condiciones de seguirlo a los Estados Unidos ni de dudar de que su madre lo necesitaba.

—¿Está muy enferma acaso? —preguntó Leonora.

La ligerísima vacilación de Ned, apenas perceptible, le dio la respuesta.

—Lo siento de veras —le dijo ella, por cumplir—, pero confío en que su estancia en Londres le haya resultado positiva. Me refiero a que haya podido terminar su investigación… —añadió, superponiendo sus palabras al recuerdo de aquella tarde, en la que fueron a la casa de Keats—. James lo echará de menos.

—Qué va, Leonora —exclamó él, inclinándose hacia adelante, como si fuese a cogerle las manos.

Leonora se hizo hacia atrás.

—De eso quería hablarle —prosiguió Ned—. Es que yo ignoraba… Me quedé de una pieza cuando supe que había dejado de verla.

—¿No irá a decirme que no lo sabía? —dijo Leonora, estupefacta.

—Pues le juro que no. Ni en sueños hubiese imaginado yo que Jimmie pudiese mostrarse tan des… —dijo Ned, como si no acertase con la palabra justa, que Leonora no se molestó en completar—. Pero, ahora que yo me voy, todo puede volver a ser igual que antes. Créame, Leonora, si yo hubiese siquiera imaginado… Cuando Jimmie me lo dijo, estuve noches sin poder dormir, pensando en lo que debía usted haber sufrido.

Leonora no hizo ningún comentario.

—Me consta que a Jimmie le encanta esto —prosiguió Ned, mirando en derredor —. Todo tan bonito… La ha echado mucho de menos, y supongo que también usted a él.

Ella trató de decir algo, pero no le salían las palabras. Tuvo que hacer acopio de toda su fortaleza, y de su capacidad para controlarse, para que no se le saltasen las lágrimas.

Ned la observaba sin asomo de emoción, preguntándose si acabaría por derrumbarse y disponiéndose a consolarla si así era. Las lágrimas, que tantos consideran como el arma más poderosa de la mujer, no lo conmovían a él en absoluto, pero se le daba bien consolar a las mujeres cuando lloraban. Había habido muchas en su vida; empezando por su madre y terminando por mujeres, mayores o más jóvenes que él, lo bastante tontas como para esperar más de lo que estaba dispuesto a darles. Había visto muchas veces, con desagrado, rostros enrojecidos e inflamados de tanto llorar, de manera no muy distinta a como Leonora había visto a Meg llorar por Colin. Hacían muy mal las mujeres mayores no sabiendo contener las lágrimas, porque se les ponía un aspecto horrible.

Pero Leonora parecía estar afrontando la situación con tanta elegancia como solía afrontarlo todo. Si confiaba en que se le derrumbase, se había llevado una desilusión. ¿Cabía imaginar que Jimmie ya no le importase en absoluto?

—No tiene por qué preocuparse por mí —le dijo él en un tono casi cariñoso—. Puede que nunca volvamos a vernos. Sólo deseo que usted y Jimmie sigan felices con su maravillosa amistad.

Ned se sintió generoso —bondadoso también— al decirlo, porque lo dijo sinceramente. Su copa estaba ya vacía y esperaba que Leonora se la volviese a llenar y le diese las gracias por devolverle a James. Pero ella no hizo ni lo uno ni lo otro. Su silencio le resultó a Ned desconcertante.

—Tiene que perdonarlo —prosiguió él.

Eso era lo que debían hacer las mujeres, y lo que tantas veces hacían, a tenor de su experiencia. Sabían restarle importancia a las cosas, aceptar a quien volvía a ellas; y, sobre todo, sabían perdonar.

—Pero es que James no me ha pedido que lo perdone.

¡Que no se lo había pedido! La verdad era que Jimmie se lo podía haber puesto un poco más fácil.

—Pues, si no lo ha hecho, lo hará, y usted no debe ser excesivamente dura con él. ¿No lo perdonaría si se lo pidiese de rodillas?

Leonora no contestó.

—¿No irá a decirme que si llamase a su puerta se la cerraría?, ¿que lo dejaría marchar, como en aquel pasaje final de Washington Square? Porque seguro que ha leído usted a Henry James, un novelista que va mucho con su carácter.

—Claro que he leído a Henry James —dijo ella, remetiéndose en la manga el pañuelo bordado que había estado estrujando, y levantándose—. Adiós, Ned. Espero que cuando llegue a su casa encuentre a su madre ya muy mejorada.

—¿Mi madre? Ah, gracias, seguro que sí. Y eso me recuerda que voy a tener que ir a Liberty’s a comprarles regalos a mis amigas. ¿Qué me aconseja usted? Preciosas telas para vestidos, supongo, pero siempre me entran ganas de comprar uno de esos hipopótamos de piel, para una tía mía que no es precisamente santo de mi devoción —fue diciendo Ned, con su habitual facundia—. Lo he pasado maravillosamente en Londres, y ha sido estupendo conocerla, Leonora. Estoy seguro de que, con el tiempo, usted y Jimmie… —añadió mirando a través de la ventana, como si albergase la esperanza de ver a James llegar, arrastrándose penosamente hasta la casa como un penitente.

Ya en el vestíbulo, dirigió la mirada, con ufano talante, hacia donde solía estar la cornucopia de James, pero ya no estaba allí. Y se quedó con las ganas de contemplarse en el espejo. Se volvió hacia Leonora y la besó, marchándose sin más dilación. Justo entonces pasaba un taxi y Ned lo cogió.

Leonora se quedó en el umbral viendo cómo se alejaba, con la sensación de haberse desquitado no poco, e incluso de haber conseguido una relativa victoria, aunque ya poco pudiese importar.

Con el sol de la tarde, se fijó en que sus jarrones de porcelana y sus objetos de cristal estaban sucios de polvo y se puso a limpiarlos. Así se entretendría. Y, al coger un jarrón en miniatura, decorado con flores, se percató de que uno de los pétalos de los nomeolvides se había desconchado. ¿Cómo no se había fijado antes? No podía soportar la menor imperfección en su sala de estar y, justo en el momento en que se disponía a retirar la miniatura y a guardarla en un armario, sonó el teléfono.

Era Meg. Le preguntó si podía pasar a verla. Quería preguntarle algo, algo que sería mucho más fácil hablar personalmente que por teléfono.

Una de las cosas de las que James había privado a Leonora era del placer de los momentos de soledad querida, de los que antes tanto había disfrutado. Y, ahora, casi se alegraba de las irrupciones de Liz y de la pejiguera de Meg hablándole siempre de Colin. Notó que acogía con entusiasmo la llamada de Meg, al decirle que estaría encantada de verla.

—¿Has cambiado algo en la sala de estar, verdad? —dijo Meg, nada más entrar —. El sofá estaba en otro sitio, ¿a que sí?

Leonora sirvió unas copas y se sentaron. Al tomar un sorbo de su copa de ginebra, recordó que ya se había bebido una bien cumplida con Ned. Porque la había necesitado. Así que por eso notaba la cabeza un poco ida, como si soñase.

—¿Y cómo está James? —le preguntó Meg, con su habitual propensión al cotilleo —. Pensé que habrías salido con él, o que estaría aquí contigo al llamar. ¿Está de viaje? ¿Ha ido a Europa, en viaje de compras para la tienda?

—James está…

Leonora no pudo seguir. Las lágrimas que había estado conteniendo, para que no se le saltasen delante de Ned, se desbordaron ahora, y empezó a sollozar y a temblar de puro desconsuelo. Por más que la emoción la pudiese, se percataba de cuánto la avergonzaba haber estallado. Era el colmo de la ironía que fuese a derrumbarse precisamente delante de Meg. Se tentó la manga en busca del pañuelo, porfiando por controlarse, por decir algo que justificase comportarse de una manera tan poco habitual en ella. Pero Meg se le adelantó, prodigándole palabras de consuelo. Se acercó al sillón en el que estaba sentada Leonora y la rodeó con sus brazos; y, aunque a Leonora su contacto le resultó desagradable y trató de desasirse, no tuvo fuerzas ni para eso.

—Querida, ya sabía yo lo que había pasado —musitó Meg—. Lo imaginé… lo de James. En Navidad trataste de hacer como si tal cosa, pero yo me di cuenta. ¿Te ha dejado, no?

Leonora no necesitó contestar.

—Otro igual que Colin —prosiguió Meg—. He pasado tantas veces por lo mismo… Pero, al final, siempre vuelven. Ya lo verás.

—No… —exclamó Leonora, sorprendida de su propia vehemencia—. Ya nunca sería igual.

—Ahora lo ves así —le dijo Meg—, pero ya verás… Todo se arreglará. No puedes pretender que todo sea siempre perfecto, Leonora, porque nunca lo es.

Leonora, recuperando un poco la compostura, empezaba a percatarse de lo ridícula que estaba Meg, arrodillada allí en el suelo, por más nobles y generosos que fuesen los sentimientos que expresaba, respecto a aceptar a los demás tal como son, y a amarlos, con independencia de lo que hagan.

—Parece que se llora mucho últimamente en esta casa —dijo Leonora, tratando de recuperar su buen humor—. ¿Habrá sido la ginebra? Deja que te sirva otra copa, Meg. Estoy segura de que la necesitas.

—Bueno, pero ponme sólo un poco y con mucha tónica —dijo Meg, volviendo a su sillón.

—Habías venido a preguntarme algo —dijo Leonora—. ¿De qué se trata?

—Ah, sí. Es por tu apartamento de arriba… Pensaba si lo habrías vuelto a alquilar. Porque el hermano de Colin está buscando uno, y es un joven encantador. Estoy segura de que te caería bien y de que sería un inquilino modélico.

—Oh, Meg, me temo que eso va a ser imposible —dijo Leonora con su tono más amable—. No creo que fuese capaz de soportar a un joven.

—Pues podría ser bueno para ti —dijo Meg—. Me refiero a que… Oh, Leonora, ¿qué va a pasar con James, y contigo? ¿Has pensado en ello?

—Lo superaré, Meg, gracias. Y, en cuanto a James, ¿quién sabe? Puede que incluso llegue a casarse.

—¿Tú crees? Estoy segura de que Colin nunca se casará —dijo Meg, con un ligero aire de superioridad.