Murió la dulce paloma

Barbara Pym · Capítulo 13 de 26

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Murió la dulce paloma

Capítulo XII

Poco después de su visita al guardamuebles, Phoebe tuvo que ir a Londres para comprar papel carbón y una cinta nueva para la máquina de escribir, porque había pasado a máquina tal cantidad de materiales del diario de la escritora que hasta la cinta había palidecido, y le salía todo de un gris casi indescifrable. Cerca ya de la hora del té, que no era, desde luego, una de las horas ante las que el subconsciente de Phoebe reaccionaba de manera automática, se encontró cerca de Sloane Square, en dirección a la tienda de antigüedades. Se había hecho el vago propósito de hablar con alguien —aunque en realidad no tenía idea de con quién—, con la esperanza de saber algo más de James de lo que su última postal permitía deducir.

No vio a nadie al acercarse al escaparate, hasta al cabo de un momento en que vio asomar por la trastienda a una mujer con una taza blanca en la mano.

—Lo siento —dijo ésta, al ver entrar a Phoebe—. Mr Boyce está al llegar. ¿Puedo atenderla yo, entre tanto?

—Soy una amiga del sobrino de Mr Boyce —dijo Phoebe, sin arredrarse.

—Ah, en tal caso, permítame que le ofrezca una taza de té —dijo Miss Caton, visiblemente aliviada—. Me temía que fuese usted una clienta.

Phoebe aceptó el té casi de mil amores, aunque estaba terriblemente fuerte, pues estaba muerta de andar. Miss Caton era una amable personita, proclive a hablar por los codos. De manera que a Phoebe le vino casi rodado poder preguntar, como de pasada, si conocía a Miss Eyre, que era quien se había encargado de embalar los muebles de James.

—Ah, Miss Eyre —exclamó Miss Caton, en tono casi reverente—. Es muy amiga de Mr Boyce. ¿Recuerda que nos robaron? Pues le envió flores… ¿A que fue un detalle bonito? Y me parece… —dijo, dudando por un instante—,…me parece que Mr Boyce la lleva al Covent Garden esta noche.

Bueno. Así que Miss Eyre era amiga de Humphrey. Eso lo explicaba todo. Era perfectamente natural que ella supervisase la operación de embalaje de los muebles de James. Debía de ser para James casi como una tía. No tuvo tiempo de sonsacar más información, porque Humphrey llegó en seguida, evidentemente molesto por algo. Phoebe se percató de que Miss Caton escondía las tazas de té enseguida, casi como si no quisiera que él las viese.

—¡No hay derecho! —exclamó él—. Toda la tarde perdida.

Phoebe se sintió obligada a decir algo, pero él prosiguió como si no reparase en su presencia.

—El lote 90 tenía que haber salido hacia las tres, pero al llegar yo, a las tres menos diez, ya iban por el 105.

—¡Madre mía! ¿Y cómo es eso? —musitó Miss Caton.

—Porque una imbécil decidió retirar sus miserables trastos de la subasta… «Efectos Personales de una Dama… retirado».

—Esta joven es amiga de Mr James —dijo Miss Caton, señalando a Phoebe.

Humphrey pareció sobresaltarse. El aspecto un tanto extraño de Phoebe no le atraía, pero era una mujer, y joven. ¡Ajajá!, exclamó para sí, en tono deliberadamente melodramático. De manera que el joven James tenía un lío secreto. A ver qué decía de eso Leonora.

—¿Hace mucho que conoce a James? —le preguntó.

—Lo conocí hace algún tiempo, en una fiesta —explicó Phoebe—. A veces viene a verme al pueblo donde estoy viviendo… trabajando, en realidad, provisionalmente.

Acabáramos, pensó Humphrey. Ahora ya no le importaba reconocer sus dudas sobre a qué sexo debían de pertenecer los amores de James. Quizá, al ser tío y sobrino, su relación era demasiado estrecha para que se le confiase en tales cosas. O puede que se debiese a todo lo contrario: a que no fuese suficientemente estrecha. De lo que no cabía duda era de que se trataba de una chica. Se había puesto las gafas para asegurarse, porque, en estos tiempos, no siempre resultaba tan fácil.

—Ay, Dios, espero que Miss Caton la haya atendido debidamente. ¿Le apetece una copita de jerez?

—Bueno, sí —dijo Phoebe, algo cohibida.

—James me ha escrito muy contento desde Zaragoza —prosiguió Humphrey, esforzándose por pronunciar correctamente el nombre de la ciudad—, pero, naturalmente, usted debe de tener noticias más recientes que yo.

—Pues la verdad es que no —dijo Phoebe, contristada.

—Es que el correo en España va fatal y el nuestro ya no es lo que era —dijo Humphrey, quitándole hierro a la cosa—. Ahora irá a Portugal y en seguida regresará. Parece que ha conocido a alguien en el viaje.

—¿Alguien relacionado con las antigüedades? —preguntó Phoebe, tratando de no mostrar excesivo interés.

—Un norteamericano que se llama Ned —dijo Humphrey—, así que no creo.

Phoebe sintió un auténtico alivio al saber que se trataba de un hombre, porque habría podido ser perfectamente una chica.

—Así no se habrá sentido tan solo —dijo Miss Caton, por decir algo—. Es como cuando uno va solo de vacaciones. Yo prefiero ir en grupo.

—Pero James no está de vacaciones —le recordó Humphrey—. Va en viaje de compras, y confío en que se traiga algo que merezca la pena.

—Tengo que marcharme ya —dijo Phoebe—. Tengo que ir a casa de mi madre a Putney, a East Putney.

—Ah, pues tiene el metro en Sloane Square, creo que hay una buena correspondencia —dijo Humphrey, con la falta de convicción propia de quien nunca utiliza el transporte público—. ¿Verdad, Miss Caton?

—Sí, sí —dijo Miss Caton con seguridad—. Puede coger la District Line.

—¿Está segura? —dijo Humphrey—. Pregunte, de todas maneras, en la estación.

Phoebe, que sabía perfectamente que podía ir a East Putney desde Sloane Square, se fue bastante satisfecha del resultado de su visita.

 

Tal como Miss Caton le había revelado a Phoebe, Humphrey iba a llevar a Leonora a la ópera aquella noche. No era un espectáculo que a él le entusiasmase en exceso, pues no sabía nada de música, aunque sí lo que le debía gustar. Representaban Tosca, que era la ópera favorita de Leonora. ¿Era aquella predilección —casi una pasión— por Puccini algo que no iba del todo con ella?, se preguntaba Humphrey. ¿No tenía aquello algo de vulgar? ¿No la habría, quizá, admirado más de ser Mozart su predilecto? Pero aquella pequeña imperfección la hacía parecer más humana, y era bastante lógico que se identificase con la heroína. Pocas mujeres debía de haber, pensaba él, que no creyesen vivir enamoradas del arte y del amor. Era una lástima tener que darle lo que podían ser para ella malas noticias. En realidad, podía callarse lo de la visita de la joven, pero pensó que era mejor que Leonora lo supiese.

¿Quién mejor que él para decírselo?

Leonora estaba muy bonita, con aquel traje de noche negro que le daba un aire distante.

—Qué música más arrebatadora —le susurró ella, inclinándose hacia él, y dejando que la manga de Humphrey rozase su brazo desnudo.

Era evidente que ya le había perdonado su impropio comportamiento de la otra noche, que él, por su parte, se había apresurado a enmendar enviando al día siguiente por la mañana a su albañil, que había reparado la gotera en seguida. Este «dicho y hecho» era lo que una esperaba de alguien como Humphrey, pensó Leonora, apartándose un poco.

¿Habría sido Tosca la mejor elección, teniendo en cuenta la noticia que tenía que darle? Porque, si bien no costaba mucho trabajo imaginar a Leonora como la heroína, enamorada del arte y del amor, sí era difícil imaginar a James, o a sí mismo, como Mario y Scarpia. Él no había querido forzar demasiado las cosas, se decía Humphrey, no sin cierta presunción. Se había contentado con aguardar a que ella se sintiese movida a entregarse, y aquél podía ser el momento. ¿Cuándo y dónde debía darle la noticia? No en el atestado bar, en el siguiente entreacto, porque, ya en el primero, había estado aguardando inútilmente a que le sirvieran una copa. Y, en el próximo, podía ser una crueldad, con la perspectiva del trágico último acto. Lo mejor era hacerlo mientras cenasen.

—Todo, menos el jamón de Parma ahumado —se apresuró a decir Humphrey, mientras, terminada la ópera, se hallaban ya en el restaurante mirando la carta.

Un colega había tenido una mala experiencia con aquel jamón. Una buena sopa bien caliente podía sentarles de maravilla a los dos, pero Leonora optó por aguacate relleno de gambas. Humphrey aguardó a que ella lo probase, y dijese que era delicioso, antes de atacar su objetivo.

—Querida —dijo—, tengo que darle una noticia.

—¿Noticia? ¿Sobre qué? ¿Buena o mala? —dijo ella, bromeando.

—Según se mire. No sé si considerarla del todo «buena».

—Pues, si no es del todo «buena», ¿qué es? ¿Apasionante? ¿Divertida?

—Divertida, quizá.

La verdad era que le estaba dando demasiadas vueltas.

—¿A que no sabe lo que James nos tenía muy callado? —le preguntó, en un tono deliberadamente más pomposo de lo habitual.

—¿Ah, se trata de James? —dijo ella, cambiando de expresión—. ¿Y qué es ello?

—¡Pues que tiene un lío!

Ya se lo había soltado.

—Lleva yo qué sé cuánto con una chica, en un pueblo, y nosotros sin enterarnos.

Una gamba aterrizó en el mantel, aunque quizá hubiese sido de todos modos su destino.

—Qué manera más torpe de comer —dijo Leonora con aplomo—. ¿Será la edad? No sé si atreverme a coger la mahonesa con el cuchillo.

—Vamos —dijo Humphrey, algo nervioso—. ¿No irá a decirme que ya sabía lo de James?

—Pues… algo me barruntaba —dijo Leonora, tomando un sorbo de Sauternes—. James es muy guapo, y lo lógico era pensar que tuviese algún tipo de vida amorosa. ¿Cómo lo ha averiguado?

—Pues porque la chica vino a la tienda, obviamente deseosa de saber de él.

—¿Y no le ha escrito?

—Sin duda. Pero ya sabe cómo va el correo.

—Y de la manera que es James… Lo lógico es que le haya escrito. ¿Cómo es ella? ¿Joven? ¿Bonita? ¿Elegante? —dijo Leonora, tratando de que su tono no revelase excesiva curiosidad.

—Joven…, unos veinte años, calculo. No es que vista muy bien, con ese look que se gastan las chicas de hoy en día. Melena enmarañada y un chaquetón de cuero, de ante, me parece.

—Pues James siempre ha dicho que detesta los chaquetones de cuero. Le parecen de quiero y no puedo. ¿Y cómo se llama?

—Phoebe Sharpe.

—Phoebe Sharpe —musitó Leonora.

Y, de la misma manera que Jennifer había sentido cierta desazón y desagrado al oír el nombre «Leonora Eyre», Leonora sintió a su vez una ligera incomodidad. El nombre le recordaba algo de Gilbert and Sullivan (¿The Yeoman of the Guard?) y de la Becky Sharpe de Thackeray; una combinación inquietante, aunque puede que, dadas las circunstancias, cualquier nombre le hubiese resultado desagradable.

—Creo que su madre vive en Putney… En East Putney, me parece que dijo.

—Pues vaya cuadro que me pinta —dijo Leonora, riendo—. No encaja en absoluto con James. ¿Está seguro?

—Sí, sí. Iba a coger el metro, la District Line, desde Sloane Square, al salir de la tienda.

—No era nada difícil adivinar en qué parte de Putney —dijo Leonora—. Pero, ¿cómo sabe el carácter de su relación?

—Me dio esa impresión; no sabría cómo explicarlo. Además, hoy en día todos los jóvenes «se encaman». ¿No es ésa la expresión que utilizan?

—Qué sé yo —dijo Leonora un poco harta—. Rara vez tiene una ocasión de oír esas cosas, y no me interesa lo más mínimo estar al corriente de la jerga moderna. Pero eso de «encamarse» no me suena a mí tan moderno.

Humphrey parecía abatido.

—¿De manera que no le ha sorprendido en absoluto la noticia? —le preguntó.

—¿Sobre James? No, qué va; ya se lo he dicho. ¿Y quién sabe si a estas horas no se habrá liado con alguna bonita española?

—Eso me parece a mí que se temía la pobre Miss Sharpe —dijo Humphrey, aliviado al ver que Leonora se lo tomaba tan bien.

Ya en el taxi, de regreso a casa, él estuvo bastante afectuoso, en la medida en que ella se lo permitió. Pero no lo invitó a entrar. Total, pensó Humphrey, no habrían hecho más que hablar de James.

Leonora se quedó en el vano, con la puerta entreabierta, aguardando a que el taxi se alejase. Una mujer tan bonita no tiene por qué rebajarse a perder los estribos, le dijo a la cornucopia con los cupidos, aunque tampoco había que exagerar. En la cocina pensó que quizá «le apetecería» una taza de té indio bien cargado, pero no pegaba beber té después de una cena tan deliciosa. Estaba muy tranquila —o a lo mejor se había quedado catatónica de la impresión—, porque lo cierto era que no tenía ni la menor idea de que James estuviese saliendo con otra mujer, por más que hubiese fingido lo contrario ante Humphrey. Pero le había estado dando vueltas desde el mismo momento en que le dio la noticia, y ya sabía exactamente qué era lo que iba a hacer. Se desnudó, colgó y dobló su ropa metódicamente, y después se sentó en su escritorio y empezó a escribir una carta.

«Querida Miss Foxe», empezó, «me temo que voy a tener que pedirle que deje el apartamento a final de mes, en lugar de cuando expire el contrato, tal como habíamos convenido». «Convenido» era quizás exagerado, porque sólo habían hablado de lo que pudiese ocurrir en el futuro en términos sumamente vagos, y Leonora había confiado, con escaso éxito, en que Miss Foxe no se percatase enteramente de la fuerza que daba tener alquilado un apartamento sin muebles. De manera que, como hija de buena familia, cabía la posibilidad de que se aviniese a lo que Leonora desease. «Una persona muy querida regresa del extranjero», prosiguió Leonora, «y no tiene adónde ir, por lo que estoy segura de que se hará usted cargo de la situación». Leonora hizo otra pausa, pensando en que Miss Foxe imaginaría a la tal «persona» como a una mujer que le hubiese hecho un gran favor en alguna ocasión, acaso una ex institutriz o una amiga de la guerra. «Por supuesto haré todo lo que pueda para ayudarle a encontrar otro apartamento». Pensó que ésta era la fórmula adecuada. «Cordialmente, Leonora M. Eyre». Por la mañana se pondría en contacto con el guardamuebles. De momento no podía hacer nada más.