Murió la dulce paloma
Capítulo XI
La cornucopia era, sin duda, muy del estilo de Leonora. El espejo estaba un poco desportillado y, según con qué luz lo enfocase, veía en él el rostro de una mujer de otra época, fascinante y de indefinida edad. Podía ser una buena idea utilizarlo para arreglarse, y ahorrarse por lo menos algunos de los penosos descubrimientos que venía haciendo últimamente: arrugas donde no las hubo, y ese ajamiento y gradual deterioro de la piel que tan descorazonador resultaba en una mañana de primavera o de verano.
Aquel día tenía que ir al dentista, Mr Lambe, un viejo amigo que la admiraba incluso en las poco propicias circunstancias en que tenían lugar sus encuentros dos veces al año. Era un hombre apuesto y bien conservado que coleccionaba netsuke; algo tendrían que ver los dientes con la atracción que los pequeños objetos de descolorido marfil ejercían sobre él. Le habló con entusiasmo de su última adquisición, mientras le llenaba a Leonora la boca con algodón y le colocaba el tubo de drenaje antes de empastarle una muela.
—¡Una avispa en una pera podrida! —exclamó él, con voz cantarina—. ¡Cómo no iba a llamar la atención de un coleccionista con semejante descripción! Por desgracia, no pude ir a la subasta… ¿Qué tal? Ahora, sólo apriete los dientes, Miss Eyre… ¿A que no le molesta? Algo increíble: lo adjudicaron por dos libras y media. ¡Dos libras y media! Por suerte se lo pude comprar… al comprador. ¡Menuda tragedia lo del robo de la tienda! ¡Pobre Mr Boyce!
Mr Lambe era también el dentista de Humphrey, que no hacía mucho había ido a verlo, de manera que estaba al cabo de la calle sobre el robo de las codornices. Leonora cerró los ojos, mientras Mr Lambe hurgaba de nuevo, para hacerle otro pequeño empaste. Dos empastes en una visita… incluso sus bonitos dientes empezaban ya a periclitar.
—Aquellas codornices —seguía farfullando Mr Lambe—, tan primorosas. Los ladrones debían de ser de esos que saben muy bien lo que hacen. Son robos que nada tienen que ver con esos vulgares ladrones de los barrios bajos.
De uno de esos barrios bajos procedía Mr Lambe, aunque no se veía a sí mismo con tal origen.
—Creo que un ladrón que sabe lo que se hace podría robar netsuke incluso en los barrios bajos —dijo Leonora—, y en cambio un ladronzuelo no sabría su valor.
—No, desde luego, una persona de pocas luces difícilmente se sentiría atraída por cosas así. Le atraería más un televisor o una cubertería.
Leonora volvió a cerrar los ojos. La tarde era calurosa y la pejiguera de los empastes, unida a la conversación de Mr Lambe, hacía que se sintiese un poco mareada. Al aparecer la enfermera con su pañuelo y sus guantes, Leonora se percató de que la joven la observaba de arriba abajo mientras se ceñía cuidadosamente el pañuelo al cuello.
—Está usted un poco pálida —dijo Mr Lambe—. Debería ir a tomar un té. Hay unos sitios preciosos por Wigmore Street.
Leonora conocía de sobras varios de aquellos salones de té, donde mujeres elegantes como ella y ociosos caballeros de edad interesante solían pasarse una hora tomando té o café y comiendo pastelillos. Menos mal que Mr Lambe no le había prohibido comer, porque así podría dar buena cuenta de una de sus tartas preferidas, bucles de puré de castañas y crema sobre hojaldre o delicado bizcocho. Con toda seguridad bocados tan exquisitos habían sido creados para ocasiones como aquélla, porque Leonora no estaba precisamente de su mejor humor, después del agotador rato con el dentista y sin poder mimar a James.
Mientras aguardaba a que le trajesen el té, sacó la postal que él le había enviado, tan tierna y afectuosa, diciéndole que la echaba de menos; tan pronto; y con todo su amor.
—Es aquí —dijo Jennifer—, y ahí está mi madre. Pone una cara como si llevase un siglo esperando.
—Perdone el retraso —dijo Phoebe, mirando algo incómoda en derredor.
No era en modo alguno el tipo de establecimiento que le gustaba, pero se le iluminó la cara al ver que la camarera se acercaba a la mesa con una bandeja de pasteles y enarbolando las pinzas.
Leonora, desde la mesa del rincón, ponía cara de pocos amigos, porque había llegado antes y tenían que haberle servido primero. Pero, bueno, por lo menos ya tenía el té.
—Voy a tomar una de estas de castañas —dijo Jennifer—. Pero…, espera, me parece que sólo hay una. ¿La quieres tú, Phoebe?
—No, tómala tú. Prefiero una tartita de fresa.
La camarera fue entonces hacia la mesa de Leonora.
—Lo siento, señora —repuso la camarera, al pedirle Leonora lo que quería—, pero aquella joven ha pedido la última de castañas.
—Pues es un fastidio —dijo Leonora en tono petulante—. Porque vengo del dentista y no puedo comer nada duro.
—Ninguna de estas tartas es dura, señora —dijo la camarera, un poco airada—. Son todas de hoy.
—Bueno, pues una de estas de café.
Leonora dirigió entonces una mirada de muy pocos amigos —incluso una persona tan encantadora y amable como ella era capaz de mirar así, si la ocasión lo justificaba — en dirección a la mesa en la que estaban sentadas Phoebe, Jennifer y su madre. Pero ni aquella joven tan vulgar; ni la mujer mayor, tan poco elegante y rodeada de paquetes y bolsas de la compra; ni la jovencita vestida de manera tan inadecuada para la ciudad, con aquellas floreadas bolsas de papel, parecían dignas de que les prestase la menor atención. Y en seguida se olvidó de ellas, concentrándose en la exquisitez de su tarta de café, casi tan deliciosa como la de castañas.
Sólo un diplomático brasileño retirado, la clase de hombre que podía disponer de tiempo libre para tomar el té de las cinco, y que estaba sentado equidistantemente de las protagonistas, se percató del pequeño drama, si es que así cabía considerarlo. ¿A qué se deberá?, se preguntó. ¿Algo serio? Una hermosa mujer disgustada por una tarta, una nadería, en realidad. Pero nunca se sabe…
Leonora salió a tomar un taxi en cuanto hubo dado cuenta del té. Ya casi frente a su casa, reparó con desagrado en las descoloridas cortinas de percal agitándose en la ventana del apartamento de Miss Foxe. ¡Qué maravillosa sería la casa cuando fuese sólo suya! Mientras se preparaba una cena ligera, Leonora empezó a darle vueltas a qué iba a hacer con el espacio sobrante. Y entonces sonó el teléfono. Era Humphrey; le preguntaba si podía ir a verla, pensando que quizá se sintiese un poco sola.
Qué amable era la gente, se dijo Leonora, preparando una bandeja para tomar unas copas, mientras aguardaba a que llegase. Coñac y café, ¿no? Ella prefería crema de menta. Se había cambiado y llevaba un vestido de chiffon verde que le había hecho pensar en la crema de menta.
Humphrey le había traído una bandejita de porcelana; la había comprado en Portobello la semana anterior. No era gran cosa, pero pensó que le agradaría. Y, en efecto, a Leonora le encantó la escena victoriana representada en la bandejita: varias jóvenes bajo un árbol, un cedro, según convinieron.
—Ah, cómo me hubiese gustado vivir en aquella época —se lamentó Leonora.
—Mi querida amiga, la habría encontrado usted de lo más desagradable —dijo Humphrey—. Tiene una idea demasiado romántica del pasado… y también del presente —añadió.
—Sí, supongo que porque una tiene la sensación de que la vida sólo es soportable viéndola con ojos románticos —admitió Leonora—. Y en realidad es una actitud un poco perversa, cuando se piensa en lo mucho que otros sufren, pero es que se siente una impotente, porque, ¿qué puede uno hacer? De manera que trata uno de vivir lo mejor posible…
Leonora se interrumpió, insatisfecha con su manera de expresarlo, porque, en cierto modo, le recordaba a Miss Foxe, yendo a la iglesia temprano los domingos por la mañana. Y no era a eso, en absoluto, a lo que se refería.
—… Goza una de las cosas hermosas y hace alguna que otra obra de caridad, desde luego, y —dijo, inclinándose a tomar un sorbo de su crema de menta— trata uno de amar al prójimo tanto como puede…
Humphrey dejó que le volviese a llenar la copa, al hacer ella una nueva pausa. No sabía cómo expresar lo que estaba pensando.
—Supongo que con eso quiere decir que quiere a James —dijo él, pese a que no era en absoluto lo que pensaba.
—Claro, ¿cómo no va una a adorar al encantador James? —dijo ella, con mayor efusión de lo habitual.
—Pues es algo muy poco realista, querida, poner su cariño en James. No creo que se le oculte a usted que a nada puede conducir.
—Pero no hay por qué esperar que, forzosamente, tenga que conducir a algo, como usted dice.
—Es una relación un poco contra natura —insistió Humphrey—. Una mujer atractiva, de su edad, con James… —añadió, sin saber qué decir exactamente de su sobrino, cuyas inclinaciones sexuales nunca había tenido muy claras—. Es mucho más joven que usted. Y, algún día, querrá casarse con una chica de su edad, sin duda. ¿Y qué hará entonces usted?
No cabía duda de que, por lo menos respecto a la juventud de James, Humphrey estaba en lo cierto.
—No hay que pensar tan a largo plazo —dijo Leonora, desmayadamente—, pero, desde luego, yo sería la última persona de este mundo en interponerse en el camino de James, si él quisiera…
—Pero, es que yo quiero… —dijo Humphrey súbitamente—. Ya lo sabe — añadió, acercándosele e inclinando su corpachón hacia ella.
Y ahora me va a besar, pensó Leonora. De pronto le entró tal pánico que rogó a Dios que no pasase de ahí. Trató de decir algo para detenerlo, incluso de gritar, pero no logró articular el menor sonido. Humphrey era más fornido y fuerte que ella, y su beso muy distinto al reverente roce en los labios, la mejilla o la frente que era a todo lo que James parecía querer llegar. No podía perder una la dignidad, por supuesto, se dijo Leonora, porque ya no era una cría. Verse libre de este tipo de cosas era una de las ventajas de envejecer, y de ver cómo se iba marchitando la propia belleza. Lo lógico era no tener que verse en el trance de desembarazarse de ningún pulpo. Aunque le servía de bien poco pensar así en aquellos momentos. Porque la mano de Humphrey, aquella mano tan acostumbrada a apreciar objetos de art et vertu, se había introducido por el cuello de su vestido, y le habría, sin duda, rasgado el delicado chiffon —si no algo más—, de no ser porque unos discretos golpecitos en la puerta hicieron que la retirase de inmediato.
Aquella manera de llamar, tan discreta y cohibida, sacaba de quicio a Leonora. E incluso entonces, aunque sintiese sobre todo alivio y gratitud por la interrupción — casi providencial—, no pudo disimular del todo lo mucho que le fastidiaba la estupidez de Miss Foxe. Porque estaba segura de que sabía que ella estaba con alguien; con el coche de Humphrey aparcado tan a la vista frente a la entrada, y el vestíbulo que, seguramente, aún olía al humo de su cigarro.
Humphrey se había levantado del sofá de un salto, y estaba de pie mirando a través de la ventana cuando Leonora abrió la puerta, de manera que Miss Foxe no pudo verlo de inmediato. Cuando al fin se percató de su presencia, se deshizo en excusas: si llega a saberlo… cuánto lamentaba haberla interrumpido; qué torpeza, nunca se le hubiese ocurrido llamar si lo llega a saber…
—Pase, Miss Foxe —dijo Leonora, bastante nerviosa—. ¿Conoce a Mr Boyce? Le presento a Miss Foxe, Humphrey, que vive en el último piso. ¿Ocurre algo, Miss Foxe?
—No, que tengo una gotera —repuso ella—, pero nada importante en realidad.
—¿Llueve? —exclamó Leonora mirando hacia la ventana.
El caluroso día había terminado en tormenta, sin que ella lo advirtiese, un verdadero filtro amoroso, o afrodisíaco, al decir de las gentes.
—Pues sí que llueve —dijo Leonora—. ¿Y qué quiere que yo haga?
—Bueno, si tuviese usted un cubo… —empezó a decir Miss Foxe.
—¿Un cubo? —exclamó Leonora.
Aquello era el colmo. ¿Acaso tenía ella aspecto de tener un cubo?
—Sí, mujer, algo para poner debajo de la gotera —dijo Humphrey, divertido ante la idea de dos señoras carentes de cubos—. Subamos a ver, si a Miss Foxe no le importa.
La siguieron escaleras arriba, hasta la salita. Humphrey reparó en que tenía un par de muebles de buena calidad y algunas cosillas de porcelana, y tomó mentalmente nota de ello. En uno de los rincones del techo había una grieta, y el agua goteaba hasta un jarrón de porcelana china.
—Pero, querida Miss Foxe, ésa es una pieza muy valiosa —dijo.
—¿De veras? —replicó ella con desenfado—. En casa teníamos dos. Solían estar en el salón llenos siempre de un montón de cosas. Me parece que fue un tío-abuelo quien lo trajo de Oriente.
—Tiene usted aquí algunas cosas preciosas —dijo Humphrey, mirando a través del cristal de una vitrina que estaba en un rincón—. Si alguna vez necesitase des…
No le pareció delicado terminar la frase.
—Es que Mr Boyce es anticuario —explicó Leonora—, y estaría encantado en aconsejarla si alguna vez quisiera usted venderse algo.
—Oh, espero no tener que hacerlo nunca —dijo Miss Foxe—. Me gusta rodearme de mis tesoros. Bah, ya no gotea tanto.
—No, es que ha parado de llover —dijo Humphrey—. ¿Sabe qué? —añadió, volviéndose hacia Leonora—. Le enviaré a mi albañil por la mañana. Es un hombre honesto que le cobrará lo justo.
—Oh, cuánto se lo agradezco —dijo Miss Foxe, en tono exageradamente efusivo, si se tenía en cuenta que era más por Leonora que por ella por lo que iba a mandarle el albañil.
Humphrey y Leonora volvieron abajo. Aún quedaba un poco de coñac en la copa de Humphrey, pero era evidente que la velada había llegado al final. Nada dijeron sobre la escena que había tenido lugar antes de la interrupción de Miss Foxe, pero Humphrey tuvo la impresión, a juzgar por la frialdad —casi exagerada— y las afectadas maneras con que lo despidió, de que se había puesto en ridículo. Lo besó no obstante en la mejilla, como solía hacer al despedirse, y él le reiteró la promesa de enviarle al albañil por la mañana. Quizá aquel pequeño detalle práctico fuese más adecuado que darle vueltas para enviarle algún obsequio o el consabido ramo de flores. Porque, además, ¿qué había hecho para tener que hacerse perdonar? No había hecho más que mostrarle que la consideraba atractiva. ¿Acaso no les gustaba a todas las mujeres sentirse, ocasionalmente, afirmadas por gestos de esa naturaleza?
Tampoco Leonora quiso darle demasiada importancia. Aquel cómico Humphrey. Debía de haber sido el coñac. No era la clase de hombre de quien una esperase algo así. Al examinar el vestido vio que no se lo había rasgado, sólo se lo había descosido un poco por la sisa, y con dos puntadas estaba arreglado.