Murió la dulce paloma
Capítulo XXII
Era ya casi Navidad; de nuevo, inexorable, a la vuelta de la esquina, con la embarazosa obligación de prodigar detalles que, aquel año, parecían tener que ser más numerosos de lo usual. Ned pasaría las fiestas en Oxford, con sus amigos, algo molestos por el poco caso que les venía haciendo. La noche anterior al día de su partida, James lo invitó a cenar a Chelsea para darle su regalo, unos gemelos, muy caros por cierto. Para James había sido relativamente sencillo elegir, porque todo lo que le pedía Ned a un regalo era que fuese caro. Elegir el de Leonora había sido mucho más difícil. Los suplementos dominicales de la prensa no incluían la menor sugerencia sobre qué regalar a una mujer mayor con quien uno tenía conciencia de haberse portado mal. Cualquier cosa semejante a los «amorosos detalles» de otro tiempo parecía inadecuada. De manera que, al final, James optó por un libro de reproducciones de pinturas de la época victoriana. Sabía que Leonora se sentiría decepcionada. Y, aunque no se lo dijese en la cara, lo notaría por su tono de voz al darle las gracias; igual que se lo notó a Miss Caton, al abrir ésta el libro de poemas que Phoebe le envió a él para su cumpleaños. En tanto que regalo, a los libros les faltaba siempre algo —un toque romántico, quizá— y hacían menos ilusión. Se sintió aliviado al saber que Humphrey le iba a regalar unos pendientes con amatistas, confiando en que el regalo de su tío la compensase. Aunque, en el fondo, sabía que no iba a ser así.
Por lo que se refiere a los días de vacaciones, James había optado por pasarlos «en la nieve», como de costumbre, con lo que Humphrey llamaba «un grupo de jóvenes», de una manera que hacía que sonase como algo muy alejado de su mundo y del de Leonora.
—¿Qué vas a hacer por Navidad? —le preguntó Humphrey—. Podríamos pasarla juntos, si quieres.
—Gracias, querido Humphrey…, pero en ocasiones así siempre tengo un poco de mala conciencia respecto de Liz. Casi me siento obligada a invitarla a cenar el día de Navidad. Siempre está ahí, la pobre, con todos esos gatos y los malos recuerdos del sinvergüenza que le tocó por marido. Hace que se sienta una…
Humphrey siempre había creído que Liz era una persona feliz a su manera, pero se alegró de no tener que contar con Leonora, porque prefería pasar tranquilamente el día en su club, durmiendo o jugando al bridge.
Meg había invitado a Leonora a cenar en Nochebuena. Había pollo frío y ensalada, que Colin, temporalmente «libre», había preparado exactamente igual que las que servía en el snack-bar.
—Qué distinto es todo del año pasado —le susurró Meg a Leonora, aprovechando que Colin no estaba en aquel momento en el comedor—. Pasé una temporada horrorosa, convencida de que nunca iba a volver, pero sí.
Leonora hubiese podido decirle que, en efecto, aquella Navidad iba a ser muy distinta también para ella, pero no le apetecía hablar de su situación con Meg. Pronto empezaría el nuevo año, un año durante el cual Ned tendría que regresar a los Estados Unidos.
Enero fue un mes desapacible y descorazonador, y la espera se le hizo a Leonora más difícil de lo que supuso. Cada día que pasaba estaba más cerca la fecha de la marcha de Ned, pero, al mismo tiempo, parecía separarla más de James. Conforme enero fue avanzando, le resultó más evidente que James la había «plantado» de manera definitiva. Humphrey apenas hablaba ya de él, como si hubiese muerto. Los días se le hacían largos y descorazonadores, y Leonora empezó a lamentar haber dejado de trabajar, pues la rutina que hubiese encontrado en cualquier empleo le habría, por lo menos, llenado la mayor parte del día. Pero carecía de la energía y de la iniciativa necesarias para buscar empleo. Recordaba a aquella horrible mujer —¿Ba, se llamaba, no?— que había conocido en la fiesta de los Murray, y su impertinente sugerencia sobre las numerosas maneras de ocupar el tiempo ayudando a los demás. Pero, siempre que Leonora daba en pensar en ello, le encontraba algún inconveniente. ¿Cómo iba, por ejemplo, a trabajar para la parroquia, si ella no pisaba una iglesia? ¿Cómo iba a ocuparse de los ancianos, si siempre le habían parecido un latazo y físicamente repelentes? ¿O cómo iba a ocuparse de niños subnormales, si sólo de pensar en ellos se sentía mal?
Humphrey, percatándose de que estaba baja de moral, le sugirió que volviese a alquilar el apartamento que había quedado vacío. Era obvio que James no iba a volver y, si alquilaba el apartamento, se sentiría menos sola. Incluso podía ser un aliciente. Pensaba que podía alquilárselo a una mujer de su edad, o a una joven estudiante, o incluso a un matrimonio joven, pero Leonora no se sentía con ánimos de soportar a nadie. Otra mujer podía perturbar su independencia, y una «joven estudiante» no sabía una nunca por dónde le podía salir. Y, en cuanto a un joven matrimonio, lo más probable era que tuviesen un crío, y no estaba ella para aguantar críos de nadie.
Al final Leonora se olvidó del vacío apartamento y dejó de subir, como había estado haciendo con frecuencia al poco de marchar James. Siempre había sentido por los objetos la misma devoción que por las personas, y pasaba horas contemplando todo lo que la rodeaba, limpiando los jarrones y figuritas de porcelana, y sus objetos de plata, de manera obsesiva, y cambiando a menudo la decoración de las habitaciones. El hecho de que James se hubiese llevado la cornucopia la había afectado de manera exagerada, y Humphrey había buscado por todas partes para encontrarle otra. Las mujeres sensibles podían resultar crispantes a veces, se decía él, porque además ni siquiera era una cornucopia excesivamente valiosa. Al final había dado con una que guardaba cierto parecido con la de James, con preciosos adornos, aunque muy mal conservada. Leonora había trabajado lo indecible, puliéndola amorosamente. Pero, al mirarse en ella, la imagen que le devolvía era distinta a la que reflejaba la de James, en la que siempre aparecía como una mujer fascinante, de edad indefinida. No le gustaba su imagen en aquella cornucopia, porque se veía ajada, casi vieja. ¿O es que era ése ya el aspecto que correspondía a su edad?
Su gusto por los objetos bellos hizo que volviese a frecuentar las salas de subastas. Iba a hojear los libros de flores en la sala de subastas de libros de Sotheby’s, pero sin ánimos para pujar por nada. Difícilmente volvería a tener nunca tanta suerte como aquella vez.
Iba también a Christie’s, a ver qué había. Pero nunca hablaba de ello con Humphrey y elegía siempre aquellas horas en que era poco probable tropezarse con él, porque, en su fuero interno, no había abandonado la esperanza de encontrarse con James el día menos pensado.
Pero nunca se topó con él.
Y, una de esas gélidas mañanas en que se tiene la sensación de que el invierno se hace eterno, mientras examinaba unas joyas en Christie’s —piedras preciosas engastadas en monturas de la época eduardiana o de los años veinte, el tipo de cosas sobre las que ella y James tanto se habían reído a menudo, imaginando a quienes las llevaban en solemnidades increíblemente fastuosas—, comprendió hasta qué punto se sentía desgraciada. Se le hizo un nudo en la garganta y se le saltaron las lágrimas, no sólo al pensar en ella sino también en los propietarios de aquellas joyas, ancianos ya y algunos probablemente muertos, quizá como único contrapunto para ayudarse a salir dignamente de la sala y bajar por la amplia escalinata hasta la calle. Se sentía perdida, sin saber qué hacer ni adónde ir, y empezó a vagar sin rumbo. Debía de haber tropezado con alguien sin percatarse de ello, porque reparó en que una mujer se excusaba en tono educado y con un dejo de sorpresa, como si Leonora mostrase un extraño talante. Había que evitar a toda costa ponerse en evidencia, pensó, tratando de serenarse, hasta que se encontró frente a un café.
Sólo al cabo de un buen rato, sentada ya en el interior, se percató de que estaba en un self-service y de que, además, había estado allí con James. Siempre había sido él quien iba a por el café, claro está, pero tendría que ser ella ahora quien fuese a la barra a por él. No era precisamente muy de su gusto, pese a que no le había importado ir con Meg, de vez en cuando, al snack-bar donde trabajaba Colin. Y, al volver a su mesa con el café, reparó en otros aspectos igualmente desagradables.
La mujer, ya mayor, que se encargaba de retirar las bandejas le pareció más avejentada y frágil que cuando estuvo allí con James. Recordaba que James solía llamarla «the Polish Countess». Tenía unas facciones ajadas y aristocráticas, y murmuraba, de manera molesta, algo con acento extranjero. En sus barruntos, Leonora asociaba a aquella vieja con las joyas que acababa de ver. Para acabar de empeorar las cosas, la mujer le plantó encima de la mesa una bandeja en la que no había sólo tazas sucias, platitos y bandejitas, sino toda suerte de restos de comida — hojas de lechuga, trozos de tomate, de tartas e incluso un montón de colillas—, algo de verdad desagradable.
—Haga el favor de llevarse esta bandeja de aquí —le dijo Leonora en tono glacial.
—En algún sitio tengo que dejarla, señora —replicó la vieja refunfuñando.
Se produjo un silencio hostil, durante el cual Leonora se percató de que también ella formaba parte de aquel mundo de las joyas, de la vieja, y de la atmósfera que se creaba en torno a todo aquello que había conocido mejores tiempos. Incluso las migas, los restos de tarta y las colillas tenían su significado. Sin dejar de murmurar, la mujer retiró la bandeja y la dejó en otra mesa, en la que estaba sentado un cliente dispuesto a atacar un dónut con cuchillo y tenedor, de una manera que a Leonora la hizo estremecerse. Ladeó la cabeza y la semiocultó en el cuello de su chaquetón de piel, sintiéndose humillada, rebajada y pisoteada, «hecha una ruina». Terriblemente sola me encuentro, pensó.
Por suerte, rara vez está uno «terriblemente solo». Leonora lo veía así porque James la había abandonado. No contaba con los amigos que aún tenía, como Humphrey y otros admiradores de edad interesante que la llevaban a cenar a restaurantes caros, ni tampoco con sus amigas y conocidas. Cuando se siente una así, hay momentos en que se preferiría no tener de verdad a nadie. Quizá por esta razón se le cayó el alma a los pies cuando una mujer que portaba una taza de café se sentó a su lado exclamando: «¡Pero, si es Leonora!».
No iba a fingir no reconocer a su prima Daphne, pese a que se veían de uvas a peras. La chaqueta y el sombrero de piel eran elegantes, pero aquellas botas de piel de oveja eran de palurda, fue lo primero que le pasó a Leonora por la cabeza.
—Cómo me alegro de encontrarte —siguió diciendo Daphne—. He venido sólo por un día, a ver la exposición de la Academy.
Qué gente más petulantemente culta, acercarse a Londres sólo por eso, se dijo Leonora con su desdeñoso talante habitual.
Pese a todo, Daphne era una mujer amable y puede que, conforme se hacía uno mayor, la amabilidad fuese algo muy a tener en cuenta. De manera que Leonora aceptó de buen grado la invitación para almorzar con ella en su club.
Resultaba un poco deprimente ver a tantas mujeres reunidas en un mismo lugar. Daphne no se excusó —¿por qué hubiese tenido que hacerlo?— de que no hubiese hombres, pues no había más que «un par», casi ufanos, se diría, al verse rodeados de tantas mujeres.
—Está algo anticuado esto de reunirse sólo mujeres —dijo Daphne, respondiendo a un comentario de Leonora— y, sin embargo, a mí me sigue gustando.
En el transcurso del almuerzo, Leonora sintió el absurdo deseo de confiarse a Daphne. Puede que el vino la hubiese desinhibido, pese a que procuraba beber sin excederse, e interpretaba la mayor cordialidad que iba sintiendo hacia su prima como una señal de alerta.
—¿Has cogido la gripe este invierno? —le preguntó, animada, Daphne—. Porque menuda la que ha habido.
—Sí, no he estado muy fina —repuso Leonora evasivamente.
—Tendrías que tomar un reconstituyente, Sanatogen Tonic Wine. He visto un anuncio en la estación, mientras esperaba el tren. Lleva hierro.
Leonora la miró sorprendida, pero no advirtió en la expresión de Daphne el menor indicio de que hablase en broma.
—O Wincarnis —prosiguió Daphne—, que es lo que solían tomar nuestras madres.
Sería su madre, en todo caso —la tía Hilda—, que no la de Leonora, con aquel amante suyo italiano, de quien la habían considerado demasiado cría para hablarle.
Quedaba todavía un poco en la media botella de Chablis que habían bebido con el pollo. Daphne se lo sirvió a Leonora. Parecía un caldo muy pálido y flojo, en comparación al tonificante vino reconstituyente.
La camarera se acercó con la carta para que eligiesen el postre. Como era de esperar, Leonora meneó la cabeza casi con desagrado. Daphne, pese a que quizá le hubiese apetecido la tarta de mermelada que tan bien seguían haciendo en el club, lo rechazó también.
—Tomaremos sólo café, gracias.
—¿Vives sola, no? —dijo Daphne, arrellanándose en uno de los sillones de piel; dispuesta a la charla de «sobremesa», pensó Leonora, asintiendo con la cabeza.
—¿Y no te afecta a veces la soledad?
—No, nunca me ha afectado.
—Claro que tú debes de tener muchos amigos en el extranjero, después de haber vivido tanto tiempo fuera. Yo que tú, no pasaba el invierno en Inglaterra.
Y así es como se veía entonces Leonora, «en el extranjero», sentada frente a una mesa de mármol con un refresco, observando a la gente a través de sus gafas oscuras, o abriendo los postigos, después de la siesta, y saliendo al balcón a pasear la mirada por distantes tejados que acaso dejasen entrever el mar. O visitando a amigos de la familia, viejos ya, que recordarían a sus padres, y a ella de niña. Con todo, mejor estaba en casa, cambiando las cosas de sitio y esperando a James.
—Me gusta más vivir en Londres —repuso.
—Bueno…
La conversación empezaba a hacer aguas. Leonora le dio las gracias a Daphne por el almuerzo e incluso se unió al deseo de ésta de que «había que repetirlo». Se despidieron en la calle, sin la menor seguridad de que fuesen a volverse a ver.
Leonora fue entonces hacia Fortnum and Mason y entró en la monumental tienda. Le apetecía notar las mullidas alfombras bajo sus pies, y verse rodeada de latas de foie-gras y de botellas con melocotones al coñac. Un club de mujeres, por más que Daphne hubiese sido tan amable al invitarla… ¿Cómo podía la gente soportar lugares así? No era el lugar para «encontrarse a sí misma».
—¿Taxi, señora? —le preguntó el portero, tan solícito como este tipo de personas solía mostrarse con Leonora, protegiéndola con el paraguas de la nieve que empezaba a caer.
—Gracias, sí —repuso Leonora sonriéndole.
La nevada arreciaba y, al llegar a casa, su pequeño patio estaba casi blanco. Leonora se asomó un momento a ver, y uno de los gatos de Liz se le acercó maullando y restregándose contra sus piernas. ¿Cómo habría entrado allí?, se preguntó. Trató de espantarlo para que saltase el muro, pero el animalito no se quería marchar, y seguía dando vueltas a su alrededor y maullando lastimeramente. ¿Qué querría? No sabía qué «decirle», porque nunca había logrado aprenderse de memoria los nombres de los gatos de Liz, y «michino» le pareció un tratamiento demasiado vulgar e impropio. Mientras le daba vueltas al problema, asomó Liz por el otro lado del muro con su agitado talante habitual.
—Ah, ahí está —exclamó—. Yo no sé qué diablos pensaba que podía haberle pasado.
Por nada del mundo hubiese querido parecerse a ese tipo de personas que llenan el vacío de sus vidas con un animal, pensó Leonora, volviendo a entrar.